Palo, nuestra fuerza suave

Palo hundió su nariz en la espuma de las olas de su época, y en un día de frío invernal, los rebotes del sol coronaron su final. Lo vamos a extrañar.


Su cuerpo tirado en la vereda de la Avenida Díaz Vélez, en pleno día, sin indicio alguno. Los manuales de la muerte imponen las reglas de un deceso decoroso: en casa o en el hospital, rodeado de seres queridos, durmiendo o sedado, de viejo, un corazón que se apaga, velorio, entierro o cremación, y chau. Si algo hizo con su música Palo Pandolfo, quien murió ayer, repentinamente, a los 56 años de edad al desplomarse mientras caminaba por las calles de Caballito, fue incendiar los manuales. Desde Don Cornelio y la Zona, en la segunda mitad de la década de los ´80, pasando por Los Visitantes en los ´90 y luego durante su carrera solista, sus canciones y discos fueron un desafío magnético. Nada edulcorados, nada fáciles de escuchar, temas liderados por una voz rasposa y urgente apoyada en una fusión de ritmos que eran todos y ninguno a la vez.  Artista popular y experimental, quedó adosado a esa categoría un tanto genérica que llamamos "Rock", pero la mixtura de improntas musicales que curtió a fondo lo eximen de todo encasillamiento.

Roberto “Palo” Pandolfo nació en Buenos Aires en 1964, hijo de un laburante fabril de San Martín y una maestra de Lugano. Fue nuestro Morrisey, nuestro Ian Curtis, nuestro Bowie, y más tarde también nuestro hippie con compromiso social preferido. Nada sobreactuado, todas sus facetas le calzaron naturalmente. En el marco de una recuperación democrática que dejaba de ser luminosa primavera y se tornaba oscura, salió el primer disco de Don Cornelio y la Zona, que debería estar en los programas de las escuelas públicas. Ella vendrá, Tazas de té chino, Imagen proyectada, Cenizas y diamantes. Canciones que aún hoy suenan vanguardistas, plenas de resonancias armónicas y poéticas, logran alcanzar el status más elevado al que puede aspirar la música popular: estirar la percepción de quien escucha más allá de sus propios prejuicios. El segundo y último disco de Don Cornelio fue una obra conceptual, sucia de distorsión, a contrapelo ya desde el título, Patria o Muerte, que anunciaba una ruptura y un paso a otro estadío.

Los años noventa lo encontraron como protagonista secundario del resurgir rockero que vivió la escena, con la proliferación de bandas de espíritu contestatario y poética realista. Los cronistas de la realidad estaban en las bandas. Palo entonces se subió a esa ola a su manera: con Los Visitantes participó de todas las movidas políticas a la que fue convocado, chicas o grandes, siempre en defensa de los Derechos Humanos, o por la cárcel de los genocidas, o en rechazo al desguace del Estado, con un repertorio más melódico, menos crudo, pero nunca conformista ni lavadito. Canciones que fueron himnos de la época, como Estaré, Bip bap um dera o Playas oscuras, pusieron a bailar y pensar a una generación que era permanentemente invitada a perderse en la superficialidad del uno a uno, en el Disney del individualismo y la fantasía importada.



Su discografía solista posterior, que continuó aunque con intermitencias hasta el final, reafirmó su espíritu experimental y desafiante, en un baile libre sobre la pista de la canción popular que todo lo absorbe: distorsión y guitarras limpias, intensidad y dulzura, lo que con una gran capacidad de síntesis poética plasmó en el nombre de una de las bandas que lo acompañaron, La fuerza suave. El disco Antojo, de 2004, en el que versiona a Radiohead, Spinetta, Bob Marley, Quilapayún, y La máquina de hacer pájaros, entre otros, es una gema de la interpretación sobre temas de otres.

Permítaseme aquí una pequeña referencia personal: sus discos sonaron fuerte en mi adolescencia y adultez temprana. Mis discman y primeros reproductores de mp3 (los primeros dos mil fueron cambiantes en materia de dispositivos) gastaron algunos discos de todas sus épocas. Me ayudaron a endurecerme, sin perder la ternura, en épocas donde los destinos personales y colectivos estaban en formación permanente, no exentos de turbulencias. En el programa de radio que conduzco, hay una sección llamada "El dominguero", en la que artistas eligen una canción para el domingo a la mañana. Veníamos hablando con Palo, yo quería que participe, él me dijo que sí, pero era colgado y no me enviaba el material. Yo estaba entusiasmado y le insistía. Miro el chat, de hace pocos días. No termino de entender. O entiendo todo.

Horacio González, Juan Forn, Rosario Bléfari, Gabo Ferro, Alcira Argumedo, Palo Pandolfo. Se está muriendo el Siglo XX y ya no sabemos si es hoy, ayer o mañana. Palo hundió su nariz en la espuma de las olas de su época, y en un día de frío invernal, los rebotes del sol coronaron su final. Lo vamos a extrañar.



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