Orgullo villero, opulencia plebeya y latinoamericanismo reivindicativo

OPINIÓN. Medio siglo de historia argentina a través de Maradona.


El miércoles pasado escribí una columna acerca del debate por el adoctrinamiento en las escuelas y su relación con la formación en economía y, como todo miércoles, empecé a difundir el texto entre colegas y amigos, algunos lo compartieron, y al mediodía nos olvidamos, yo incluido, de mi nota, de los dichos de la ministra Acuña, de la economía neoclásica, de la relación entre saber y poder, de todo. Lo único que rondaba las cabezas de la mayoría de los argentinos era que había muerto Diego Maradona. Nada más importaba. Pasaron un miércoles de incredulidad y un jueves de funeral y catarsis colectiva, y recién el viernes empezamos a pensar, a fracasar en nuestra intención de razonar y explicar, a conformarnos con la posibilidad de comprender. ¿Cómo se entiende un fervor popular tan grande? ¿Por qué estas cosas pasan en Argentina y no en todos lados? ¿En qué sentido Maradona nos conecta con nuestra historia?

La figura de Diego es inseparable de los inconscientes colectivos de los argentinos desde hace 45 años. Ha recogido alegrías, frustraciones, esperanzas, temores, amores, odios, consensos, disensos, risas, llantos, orgullos e indignaciones. Maradona ha estado presente, partiendo desde la cancha y la pelota pero trascendiéndolas, en cada curva del sinuoso camino que los argentinos hemos recorrido como país, como nación y como identidad colectiva en estos últimos 45 años. Las contradicciones de esa identidad que nos hacen pasar del orgullo nacional al absoluto rechazo a nuestra bandera en cuestión de segundos pueden simbolizarse en Diego. Esta nota es meramente un intento de poner en palabras no una explicación pero sí, quizás, una hipótesis, un esbozo, de la respuesta a por qué la figura de Maradona ha sido tan significativa en estos últimos 45 años y, como corresponde en esta columna, la economía argentina será el elemento central.

Diego Armando Maradona nació en 1960 en Villa Fiorito. Hijo de migrantes internos, que habían llegado al conurbano bonaerense desde Corrientes, su historia familiar es característica del proceso de industrialización sustitutiva y de la heterogeneidad estructural y regional del país. La industria crecía y las familias de las provincias más pobres buscaban su suerte en las grandes ciudades. Sin planificación y políticas adecuadas, muchas de ellas, las más humildes, encontraban su destino en los barrios carenciados que rodeaban a la ciudad de Buenos Aires. Si hasta 1930 este trayecto era el de los migrantes del sur de Europa hacia los conventillos de la ciudad, construyendo el sueño del progreso social, después de 1930 llegó el turno de quienes venían desde las provincias, manteniendo ese mismo sueño, en una sociedad mucho más compleja y contradictoria, donde la política no podía desentenderse de las reivindicaciones populares. Maradona es hijo de eso y su infancia en Villa Fiorito es característica de esa Buenos Aires que, mirando a la Europa moderna, empezó a constituirse como una ciudad cosmopolita, heterogénea, conflictiva y cada vez más alejada de ese exocentrismo decimonónico. Queriendo imitar a París, se llenó de correntinos como Don Diego y Doña Tota. Haciendo gala de sus palacetes, se llenó de conventillos, de villas y de barrios carenciados, y esa cultura popular no aceptó quedarse afuera de la construcción identitaria.

Quiso el destino que el despegue futbolístico de Diego se diera en los Juegos Nacionales Evita de 1973 y 1974. Esos torneos federales de aquellos años intentaron recuperar la mística que habían tenido los torneos originales desde 1948, a cargo de Eva Perón, donde se buscaba que las competencias deportivas para jóvenes constituyeran un camino de inclusión social a nivel nacional, y que obviamente habían sido suspendidos durante los años de la proscripción. El peronismo de los setenta era muy diferente al de los cuarenta. El país lo era. Las pasiones y contradicciones que había despertado el peronismo originario se habían exacerbado hacia un país atravesado por la violencia política y la deslegitimación de la democracia. Los sueños de una Argentina que avance desde la unidad y la cohesión fueron reemplazados por ideales de transformación radical.


Mientras Argentina era un polvorín político en el buen y en el mal sentido, Diego Maradona empezaba a destacarse con la pelota.


Con los conflictos sociales expuestos, geopolítica internacional mediante, la resolución llegó por el lado más trágico. Solo medio año después de que las fuerzas armadas tomaran el poder por última vez un Diego que no había llegado a cumplir 16 años debutó en la primera división de Argentinos Juniors. Solo un par de meses después jugaría su primer partido con la selección nacional. La dictadura entraba en su etapa más sangrienta. En otra jugada del destino, Menotti decide dejarlo afuera del plantel que jugaría el mundial de 1978. La Copa del Mundo se jugó a escasas cuadras de los centros clandestinos de detención, y quienes allí estaban secuestrados por el terrorismo de Estado escuchaban los gritos de gol desde sus calabozos. La dictadura fue el puntapié inicial del neoliberalismo y responsable de la multiplicación de las Fioritos por todo el país. Con el crecimiento de la pobreza no solo crecieron las villas sino que para muchas familias la vida allí se hizo permanente. Lo que antes, a veces, era una escala de unos años pasó a erigirse como hogar para siempre. Así, la reivindicación del origen villero de Maradona juega un rol trascendental, no solo por la absorción de su trayectoria en el ideario del ascenso social, de quien sale de allí y saca a su familia, sino también por el reconocimiento de lo virtuoso, de lo identitario, de lo cotidiano: dejar la villa no es dejar de ser villero sino permitirse compartir la cultura de la villa más allá de sus límites. Maradona se convirtió en una luz de esperanza para miles de pibes villeros.

En 1981 Diego llega a Boca y se apropia rápidamente de la identidad bostera y popular que representaban esos colores. En 1982, mientras juega su primer mundial, la dictadura empieza a derrumbarse tras el desastre de Malvinas. De hecho, el primer partido de Argentina se juega el 13 de junio, un día antes de la capitulación. Los efectos del desastre social y político son cada vez más evidentes y el fracaso de la selección en esa Copa del Mundo es parte de la desazón. Luego del mundial, Maradona es transferido al Barcelona, donde es recibido como una estrella en un país que está en plena transición después de la dictadura franquista. Si bien era un equipo grande de España y de Europa, el Barcelona era el club que mejor representaba el rechazo a Franco.

A fines de 1983 vuelve la democracia a la Argentina y poco después Diego es vendido al Napoli, club que simboliza la histórica desigualdad entre el norte y el sur de Italia. Pocos lugares en el mundo se parecían más a Buenos Aires que Nápoles, pocos lugares en el mundo eran tan argentinos como Nápoles, incluso antes de la llegada de Diego.


En Nápoles es cuando Diego por primera vez se erige como estandarte del bando subalterno de una disputa política.


La Copa del Mundo de 1986 se erige como el mayor hito de la historia del deporte argentino. Los años ochenta, reconvertidos en década perdida para toda América Latina, configuraron la victoria económica del neoliberalismo, pues a través de una operación discursiva trascendente serían recordados como el fracaso del modelo anterior y no como las consecuencias de la dictadura. En términos de estado de ánimo colectivo, los ochenta no solo se reconstruyen desde las necesidades insatisfechas de una población empobrecida, sino también desde la absoluta falta de esperanza en el futuro. En ese contexto, ese Mundial significó una alegría inmensa para la población. Si el Mundial del 78 estaba envuelto en sombras, más por la utilización política por parte de los genocidas que por lo estrictamente deportivo, el Mundial 86 era puro. El partido contra Inglaterra por los cuartos de final, mano de dios y barrilete cósmico mediantes, fue entendido como un desagravio por la guerra que había acontecido solo cuatro años antes. En la liturgia popular ese partido, y en particular el segundo gol, no son recordados “contra Inglaterra”, sino “contra los ingleses”. Ese uso del gentilicio da cuenta de un significado que trasciende lo futbolístico.

A la vuelta del Mundial llega la gloria con el Napoli, mientras la economía argentina está cada vez más deprimida. La hiperinflación de 1989 acelera el cambio de gobierno y los dos primeros años de Menem no parecen modificar demasiado. La Copa del Mundo de 1990, a la que la selección llega diezmada pero termina perdiendo la final, parece condensar en la figura de Maradona el mensaje del todo posible argentino. Aunque todo sea un desastre (el país, la economía, la política, incluso la misma selección), aunque sea trastabillando, puede haber alegrías. Si el Mundial 86 es el Diego genial, el Mundial 90 es el Diego que no se rinde. El Mundial 90 es el cierre de la Argentina de los 80: el sacrificio y el orgullo aun a pesar de que todo se venga abajo.

La década del 90 empezará para Maradona con sus primeros conflictos judiciales y mediáticos a partir del consumo de drogas. Escándalos, excesos, peleas, inestabilidades laborales. Si Maradona en los 80 había sido la luz de esperanza de un país derrumbado, en los 90 su figura va a representar el torbellino del menemismo: lujos y derroches de una promesa de riqueza inminente, de futuro inmediato, de globalización, mundialización y fin de la historia. El neoliberalismo se ha vuelto inevitable, pero el futuro es cada vez más incierto. En esa incertidumbre, lo que nos queda es disfrutar. La primera mitad de la década es la Argentina del éxito: al calor de las privatizaciones sube el PBI y baja la pobreza. Se reconfiguran los bloques dominantes como nunca antes: los nuevos y viejos ricos conviven y la imagen de Diego estacionando un camión en Barrio Parque es la mejor muestra de eso. Esta es la nueva Argentina: escandalosamente opulenta. Pizza y champagne, autos de lujo y dólares baratos incluso como reivindicaciones populares. Pero las fiestas también llegan a su fin. Si a Diego le cortaron las piernas en el Mundial 94, a la Argentina se las empezaron a cortar un poco después, cuando el modelo de la convertibilidad empezó a mostrar sus enormes inconsistencias. 


En este contexto, Maradona simboliza las contradicciones de la opulencia plebeya y combativa.


Se abraza a Menem mientras tiene tatuado al Che Guevara, se regodea de consumos suntuarios mientras crea un sindicato de futbolistas, se enfrenta políticamente a la FIFA y hasta se expone públicamente en oposición a Domingo Cavallo, el ministro estrella de Menem. Si el mensaje oficial era que la fiesta no era para pocos, Diego fue quien con mayor claridad lo hizo saber: si hay opulencia, que sea opulencia plebeya y combativa.

La reelección de Menem coincidió con el regreso de Maradona a un Boca que a los pocos meses iba a reestructurarse, alejándose de su pasado popular y reconvirtiéndose al calor del clima de negocios que imperaba, con Mauricio Macri como su presidente. El retiro de Diego como futbolista profesional, a fines de 1997, coincide con el inicio de la decadencia económica, social y política del neoliberalismo argentino.

Un mes después de la asunción de De la Rúa, que marcó el inicio del fin de la convertibilidad, Maradona se descompensó en Punta del Este y su vida estuvo en serios riesgos. La elección de Cuba como destino para tratarse fue un símbolo del país que vendría. Diego se adelantó a la historia y decretó el final de la Argentina neoliberal casi dos años antes de que los demás nos diéramos cuenta. Forjó una amistad con Fidel Castro y por su intermedio con Hugo Chávez. Si bien ya era una figura de renombre mundial desde hace casi veinte años, empezó a trascender como símbolo político latinoamericano. En septiembre de 2001, en su partido despedida organizado en la Bombonera, decretó que la pelota no se mancha, que sigue habiendo un destino prometedor más allá de los errores de las personas. Tres meses después llegaron el corralito y la represión y cayeron De la Rúa, la convertibilidad y el modelo neoliberal. Sí, durante 2001, el año de la gran crisis, Maradona estuvo en Cuba y volvió para despedirse, pero en realidad lo que hizo fue despedir a una era. Ese día Maradona no se despidió.

Luego de la hecatombe social, la Argentina empezó a reconstruirse desde cambios políticos trascendentales. El postneoliberalismo necesitaba un nuevo pacto social y político, pero también económico. Si los noventa prometían a todos la posibilidad de salvarse solos, los dos mil manifestaban la imposibilidad de salvarse solos si no se salvaban todos. En Argentina y en Sudamérica empezó a flamear la bandera de la inclusión social, y Diego fue parte de eso, coronado en el No al ALCA en noviembre de 2005 en Mar del Plata.

A partir de 2008 el proyecto reconstructor del kirchnerismo comienza a chocarse con la grieta. Es decir, empieza a encontrar resistencias que expresan la imposibilidad de incluir a los de abajo sin tocar intereses de los de arriba. 


Si en los noventa Maradona jugó con esas grietas exacerbando sus contradicciones, en el siglo XXI se ubicó unívocamente de uno de sus lados.


Al abrazarse con Fidel, con Chávez, con Evo, con Lula, con Néstor y Cristina, al intentar condensar en su figura trascendente los proyectos populares, descoloniales, de patria grande latinoamericana, contribuyó a resignificar sus propias epopeyas del pasado: si Diego es anti-imperialista, el gol a los ingleses de hace veinte años también lo es. Se abrazó con las Madres y las Abuelas, se enfrentó a Macri, lloró cuando murieron Kirchner y Chávez, acusó a Bush de criminal de guerra. En los últimos veinte años, desde su rehabilitación en Cuba, pasando por La Noche del Diez, la dirección técnica de la selección, sus estadías en Emiratos Árabes y en México, hasta su muerte hace una semana, Diego no se movió más de su lugar en la historia y en la política. Pero sí se permitió resignificar políticamente su pasado, quizás su era más gloriosa.

Pero si hay una grieta es que hay dos lados, y si Maradona está en uno habrá quienes están en el otro. Así, también empezaron a florecer los detractores, que siempre existieron, pero ahora se politizaron. De este modo Diego abandonó tenuemente su rol de prócer universal de origen popular para convertirse en símbolo de lo popular como desafío a lo que pretende ser universal. Si Maradona no era unánime en los noventa, cuando sus traspiés judiciales y de drogas, o sus irresponsabilidades familiares, llevaron a muchos a intentar separar al artista de la obra, mucho menos unánime va a ser en los dos mil, cuando los anti también encontrarán en la política su razón de ser. La politización de Maradona fue, en realidad, la síntesis de la politización de la propia política. Si internalizamos al conflicto político, social y económico como algo inherente, ¿qué sentido tiene que los próceres sean universales?

Diego Armando Maradona nació y creció en una villa, quizás la principal muestra de los desequilibrios estructurales de la Argentina industrial y participó breve y sutilmente de los sueños setentistas en los campeonatos Evita. Atravesó la dictadura con orgullo villero y en el retorno de la democracia alcanzó la gloria, dándole al pueblo argentino su mayor alegría pero también construyendo una historia mítica y reivindicativa. Fue la imagen exacerbada de los noventa, con sus excesos, sus escándalos, sus contradicciones: si la opulencia puede ser plebeya, que sea lo más plebeya posible. Se latinoamericanizó en los dos mil, cuando Argentina lo hizo. Se comprometió con la soberanía y el anti-imperialismo. Se sumó a la grieta y rechazó cerrarla bajo su impronta de prócer. Al contrario, tomó partido y la profundizó.

Si existe algo que podemos definir como pueblo argentino, en su figura Diego condensó sus amores y odios, sus alegrías y tristezas, sus sueños y desesperanzas. Como expresión sobresaliente de ese pueblo, canalizó sus emociones y las hizo realidad: vengó Malvinas, ganó el mundial, manejó la Ferrari, se cayó, se levantó, se volvió a caer y se volvió a levantar, tuvo millones de amigos y algunos enemigos, vivió millones de vidas en una sola vida. La historia argentina es una tómbola de emociones, y durante casi medio siglo Diego Armando Maradona las ha personificado a todas.

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