Opacidad, transparencia, ventanas

No es de ahora. Se arrastra desde hace años. El sector público, en todas las jurisdicciones, está dominado por el espíritu de la opacidad, más que por el de las transparencia.

No pocas veces se invierte la lógica del servidor público por la tangente de cómo me sirvo de lo público.

Es obvio, en esas condiciones, la transparencia se torna incompatible con el “estilo” de esa administración.

La única manera de hacer claridad es abrir ventanas.

Una consecuencia del espíritu de opacidad dominante es que el futuro se hace invisible en un escenario en el que, además, el presente agobia y el pasado es la fuente de la discordia.

Para pensar el futuro, en esas condiciones, es imprescindible abrir ventanas, esencialmente, para vislumbrar las oportunidades que siempre están.

Y también para identificar las amenazas que, muchas veces, se infiltran en las oportunidades. Una y otra vez, por ejemplo, la oportunidad de la mejora en los términos del intercambio, sin visión y preparación del futuro, nos amenaza con la profundización de la economía de la primarización y sus nefastas consecuencias.

Es imprescindible abrir ventanas para observar todas las dimensiones del futuro. Para poder iluminarlo.

Siempre se nos cruzan nubarrones, tormentas, que empañan esa mirada posible y necesaria. La pandemia es un ejemplo extraño, extremo, de una tormenta que tiende a cegarnos.

Cada tormenta empaña la ventana hacia el futuro y nos encierra en ese ir y venir hacia atrás que hace del presente un laberinto trunco. Un ir y venir sin salida.

Leopoldo Marechal acuñó la idea, a la que siempre acudimos, que “del laberinto se sale por arriba”. El poeta imaginaba una situación de agobiantes laberintos en los que era posible entrar e imposible salir. Es difícil imaginar una sensación más agobiante que la de un laberinto sin salida. Un verdadero oxímoron.

La solución Marechal es dar un salto. Lograr un envión para no contaminarnos. Por eso nos aconseja “ir por arriba”.

Nos propone abandonar la inútil discusión de “por dónde salir del laberinto”.

Nos propone sepultarlo saliendo por arriba. No es fácil. Necesitamos de uno que nos dé pie para saltar el muro. Y que una vez arriba le demos la mano al otro para que pueda superar el nivel del muro.

La cooperación, la concertación, el consenso, cualquiera sea la estrategia para salir del encierro, son condición necesaria para salir por arriba del laberinto.

¿Seremos capaces de hacerla posible?

Opacidad o laberinto, son los términos que impiden el futuro. La urgencia es abrir, refrescar, generar claridad. La claridad es la condición necesaria de la cooperación, la concertación y el consenso.

Abrir una ventana para poder ver por y dónde vamos. Si esta se empaña, por la densidad sombría de los tiempos que vivimos, necesitamos despejarla.

Esta es la demanda de la hora. ¿Por qué? Veamos.

Una excelente noticia fue que la semana pasada este Gobierno abrió una ventana al futuro. Sí.

La mala es que, al mismo tiempo, fue empañada por la sombra de la opacidad de cosas de la actual gestión pública en casi todas las jurisdicciones y que – si bien con distinta intensidad y responsabilidad – ha afectado a  administraciones oficialistas y opositoras.

Además, al mismo tiempo, una decisión de la Justicia – como siempre lamentablemente “en suspenso” – puso fuera de discusión la probada existencia de gigantescos e inexplicables, manejos económicos que hicieron, de un modestísimo monotributista que habitaba la casa que ofrece por necesidad el Gobierno, un mega millonario.

En un abrir y cerrar de ojos, contemporáneamente al acceso de su íntimo amigo a la Presidencia de la Nación, se hizo dueño – entre otras muchas cosas – de un pedazo de la provincia de Santa Cruz.  

Vamos a la buena noticia, que lo necesitamos.

Este Gobierno abrió una ventana de claridad con una magnífica presentación del Consejo Económico y Social. Gustavo Beliz cerró su esclarecedor discurso diciendo “para un argentino no hay nada mejor que otro argentino”.

La opacidad dominante es una guillotina de la lucidez. Esa ventana abierta al futuro la empañó, primero, el lamentable vacunatorio vip y su explosión mediática. Después la indignación legítima con el periplo Báez felizmente condenado.

Hay que rescatar ese discurso que no es sólo un conjunto de palabras.

Beliz eligió la frase con la que Juan Perón, en 1973, cerró la parte intolerante de las “veinte verdades peronistas” acuñadas en su primera presidencia.

La del Presidente del Consejo fue una exposición de alto vuelo conceptual –inusual en nuestra política – que señaló el camino del “nuevo trato” que necesitamos para transitar el rumbo que nos lleva al futuro.

Dame pie y te doy una mano para salir del laberinto.

Si no lo logramos sólo nos queda el enfrentamiento, la destrucción del presente sin el cual el futuro es impensable. No son estas frases al voleo.  

Estamos en el laberinto de la decadencia, encerrados desde hace 46 años; decadencia moral por violación de los derechos humanos de la represión y la guerrilla; económica por el estancamiento que se vislumbra eterno; social por la magnitud de la pobreza en ascenso; cultural porque, habiendo sido la sociedad más sugerente de la América Latina, nuestra calificación estudiantil hoy es lamentable.

Por eso la de Beliz no fue la elección de una frase al azar. Fue la apertura de un nuevo trato político, desde el oficialismo, que es la condición necesaria para escapar de la corriente profunda que nos arrastra al colapso.

Cuando Alberto Fernández asumió la presidencia también abrió conceptualmente esa puerta que clausuraba el encono in crescendo generado a partir de la grieta de la 125.

Debemos detenernos en la 125. No sólo por lo grave que fue el hecho en el pasado, sino porque la eventualidad de una profundización de la escalada del precio de la soja, puede generar - en algunos sectores del oficialismo - similares tentaciones.

La 125 hecho lamentable y de notable impericia, propiciado y ejecutado por el entonces ministro Martín Lousteau – quién es hoy paradójicamente un vocero de la oposición - fue crucial como divisoria de aguas. Hay un antes y un después de la 125.

Dramatizó el enfrentamiento político que aceleró la parálisis de la economía y la desintegración de la sociedad.

Estancamiento y desintegración vienen castigando la reciente historia política argentina.

La 125 fue  el punto de ruptura de la convergencia entre sectores del radicalismo y el kirchnerismo. El “no positivo” marcó el retorno a la oposición de aquellos que habían contribuido a la primera presidencia de Cristina Fernández imaginando en ella una vocación por la República que no ha demostrado tenerla.

En ese momento se generó la inviabilidad de todo diálogo entre oficialismo y oposición, cualquiera sea oficialismo y cualquiera sea oposición.

Lo demostró Cristina y lo demostró Mauricio.

También la 125 fue un punto de quiebre entre el kirchnerismo urbano – alentado por los sectores de izquierda que se incorporaron a una coalición de base peronista – y el peronismo tradicional del interior del país, el protagónico sector rural y la inmensa mayoría de los sectores medios de la sociedad.

Alberto Fernández, protagonista de aquellos días, al asumir la presidencia – y luego de un largo período de críticas al cristinismo que por esas razones había abandonado – expuso, en las palabras de su primer discurso, una propuesta de convivencia, de diálogo, de comprensión. Fue muy esperanzador.   

También Mauricio Macri, que resultó una frustración para sus votantes, hizo campaña con la propuesta de eliminar la pobreza, luchar contra la droga y unir a los argentinos.

Tanto Mauricio como Alberto comenzaron sus gestiones valorando el mandato de la unidad nacional para pensar el futuro.

El primero sucumbió a la miseria del marketing político acuciado por el descomunal fracaso de su economía.

El segundo extravió el camino en su primer año, golpeado al extremo por la pandemia y con una economía que carreteaba – cada vez a menor velocidad – sin poder levantar vuelo.

La buena noticia es que aquél Fernández del diálogo fue rescatado por las palabras de Beliz que invitaron a construir el cimiento del proyecto político más importante de las últimas décadas.  

En 1973, la transformación doctrinal de “para un argentino no hay nada mejor que otro argentino”, hizo posible que peronistas doctrinales y gorilas - que habían celebrado la Revolución Libertadora -, formaran un frente de gobierno que, mientras vivió Perón, fue un oasis histórico de convivencia política con la oposición.

La banda armada de Montoneros (Perón sostenía que la Policía Federal debía perseguir a los delincuentes) al asesinar a José I. Rucci debilitó la estabilidad de la convivencia política. Es que para eso lo hicieron, como decía Moisés Ikonicof, porque para ellos “lo peor es lo mejor”.

A la muerte de Perón, Ricardo Balbín dijo “este viejo adversario despide a un amigo”. ¿Imagina algo similar hoy?

Raúl Alfonsín y Antonio Cafiero hubieran sido capaces de hacerlo. Sus herederos han repudiado la herencia.

Las palabras finales de Beliz coronan el sentido, el contenido y la conformación del Consejo. Fue la más completa propuesta, por las palabras y la integración del cuerpo, de amistad política desde la última presidencia de Perón.

En aquél entonces las Coincidencias Programáticas, las Actas de Compromiso, el Plan Trienal o el almuerzo de José Rucci y Celedonio Pereda en la sede de la SRA, hablan de un clima fortalecido por las realizaciones que la cooperación, la concertación y el consenso habían hecho posibles.

El lanzamiento del Consejo era, y es todavía, una ventana para mirar el futuro. Volvamos a ella.

Es cierto, falla el diseño al no incluir a los partidos políticos. Pero en la pluralidad de los consejeros nominados hay materia gris de todas las visiones políticas para poner, una sobre otra, todas las tonalidades para el color del futuro.

Hace décadas que no hay una convocatoria de esta envergadura por la temática y por la participación: desde el sindicalismo de ATE hasta empresarios de IDEA, desde la Academia hasta los movimientos populares. Desde los con voz y poder, hasta los silenciados y desprovistos de todo. La ventana, con esa concepción, se abría.

Pero las editoriales de los medios de comunicación y – permítame la ilusión de mis jóvenes años – las direcciones de los partidos políticos - que imaginé estarían formulando ideas, críticas y propuestas sobre la labor del Consejo anunciado - cayeron todos en la trampa de discutir un revolcón de cuarta categoría.

Horacio Verbistky, el entrevistador del Presidente, el mayor intelectual, la cabeza más importante, del kirchnerismo, anunció que el ministro de Salud lo había habilitado a vacunarse a pesar de no estar en condiciones legales de hacerlo. Con su prestigio en el oficialismo desencadenó la estampida del Vacunatorio VIP. Fue una implosión.

La reacción del Presidente, despedir al ministro responsable del gambito vacunatorio, fue sensata y rápida.

Lo que hizo fue despejar para poner en primera plana la discusión del futuro que Beliz acababa de anunciar y abrir.

Pero el bochorno desnudó la opacidad.

La “buena nueva” del Consejo fue sepultada por la lógica perversa de los medios.  

¿Qué otra cosa que la “opacidad de las decisiones del poder” puede haber hecho de Lázaro Báez un multimillonario en menos de una década?  

La sanción de Alberto resultó un torniquete flojo: no cortó el derrame.

Es que el problema no era sólo “Ginés”. Es sistémico, muchos funcionarios políticos – también Ginés – llegan apadrinando parientes, amigos y “leales de la política”, por la única razón de ser “de confianza”, dejando de lado la independencia de juicio y la capacidad, que deberían ser los primeros requisitos para ser parte de una burocracia eficiente.

Las normas bien leídas incluso desalientan que, por ejemplo, “la hija de mi amigo sea mi Secretaria de Estado”. ¿Cómo justificar que Carla Vizzotti no sabía?

Beliz, al respecto de cómo se forman los cuadros de administración, aclaró que en el Consejo trabajarán los Administradores Gubernamentales. Un selecto cuerpo profesional que incorporó Raúl Alfonsín copiando a los instrumentos de la administración francesa. Otro criterio que el que ronda en las administraciones públicas y en la selección de los jueces. Transparencia versus opacidad en todos los niveles.

Beliz lo dijo antes que estalle el ejemplo “vacunal” de opacidad.

Se usaron decenas, tal vez cientos o miles, de vacunas para personas que no deberían haberse vacunado.

Un mamarracho nacional, provincial y municipal. Allí  donde hubo “un poco de poder”, lejos de las normas o la decencia requerida al funcionario público, se vacunó a piaccere: militantes, señoras de los funcionarios, parientes, etc. A Carlos Zanini y a Eduardo Duhalde, en las antípodas de la historia política, los une ahora “el gambito vacunatorio”. La misma línea que une a Hugo Moyano con Aldrey Iglesias que, “supuestamente”, están en extremos de la vida social.

La vacunación trucha puso de manifiesto, una vez más, el peso muerto – que carga sobre el trabajo de los argentinos – de la grosera ineptitud de quienes han colmado la grilla del empleo público sin otro mérito que la amistad o la confianza del mandante de turno.

La cuestión de la vacuna es una de las tantas caras de la pobreza moral que nos hunde, tal como lo hace el peso de las fortunas súbitas a costa de lo público. Sean los Báez – hoy condenados – y tantas otros que han zafado de la publicidad, la mayoría de ellos concesionarios del Estado, y que han pasado vertiginosamente a ser “respetables” sin otro mérito que haber trazado una tangente bien temperada en todos los gobiernos y con inusual vigor a partir de Carlos Menem. 

Con los datos y las sospechas acerca de las vacunas se armó una parafernalia insoportable de ambos lados del mostrador.

La primera consecuencia fue empañar la ventana abierta al futuro con el lanzamiento del Consejo.

La cuestión de la vacuna encendió el odio en ambas trincheras y dejó en el pasado remoto la presentación del Consejo Económico y Social que había ocurrido en esa misma mañana.

El Jefe de Estado, azuzado por la intensidad de los medios, desde Méjico, echó nafta al fuego y quemó su propia ágil y correcta decisión inicial. 

La consecuencia de todo este despropósito es que ni las sanadoras palabras de Beliz, ni los puntos de su propuesta  tuvieron, hasta ahora, la trascendencia pública que se merecen y, lo que es más importante, la que la sociedad necesita para debatirlas.

Hay que instalar la reflexión sobre las áreas problemáticas propuestas para el Consejo. Realmente es una excelente aproximación para enfocar salir de la decadencia, escapar del laberinto, ir por arriba, elevar la discusión.

Tal vez Marechal pensaba que para salir del laberinto hay que “elevar” la discusión: salir por arriba y no reptando las miserias de las que, de una u otra manera, todos somos culpables como lo demuestra el origen de la 125 de la que no es sólo responsable el kirchnerismo.

Hay convergencia de responsabilidades donde miremos. Por ejemplo en la política internacional que es la política, como decía Perón. Se anotan en la progresiva dependencia china, obra de la opacidad y de la asociación implícita del kirchnerismo y del PRO, del lobby de los hijos que reivindican la guerrilla y de los que fueron abogados de la guerrilla. Como vemos unidos en el origen, tal vez banderas, y en el final del periplo, tal vez negocios.

Beliz, para salir de esta tormenta, propone la reflexión sobre la “productividad y la integración social” que apunta al corazón del estancamiento y la pobreza.

Es necesario acelerar esa respuesta, pero teniendo en cuenta el cuidado del “medio ambiente” que es otra área de reflexión propuesta; y fortaleciendo a la vez la “comunidad del cuidado” que es otro de los ejes bajo análisis, como lo es también “el futuro del trabajo”, el gran desafío de las años que vienen.

En su propuesta Beliz incluyó la “institucionalidad”.

La esencia de la institucionalidad es generar la cultura y los mecanismos que impidan la “opacidad en la cosa pública”. De su dominante existencia han sido muestra los “escándalos” de esta semana: el vacunatorio vip y  los delitos comprobados de Lázaro Báez.

En todas y cada una de las áreas propuestas para la reflexión del Consejo, los primeros aportes, va a resultar en una brisa para despejar la polvareda que empaña cotidianamente el futuro.

El Consejo Económico y Social puede echar luz, transparentar, sobre las decisiones públicas. Veamos.

Por ejemplo urge poner sobre la mesa el tema del transporte, uno de los subsistemas cuya ineficiencia hace de la Argentina un país paradigmático.

Se ha estado firmando (CFK y Macri) endeudamiento creciente con empresas chinas para la provisión del sistema ferroviario. ¿Con qué criterios, en torno a qué Plan Global, con qué aportes al desarrollo industrial nacional, con qué acompañamientos de desarrollo regional? Esta en marcha la cuestión de la hidrovía ¿cuál es el Plan en que se incluye? ¿Qué desarrollo contempla de la bandera argentina?

Si tratamos este tema estaremos echando luz sobre una de las infraestructuras más opacas y más caras – comparando internacionalmente – de la Argentina.

El sistema de transporte afecta la productividad, la integración social, el ambiente, sin duda la organización del trabajo del futuro y en nuestro país, su desorden, es la consecuencia de la opacidad que es producto de la orfandad institucional.

Rescatemos los debates importantes y también castiguemos la opacidad. Eso es abrir las ventanas al futuro y desempañarlas. Las dos cosas.

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