Ogro: una puerta al noir español

No soy un lector asiduo de novelas en formato e-book. Menos aún, de novelas españolas que no sean clásicos o recomendados. Pero la novela Ogro me llegó de forma digital (un PDF inédito, enviado por WhatsApp) y, encima, con una recomendación que encerraba un mangazo. Una amiga de Granada, tal vez la ciudad más hermosa de Andalucía, me pedía que leyera una novela que había escrito una conocida suya, y que le había encantado. Mi rol, decía ella, no debía ser la del crítico o el escritor, sino solamente la del primer lector que sale del círculo íntimo de la autora; ese círculo de amigos y familiares que, para cualquiera que entrega un primer manuscrito, es sospechado de ser tendencioso o laudatorio.

¿Se puede decir algo más de la autora? No, era un misterio para mí. Ella había escrito bajo un pseudónimo: Altea Cantarero. Hablo de ella, porque de mi amiga había obtenido esa confesión. La autora, me dijo, de alto perfil en el mundo universitario, no quería que se supiera que escribía novelas, y menos una de misterio, ágil, mal llamada “comercial”. No juzgué: la historia de los pseudónimos en la literatura es larga, sobre todo cuando se trata de mujeres: Agatha Christie se llamó Agatha Marie Clarisa Miller, Gabriela Mistral fue Lucila Godoy Alcayaga, y hasta Stendhal, Stephen King y Asimov jugaron con eso de ser otro.

A decir verdad, el pseudónimo picó mi curiosidad (leerla era tratar de adivinar quién era, cuáles eran las obsesiones que empujan a tode escritore), y fue lo que me impulsó a leer la primera página. Cuando terminé la última, el relato ya me había cautivado. Así que, hecha esta larga intro, pasemos, sin más, a los papeles. 

La historia de Ogro es, como dije, una de misterio: en la capilla de un internado de mujeres, una monja aparece brutalmente asesinada con el corazón atravesado por siete puñales. El rito no es casual, sino una burla a la Virgen Dolorosa, patrona de la congregación, y no por nada el asesinato se produce el 15 de septiembre, durante la fiesta que la conmemora. El lugar es Cuenca, un pueblo de Castilla-La Mancha, la década es los sesenta, y todo hiede al conservadurismo y la opresión de la dictadura franquista. Matar a una monja, y de esa forma, es, aparte de un crimen horrendo, un hecho político. 

Las preguntas que debe responder la policía de aquella ciudad provinciana, casi pueblo (igual que cualquier policía de pueblo, algo rudimentaria, cercana a los vecinos) son demasiadas: quién mató a Purificación (la monja), por qué en un internado de mujeres, y por qué de ese modo tan cruento y espectacular. Quien se encarga de hacerlo es un viejo zorro a punto de jubilarse, que recuerda a Kurt Wallander (también un policía de pueblo, en su caso, de Suecia), a Hércules Poirot, y, en muchos casos, al detective Colombo. Porque Elcano, el responsable de esclarecer el asesinato de la monja, en cierto sentido cumple con los requisitos del protagonista de novela negra y en cierto sentido no. Elcano es huraño, detallista, curtido, pero también es un buen esposo, y padre comprometido en la crianza de un chico con síndrome de Down. Altea Cantarero, aunque sin abandonarlo del todo, retuerce con elegancia al clásico modelo de detective del noir. Un policía experimentado pero decididamente bueno (porque Elcano es un hombre bueno, realmente bueno) se hunde en la más terrible maldad para descubrir al homicida, mientras el corazón se le estruja. Como diría Julien Sorel, “es la violenta impresión de lo feo en un alma hecha para amar lo bello”. 

Muchos días tardé en empezar el libro y muy pocos en terminarlo, porque devoré sus páginas: la estructura narrativa es un relojito, típica de las mejores novelas negras. Creo, sin equivocarme, que el mejor exponente del género es El nombre de la rosa. Y Ogro tiene mucho de esa historia: la reclusión en un colegio, las relaciones homosexuales prohibidas ante los ojos de Dios, los debates teológicos entre los curas y las monjas, y, el particular, el sacrilegio del crimen. En ese escenario, circulan los más estrambóticos personajes. Lobo, el mejor amigo de Elcano, psiquiatra, una suerte de Guillermo de Baskerville renegado; Libertad, una monja joven y permisiva con las niñas, plagada en igual medida de secretos y amores; Benigna, una religiosa de la congregación de una complejidad psicológica fascinante. Todos ellos, y muchos más, son sospechosos.

El detective Elcano los interroga uno a uno junto a su inseparable Tuñón, una especie de Watson castizo. Entre ambos policías siguen una trama que se desdobla continuamente: la razón última del asesinato está cada vez más lejana. Desde luego, el hecho es inamovible: el asesinato de una monja. Pero las interpretaciones, en un contexto hipersaturado de religiosidad y censura, son múltiples, y el relato importa más que la muerte en sí. El final no defrauda. Como decía Chejov, si en la historia aparece un arma, es para que sea disparada. Y el arma, en la novela Ogro, bien que se dispara. 


Enlace donde se puede acceder a la novela ya publicada

Diarios Argentinos