¿Nueva institucionalidad en la región?

Por: Mariano Fraschini

¿De qué nos habla el encarcelamiento del principal candidato opositor a ganar las elecciones en Brasil? ¿Qué viene a significar esta estrategia de “todo o nada” de la elite brasileña? ¿Por qué el verdadero poder en el país carioca decidió sacar de la carrera presidencial a quien la punteaba con comodidad? ¿Qué razones llevaron al bloque de poder brasileño a tomar una decisión de semejante envergadura con tan escasas razones (jurídicas, de derechos humanos, etc) para sostenerla? ¿Es una señal que se envía al resto de la región o se trata de una estrategia ya empleada en Sudamérica que se extiende al principal país dentro de ella?

A partir del triunfo electoral de Mauricio Macri en nuestro país, la derrota parlamentaria del chavismo en Venezuela y de Evo Morales en el plebiscito re-reeleccionista, la salida anticipada de Dilma Rousseff en Brasil y del giro copernicano de Lenin Moreno en Ecuador, un nuevo ciclo político comenzó a caminar en Sudamérica. En un año, la derecha neoliberal volvió a tomar los resortes del poder en tres países y comenzó a jaquear a los populismos venezolano y boliviano. El retorno de la derecha en Chile no hizo más que consolidar esta geografía electoral y sumar una nueva ficha neoliberal al mapa regional. ¿Podemos decir que el triunfo de Macri abrió el camino hacia la “restauración conservadora” como inteligentemente Rafael Correa definió (y advirtió como posible desenlace) a principios de 2014? Con seguridad, la salida anticipada de Fernando Lugo en 2012, la muerte de Hugo Chávez en 2013 y el triunfo ajustado de Dilma en 2014 auguraban un camino para nada favorable para las fuerzas del giro a la izquierda. Sin embargo, es a partir del retorno del neoliberalismo en Argentina en que estas “amenazas restauradoras” se materializan. Este retorno de la derecha regional, ¿qué ofrece de original frente a la experiencia pasada?

La última experiencia de neoliberalismo en Sudamérica se desarrolló en forma predominante durante la década del noventa. Allí la mayoría de los países llevó adelante un proceso de reformas orientadas al mercado en línea con el Consenso de Washington imperante en aquellos años. La política de privatizaciones, ajuste fiscal y desregulación financiera, productiva y laboral se convirtió en el menú preferido de los gobiernos sudamericanos. A pesar de que durante esos años se inauguró el fenómeno de la “inestabilidad presidencial” (la salida anticipada de presidentes sin que ello implique el abandono del sistema democrático) el modelo neoliberal fue aplicado con mayores y menores velocidades en toda la región en un clima de estabilidad. Para graficarlo con un ejemplo: la salida anticipada del neoliberal Collor de Melo en Brasil en 1992 no significó que esa política fuese cuestionada: dos años después fue aplicada con éxito por Fernando Henrique Cardozo. Es decir, a pesar de los cambios en los equipos gubernamentales el neoliberalismo fue hegemónico en la región, y forjó una importante estabilidad política. En ese sentido, Argentina, y Brasil fueron los casos paradigmáticos, siendo el de Fujimori de Perú otro caso de aplicación estable de esa política económica en un contexto institucional con escasas credenciales democráticas. Es cierto también que los otros países del pacífico (Chile y Colombia) y Bolivia y Uruguay llevaron adelante agendas reformistas con éxito dispar, pero gozando de una importante estabilidad política.

La crisis de las políticas neoliberales llegó a fines de los noventa y principios del siglo XXI. Venezuela fue pionera en estas lides y en Bolivia, Argentina y Ecuador fue tal el descalabro económico que legaron las reformas orientadas al mercado, que el “giro a la izquierda” que lo sucedió fue de una profundidad mayor a otros países, por ejemplo, de Brasil. Allí el consenso neoliberal ganó fuerza política y votos y la agenda reformista de Lula fue de menor extensión y contenido. A pesar de ello, el “odio de clase” de la elite brasileña pareció primar en estas últimas semanas. Como dijimos en el encabezamiento de la nota, entonces, ¿a qué se debe tal escarmiento sobre un líder de la estatura de Lula? ¿Qué se desprende de esta decisión y qué efectos tiene para el resto de Sudamérica?

El principal desafío de la actual derecha neoliberal en estas latitudes se encuentra en su capacidad para estabilizar sus sistemas políticos. A diferencia de la experiencia noventista, su llegada no cuenta con un pasado de características catastróficas (hiperinflación, altas tasas de pobreza y desempleo) ni de un contexto internacional amigable (caracterizado por el advenimiento de un mundo unipolar con el liderazgo norteamericano), para llevar adelante su agenda reformista. Esta derecha, entonces, no goza de la tolerancia que le permitió a la anterior llevar adelante un proceso de restructuración económica sin grandes poderes de veto. La existencia de un “acervo de satisfacción” del pasado populista conspira contra los planes genéticos del neoliberalismo de desigualdad, precarización y exclusión social. Desde allí que los gobiernos del “giro a la derecha” regional deban llevar adelante estrategias mucho más bruscas (y en algunos casos antidemocráticas y reñida con las instituciones republicanas que dicen defender) que sus antecesores. El silenciamiento de la oposición partidaria y social, las amenazas (y en algunos casos el asesinato como en Brasil) a los movimientos sociales que encabezan la resistencia al modelo, la represión violenta y de formas más “sutiles” de la protesta social, y el novedoso recurso a la excarcelación (o amenaza) a los principales dirigentes políticos opositores. Con la bandera de la anticorrupción, estos gobiernos ya han apuntado la mira a los liderazgos presidenciales protagonistas del modelo populista anterior. A pesar de contar con muchas denuncias en su contra, los nuevos gobiernos neoliberales utilizan la agenda de la “política anticorrupción” para literalmente “sacar de la cancha” a sus más peligrosos opositores. El caso de Lula en Brasil, se suman a los jaqueos permanente a Cristina Fernández de Kirchner y a la proscripción de Rafael Correa, en un plebiscito de dudoso valor judicial. Con distintas velocidades también el “dedo de la corrupción” apunta a los salientes primeros mandatarios Michelle Bachelet y Pepe Muijica. El acoso internacional sobre Nicolás Maduro y Evo Morales evidencian que se trata de una política que va más allá de la región. La “luz verde” (por acción u omisión) que desde EEUU se le da al despliegue de este proceso manifiesta la necesidad política de la principal potencia militar del mundo de no volver a permitir que soplen vientos populistas o que huelan a izquierda en su “patio trasero”.

En ese marco es que hay que comprender lo que está sucediendo en Brasil y en el resto de la región. Esta “excepcionalidad” institucional que trae la ejecución del neoliberalismo en esta segunda etapa constituye la principal novedad de esta derecha. La incapacidad de ganarles “en la cancha” (salvo en el caso argentino) a los artífices del estable e inclusivo modelo anterior deja a la derecha regional con escasas herramientas republicanas para enfrentarlos. Desde allí que acudan al encarcelamiento (o a la amenaza de) como método de disciplinamiento político. Si el neoliberalismo anterior no necesitó de estas recetas, el actual las utiliza con una frecuencia inusitada. Desde allí que las estrategias reeleccionistas de los líderes de las últimas experiencias del “giro a la izquierda” en Venezuela y Bolivia son una respuesta directa a esta coyuntura adversa.

La imposibilidad (al menos en lo inmediato) de erigir un candidato o una candidata que asegure en Brasil la restauración conservadora mantendrá en tensión a la hoy más que débil democracia carioca. En ese marco, el gobierno de Temer, con su militarización de Rio de Janeiro, la exclusión de Lula, los asesinatos de dirigentes sociales y una situación económica y social que aún no muestra indicios de recuperación, se acerca a un escenario por demás peligroso y de inciertas consecuencias. De su resolución dependerá, asimismo, el devenir de buena parte de los gobiernos de la región. Se abre una nueva etapa en Sudamérica, con contornos de un pasado olvidado y un presente en que la estabilidad política escasea en el mapa regional. Las elecciones próximas en Paraguay, Venezuela, México y Brasil (¿las habrá?) marcará el ritmo y el contenido de este nuevo marco institucional que se viene vislumbrando en Sudamérica.      

Diarios Argentinos móvil