Nube errante

OPINIÓN. "¿Quién quiso hacerte tanto daño para transcribirte así?".


Hoy te busqué. Todas las letras en papel que tengo en mi casa, de tu autoría, las he saboreado largamente durante años y, aunque me siguen generando ese no sé qué inconfesable, sentí que necesitaba una nueva experiencia, una nueva manera de conjugarlas que despertara en mí esa sensación de la primera vez.

Así que, en contra de todos los mandamientos que he creado para nuestra relación y desviando la mirada para evitar la complicidad ante el horror, escribí tu nombre en Internet, y pulsé Enter con un suspiro que de casi nada sirvió.

Llena de un remordimiento que no recordaba y de una expectativa que me obligaba a más, empecé a leerte con lujuria desenfrenada, imaginándote en cada letra como si te oyera, oliendo tu piel en cada descripción.

Pero había algo que no te pertenecía. Percibía la incomodidad en el relato. El erotismo se desvanecía abruptamente. El descuido en cada párrafo, la falta de coherencia, los signos que se escaparon vayan a saber a dónde. ¿Quién quiso hacerte tanto daño para transcribirte así?

Tuve el convencimiento de que era un acto de profanación, de que nadie que valorara tu obra podía maltratarte de una manera tan vil. Y sentí la necesidad genuina de reivindicarte.

Sin embargo, todo se tornaba confuso. ¿No te había traicionado yo, en primer lugar, al bucear por letras digitales, instantáneas, carentes de posibilidad de tacto, irrespetuosas y dañinas?

El arrepentimiento me quitaba el aire por segundos, y me recordaba el aroma del papel con la tinta de aquellos que esperan perder su virginidad en un primer acto que sea solemne, y de los otros, tan gastados que maravillan por su historia detrás de su historia. Lo recordaba porque era lo primero que temía no volver a sentir.

Entendí que esta no era una cruzada solo por vos, aunque todo siempre te perteneciera. Era por todos los libros. Por todos los personajes. Por todos los lugares. Por todos los tiempos. Por todas las historias. Por todos los autores. Por todas las realidades. Por todos.

Era para salvarnos.

Me detuve a observar los libros, que también me miraban, inclinados hacia la izquierda. Los quise con dolor. Pensaba posibilidades que nos permitieran continuar creyendo. Recordaba, en cada espacio, cuál faltaba y quién lo tenía, e intentaba recrear su vida allá afuera. Siempre existe la duda acerca de su destino. El acto de fe que supone llevar a cabo esa entrega es inefable.

La densidad del pensamiento que se desprende de intentar analizar de manera objetiva si acaso no se ha cometido un error innecesario, que ya no puede ser remediado, genera la obligación de custodiarlo desde el lugar de pariente lejano, para dar cierta libertad, pero al mismo tiempo proteger, porque si no todo termina en esto. En mirar a través de una pantalla un texto cuya escritura provoca zozobra hasta al más desprevenido.

Y otra vez ese miedo. ¿Cuánto podemos hacer frente al avance despiadado de la tecnología que nos deforma hasta enajenarnos?

Los libros siguen observándome, aún recostados hacia la izquierda. ¿Estará la respuesta en ellos? Siempre han podido decir lo que yo hubiera querido y nunca supe, han logrado captar lo inabarcable de lo rotundo y lo han vuelto palabra, verso, poesía, vida. Mi vida. En páginas de otros y que al mismo tiempo son de todos.

¿Por qué, entonces, profanarlas? No debería insultarse lo propio. Nuestra identidad destrozada. ¿Qué tan poco nos queremos?

No me animé a seguir investigando en la virtualidad porque, a pesar de estar detrás del error, me conmovía la irrealidad de frases adjudicadas a personas que no eran, datos ficcionales. Me di cuenta de lo que tanto temía. Había un nuevo universo allí.

No estaba preparada para conocerlo. Nadie era quien había sido ni había dicho lo que anteriormente sí. Todo era de un gris doloroso, de esos que están acompañados de vientos fuertes y tornados inesperados. El papel y la pantalla se combinaban y contradecían de una manera grotesca, que daba pudor hasta al más insulso. Y luego el caos.

Falta de recursos para contradecir a quienes afirman que el caos es una escalera, solo veía un camino de destrucción, y ahí estaba yo, cayendo de un pozo a otro más profundo, repleta de inseguridades que dejaban al libro del lado del débil, como si eso fuera posible, y casi me dejaba vencer.

Pero no.

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