No pienses en la pobreza

Por: Dante Palma

El neoliberalismo puede pretender y ser efectivo en la reducción de la pobreza. Lo que no pretende es reducir la desigualdad por más que, eventualmente, en algún período histórico pudiera hacerlo. Entender esto nos ahorraría muchísima energía en debates estériles cada vez que, en Argentina, se publica un nuevo número del INDEC.

Es que independientemente de la controversia en torno a un punto más o menos de inflación, ampliamente sospechados en todas las administraciones, resulta central identificar con precisión qué es lo que se discute y lo que se debe discutir. Porque pobreza y desigualdad parecen lo mismo porque forman parte del discurso biempensante de cualquier referente público y porque muchas veces, cuando baja el índice de uno también baja el índice del otro. Pero no son lo mismo. Por cierto, te propongo que hagas memoria y recuerdes cuántas veces oíste hablar de desigualdad a quien milita en expresiones neoliberales y de derecha.

Efectivamente, acabás de notar que en ese tipo de discurso está muy presente el combate contra la pobreza pero no contra la desigualdad. Esto demuestra que aun cumpliéndose el temerario “pobreza cero”, que lejos de ser un slogan, es una síntesis de lo que aquí pretendo exponer,  tendríamos algo muy importante que discutir. Dicho de otra manera, la tradición popular y/o progresista, debería advertir que, aun en ese escenario quimérico, restaría discutir el hecho de que la “pobreza cero” puede existir en paralelo a que la diferencia entre los más aventajados y los que menos tienen se agrande.

Porque un modelo sostenido en base al endeudamiento puede perfectamente ayudar a disminuir la cantidad de pobres en la medida en que una parte de esos dólares que ingresan se traduzcan en ingresos, directos o indirectos, a través de trabajo o planes, a los sectores más vulnerables. De hecho sería una práctica muy inteligente beneficiar a los más aventajados mientras contengo a los que menos tienen. Hasta podría llamarse “gradualismo”. Sin embargo, en paralelo, la diferencia entre el decil menos aventajado y el decil más aventajado puede aumentar. Veámoslo a partir de un experimento mental muy simple: Juan, el hombre más pobre de la sociedad, gana 10000 pesos y Pedro, el más rico, gana veinticinco veces más que Juan, esto es, 250000 pesos. Pero para no ser pobre hay que ganar más de 10999 pesos. Entonces el gobierno pide un préstamo en el exterior por 50000 pesos de los cuales le otorga, en formato de subsidio permanente a Juan, la suma de 1000 pesos y los otros 49000 acaban siendo absorbidos de una manera u otra por Pedro.

Bajo esta nueva distribución, el gobierno de esta comunidad tan ficticia como simple, podría esgrimir que logró sacar a Juan de la pobreza y, sin embargo, Pedro ya no gana 25 veces más que Juan sino más de 27 veces más (299000 pesos contra 11000 pesos).

Llegados a este punto se plantea un problema interesantísimo porque hay quienes con buen tino plantearían que independientemente de que la desigualdad aumentó, Juan, el que ganaba 10000, vive mejor ahora que gana 11000 y ya no es pobre. Y no les faltaría razón si el análisis se hiciera estrictamente sobre los ingresos y no sobre otras variables.

Sin embargo, esa discusión suele reemplazarse por otra y refiere al modelo de crecimiento. Sin ningún tipo de rigurosidad técnica, me gustaría plantearlo así: ¿Cómo hacer para que la torta crezca? La pregunta es pertinente porque el ejemplo de Juan y Pedro funcionaba en la medida en que la torta creciera, es decir, en la medida en que hubiera más dinero para repartir, aunque más no sea por un préstamo.

¿Entonces hacemos que la torta crezca impulsando a los que más tienen para que derrame a los más pobres o impulsamos que el crecimiento se dé por la inclusión de los que menos tienen?  

Por supuesto que en la práctica no existen modelos ideales que se inclinen por una u otra vía exclusivamente pero podría decirse que este esquema ejemplifica de manera más o menos simple la contraposición entre los últimos modelos de país que llegaron a la administración en la Argentina.  

Vos, como lector, tomarás partido por uno u otro modelo y seguramente deberás servirte de información especializada y comparativa para argumentar. Pero eso sí: si te considerás progresista y/o popular y creés que la discusión que se debe dar es sobre la pobreza y no sobre la desigualdad, es probable que caigas en una trampa. Quien mejor advirtió esto fue el lingüista cognitivo George Lakoff en su libro No pienses en un elefante para indicarle a los demócratas estadounidenses que no debían utilizar el lenguaje y los términos de los republicanos ya que en cada “nombrar” se libra una batalla semántica, política y cognitiva. La oposición al kirchnerismo lo entendió bien cuando llamó “cepo al dólar” a las restricciones a la compra del billete estadounidense porque la noción de “cepo” tenía una carga negativa per se y su contracara no puede ser otra que la libertad. Se supone que, entonces, si hay cepo se trata de una imposición artificial sobre algo que debería ser libre.

Y también lo entendió el kirchnerismo cuando en vez de hablar de “matrimonio gay”, es decir, una reivindicación que aparecía como vinculada a una minoría, se habló de “matrimonio igualitario”, lo cual cambió el eje radicalmente para pasar de una presunta prerrogativa “exclusiva” y acotada a un grupo, a un derecho “inclusivo” que nos ponía a todos los ciudadanos en pie de igualdad.    

Por todo esto, si la oposición al gobierno actual se va a preocupar más por la pobreza que por la desigualdad estará hablando el lenguaje de su adversario. Y, por cierto, ni siquiera hace falta leer a ningún lingüista cognitivo norteamericano para darse cuenta que, si eso sucede, la discusión estará perdida de antemano.    

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