No nos da igual

Por: Carolina Atencio

Hace algunas semanas vi por Netflix la serie “Inconcebible”, acerca de una sucesión de abusos sexuales perpetrados por el mismo varón a distintas mujeres de distintas ciudades de Estados Unidos en los que, diferentes abordajes, resultaban definitorios en el modo en que las víctimas continuaban con sus vidas.

La serie (basada en hechos reales) busca poner sobre la mesa que la manera en que se agencia un caso de abuso sexual, desde el modo en que se conduce la investigación hasta las estrategias de contención y acompañamiento a las mujeres que atraviesan estas aberrantes situaciones, es determinante no sólo para el esclarecimiento del caso sino para garantizar el ejercicio de los Derechos Humanos de las víctimas.

Cada capítulo supera en calidad al otro en lo que debería ser contenido obligatorio para quienes quieran trabajar temáticas vinculadas a abusos sexuales y, en general, todo tipo de violencias. Es clave dimensionar el rol trascendental que tiene un buen o mal abordaje cuando se trata de casos tan profundamente difíciles y dolorosos y la responsabilidad subyacente en cada instancia de intervención.  

Las estrategias que se despliegan frente a la violencia de género, en todas sus manifestaciones, tienen el poder de cambiarlo todo: para bien y para mal. Y no solamente en la manera en que se aborda cada caso en particular sino, y muy especialmente, en el modo en que construimos sentido acerca de la violencia y sus implicancias, en forma de conceptualizaciones y matrices culturales que la sustentan.

En este sentido, es imperativo analizar el rol de quienes tienen mayores grados de injerencia en la construcción de ese sentido, que llena de contenido los conceptos y que se instala en el imaginario colectivo, muchas veces, como única verdad posible. No da igual lo que dicen los medios de comunicación, no da igual lo que se escribe en una columna de opinión y tampoco da igual el modo en que una cuenta de twitter con cientos de miles de seguidores se expide acerca de temas como estos.

En tiempos en los que todos y todas tienen algo para decir sobre la violencia de género, es importante fijar límites y establecer consensos inquebrantables. No es lo mismo decir cualquiera cosa y el imperativo categórico debe ser la responsabilidad, el respeto por nuestros derechos y el reconocimiento de nuestras batallas y las de muchas mujeres que perdimos en el intento: desconocer o simplemente tomar a la ligera la subordinación por motivos de género que padecemos las mujeres en todos los órdenes de nuestras vidas y que muchas veces termina en nuestra muerte, es irresponsable y malintencionado.

Con motivos del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, la socióloga Gloria Pérez Lecube recordó una columna de opinión de su autoría publicada un año atrás en diario Clarín, acerca de las relaciones sexuales y su consentimiento, con la intención de volver a sentar posición sobre el tema. Afortunadamente, las aberraciones allí contenidas recibieron inmediatas críticas e interpelaciones desde los más diversos ámbitos.

Entre las barbaridades que Pérez Lecube expone en su artículo, habla del feminismo como un “terremoto de enemistad y acusaciones contra los hombres”, banaliza el abuso sexual infantil refiriéndose a “padres que no controlan sus manos”, e ironiza acerca de los encuentros sexuales en la era feminista aduciendo que se requerirán escribanos o testigos que certifiquen el consentimiento.

La socióloga en cuestión no es la única. La televisión argentina es un desfiladero de “profesionales” (psicólogos/as, abogados/as, periodistas) que emiten juicios irresponsables que llegan a miles de espectadores/as que buscan formar opinión sobre temas que los/as interpelan: abundan las posiciones que niegan la desigualdad entre los géneros, aún ante datos irrefutables, y aquellas que responsabilizan a las mujeres de las vulneraciones de derechos de las que son víctimas, con mayor o menor grado de flagrancia.

Ante la barbaridad: prohibido normalizar ni tomar como de quien viene. Tener un micrófono y un espacio de reflexión en un medio de comunicación no da lo mismo. Es urgente apelar a la responsabilidad y a que quienes dicen, estén a la altura de la historia y los acontecimientos: lo que no construye, destruye.

En Argentina hay más de 450.000 denuncias por año por violencia de género. Cuántos casos más habrá que no se denuncian y que terminan por engrosar la cifra de femicidios, que actualmente se ubica en 1 cada 33 horas. Este escenario, fiel reflejo y consecuencia directa de la desigualdad que vivimos las mujeres en todos los ámbitos de nuestras vidas, no ofrece margen para las declaraciones irresponsables.

No hay lugar para decir sin costo que el tipo la mató por celos. Tampoco hay lugar para seguir reproduciendo que el “no” puede ser “sí” si no es categórico. NO ES NO. Bajito, fuerte o a los gritos. El sistema patriarcal ya se ha cobrado suficiente cantidad de víctimas para darnos la ventaja de legitimar imbecilidades.

Es urgente comunicar con perspectiva de género y reivindicar el valor de la palabra en la lucha contra la violencia de género y en favor de mayores estándares de igualdad.

Porque no nos da igual.

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