No en nombre del feminismo

Por: Carolina Atencio


¿Reglamentar o abolir? Dos posiciones sobre qué hacer con un tema que divide al feminismo y pareciera partirlo en dos. En torno a esta disyuntiva pasamos una turbulenta semana en la que las redes sociales se inundaron de agresiones cruzadas, acusaciones y sobre todo, mucho feministómetro como moneda de cambio entre compañeras feministas. Y, como era esperable, se sumaron  -con cuchillo y tenedor en mano- cualquier cantidad de detractores del feminismo, ávidos de alimentar la “grieta” en su favor.

El reglamentarismo propone una salida a los problemas que enfrentan las personas en situación de prostitución regulando la prestación. Esto supone entender el ejercicio de la prostitución como un trabajo y darle a quienes lo realizan la protección social que tiene cualquier otro trabajador/a. Basa su postura en la libertad de decisión sobre el cuerpo y propone no hacer distinción entre las explotaciones que suceden en el ámbito de la prostitución y las que ocurren en otros sectores del mercado laboral. Acusa a las abolicionistas de moralistas y de ocultar una realidad que ocurre todos los días.

El abolicionismo se niega a otorgar el status de trabajo digno a la comercialización del cuerpo y sostiene que se trata de una práctica enmarcada en violencia de género que reproduce la dominación patriarcal presente en muchas otras prácticas. Para las abolicionistas su “legalización” sería la del proxenetismo y la trata de personas y proclama que la idea de libertad que el reglamentarismo enarbola esconde privilegios. Sostiene que la realidad de muchas mujeres que han logrado salir de redes de prostitución dan cuenta de que la solución no está en legalizar la explotación sino en la necesidad urgente de que el Estado garantice las oportunidades para la elección libre de otros proyectos de vida.

Aclaración: aunque no lo parezca, esta no es una nota sobre prostitución. Si lo que se busca es la defensa acérrima de uno de estos posicionamientos, se ha venido al boliche equivocado. Lo que defendemos aquí (y siempre desde este espacio) es la contradicción y el disenso. No cancelamos debates ni vendemos caramelos de moralina. No en nombre del feminismo.

Nos negamos rotundamente a plantear antagonismos entre feministas: las convicciones de otra compañera (ni sus contradicciones) no pueden ser nunca mis antípodas cuando del otro lado de nuestra verdadera frontera inquebrantable está el patriarcado y la muerte. De ninguna manera caeremos en la trampa de dividirnos por pensar distinto. Sí. Incluso en este tema, en el que pensamos MUY distinto.

La persecución entre compañeras versus el abrazo a la diferencia debe ser la verdadera grieta entre nosotras. Esta es la verdadera revolución política que vinimos a hacer. No queremos feminismo con reglas patriarcales y es el patriarcado el que señala con el dedo. Nosotras no. El feminismo es emancipador. No oprime ni legitima asimetrías ni categorías de pertenencia. Entonces ¿no debate nada? Sí. Lo cuestiona todo. Pero nunca cancela compañeras. 

No en nombre del feminismo. Nosotras somos las que entendimos que de los laberintos se sale por arriba. Y esto no significa relativismo ni ausencia de convicciones. Me declaro abolicionista y defensora de sus postulados con uñas y dientes. Me involucro en acalorados debates de los que siempre salgo mejor de lo que entré. Eso jamás me llevará a mandar a leer a otra compañera ni a expulsarla (como si acaso pudiera) del movimiento. Nunca. 

Las luchas colectivas por la dignidad y los derechos no se ganan con antagonismos internos. Todas queremos igualdad de oportunidades para todas; en esto no hay grietas. Podremos diferir y mucho en el cómo pero no hay dudas de que, en definitiva, cada una de nosotras quiere terminar con la violencia que vivimos todos los días, que nos desaparece y nos mata. Convivo y milito todos los días con compañeras reglamentaristas con las que iría a la guerra en ojotas y sin más armas que un tenedor.

En la que tal vez sea la única lucha que verdaderamente importa, la que libramos a diario contra el verdadero enemigo, cada una de mis compañeras  es una hermana.

 

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