Ni aislados ni sin estrategia: la Geoestrategia de la Cruz del Sur vertebra Argentina


La Geopolítica es un conjunto de métodos y técnicas para estudiar el despliegue del poder en el espacio; la Geoestrategia, en tanto, es el tipo de estrategia que se implementa, para realizar ese despliegue. Como campos disciplinarios de las ciencias sociales, ambos tratan sobre la relación de colectividades humanas con el territorio. Por consiguiente, si bien actúan dentro de determinaciones espaciales y por lo tanto de difícil modificación, pueden operar en el tiempo y arbitrar tanto el análisis como la intervención estratégica en sintonía con las reconfiguraciones de los territorios en el transcurso de años y décadas.

Ambos campos de estudio y planeamiento deben tener en cuenta las determinaciones estructurales dadas por el territorio, la economía, los hábitos y costumbres, las ideologías y el contexto regional y mundial, la coyuntura y la voluntad de los actores. Esta última, a su vez, es el sistema energético que sirve para la preservación y reproducción de la vida organizado de acuerdo a fines. En la determinación de los mismos participan los valores y normas que organizan la vida en común y los símbolos que permiten la identificación de los seres humanos con la comunidad de adscripción. Todos juntos constituyen la moralidad de un pueblo, que casi siempre se expresa en su imagen nacional.

En tanto la moralidad de un pueblo es un componente esencial de su voluntad de poder, su desmoralización es un instrumento central de toda estrategia de sometimiento. Un pueblo desmoralizado es un territorio vacío y sin historia. Por ello la activación de la conciencia nacional y popular es determinante para el ejercicio territorial de la soberanía y la memoria colectiva que forma su identidad.


La Geoestrategia de la Cruz del Sur


En una contribución anterior el autor de este artículo formuló la “Geoestrategia de la Cruz del Sur” (https://asociacionfilosofialatinoamericana.files.wordpress.com/2020/09/revista-de-filosofia-latinoamericana-5.pdf). A partir de la consideración de los cambios recientes en el sistema mundial, del lugar de Argentina en las relaciones interamericanas y como péndulo en el conflicto entre los bloques que pujan por la hegemonía, las amenazas actuales y potenciales, así como de la determinación de sus necesidades, intereses y objetivos, se propuso entonces una estrategia de afirmación del poder nacional a lo largo de dos ejes hacia el norte (el mesopotámico y el andino), uno hacia el este (el Atlántico Sur y la ruta hacia China a través del Índico), otro hacia el oeste (Chile y el Asia-Pacífico) y uno hacia el sur (la Antártida e islas del Atlántico Sur), que así siguen la Cruz del Sur. Estos ejes deberían organizar la estrategia de afirmación del poder territorial dentro y hacia afuera de la República.



El doble giro geopolítico del Cono Sur durante la década pasada


La retórica del aislamiento recorre los titulares de la prensa reaccionaria: “Alberto Fernández exprime sus contactos geopolíticos para anotar su primera victoria diplomática en América Latina”, tituló Infobae el 26 de junio; “Alberto Fernández enfrenta una cumbre del Mercosur que puede profundizar el aislamiento de la Argentina en América Latina” repitió el mismo medio el 8 de julio. Y Clarín el 8 de julio tituló “Cumbre del Mercosur: al borde del precipicio, hemos dado un paso al frente” con la siguiente bajada “El grupo regional avanza hacia un nuevo formato y Argentina se queda afuera.” Y en La Nación el mismo día apareció el siguiente titular: “Bolsonaro asume la presidencia del Mercosur y en Brasil hablan de ‘aislamiento’ argentino.

Por el contrario, Argentina ha adquirido vacunas en Rusia, China, Estados Unidos y Gran Bretaña, tiene las mayores exportaciones de los últimos quince años, participa en el G20 y ha tenido una exitosa renegociación de la deuda con el Club de París. Tanto el presidente Alberto Fernández como el ministro de Economía son invitados y participan en todo tipo de foros internacionales.

Desde principios del siglo XIX el Cono Sur ha sido un espacio en disputa entre hegemonías encontradas. El Brasil portugués y más tarde el imperial se alineó tempranamente como semicolonia del Imperio Británico. A partir de la Primera Guerra Mundial se orientó hacia EE.UU. y durante la Segunda Guerra Mundial se convirtió en “el portaaviones fijo del Atlántico”. Este perfil de aliado privilegiado impone que toda consideración de la geopolítica del Cono Sur deba tener en cuenta especialmente el rol de Brasil.

Como explicó José L. Fiori en una entrevista reciente (https://www.cartamaior.com.br/?/Editoria/Politica/Jose-Luis-Fiori-Bolsonaro-nao-tera-sucesso-caso-tente-sabotar-as-eleicoes-de-2022-/4/51109 ), entre principios de la década de 1950 y 1980 EE.UU. hizo a Brasil partícipe de su estrategia de desarrollo subalterno, tal como en Europa Occidental o en Japón, pero a partir del fin de la Guerra Fría la preponderancia de la valorización financiera redujo el peso de la industria sobre la participación del país en la economía mundial capitalista. Este cambio de paradigma repercutió también en el modificado rol de las fuerzas armadas y en el de la tarea reguladora del Estado. Con diferentes acentos sociales, tanto los gobiernos de F.H. Cardoso (1995-2003) como los de Lula (2003-2011) convalidaron este esquema. En tanto, mientras que el primer tramo del primer gobierno de Dilma Rousseff (2011-15) trató de mantener este paradigma, la baja en el precio de las commodities a partir de 2012 produjo un hundimiento en los términos del intercambio que repercutió severamente sobre la economía global del país. A este golpe financiero se sumó una agitación orquestada contra el alza de las tarifas en el transporte. No obstante el triunfo del PT en la elección de 2014, el Alto Mando de las Fuerzas Armadas aprovechó el deterioro de la situación económica y el descontento de amplios sectores, para organizar el juicio político contra Dilma y en paralelo impulsar el Lava Jato con el que defenestró a la cúpula de todos los partidos políticos.

El remplazo de Dilma por Michel Temer en 2016 tuvo un efecto de “tierra arrasada” sobre el Estado brasileño que, como señala Fiori (texto citado), indujo al electorado a votar por Jair Bolsonaro en la elección de 2018.

La única diferencia que puede registrarse entre las políticas del gobierno de Barack Obama (2009-17) y el de Donald Trump (2017-21) respecto a Brasil es la identificación ideológica de Bolsonaro y algunos de sus ministros (Ernesto Araújo, Abraham Weintraub) con el ala más dura del trumpismo. Por lo demás, ambos presidentes impulsaron en Brasil el acatamiento total a las políticas regionales de EE.UU., el desguace del Estado, la integración continental de las redes de narcotráfico y el copamiento militar de la administración del Estado, hasta llegar a incorporar a distintos niveles de la administración a 6.000 oficiales de activa y pasiva. En ese contexto, la prisión de Lula en 2018 fue la condición necesaria para la elección de Bolsonaro y después poder desarmar el complejo judicial del Lava Jato.

Por sus implicaciones sobre la lucha por el poder en Paraguay, su extensión financiera hacia Uruguay y la complicidad de la trama macrista en Argentina, puede considerarse el Lava Jato como una conspiración político-jurídica destinada a minar la división de poderes y empoderar a los servicios de inteligencia como regentes de la integración contrarrevolucionaria del Cono Sur.

En ese contexto se dieron el golpe de estado en Bolivia en noviembre de 2019 y los sucesivos golpes parlamentarios en Perú. Por el contrario, los movimientos populares en Chile, Perú, Ecuador y Colombia, así como el triunfo del Frente de Todos en Argentina fueron no sólo reacciones dirigidas contra el  neoliberalismo sino también contra la colusión de las elites con el narcotráfico dirigido desde Colombia, la extremada financiarización, la generalización de la violencia y la desposesión aguda de la mayoría de las sociedades.


La coyuntura geopolítica actual del Cono Sur


Como era de esperar, los primeros pasos del gobierno de Biden hacia la región fueron para tratar de ordenar una situación que puede salirse de control. En esa línea hay que leer las visitas de figuras del Comando Sur y del Departamento de Estado a varios países. China es el objetivo abiertamente declarado, pero ahora también se suma la influencia de Rusia, potenciada por la geopolítica de las vacunas. Llegado al gobierno sin estrategia para el continente, el nuevo gobierno norteamericano se esfuerza por contener los daños. En junio pasado el Director de la CIA, William Burns, viajó a Colombia y a Brasil y en ambos países dio su apoyo a los gobiernos autoritarios, aunque les reclamó cierta contención en la represión.


 William J. Burns, Director de la CIA


El voto de Washington será determinante para la decisión del FMI sobre la deuda argentina, pero más que algunas donaciones de vacunas no tiene qué ofrecer a una región que requiere imperiosamente inversiones productivas y apertura de mercados. El Departamento de Estado vive, entonces, tapando agujeros.

En este contexto, Argentina puede avanzar posiciones, si mide adecuadamente sus tiempos siendo al mismo tiempo decidida. El ascenso de Pedro Castillo a la presidencia peruana, apoyado por un fuerte movimiento popular, pero extremadamente limitado por la situación sanitaria y financiera y por un golpismo acechante, ofrece a nuestro país la posibilidad de tender puentes, por ejemplo mediante una masiva donación de vacunas, para luego hacer negocios y encarar juntos proyectos de infraestructura.

La cooperación con Bolivia en la denuncia del complot golpista de 2019, contra los personeros del macrismo y el intervencionismo norteamericano y brasileño debería servir asimismo para afianzar iniciativas conjuntas no sólo en materia de seguridad sino también en otras áreas como la explotación del litio, gas, transportes e infraestructura, migraciones y narcotráfico.

Si bien en Chile el partido está lejos de haber terminado, el envío de gas, el avance en los proyectos de infraestructura y transportes, la integración entre regiones, los acuerdos sanitarios y fronterizos pueden tender puentes que, no importa de qué signo sea el gobierno electo en noviembre o diciembre próximos, den frutos el año próximo.

Entre tanto, considerando la penetración del narcotráfico en la elite y la sociedad paraguayas, la relación con nuestro vecino del noreste es especialmente problemática. Por otra parte, la bajante del Río Paraná ha puesto especialmente de relieve la necesidad de cooperación que tenemos con los países de la cuenca alta y media del Paraná-Paraguay. Sobre todo es necesario seguir con mucha atención el devenir de la negociación brasileño-paraguaya sobre la renovación del tratado de Itaipú, que vence en 2023 y debe ser renegociado a más tardar durante el año próximo.

Argentina debería intentar reducir la extremada dependencia de Paraguay hacia Brasil, para lo que puede utilizar un sistema de premios y castigos. La administración estatal sobre el Río Paraná puede reducir la preponderancia de los buques y barcazas de matrícula paraguaya en el río y el contrabando de granos argentinos en los mismos, pero a cambio hay que idear compensaciones económicas y comerciales, cooperación en transportes, comunicaciones e infraestructura que influyan positivamente sobre la opinión pública, políticos y empresarios y les compensen las pérdidas en el tráfico ilegal.

Con Brasil, por ahora, no se puede hacer otra cosa que continuar la línea implementada por el embajador Daniel Scioli: cooperación a nivel subestatal, con federaciones y cámaras empresarias y tratando de influir sobre el mundo académico y los medios de comunicación masivos. Mientras Bolsonaro siga en el gobierno, Brasil continuará desarticulado e inapelable para iniciativas conjuntas.

Uruguay siempre ha traído problemas, hasta por su cercanía geográfica y cultural. Inserto como cuña entre las dos potencias regionales, la vocación predominante de su elite ha sido la de mantener su ligazón con Gran Bretaña, que hoy se refleja en servir como base de apoyo al abastecimiento de Malvinas. En este sentido, la amenaza de Lacalle Pou de negociar acuerdos comerciales fuera del Mercosur debe entenderse como un chantaje para obtener concesiones en otras áreas. También en este caso sería conveniente pensar en un sistema de premios y castigos que atraiga progresivamente al “paisito” hacia nuestras posiciones.

Un capítulo mayor es el representado por el control del Atlántico Sur. La creciente intromisión de Estados Unidos en esas aguas parece dirigirse no sólo al control de las vías de navegación y del comercio mundial, sino a crear condiciones propicias para hacer valer sus derechos sobre la Antártida. En tanto, desde Malvinas los británicos controlan importantes recursos naturales de gran valor económico, como los hidrocarburos y la pesca, ejercen el control geopolítico de las vías de navegación hacia África y hacia el corredor bioceánico de Magallanes y se proyectan hacia la Antártida.

De hecho, se bautizó hace un año en Liverpool el último y más moderno barco científico de exploración polar británico, el RRS “Sir David Attenborough”, con bandera jurisdiccional de las Islas Malvinas y, según informa el portal “Zona Militar” del 23 de julio (https://www.zona-militar.com/2021/07/23/fuerzas-britanicas-desarrollan-el-ejercicio-cape-bayonet-en-las-islas-malvinas-imagenes/), el Comando Estratégico Británico del Atlántico Sur acaba de realizar maniobras terrestres y marítimas en las islas en un claro gesto amenazante hacia nuestro país.

Probablemente haya sido ésta la respuesta británica al anuncio de creación de una base aeronaval argentina en Ushuaia (https://www.zona-militar.com/2021/04/21/la-argentina-proyecta-desarrollar-una-base-naval-integrada-como-centro-neuralgico-para-la-antartida-y-el-atlantico-sur/ ), ya aprobada por el poder ejecutivo y en implementación. El objetivo es contener todas las actividades científicas, académicas, operativas y de logística que requiere la Antártida en un mismo lugar, que además funcionará como centro estratégico de operaciones para buques de gran porte que realicen actividad en el Atlántico Sur. Esta iniciativa es coherente con el reconocimiento de la soberanía argentina sobre la Plataforma Continental, realizada por la ONU en 2016, y con las recientes sanciones contra empresas petroleras que exploran con licencia británica en la Cuenca Norte de Malvinas.


 

Instalaciones en la Antartida

 

Argentina se encuentra en una encrucijada de su orientación geoestratégica. Obviamente, las negociaciones en curso con el FMI nos imponen evitar conflictos con EE.UU., pero al mismo tiempo no podemos frenar la cooperación con Rusia y China, particularmente en el desarrollo de infraestructura. La relación con Uruguay y Paraguay es particularmente difícil y con Brasil está frenada al nivel estatal. Sin embargo, del lado del Pacífico se han abierto puertas que, bien utilizadas, pueden servir para sacar ventajas en los vínculos hacia el este. Del mismo modo, hay que intentar sacar provecho de los lazos con Rusia y China, por un lado, y con EE.UU. y la Unión Europea por el otro.

En un momento de crisis mundial y regional, pero en una situación de extrema debilidad, Argentina no puede romper con nadie, pero sí ir aprovechando las ventajas que le ofrecen las sucesivas crisis en su entorno. Se trata de ganar tiempo y espacio de maniobra sin colidir con nadie, poniendo el acento en el eje norte-sur. No estamos aislados ni carecemos de estrategia. Somos el centro de una enorme Cruz del Sur en crecimiento.


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