Multilateralismo o mundo multipolar… cuando hamlet no tiene nada que ver

OPINIÓN. Es hora de que esta Argentina nuestra asuma su rol de gran país suramericano y promueva una política internacional soberana, atendiendo a sus necesidades y a sus posibilidades.

El príncipe dinamarqués, refugiado en su falsa locura, paseaba por su reino con la calavera del bufón Yorick, su amigo… “Ser o no ser, esa es la cuestión”. Cita abrumadoramente utilizada por buenos y malos, sabihondos y suicidas…

Nada es igual a aquel reino que olía mal. Sin embargo, el dilema universalizado por Shakespeare sigue más vigente que nunca. Ahora transportado a los destinos de una Humanidad post-pandémica, urgida por crisis y desastres naturales, agobiada por un cambio climático inclemente al que ella misma contribuyó, exhausta debido a los saqueos salvajes a las que la someten los grupos monopólicos de la especulación financiera mundial.

Con la misma frialdad con que Claudio mata al padre de Hamlet en el sombrío castillo de Elsinor, estos grupos extrañados en sus inexpugnables (así dicen) castillos del poder, han planeado muertes incluso más monstruosas que el del drama clásico. Son autores materiales de asesinatos masivos en cuanto país se les resiste, son culpables confesos de tropelías ecológicas, son torvos manipuladores de la misera y la degradación de un sector aterradoramente inmenso de la raza humana.

Así como Hamlet es condenado a su demencia “highly likely” (altamente probable, como se dice ahora) por los culpables del asesinato de su padre, ahora los culpables de todos esos delitos contra el género humano derraman amenazas y calumnias tratando de retener su férreo dominio de esa humanidad. Tanto en Dinamarca como en la actualidad, no hay prueba alguna de lo que dicen. Se imponen por el simple peso de su presencia, de su abrumadora presencia antes en los pasillos de palacio y ahora en las redes sociales y los grandes medios de comunicación.

Como el falso rey danés, se arrogan el derecho de despreciar las leyes y el orden institucional, reemplazándolos por sus propias normas y su propio orden, el que está prohibido resistir, so pena de recibir sanciones tan duras que pueden llegar a la muerte.

Al fin de la Segunda Guerra Mundial (la Gran Guerra Patria para los soviéticos, nótese la diferencia) las potencias aliadas: la URSS, Gran Bretaña, los Estados Unidos y la Francia de de Gaulle, recién salidas del horror nazi al que vencieron a costa de decenas de millones de vidas humanas, resolvieron crear un organismo que actuara en nombre de la humanidad y cuyas normas y reglas fueran el basamento de lo que hoy damos en llamar el derecho internacional. Así nació la Organización de las Naciones Unidas. Unos cincuenta países en aquellos primeros tiempos después de San Francisco 1945, contra los 193 actuales miembros. Clara evidencia de cómo ha cambiado el mundo en el marco de esas reglas.

La ONU por supuesto presenta grietas y fallas en su gestión. Comenzando por un anacrónico Consejo de Seguridad sólo compuesto por cinco naciones con derecho a veto: Rusia, los EE.UU., Francia, Inglaterra y China. Continuando por organismos derivados de la ONU, como por ejemplo el FMI y el Banco Mundial. Hoy atados al papel de gendarmes financieros de un mundo compuesto en su aplastante mayoría por naciones emergentes o con economías medias. Pero la ONU es la única herramienta que estas naciones tienen para defenderse institucionalmente de agresividades ilegales perpetradas por esos grandes centros de poder monopólico, financiero y especulativo.

Estas cuevas tenebrosas comprenden que tienen, ellas también, que superar trabas y nuevas actitudes a las que la ONU les sirve de base. Por lo general, se trata de declaraciones y resoluciones en favor de las naciones expoliadas, cuya única practicidad está en ellas mismas. Pero que sirven si duda de bandera y sustento político a la resistencia frente al ataque de las grandes élites mundiales.

Para respaldar su acción saqueadora, fomentan la aparición y el desarrollo de términos y criterios falsos desde su raíz, malevolentes en esencia e ilegales por constitución. Como vía para difundir e imponer esa acción, se han apoderado de las llaves y canales centrales de todo lo que hoy llamamos “redes sociales” y que, en realidad, son más redes que sociales. Los grandes centros del poder monopólico, a través de sus obedientes gigantes internéticos deciden quién pasa y quién no pasa. Dictaminan quién es justo y quién no. Sancionan al que pretende mantener una actitud independiente. Invaden y matan si las sanciones no alcanzan a doblegar esa actitud. Estamos tan familiarizados con este atropello a mansalva que ya ni siquiera protestamos.

Nos han acostumbrados a pensar que el FBI, la CIA, los marines, el Departamento de Estado son los custodios de la democracia, de la justicia y de la paz mundial. Eso les permite a los agentes de estos organismos saquear, violar y matar a discreción en “aras de la paz mundial y los postulados civilizatorios occidentales”, los únicos que valen.

Empero, los pueblos violentados no tienen la costumbre de acatar mansamente este “orden” y estas “normas” y resisten pese a las sanciones y a las invasiones. Pese a las cárceles y secuestros ilegales, pese a los “golpes institucionales” y a los bloqueos. Han encontrado la forma de asociarse y unirse eludiendo el agobio y el dictado despótico de condiciones humillantes.

Es el destino de todos los imperios. Desde los romanos y el Gengis Jan hasta Churchill y Washington DC… No hay forma de que los “héroes” de las series del FBI, de SWAT, de los Seal, de NCIS, de Hawai 5-0, en realidad les ganen a los malditos rebeldes afganos, libios, sirios, coreanos, chinos, rusos, cubanos, venezolanos, nicaragüenses. No las hay. Sólo en la ficción, es decir en la irrealidad. En rigor de verdad, los imperios nunca lograron imponerse punitivamente a sus eventuales sojuzgados y terminaron siendo derribados por estos.

Así surge la conceptualización de este cuadro. Sin otra realidad que la que les brindan las series televisivas, con ignominiosas retiradas (fugas) como la reciente en Afganistán, recurren a su aplastante presencia comunicacional para presentar “nuevas” formulaciones salvadoras.

Ahora, sutilmente, han comenzado a establecer las ventajas del “multilateralismo” para oponerse al proceso de consolidación del nuevo mundo multipolar. Como siempre, se disfrazan de condolidos solidarios y benefactores para proclamarse “multilateralistas”.

El claro intento es ignorar y obligar a ignorar ese nuevo mundo multipolar. Pero por más que disfraces al lobo de oveja, sigue siendo lobo. El multilateralismo se autoproclama como el modo de lograr un mundo más justo, una distribución más apropiada de la riqueza, una respuesta “civilizada” a bruscos fenómenos como la migración masiva, la miseria y el hambre.

La pandemia puso en evidencia la falacia: los abanderados multilateralistas niegan las vacunas a las naciones que pretenden “salvar”. Las ganancias de las grandes farmacéuticas ascienden a decenas y decenas de miles de millones de dólares. Las pruebas que demuestran que algunas de sus vacunas tienen problemas no se hacen en Londres o en Nueva York, sino en África o en algún país “raro y medio negro” como Brasil. Pese a la situación difícil en sus países, la Unión Europea chantajea con la aprobación de la “Sputnik V”, la única vacuna que no presentó hasta ahora las dificultades que, con frecuencia, presentan la AstraZeneca o la Pfizer. Por el contrario, los diseñadores de la “Sputnik V” despliegan importantes programas de coproducción con ellas. Son cifras y, como ocurrió en Elsinor, no hacen falta otros argumentos para desnudar el crimen.

Multilateralidad sólo define el carácter de múltiples lados. Sin embargo, esos lados tienen un centro. Ese centro es absolutamente hermético e infranqueable. El multilateralismo no dice una palabra sobre la recomposición del sistema financiero mundial, ni sobre el extremadamente delictuoso panorama de la deuda, ni sobre las políticas de previsión social que deben ser financias por las grandes corporaciones, ni sobre el ominoso despliegue bélico, sea en Medio Oriente, el Asia sudoriental o la región andina.

Los “multilaterales” centrales aprueban y promueven la prepotencia militar de estos grupos monopólicos, que además de invadir, saquear y matar en territorio ajeno ahora llegan a amenazar con el empleo del arma atómica. Lo acaba de hacer descaradamente la ministro de Defensa de Alemania, Annegret Kramp-Karrenbauer. “KKK”, como se la conoce, advirtió que “Occidente está listo para utilizar este armamento” y que “a Rusia hay que mostrarle esta disposición” para utilizar el arma atómica para lograr “un oportuno efecto contenedor”.

¿Quién puede pensar seriamente, en este contexto, que los “multilaterales” pobres de la periferia van a ser atendidos y respetados por un centro que bravuconea con semejante ignorancia de los destinos de la especie humana?

Estamos, como alertó el presidente de Rusia Vladímir Putin y en directa consecuencia de la acción dictatorial del centro, ante una auténtica “crisis de la civilización”. Un centro que gasta casi un billón de dólares al año para sostener su dictadura militar en todo el mundo mal puede coincidir con este diagnóstico.

Por supuesto los países emergentes son los principales damnificados por este multilateralismo, que no sólo los sume en la sombra sino que silenciosamente se solidariza con la agresión y las políticas discriminatorias de las potencias centrales. O para decirlo con mayor precisión, con toda la precisión, las habituales políticas discriminatorias del imperialismo monopólico especulativo.

Esta es la razón por la cual los países emergentes han buscado conformar sus propias alianzas, pasándole por el costado a sentencias, sanciones y bravuconadas de los centros del multilateralismo. Es un proceso que requiere tiempo, solidaridad y fortalece para definir claramente cuáles son los objetivos de estas nuevas alianzas.

Esta búsqueda se inició casi inmediatamente después del final de la Segunda Guerra Mundial. En la primera mitad de la década del 50, este movimiento agrupó a los países que o recién se liberaban del colonialismo o mantenían una dura y cruenta lucha contra centros coloniales como Gran Bretaña, Francia o Bélgica. En 1961, líderes como Fidel, el indio Nehru, el yugoslavo Tito, el ghanés Nkruma o el egipcio Nasser, fundaron el Movimiento de No Alineados. Por razones más que obvias, Perón se adhirió de inmediato. Pero este Movimiento NOAL es antes que nada un movimiento político, destinado a fortalecer la lucha anticolonialista. El gran mérito suyo ha sido imponer en la primera línea de la escena política mundial países que, o no existían sojuzgados por el poderío colonial, o recién se establecían como naciones independientes.

El NOAL no pudo contrarrestar el dictado de los grandes centros monopólicos financieros. Hacía falta estructurar y consolidar nuevos, solidarios y específicos centros o polos de los países “emergentes” que pudieran efectivamente utilizar nuevas herramientas tanto políticas como económicas y sociales.

La conformación de organizaciones como los BRICS (al que la Argentina tiene la necesidad y obligación de adherir), la Organización de Cooperación de Shanghai (OCSh), la Organización para la Unidad Africana (OUA), la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), la mayor autonomía de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), la revitalizada CELAC y la lucha por latinoamericanizar la OEA son pasos muy concretos y sólidos en el proceso que se desarrolla para la consolidar la institución del mundo multipolar.

Los correspondientes sectores gubernamentales de nuestro país deberían tomar muy en cuenta el fortalecimiento de este mundo multipolar, basado en reglas de respeto de autonomía, de solidaridad y no injerencia, así como expresado firmemente en materia de recomposición de la estructura financiera mundial

El mundo multipolar está destinado a propugnar la instalación de un sistema múltiple de relaciones internacionales, partiendo del postulado que en el mundo actual la única posibilidad de establecer parámetros solidarios y dignos entre los estados es sobre la base del reconocimiento de un nuevo tipo de estructura socioeconómica mundial, que priorice el desarrollo de los países emergentes, que enfrente y reconstruya los mecanismos internacionales de respaldo tanto económico y financiero como humanitario.

Por sus propias características, cada polo asume tareas de interconexión entre sus países miembros. Con ello se logra, además de la eficiencia económica, el armado de estructuras solidarias y participativas tanto en el plano civil como en el militar. Eso es pura garantía de independencia y eficiente relacionamiento. La experiencia afgana es un buen ejemplo: la OCSh controla el desarrollo de la consolidación en el poder de los talibanes. Define el papel que en esa relación deben jugar pautas tan elementales como los derechos humanos, la no proliferación de conflictos, la seguridad, la no agresión hacia otros países. Las recientes maniobras de los miembros de la OCSh en la frontera con Afganistán (también miembro de esa organización) sirvieron para demostrar a los talibanes que las fronteras de la OCSh son intocables e infranqueables.

En especial, sirvieron para ensayar una red de contención al narcotráfico que, en Afganistán y en algunas regiones linderas de Uzbekistán, hacia el norte, es la principal actividad económica.

El mundo multipolar permitió la creación de instrumentos financieros facilitadores de inversión y desarrollos de infraestructura en los países miembros, como el Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS, al que tienen acceso, además de los BRICS, los países emergentes que lo requieran.

En las cumbres del G-20, la OCSh y los BRICS han presentado propuestas para el cambio radical del FMI, por cierto una creación de la ONU en los albores de Naciones Unidas que ha desvirtuado esencialmente el objetivo inicial que era facilitar el desenvolvimiento económico de los países miembros.

Sería ingenuo suponer que entre los integrantes de estas constelaciones multipolares no existen encontronazos, fricciones e incluso litigios abiertos. Lo cierto es que la propia naturaleza de estos grupos hace que estas diferencias se diluciden sin llegar al conflicto armado. En parte, también, porque estos centros multipolares no aceptan o alejan las “ayudas” de los grandes centros de poder. El conflicto afgano se soluciona entre afganos y sus vecinos. En Siria, pese a la descarada presencia norteamericana, son Turquía, Irán y Rusia las que median para que finalmente se configure la salida política, con reforma constitucional y paz interior.

Lo que prima en estos polos es al menos el intento de profundizar en las reformas, en los proyectos y en las conductas. No hay “lateralidades”. Cada vez es más notoria la actitud independiente y soberana, lo que además estrecha y seca el campo de acción de los centros imperialistas.

En nuestra América Latina todavía los “laterales” tienen que depurar de “centralidades” organismos como la OEA o el BID. Y si no se puede, entonces crear nuevos como la CELAC, que en sus once años de vida sigue resistiendo el embate de los del Norte y sus vasallos. Aunque, para empezar, América Latina tiene que imponerse sobre la maquinaria imperial que manipula justicias, parlamentos, partidos políticos para impedir que los países emergentes emerjan demasiado. Su receta única actual: conjunción de medios falsificadores, imposición de justicia tuerta, energúmenas manifestaciones de odio fogoneadas de los medios y de políticos, parlamentarios o no, profundamente serviles y corruptos.

En su reciente mensaje a los movimientos populares, Francisco plantó los objetivos principales de esos movimientos, naturalmente inscriptos en el concepto multipolar. El Papa reclamó, de los grandes centros monopólicos financieros, la liberación de las patentes de las vacunas; la condonación de las agobiantes deudas externas; el cese de la contaminación y el saqueo de los recursos naturales; la reducción de los precios de los alimentos; la interrupción de la fabricación y tráfico de armas; desarmar la manipulación mediática, las calumnias y la desinformación.

Quiero citar el último párrafo de esta extraordinaria plataforma de acción, de este increíble y firme “pedigüeño”, como él mismo se calificó:

“Quiero pedirles en nombre de Dios a los países poderosos que cesen las agresiones, bloqueos, sanciones unilaterales contra cualquier país en cualquier lugar de la tierra. No al neocolonialismo. Los conflictos deben resolverse en instancias multilaterales como las Naciones Unidas. Ya hemos visto cómo terminan las intervenciones, invasiones y ocupaciones unilaterales; aunque se hagan bajo los más nobles motivos o ropajes.

“Este sistema (capitalista, HK) con su lógica implacable de la ganancia está escapando a todo dominio humano. Es hora de frenar la locomotora, una locomotora descontrolada que nos está llevando al abismo. Todavía estamos a tiempo.”

¡Otra vez Hamlet! Francisco reitera la dramática pregunta, ante una sociedad humana que pugna por encontrar la respuesta que le permita imponerse sobre las atrocidades de un sistema capitalista inhumano. Esa respuesta tiene que ser colectiva, común. Hablamos de la sociedad humana, de la humanidad. Esa respuesta pasa, ineluctablemente, por la reafirmación de los principios más elementales de esa humanidad: solidaridad y respeto por la autodeterminación, justicia social y presencia del Estado, equidad en la distribución y usufructo de la riqueza.

Es hora de que esta Argentina nuestra asuma su rol de gran país suramericano y promueva una política internacional soberana, atendiendo a sus necesidades y a sus posibilidades. Es hora de que reconozcamos plenamente quiénes son nuestros aliados y nuestros socios. Esto pasa, antes que nada, por evitar las “confusiones” más o menos acomodaticias y sin sustento ideológico y definir una conducta internacional independiente, referenciada en los requerimientos propios y sin dependencia de los “big brothers” de siempre.

 Porque sigue vigente el gran final de Hamlet cuando exhausto y al borde de la muerte, sólo reconoce “el silencio ulterior”. Sus dudas y la traición sirvieron simplemente para que la oscuridad lo tapara. ¿Será ese el destino de nuestro país?


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