Muchas voces, un mismo cuerpo

OPINIÓN. Se puede matizar pero el punto central es siempre el mismo: qué hacemos con las ideas sobre el cuerpo de la mujer. El que parece que nunca podemos dejar de mirar, ni de pensar.

Por: Florencia Lucione

¿Por qué si una mujer que porta un cuerpo  “hegemónico” elige vestirse de ropa que resalte sus curvas decimos que  es funcional al machismo y que se opone a las reivindicaciones feministas? ¿Qué molesta: el cuerpo, su exposición, o el espacio en donde se lo muestra? ¿Liberación o alienación? ¿Mujeres empoderadas o cómplices del sistema patriarcal? ¿Las contratan por voluptuosas o por ser idóneas para el puesto que ocupan? Estos son los puntos a debatir cada vez que se trata de las mujeres y sus cuerpos.

Aceptamos socialmente que en el prime time aparezcan los cuerpos semi desnudo de bailarinas y modelos sin que esto nos resulte perturbador. Incluso, lo consideramos bello y visualmente agradable, según la moral media de la estética cool. Pero nos molesta ver los pechos descubiertos de otras mujeres en una manifestación.

Esta aprobación de lo que sucede sin sobresaltos en la televisión abierta tiene una trayectoria de larga data. Los paradigmas que regían hace 70, 50 o 20 años se vinculaban con una concepción de los cuerpos femeninos algo distinta a la actual.

Pero distinta no significa inexistente. Y es aquí donde importa poner el foco.

Respecto de lo acontecido esta semana en referencia a las conductoras de Canal 26, poco se habló del rol de quienes toman decisiones. Más allá de las personas individuales, podemos reconocer la trama cultural en cuyo contexto se realiza esa toma de decisiones, las que muchas veces siguen respondiendo a estándares de consumo que no siempre son los que más nos gustan.

Aun así, dichos formatos supieron ser muy redituables para la industria de los medios de comunicación hasta hace unos poco años. Y es por ello que actualmente continúan teniendo el peso suficiente para lograr que cierto sector empresarial siga apostando a este tipo de contenido en el que el perfil de mujer pretendido es el de la chica despampanante.

En este sentido, habría que quitar el ojo de las disputas que (de manera siempre ligera) señalan a una u otra mujer, para repensar estas estructuras y los motivos por los que persisten.

Si bien el paradigma impulsado por los feminismos irrumpió socialmente transformando muchos aspectos de nuestras relaciones, como asimismo los modos de sociabilización, hay todavía un sólido andamiaje sexista que muchas veces se considera desterrado.  

El equívoco que aparece es el que hace confundir eliminación con anacronismo. Por eso, cuando creemos que está casi todo hecho y que el patriarcado es un soldadito agonizando, revive un ejército nuevo que nos recuerda que aún existe y que el patriarcado dista mucho de ser únicamente un grupo de señores haciendo comentarios libidinosos.

Es más complejo. Es fundamentalmente estructural.

El perfil de “vedette de revista” puede haberse desvanecido pero no ha dejado de existir. Me pregunto si acertamos cuando solo buscamos cancelarlo, escracharlo, ponerlo en el mismo orden de cosas que ciertas atrocidades que efectivamente acontecen en el marco de un mundo que no dejo de ser absolutamente machista en ciertos aspectos.

Me pregunto también si cuando sentenciamos que “las contratan por las tetas” no somos nosotras mismas quienes indicamos que - casi por definición – si una mujer tiene buenas tetas entonces no tiene la capacidad cognoscitiva o las cualidades que importan a un puesto de trabajo para el que fue seleccionada. Consideramos decir cualquier cosa para atacar a quienes cosifican, según nuestra óptica de cosas, pero volvemos sobre las valoraciones del cuerpo para decirles a otras que la decisión sobre mostrar o trabajar con su propio cuerpo es contraria a los mandamientos feministas porque los cuerpos son una entidad política.

Este debate se encuentra vigente. Quizás porque el mismo movimiento se encuentra en permanente transformación, o quizás porque existen contradicciones que permiten que, sobre ciertos temas, no haya acuerdo ni verdades absolutas ni imposición de una sobre todas. Tal vez sea por eso que las contradicciones molesten tanto. No por su ser, sino porque sin ellas no se puede segregar con éxito a lo distinto.

Se puede matizar pero el punto central es siempre el mismo: qué hacemos con las ideas sobre el cuerpo de la mujer. El que parece que nunca podemos dejar de mirar, ni de pensar.

¿Dónde están los límites entre lo que consideramos opresión y elección individual? ¿Por qué precisamos que todo encuadre en el binarismo de los extremos?

Dejar de lado por un rato estos discursos nos puede permitir realizar una lectura distinta que nos muestre que detrás de cada debate sobre empoderamiento o cosificación del cuerpo femenino hay cientos de miles de comentarios, de hombres y de mujeres, cargados de sexismo.

Ponemos más énfasis en juzgar las decisiones de las mujeres que protagonizan estos hechos que en salir a apoyarlas cuando se juega con su integridad, o cuando son objeto de incontables  señalamientos que las ridiculizan.

Si la disputa sigue girando en función de cuáles son los cuerpos que se quieren erradicar y cuales aceptar, ello conlleva a entender que lo que se persigue es la idea de instaurar un nuevo parámetro de lo hegemónico, una nueva otredad. Y es en esas falsas dicotomías en donde nuevamente aparece una moral impuesta y una nueva invisibilización.

Me gustaría cerrar estas líneas con una única afirmación en medio de tantas preguntas. La estructura social tiene muchísimos aguantaderos del machismo en los que éste se recicla y subsiste. Aun así, no todo es patriarcado. Creer que esa es la respuesta a todo me hace acordar a que todo es nada.

Sobre la autora 

Florencia Lucione es Integrante del Colectivo Feminista por la Igualdad de Género.

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