Motines y explosiones en Estados Unidos

Una vez más varias ciudades de Estados Unidos explotaron en una ola de furia y violencia. El detonante, esta vez, fue el asesinato de George Floyd, un afroamericano de 46 años y militante del anti racismo.

Una vez más varias ciudades de Estados Unidos explotaron en una ola de furia y violencia. El detonante, esta vez, fue el asesinato de George Floyd, un afroamericano de 46 años y militante del anti racismo, por parte de cuatro policías de Minneapolis el pasado 25 de mayo. El asesinato de Floyd ocurrió un mes después del de Ahmaud Arbery, fusilado mientras hacía jogging que ocurrió después de que Dontre Washington fue muerto de 14 disparos por un policía de Milwaukee, que ocurrió poco después de las muertes de Eric Garner, Michael Brown, John Crawford, Ezell Ford, Dante Parker, Tanisha Anderson, Tamir Rice, Rumain Brisbon… todos afroamericanos, todos muertos durante los últimos años por las fuerzas de ley y orden en situaciones de dudosa legalidad. La respuesta de la comunidad afroamericana ha sido, una vez más, expresar su preocupación a través de motines. Como dijo una manifestante en Minneapolis: “Estamos hartos de expresarnos pacíficamente, no sirve para nada”. ¿Por qué ocurre esto? ¿Qué pasa en la “tierra de la gran promesa”?

La lucha contra el racismo comenzó tempranamente en el siglo XIX, pero recién a mediados del siglo XX logró avances importantes con el movimiento de derechos civiles y personajes como Martín Luther King Jr. Este movimiento comenzó con el boicot de transportes de Montgomery, Alabama, en 1955-56 y culminó con los motines raciales en 1964-1967 a través del país. La movilización de cientos de miles de afroamericanos estremeció la sociedad blanca hasta sus cimientos, e inspiró un dinámico movimiento estudiantil y antiimperialista que generó una oleada organizativa en el movimiento obrero. Si bien la demanda de los negros era meramente reformista, puesto que exigían nada más (y nada menos) que sus derechos constitucionales, el mero hecho de una participación tan masiva conllevaba implícito un cuestionamiento al sistema.

Lo anterior inauguró una nueva forma de lucha política en Estados Unidos, ya que la identidad y confianza de la clase obrera y los oprimidos en sí mismas han sido erosionados y tienden a expresarse inorgánicamente en motines socioraciales. En primer lugar, hay que considerar que el motín es, en el caso norteamericano, una forma de protesta histórica para aquellos sectores de la población marginados del sistema político y económico. Ya en las décadas de 1830 y 1840 los irlandeses, los católicos y los negros protagonizaron numerosos y sangrientos motines en ciudades como Filadelfia y Nueva York. Según la American Political Association, cien años más tarde, entre 1964 y 1968, hubo 239 motines durante 539 días, con el resultado de 191 muertos, 7.942 heridos y 49.607 detenidos. En las décadas siguientes la tendencia continuó en motines como el de 1977 en Nueva York o el de 1982 en Tampa, Florida, y el de Los Angeles de 1992. Los detonantes de los motines han sido múltiples; desde aumentos de tarifas, asesinatos y represión policial, hasta picos de calor en el verano. Además, han ocurrido centenares de pequeños motines que abarcaban a lo sumo un par de cuadras en un vecindario.

Las razones de estos motines son obvias y fueron ampliamente cubiertas por la prensa: el racismo, la pobreza y el desempleo; la exoneración de los policías que casi asesinaron a Rodney King en el caso de Los Ángeles; el asesinato del dominicano José García por un policía en el caso neoyorkino, o el asesinato de George Floyd el día de hoy. Menos conocidos son las corrientes subyacentes de ambos conflictos y lo que revelan de la sociedad norteamericana.

Dichos motines han sido por lo general protagonizados por las minorías raciales en Estados Unidos, particularmente los afroamericanos. De ahí que el énfasis en los análisis se ha centrado en el problema racial y en la marginación social. Esto implica que se han perdido de vista aspectos fundamentales de los motines. Por ejemplo, el hecho de que la comunidad negra o latinoamericana de Estados Unidos es predominantemente obrera y trabajadora. O que el blanco de dichos motines es la policía y los empresarios de los vecindarios, que son vistos como explotadores por la misma población, sin considerar su color de piel o raza. En este sentido, los motines tienen, además de un contenido racial, un contenido de clase.

A su vez, los motines revelan que el capitalismo monopólico norteamericano no sólo margina política y económicamente a los trabajadores y a las minorías raciales, sino que no deja canales reivindicativos de protesta dentro del sistema. El sistema lidia con estos sectores sociales a través de la represión. El trabajador negro o el latinoamericano es "culpable hasta ser probado inocente". La policía mata y apalea con impunidad. Esta represión también incluye a los medios de comunicación. Series de televisión como División Miami son ilustrativas. Todos los malos son minorías o marginados, mientras que el héroe Don Johnson es rubio, blanco, inteligente, bien vestido y con buenos sentimientos. Reeditando al Llanero Solitario con Toro (que en inglés se llama Tonto), el mejor amigo de Johnson es un negro, buen mozo, casi tan inteligente como él y que además parece blanco. Y ni hablar de las mujeres, que son lindas y punto. El mensaje que se transmite es claro: los blancos policías son los buenos; las minorías son violentas, depravadas, irracionales y sobre todo incomprensibles con las que sólo se puede lidiar con violencia. La indignidad y la marginación de la visión oficial son obvias.

La represión no sólo abarca el aspecto policial sino también el económico. En 1983 el 28,4 por ciento de los latinos y el 33,8 por ciento de los negros norteamericanos vivían por debajo del límite de pobreza. Una familia negra promediaba el 57 por ciento del ingreso anual de una blanca, y en la era Reagan la brecha se fue ensanchando. Pensemos en lo que ha significado la pandemia y las medidas del gobierno en la era de Trump: son los afroamericanos, los de ascendencia hispana, los inmigrantes, los pobres, los obreros, los principales afectados por la crisis, y los que tienen menos acceso al sistema de salud.

Al mismo tiempo, en un sistema donde el racismo es parte integral de la ideología de dominación, las fuerzas de seguridad tienen un alto grado de impunidad cuando lidian con los sectores más humildes. Para darse cuenta de esto basta ver las estadísticas de muertes por “gatillo fácil” en los últimos tres años: blancos 1268; afroamericanos 698; hispanos 498; sin identificar 529; “otros” 122 (Statista, The Statistics Portal, Number of people shot to death by the police in the United States from 2017 to 2020, by race). Lo que esconden estas estadísticas es que la incidencia de gatillo fácil entre las minorías raciales, dado que representan menos del 25% del total de la población, es cuatro veces más por habitante que la de los blancos. Evidentemente si eres pobre tu vida está en peligro; pero si eres pobre y negro o hispano tu vida esta cuatro veces más en riesgo.

El lápiz verde