Midsommar: terror a plena luz del día

OPINIÓN. Un grupo de amigos viaja a una aldea remota para vivir unas vacaciones de ensueño pero sus acogedores pobladores no son lo que parecen. Tradiciones, rituales y el sentido de familia se mezclan en una historia perturbadora.


La narración ante todo

En los últimos años (la última década o más) el cine de terror estadounidense se centró en el golpe de efecto por sobre el argumento. Históricamente desplazado como un supuesto cine clase B, Hollywood pareció rendirse ante ese mote produciendo en masa películas en las que prevalecía la intención de asustar durante el film en vez de instalarse en la cabeza de los espectadores para atormentarlos posteriormente. Decenas de películas logran que saltes de sillón, pero son contadas con los dedos las que producen lo que genera el buen cine: hacer pensar, darle vueltas una y otra vez a los personajes y sus intenciones, a los hechos y a las sugerencias.

Midsommar patea el tablero y nos ofrece una historia con un clima aterrador tan magistralmente sostenido que no necesita ni siquiera del elemento número uno del miedo: la oscuridad. No es que no tenga escenas impactantes, pero lo que genera escalofríos es la narración tan oscura como terrenal, absolutamente posible.

El film es una co-producción entre Estados Unidos y Suecia filmada durante el 2018 en Budapest y estrenada en julio de 2019. Es el segundo largometraje del joven director Ari Ashter (34 años), cuya ópera prima fue Hereditary, también de terror. Ashter es un declarado fanático del thriller psicológico, etiqueta que bien podría calificar a Midsommar.

De vínculos y duelos

Es probable que lo más perturbador de esta historia sean los primeros diez minutos. Se nos presenta a Dani (brillante actuación de Florence Pugh –Amy March en Mujercitas-), una estudiante de psicología muy preocupada porque su hermana bipolar, quien le ha enviado un mensaje con tono suicida, no le atiende el teléfono. Dani le transmite su temor a su novio Christian (Jack Reynor), quien en ese momento se encuentra en un bar. Enseguida nos enteramos de que Christian quiere dejarla hace tiempo y que incluso ha planeado en secreto un viaje a Suecia con sus amigos, quienes lo alientan a cortar la relación cuanto antes. Las intenciones del novio se ven aplazadas cuando (alerta spoiler) ocurre lo peor: la hermana de Dani se ha suicidado y ha asesinado a sus padres. Así comienza esta historia que girará en torno a varios ejes temáticos: la soledad de Dani, la cobardía de Christian, el sentido de pertenencia, todo aquello que no se entiende pero sucede igual.

Dani es invitada a sumarse al viaje no porque Christian sea particularmente cariñoso sino porque no sabe qué hacer y no quiere defraudar a sus amigos. Claro que no todos aceptan de buena manera que su novia se acople al plan, pero la presencia de Dani es bien recibida por Pelle (Vilhelm Blomgren), el estudiante sueco que le ha hecho la propuesta a sus compañeros estadounidenses de ir a conocer Harga, la comuna ancestral en la que ha crecido, aprovechando una celebración que se sucede cada 90 años.

El grupo viaja a Suecia y arriba a un paraje paradisíaco en medio de un bosque. El trayecto hasta la aldea incluye drogas desconocidas, así que ninguno sabe exactamente dónde está. No son los únicos extranjeros: otro lugareño, como Pelle, regresa de EEUU con una pareja amiga. Dani advierte enseguida que las personas que los reciben, ancianos, jóvenes y niños que dicen ser una gran familia, tienen actitudes sospechosas detrás de sus rostros serenos, sus túnicas blancas y coronas de flores. Pero ni Christian ni mucho menos sus amigos le llevan el apunte: ellos están fascinados con la comunidad, a la que usarán como material para sus tesis de antropología. Dani está sola atravesando un duelo en una tierra desconocida. Está asustada y a la vez no puede decir que la estén tratando mal; al contrario, todos son amables con ella, mucho más que su propia pareja.

Tradiciones y pertenencia

El clan sueco que recibe a los jóvenes tiene tradiciones siniestras, no hay dudas. Ahora bien, por fuera de los actos que comprenden, lisa y llanamente, crímenes, podríamos decir que la película plantea un interrogante que se nos presenta constantemente cuando chocamos en modos de ver el mundo con otras nacionalidades, distintas religiones, cualquier persona que se aleje de las concepciones occidentales signadas más por la globalización liberal que por el catolicismo, a esta altura.

La escueta población de Harga, que nace, se desarrolla, se reproduce y muere dentro del mismo seno familiar aunque con algunas limitaciones como, por ejemplo, el sexo entre hermanos, tiene reglas estrictas que no parecen molestar a ninguno de los integrantes. A los visitantes (y a los espectadores, por supuesto) les cuesta entender ese mundo: ¿por qué, según el grupo etario, duermen todos juntos? ¿Por qué es una decisión colectiva el debut sexual de sus integrantes? ¿Por qué viven apartados de la tecnología? ¿Por qué acatan tan pasivamente las reglas?

Es Pelle quien va explicando parte del funcionamiento de la comunidad, incluso su propio viaje de estudios a EEUU que ha sido una decisión de los mayores y que, veremos, tuvo un propósito determinado. Pero lo que más sorprende, sobre todo a Dani, es que todos son felices en ese engranaje particular. No parecen; son. Viven en armonía aun sabiendo que a los 72 años, como reza la tradición, deberán quitarse la vida para dejar el lugar a los más jóvenes porque el ciclo es así, y además lo harán con orgullo.

La inmersión de Dani

Aunque es la primera en expresar el deseo de abandonar el lugar, Dani es quien mejor parece comprender el entorno. Christian no la escucha, ni siquiera se acuerda de su cumpleaños. Los amigos de Christian están abocados a su juego: Josh (William Jackson Harper) quiere tanto completar su tesis de investigación que se inmiscuye para fotografiar el libro ancestral de la aldea, lo cual está prohibido; Mark (Will Poulter) busca el “reviente” que creía que iban a experimentar, por eso ni se da cuenta de que ha orinado sobre un árbol sagrado. La relación entre los aldeanos y los visitantes comienza a tensarse y Dani se ve cada vez más vulnerable aunque, a su vez, es esta misma indefensión lo que la lleve a abrirse más hacia la comunidad.

Dani acaba de perder a toda su familia. Su pareja desde hace años, como le hace notar Pelle, está lejos de ser “su familia”. El clan de Harga es misterioso y espeluznante pero le presta atención, le da lugar, y ella comienza a verse cada vez más adentro.

Temor a nosotros mismos

Midsommar no utiliza ningún elemento sobrenatural, más allá de que las drogas y el duelo que aqueja a Dani sirvan para generar algunas escenas confusas. Es el temor a la mente ajena lo que guía el terror, desde la hermana de la protagonista hasta la comunidad con su culto ancestral. Es, también, la búsqueda de un otro que nos ampare, que nos delibere del dolor, que nos haga sentir parte.

Exponente del terror más inteligente, este film es tan original como incómodo. Puede verse fácilmente en la plataforma Stremio.

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