Meditaciones sobre la etiqueta de Cachivache

Julián Axat nos trae otra entrega de sus aguafuertes de un defensor. Esta vez, la historia de adolescentes que, el propio sistema considera al límite de la degradación, y les da un trato indigno.

Z. ingresó a Registro un día viernes. Se le imputaba el delito de atentado y resistencia a la autoridad, por quinta vez. Yo no lo había asistido nunca, esta era la primera. Mis colegas ya me habían comentado de su historia: vivía en la calle, su familia lo había abandonado, consumía “paco” tirado en la vereda, y la policía no lo quería en el centro de la ciudad.

Cada vez que la policía se topaba con Z., le “armaba” una causa por atentado y resistencia a la autoridad. Al igual que el caso A.D que ya he contado en otra aguafuerte, si el sistema de salud no actuaba (si nadie hacía nada), la policía tenía sus mecanismos para limpiar a aquellos  elementos que consideraba potencialmente peligrosos. Ese era su mandato político también. Y los defensores intentábamos visibilizar esta trampa, denunciando a las autoridades e interponiendo acciones judiciales para que el Estado contenga, y no esconda -con la policía- sus omisiones debajo de la alfombra.

Registro, es el Centro de encierro al que ingresan los adolescentes que acaban de ser detenidos por cometer algún delito; ese día mi visita sorprendió a los operadores de Niñez, que pensaron que el defensor en turno, intervendría recién al otro día, cuando llegase el expediente a despacho y el joven fuese citado a comparecer ante el fiscal.

 “Vienen a ver al cachivache” escuché decir detrásde mí cuando entraba al Centro y cerraban la puerta. Allí estaba Z., su cuerpo hecho un bollo tirado en una esquina de la celda. No hablaba, apenas balbuceaba. Tenía consumidos los labios, tiznados los dientes. Su estado de salud –evidentemente– se había ido deteriorando cada vez más, hasta llegar a parecer contrahecho.

Era como un anciano, pero tenía 17 años.

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Niños que se parecen a viejos 

El consumo continuo de pasta base, deteriora en forma considerable la salud de los jóvenes, especialmente en el aspecto cognitivo-neuronal y físico corporal; a la vez que  –por otro lado– produce niveles de ansiedad y actividad elevados, que se expresan en niveles de abstinencia buscando satisfacer y dar respuesta a la posibilidad de continuar el consumo.

El cuerpo deambula contraído buscando la bendita sustancia para calmarse. Si ese circuito se corta, es decir, si no se satisface, la persona se desespera por conseguir más, se cae al vacío o trasunta cual zombie y sigue buscando a toda costa el consumo para seguir. Y todo ello aumenta los niveles de vulnerabilidad, rusticidad y violencia, que son –muchas de las veces– aprovechados por organizaciones criminales, o situaciones individuales donde la vida y la muerte –propia y de los otros– se juegan en un instante de peligro.

Ya hemos contado, también en otra de nuestras aguafuertes cómo estos adolescentes a la deriva, por su extrema vulnerabilidad son considerados la “materia prima” de la economía delictiva de las organizaciones criminales, que necesitan mano de obra rústica desechable para hacer todo tipo de trabajos sucios e ilegales (mulas, delivery de drogas, atender bunkers, marcación de casas, escruche, robos al voleo, sicariato, etc).  En los pasillos policiales y carcelarios se los llama “cachivaches”, porque como no tienen códigos y están muy limados, son blanditos y están a disposición para cualquier cosa. También son las muertes anunciadas. Blancos móviles del gatillo fácil, por lo que se acumulan sus nombres en la larga lista de pibes asesinados a través de la violencia institucional.

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Cachi

– Acá todos me dicen “el Cachi”… 

Apenas podía expresarse, apenas podía hablar. Pero identificaba los prejuicios de los otros. Y pedía más droga. Cerraba los ojos y suspiraba.

– Dame algo… dame faso…

En esas condiciones era obvio que Z. no podía pararse ante un fiscal y declarar. Necesitaba atención médica urgente, y eso es lo que en ese momento solicité, no solo para ganar tiempo y se recupere, sino para –más adelante– evaluar la forma de demostrar que la causa se la habían armado.

Pero el juez del caso prefirió derivar a Z. a un Centro de máxima seguridad, con control psiquiátrico-farmacológico a cargo del establecimiento. Y así pasó los días, con un costo alto de dolor y padecimiento ante la abstinencia. 

Al mes ya estaba un poco mejor, y pudimos conversar.

Me contó que su anhelo era ser algún día “cobani” del servicio penitenciario, imponerse y ordenar los rancheríos de las celdas. Que estaba hablando mucho con los guardias y lo habían contagiado con esa idea.

Pero ya le había quedado “Cachi”, así era como todos lo llamaban.

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Teoría sobre la etiqueta “Cachivache”

“Cachivache” no es una definición vinculada a  la ideología del Patronato de la Infancia. Hay “desprecio” en ese adjetivo.

Se trata de una (nueva) construcción de tipo “peligrosista”, sin piedad, con menos concesiones desde la típica moralidad “protectora” o tutelar que los paradigmas de los viejos sistemas de minoridad supieron construir.

Ya no interesan los elencos estables de “menores abandonados” que los viejos jueces de menores protegían cual buenos padres de familia. Elencos (inestables) que explotaron hace rato, y pasaron a transformarse en confinamiento masivo de jóvenes morochos, cachivacherío de las periferias urbanas, hacinando las cárceles.

Para esta ideología, cachivache se nace y se hace. Pibe que no sirve para nada, ni siquiera para reinsertarse socialmente.

Su destino sería el fracaso institucional asumido -ya sin eufemismos- por las instituciones totales. La muerte de la resocialización que solo confina para gestionar los riesgos y la seguridad de la vía pública.

Entonces el sistema penal de doble velocidad consume “cachivaches” que producen cultura de “cachivacherío”. Esa construcción de etiqueta no brinda posibilidad de mejorar conducta, adaptarse a códigos, de no dejar de reincidir.

Una vez que el mote es colocado al ingreso del circuito penal, será utilizado como degradación sistemática, de la que es muy difícil salir. Habrá que desplegar toda una estrategia simbólica para des-etiquetarse y romper con ese molde.

El sistema penal juvenil actual no esconde al “cachivache”, sino que lo expone brutalmente como su objetivo principal-bélico en un laboratorio de sospecha impregnado de ideología de defensa social, funcional a la que expone la policía, los medios de comunicación, la demagogia del poder político.

En el fondo, la idea de un “cachivache” recuerda a la de la “musulmanería” de la que hablaba Primo Levi,  como la de aquel que ha perdido su dignidad y por eso es visto como no-humano en los relatos de los sobrevivientes en los campos de concentración.

El cachivache es el agenciamiento-zombie, el no-niño, un niño-bomba, niño-sacer, con un estatuto jurídico diezmado, degradado.

Puro ser sacrificial. Nadie habla por él porque no habla, ni tiene derecho a ser oído; es pura captura de lenguaje y cuerpo, bajo proceso irreversible hacia un final dramático-violento.

Estas situaciones representan los verdaderos casos complejos o nudos problemáticos del sistema penal juvenil actual, y sobre los que entiendo debe estar basada la reflexión de la criminología crítica y la defensa de los derechos humanos.

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El destino de Z

Z. conoció a un guardia que al salir excarcelado, lo llevó a una granja de recuperación en el conurbano. Ese guardia con el que hizo empatía, se apiadó de él, y le transmitió una estrategia para sobrevivir a su etiqueta. A partir de ahí, Z. consideró a ese guardia como a un padre. Le decía “papá”.

Supe que allí vivió unos años, se convirtió en asistente terapéutico y ayudaba a otros como él.

En una visita que hice hace pocos años a un Centro de encierro, encontré a Z. disfrazado de guardia. Quedé sorprendido. Ese era su deseo desde la primera vez que lo vi, y lo había realizado. La forma que había encontrado para relacionarse con los demás. La que había heredado de quien llamaba como su papá.

Me saludó efusivamente, pero enseguida recuperó la compostura. Cuando lo vi alejarse, su cuerpo grandote, se movía en forma marcial.


Julián Axat es escritor y abogado

Diarios Argentinos