Mapuches S.A.

OPINIÓN. El mito mapuche consiste en creer que en su expresión más cruda, que desde tiempos inmemoriales, existió un pueblo llamado “mapuche”.

Como su nombre lo indica, una sociedad anónima es un grupo de personas que carece de nombre, simplemente. Luego está la interpretación jurídica, comercial, etc. de aquellas empresas que, como una forma de maximizar los beneficios comerciales se organizaron constituyendo  una persona de derecho reconocida , con reglas especiales de formación, responsabilidades, etc.; pero ese es otro cantar seguramente habrá dicho en algún momento Carlos Gardel, ¿por qué nó?

Ateniéndome a la primera acepción nadie puede negar el derecho de un grupo de personas físicas, movidas por similares intereses, para elegir un nombre de fantasía que los identifique. El fútbol nos da claros ejemplos: “Los Borrachos del Tablón”, “La Doce”, “Los Diablos Rojos”; también las colectividades afincadas en el país optaron  por organizarse en instituciones que llamaron según su propia fantasía: Círculo Italiano, Sociedad Española de Socorros Mutuos,  la Casa Suiza, etc. Bien puede, entonces, un grupo de personas reunirse bajo un nombre de fantasía, en este caso “mapuches”.

A comienzos del siglo XX un grupo de indios araucanos decide adoptar el nombre de “mapuches” para identificarse. Constituyen  un grupo fundamentalmente urbano, afincados en el sur de Chile, y algunos en el lado Argentino, alrededor de San Martín de los Andes.

El mito mapuche consiste en creer que en su expresión más cruda, que desde tiempos inmemoriales, existió un pueblo llamado “mapuche” que, por su condición de pobladores originarios, son los propietarios de las tierras patagónicas desde la cordillera hasta la meseta y la región magallánica. A este pueblo se le atribuyen cualidades ecológicas, culturales, cosmológicas y otras de gran valor. Se identifican a sí mismos con una bandera,  un idioma y cierta homogeneidad cultural. Para sus reivindicaciones territoriales  cuentan con el apoyo de organizaciones no gubernamentales europeas y nacionales, y el soporte político de organismos del Estado.

No existe, en cambio un solo documento histórico anterior al siglo XIX que registre la existencia del pretendido pueblo mapuche. Un visitante tan notable como tardío como Charles Darwin llega a Carmen de Patagones donde se entrevista con Juan Manuel de Rosas en febrero de 1833, y no registra la existencia de ningún pueblo “mapuche”, mientras detalla minuciosamente sus encuentros con diversas  tribus de la región. Por esos tiempos ni el Comandante Luis Piedra Buena ni el Perito Francisco P. Moreno, ambos profundos conocedores de la Patagonia y de las tribus indígenas, mencionan a los indios mapuches, aunque nombran una docena de otras tribus diferentes.

 Viajeros europeos que exploran esas tierras, como el marino inglés George Charworth Mustars, oficial de inteligencia de la Corona Británica, que cruzó con los tehuelches toda la Patagonia de sur a norte, no mencionan a los mapuches. Tampoco los nombra Santiago Avendaño, quien fue rehén  de los ranqueles, otra tribu araucanizada, vecina de los pretendidos mapuches, durante siete años desde 1842.

Aún más, ni los caciques Pincén, Sayhueque, Calfucurá, Painé, Namuncurá, en sus entrevistas, citan o mencionan a una tribu “mapuche”. Nunca hubo una tribu mapuche, menos aún un cacique mapuche.

 La palabra “mapuche” no está registrada en los vocabularios de los misioneros jesuitas ni salesianos, ni el del Teniente Coronel Federico Barberá, autor del “Manual de lengua pampa”. No son mencionados los mapuches en los partes militares del Ejército Argentino, ni por Rosas, Lucio V. Mansilla ó Conrado Villegas, ni por el historiador  Estanislao Zeballos; los cronistas militares que participaron en la Campaña de la Conquista del Desierto y que detallan las tribus contra las que luchaban y aquellas que eran aliadas del Ejército, tampoco los mencionan.

La palabra “mapuche” y su compañera “mapudungun”, lengua mapuche, según los entusiastas, es compuesta después del final de La Conquista del Desierto, al borde del siglo XX. Ambas son palabras híbridas, creadas por sociólogos o historiadores,  construidas a partir de vocablos araucanos con mayor o menor acierto.

Esto es común en medicina, por ejemplo que se habla de “quimioterapia”, “fonoaudiólogo”, o “psicología”. Aristóteles no habría entendido el significado de esos términos pretendidamente griegos. Cutralcó, comahue, mapudungun, mapuche,  son voces que no podría haber sido entendidas por Cafulcurá o Sayhueque . Ni autoservicio, peatón o turbohélice por Cervantes.

 “Pueblos originarios” es una envoltura sociológica. La Gran Marcha del Hombre se inició en África, según los mejores conocimientos actuales de antropología, y en larga peregrinación  humana se expandió por toda la tierra. A nuestra América ingresó presumiblemente por el Estrecho de Bering, y descendió por la espina dorsal de los Andes, quedando a su paso pueblos afincados en distintos lugares.

En la Patagonia no hay pueblos originarios stricto sensu. No hubo pueblos originarios, como sí hay flora y fauna autóctona. Los humanos llegaron  a la Patagonia desde otros lados. No es ancestral Calfucurá. Se afincó en Carhué en 1832, en casi el mismo momento que Darwin conversaba con Rosas. Es decir unos 250 años después que los españoles fundaron Tucumán. Unos 100 más tarde que los gallegos abrieran sus   abarrotes en Buenos Aires, y asturianos y catalanes sus tiendas de moda. Nunca hubo una “nación” indígena. Ni mapuche ni de ninguna otra denominación; por la sencilla razón que los indios no tenía el concepto de “nación”, en el mejor de los casos  llegaron a ser tribus. No existía una hermandad entre las etnias indígenas.  Se exterminaban entre sí los araucanos y los tehuelches, por ejemplo, y hubo tribus enteras que fueron masacradas por otras.

Pero desde el ejercicio de ese derecho a llamarse como quieran, a imaginar un relato que  pretenda certificar la existencia real de algo que, en sí mismo se llame mapuche hay un largo trecho. Es cierto, en cambio, que la actual Ministro de Seguridad de la Nación tiene otro concepto. Simplemente sucede que en este tema la Ministro es ignorante.

La señora Sabina Frederic es una militante entusiasta y aceptó ser Ministra de Seguridad. Con igual dedicación, trabajo y buenas intenciones hubiera aceptado ser Presidenta de Invap, Ministro de Problemas de Género,  o Directora de la Biblioteca Nacional. Todo está bajo la órbita de Antropología, que es lo suyo. Antropo (el hombre) Logía (conocimiento). Conocimiento del hombre. Nada queda afuera. Ministra de Asuntos Generales. Pero de los mapuches nada sabe.

Es una mujer joven. Puede estudiar. Si se decide y le dedica tiempo puede ser que algún día llegue a tener un par de ideas claras de las diferencias que existen entre los problemas étnicos y los negocios inmobiliarios, que es el fin de lo que pretenden los mapuches truchos de Villa Mascardi

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