Malvinas en la geopolítica de América Latina

OPINIÓN. Luis Wainer expone los lineamientos del nuevo libro en el que es compilador, "Malvinas en la geopolítica de América Latina", que trata sobre las soberanías de las Islas durante el gobierno de Mauricio Macri en Argentina.


El libro que hemos presentado es el resultado de años de trabajo, indagaciones y encuentros, que transcurrieron bajo la preocupación de pensar las soberanías de Malvinas durante el gobierno de Mauricio Macri en Argentina; encuentros que además tuvieron un común denominador que era y es un ciclo de recomposición neocolonial que atraviesa a una parte importante de Nuestra América.

Buscamos recuperar cuanto se había avanzado y transformado la causa Malvinas en tiempos anteriores, especialmente durante el período abierto a partir de 2003. Muchxs de lxs que escribimos en el libro, hemos profundizado nuestro interés por el tema Malvinas, fundamentalmente, en el transcurso de los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández (2003-2015), cuando la cuestión de las islas recobró un vigor sustantivo.

Aunque otrxs llevan décadas explorando, investigando y militando esta causa, lo cierto es que Malvinas –en ese período– se ubicó como reclamo de soberanía más allá de cualquier acuerdo de orden parcial o acercamiento que, en última instancia, dilataba el histórico conflicto que mantienen Argentina y el Reino Unido desde hace 187 años, y que lo convierten, en cuanto conflicto colonial territorial, en el más relevante a nivel mundial. Analizar los últimos años como un tiempo de recomposición neocolonial creemos que posibilitó realizar una correcta caracterización regional en la cual necesariamente se inscribe la Cuestión Malvinas. Esto es así porque la política exterior desde diciembre de 2015 pasó de asumir Malvinas como “una causa regional” a considerarse una situación de nuevo “paraguas de soberanía”, lo que quiso decir, volver a mantener relaciones “maduras” con el mundo; en consecuencia, quitar del primer plano la discusión de la soberanía de Malvinas.

Entendemos que entre 2003 y 2015, Malvinas pudo ubicarse en el marco general de una región que planteó críticamente la persistencia de dependencias económicas, políticas y culturales. Adquirió el conflicto el tono denunciante sobre el proceso de militarización en el continente y ofreció entonces una clave explicativa para dar cuenta de una escalada de instalación de bases militares que, como suele ocurrir, cercan los principales recursos naturales, minerales estratégicos e hidrocarburíferos, de los que abundan en Nuestra América como en ningún otro punto del planeta.

La dimensión histórica de las luchas políticas vinculadas a la emancipación del continente asomó nuevamente apenas la región ensayó diversos modos de salida de aquel neoliberalismo en crisis, elemento que permitió dar integralidad a la historia, romper su carácter fragmentario y articular hechos políticos con matriz económica y actores relevantes. Así, al unísono, fue posible escuchar las expresiones claras e incisivas de presidentes como Hugo Chávez, Fidel y Raúl Castro, Luiz Inácio Lula da Silva, Evo Morales o Rafael Correa, entre otros, que hicieron suyo el reclamo, no solo por una correspondencia ideológica, sino además por comprender Malvinas como el símbolo para denunciar la expoliación de los recursos del continente y el rol en ello tanto de Estados Unidos y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) como de Gran Bretaña.

Hubo allí un diagnóstico epocal: ningún país podía sostener en el tiempo puja alguna en materia de soberanía sin ella ser antecedida por una unidad regional que, además, debía crear sus propias y nuevas instituciones para abortar la pretensión de que grandes discusiones pendientes continuaran en ámbitos perimidos –por la naturaleza de sus promotores–, como la Organización de los Estados Americanos (OEA), Naciones Unidas o inclusive las tradicionales Cumbres de las Américas.

Lo que mutó para Malvinas desde 2003 fue entonces la política de los años setenta y noventa: debía ser tiempo de poner por delante el reclamo de soberanía y no los acuerdos comerciales. Resultaba indispensable desarmar la escandalosa “política de seducción” hacia los isleños planteada por el menemismo, lo que había quitado del centro de la escena el carácter territorial de la disputa. Se debía volver a colocar el conflicto exclusivamente entre los gobiernos de la Argentina y Gran Bretaña. Por ello, en este período, se concentró en la persistencia de la denuncia sobre la depredación de los recursos, así como en la militarización del Atlántico Sur. En consonancia con el tono del reclamo, se señaló que, después de la guerra de 1982, Gran Bretaña construyó la mayor base militar de la OTAN en el Atlántico Sur (Monte Agradable).

El “No al Alca” de noviembre de 2005, anticipaba la creación de organismos como Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y, más adelante, Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), que buscaron desarmar tradicionales modos de integración latinoamericana subordinados a la política exterior de los Estados Unidos; para reponer la discusión sobre el desarrollo en América Latina. Fue Malvinas también eslabón para pensar en ello, sobre todo en lo que al Océano Atlántico Sur respecta y los recursos que allí se disponen, primero a ser explorados (el Proyecto Pampa Azul, entre otros, testimonia tal búsqueda) y luego a denunciar su explotación ilegal.

Elaborar una política común de defensa -con base en la creación del Consejo de Defensa de UNASUR- fue prioritario también para Malvinas. Un lugar preponderante –en cuanto al avance de la militarización de la región- han ocupado las críticas hacia los mecanismos como el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) o la OEA, como un modo fundamental de protección de los recursos, a la vez que consagrar América Latina como zona de paz.

Malvinas, como corazón de la Pampa Azul

Tratamos de no perder de vista una serie de premisas ordenadoras para pensar el desarrollo argentino. Una de ellas es que dos terceras partes del territorio nacional se encuentra en el mar. Quizás un dato redundante pero que nos recuerda que tenemos un país marítimo, insular y antártico y que, en consecuencia, permanece allí una Argentina que debemos incorporar al mismo tiempo, cultural y económicamente. Si lo hacemos, si sumamos el mar y sus recursos y si nos pensamos como país antártico, quizás la pregunta que se desprenda sea si estamos en condiciones de pensar en un país no esencialmente agroexportador. 

En 1999, el Reino Unido dio a conocer su Libro Blanco. Una suerte de manual sobre cómo administrar sus “territorios de ultramar” (modo sofisticado para evitar hablar de colonialismo en el siglo XXI). Allí, se reconocía el hecho que dicha administración permitía tres elementos fundamentales a la hora de pensar las soberanías nacionales y regionales: posición geopolítica, acceso al conocimiento y posesión sobre recursos naturales estratégicos para el desarrollo industrial, en una era de dificultades en cuanto al acceso a los mismos.

En 2016, Reino Unido extendió su estrategia sobre gran parte del Atlántico Sur, en lo que dio a conocer como Blue Belt o Cinturón Azul. La búsqueda por trazar una zona de exclusividad –una verdadera barrera geopolítica- de 4 millones de km2 entre Malvinas, las Georgias y las Sandwich del Sur y el territorio antártico. Recordemos que luego de la guerra, en 1985 Gran Bretaña inició la construcción de la Fortaleza Malvinas, incluyendo la Base Aérea en Monte Agradable, en la parte llana de la Isla Soledad, la cual cuenta con una pista de 2590 metros y otra de 1525, que posibilita el desplazamiento de aviones de gran porte y helicópteros. A esto se suma el puerto de aguas profundas Mare Harbour utilizado por la Marina Real para el amarre de buques y submarinos, donde Londres ha enviado submarinos de última generación y de propulsión nuclear, además de los silos y rampas para lanzamiento de armas nucleares.

Actualmente, este enclave militar tiene entre 1.500 y 2.000 efectivos (entre temporales y permanentes). Muchos de los temporales, conforman contingentes rotativos que arriban para ser sometidos a entrenamiento y posteriormente son enviados a escenarios bélicos como, por ejemplo, Irak o Afganistán. Esta base cuenta con aviones de quinta generación, característica que no cuenta ninguna fuerza aérea en Latinoamérica.

Sabido es que una de las dimensiones que da cuenta de la importancia geoestratégica de las Malvinas es la conexión que establece con la Antártida, territorio codiciado por las potencias hegemónicas por ser reservorio de minerales y biodiversidad; o por almacenar en forma de hielo más de las tres cuartas partes de agua dulce existente en el planeta y también de suma importancia para la actividad espacial. El Estrecho de Magallanes, los Pasajes de Beagle y Drake posibilitan la comunicación interoceánica Atlántico-Pacífico y son fundamentales para el monitoreo e intervención en el comercio mundial. Se estima que alrededor de 200.000 buques de carga transitan anualmente el Atlántico Sur: el 80% del petróleo que demanda Europa Occidental y el 40% de las importaciones de EE. UU. representan parte importante de este flujo comercial.

Pensemos que en el Atlántico Sur Occidental -sector correspondiente a Suramérica- solo dos actores regionales detentan casi la totalidad del litoral marítimo: Brasil y Argentina. Y, sin embargo, las potencias extrarregionalas con fuerte presencia son Estados Unidos (EE. UU.) y el Reino Unido, detentan la posesión de la cadena de islas que se encuentran en el centro del Océano Atlántico Sur, entre América y África, al tiempo que ejercen poder naval de la zona

Es imprescindible observar el hecho de que otros asentamientos coloniales británicos pendientes de descolonizar, sirven para establecer un sistema interconectado de bases militares (e infraestructura británica) que incluyen a Tristán de Acuña, Santa Elena y Ascensión (además de Georgias y Sandwich del Sur); las cuales pueden transformarse rápidamente en bases útiles para el transporte y apoyo logístico, en tanto una “columna vertebral” que permite el abastecimiento y traslado de fuerzas de combate rápidamente.

No podemos entender la estrategia del Reino Unido en el Atlántico Sur, sino es asociada a la de EE. UU., por ende, al esquema de despliegue militar de la OTAN. Por ejemplo, en 2004, Londres traslada la Comandancia Naval del Atlántico Sur a Mare Harbour y Monte Agradable.

Si en 2008, EE. UU. anuncia la reactivación de la IV Flota, para patrullar el Caribe, América Central y América del Sur con fines “humanitarios”, diez años después, en agosto de 2018, el secretario de Defensa británico, Gavin Williamson, resaltó la fortaleza de la relación entre el Reino Unido y los EE. UU. de la siguiente manera: “(…) Estamos listos para responder a cualquier situación en cualquier momento. Hemos desplegado fuerzas en todo el mundo, podemos recurrir a nuestros territorios de ultramar en Gibraltar, las Áreas de la Base Soberana en Chipre, la Isla Ascensión, las Islas Falklands y el Territorio Británico del Océano Índico. Estos a menudo proporcionan instalaciones clave no solo para nosotros, sino también para EE. UU.”

La otra cara de militarización es el saqueo. Solo en 2011, se entregaron licencias ilegales a 116 buques que pescaron un total de 260.000 toneladas. Recientemente la Directora de Recursos Naturales del gobierno ingles en Malvinas, Andrea Clausen, expresó que, en los primeros cuatro meses de 2020, solo empresas británicas capturaron 62.000 toneladas de calamares; lo que equivale a un volumen de negocios de 1800 millones de dólares.

Si en los últimos treinta años (desde el fin de la guerra) por medio de licencias ilegales, esas imponentes ciudades iluminadas en el océano representaron un negocio de 150.000 millones de dólares, en paralelo Argentina solo capturó 80 sobre un total de 12.000 buques en el Atlántico Sur.

Por todo ello –y por ello el libro- es imprescindible pensar Malvinas a partir de tres premisas fundamentales: que América Latina y Argentina no pueden pensar su desarrollo económico sin pensar la defensa integral de sus recursos marítimos; que necesitamos retomar una agenda regional que logre ejercer presión sobre el Atlántico Sur; con Argentina, Brasil y los países de África en el centro del debate y que; al mismo tiempo, aquello es impensado sin antes retomar una agenda de investigación sobre nuestro océano, es decir, volver a pensar en nuestra Pampa… Azul.


Sobre el Autor

Luis Wainer es Magister en Estudios Latinoamericanos de la Universidad Nacional de San Martín(UNSAM) y Licenciado en Sociología de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Es además doctorando en Ciencias Sociales de la UBA. Sus estudios de tesis indagan sobre los orígenes del chavismo (Venezuela), en cuanto a la conjunción entre organizaciones revolucionarias y fuerzas armadas bolivarianas entre 1958 y 1998.Actualmente es el Coordinador del Área de Estudios Nuestroamericanos del Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini” (AEN-CCC) y es Director del grupo de investigación “Malvinas una causa de Nuestra América” en la Universidad Nacional de Hurlingham (UNAHUR). Se desempeña como docente de grado y posgrado en la UBA, UNAHUR y UNDAV. Ha publicado los libros “Los orígenes del chavismo...” (Ed. Caterva, 2019), “Porotros medios. Medios y golpes en América Latina (2002-2016) (Ed. CCC, 2019), “Participar o romper. Organizaciones político-militares en América Latina”, (Ed. Biblos, 2016) y recientemente  “Malvinas en la geopolítica de América Latina”, Ed. CCC (2020).

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