Machismo pandémico y la ficción de la realidad

OPINIÓN. ¿La pandemia implica nuevos tipos de violencia o simplemente los repite y acrecienta? ¿Hay escapatoria? ¿Todas las victorias feministas de los últimos cien años tienen algún tipo de valor si mujeres siguen siendo violadas y asesinadas brutalmente, viviendo en un mundo todavía bastante machista?


Esto ocurrió en 1993. En enero de 1993. A partir de esta muerta comenzaron a contarse los asesinatos de mujeres, pero es probable que antes hubiera otras. La primera muerta se llamaba Esperanza Gómez Saldaña y tenía trece años. Pero es probable que no fuera la primera muerta. Tal vez por comodidad, por ser la primera asesinada en el año 1993, ella encabeza la lista. Aunque seguramente en 1992 murieron otras. Otras que quedaron fuera de la lista o que jamás nadie las encontró, enterradas en fosas comunes en el desierto o esparcidas sus cenizas en medio de la noche, cuando ni el que siembra sabe en dónde, en qué lugar se encuentra”. Roberto Bolaño, 2666.


Esta pandemia ha sido notoria por muchas cosas, pero supongo que es interesante la manera en que se ha intentado encontrar analogías, parábolas y similitudes con grandes obras de la literatura. Una de las más populares es La peste, de Albert Camus, que cuenta el azote de una enfermedad sumamente contagiosa en una pequeña ciudad ficticia, llamada Orán, en la costa argelina (“Les curieux événements qui font le sujet de cette chronique se sont produits en 194. à Oran. De l’avis général, ils n’y étaient pas à leur place, sortant un peu de l’ordinaire. A première vue, Oran est, en effet, une ville ordinaire et rien de plus qu’une préfecture française de la cote algérienne”). La relación entre esta novela y el contexto pandémico es obvia, pero yo quisiera hacer referencia más bien a una novela que no trata sobre enfermedades y virus, sino que trata sobre asesinatos, y esa es la monumental (e incompleta) novela de Roberto Bolaño, 2666, más precisamente a su capítulo más largo y complejo: “La parte de los crímenes”. Bolaño describe de una forma extremadamente detallada (tanto que te destruye y te impide seguir de a ratos) los cientos de asesinatos a mujeres en la ficticia ciudad de Santa Teresa, en el Estado de Sonora, Méjico. Creo importante aludir a esta novela, no solo por su calidad literaria, sino también porque me parece que es un claro ejemplo de cómo la ficción palidece frente a la realidad. El reporte del primer trimestre de 2020 de incidencia delictiva del Laboratorio de Seguridad Ciudadana, organismo del Observatorio Nacional Ciudadano, informa que “los feminicidios reportados aumentaron en 5 de los 18 distritos judiciales respecto al primer trimestre de 2019. El distrito que tuvo el mayor incremento fue Ecatepec de Morelos, con 295.3%, seguido de Nezahualcóyotl con (245.8%) y Otumba (196%). En tanto que el municipio de Cocotitlán presentó la mayor tasa de feminicidios en el primer trimestre de 2020, con 7.33 carpetas de investigación (CI) por cada 100 mil habitantes, seguido por Coyotepec con 4.54 carpetas por cada 100 mil habitantes y Amatepec con 3.49”. (Fuente, Infobae, artículo publicado el 7 de mayo de 2020). A escala nacional, la tasa de feminicidios ha aumentado un 58,3%. El 20,6% de las víctimas son menores de edad.

El 21 de abril, el diario mejicano “El Economista” publicó un artículo citando el reporte del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP): “en enero de 2020 se registraron 74 víctimas; en febrero 92 y marzo 78, dando un total de 244 mujeres que fueron asesinadas por cuestión de género. Por lo que respecta al 2019, en enero se reportaron 76 víctimas; en febrero 70 y en marzo 94, dando un total de 240 víctimas. De esa forma, el aumento del primer trimestre del 2019 al mismo periodo del 2020 es del 1.6 por ciento”.

México, obviamente, no es el único afectado. Países como Argentina (el porcentaje de llamadas a la línea 144, que ofrece orientación, asesoramiento y contención a mujeres en situación de violencia, creció un 39%), Reino Unido (14 mujeres y 2 niños han sido asesinados después de tres semanas de cuarentena obligatoria), Perú (que hasta el 9 de mayo registraba 12 asesinatos y 226 violaciones, 132 de ellas a menores de edad), Colombia, etc. son ejemplos de lo que han llamado, de manera medio pretenciosa si me preguntan, “la pandemia silenciosa”. La Agencia de noticias France 24 cita las cifras de la ONU: “Las cifras de la ONU son contundentes: a nivel global 243 millones de mujeres y adolescentes entre 15 y 49 años han sido víctimas de violencia física y/o sexual a manos de su pareja. Además 137 mujeres son asesinadas a diario en el mundo por un miembro de su familia y menos del 40 % de las mujeres que sufren violencia buscan algún tipo de ayuda”.

Bueno, basta de datos y citas de diarios de todos lados, vamos al punto central de la cuestión. Para empezar, no tenemos que confundirnos, nada de esto es nuevo de ninguna manera. La cuarentena simplemente ha incrementado los porcentajes de violencia de género y feminicidios a escala global, principalmente porque ha obligado a las víctimas a estar encerradas constantemente con sus asesinos y violadores. Y, un dato interesante, muchas de las víctimas son menores de edad. También en la novela 2666, un porcentaje bastante elevado de ellas son menores de edad. Esto plantea, por lo menos a mi parecer, una serie de preguntas: a) ¿es realmente la ficción un espejo de la realidad o una exageración de ella, o, más bien, la realidad supera a la ficción?; b) ¿la pandemia implica nuevos tipos de violencia o simplemente los repite y acrecienta?; c) ¿hay escapatoria?; d) ¿todas las victorias feministas de los últimos cien años tienen algún tipo de valor si mujeres siguen siendo violadas y asesinadas brutalmente, viviendo en un mundo todavía bastante machista?

Vamos por partes, dijo Jack el Destripador; primero, la cuestión sobre los límites entre la ficción y la realidad siempre son arbitrarios y pocas veces están realmente definidos. Todorov dijo que lo que caracteriza a la literatura es que es ficticia, no falsa. Entonces, la ficción se nutre de la realidad y crea algo artificial a partir de ella, algo que no es falso o mentira, pero que de ninguna manera es “real”. No es que la ficción sea un espejo de la realidad, sino que es una visión particular de la realidad. Ahora, ¿qué diablos pasa si la propia realidad supera la ficción, si la realidad está siempre pisoteando a la creación artificial? Cada vez que escuchamos algo como “en Perú ha habido 226 violaciones, 132 a menores de edad, en el contexto de la pandemia”, nos sorprendemos y decimos que es increíble, que no lo podemos creer. De ese modo, lo trágico o lo terrible nos parece algo parecido a la ficción, algo que simplemente está más allá de la verdad y la mentira, que no es real. Simplemente no lo podemos creer. Lo mismo con la pandemia del Covid-19 en general, por eso estamos buscando tantas analogías en obras de ficción, tanto en películas como en libros. Cuando leí 2666 me parecía simplemente imposible que tantas mujeres pudiesen morir en una sola ciudad y probablemente a manos de un solo asesino, que es lo que propone la novela, aunque el asesino nunca es encontrado (spoiler ahead). Leyendo los reportes y noticias sobre la violencia de género y los feminicidios en todo el mundo, sobre las víctimas viviendo en el mismo sitio que sus asesinos y violadores, me hace pensar que lo que Bolaño describe es posible. Entonces, supongo que la relación entre ficción y realidad es más bien una de posibilidades. El escritor propone una posibilidad en una novela, el cineasta en una película, el músico en una canción, el pintor en un cuadro, y la realidad se encarga de decir sí, es posible.

Pasemos al siguiente punto; ¿estamos ante nuevos tipos de violencia? Esta parece ser una pregunta que se repite siempre que las situaciones cambian. Mi opinión es que no. Se ha hablado mucho de que estamos librando una guerra contra un enemigo invisible. Esto me parece una pelotudez bárbara, principalmente porque al calificar al virus de “enemigo” estamos humanizándolo, personalizándolo, es más, quizás le estamos dando involuntariamente un propósito. Este es un tipo de violencia del que se ha hablado, del virus violentándonos y nosotros resistiendo y manteniendo una guerra contra ese enemigo invisible. Supongo que la situación está bastante lejos de todo esto, particularmente porque el virus no tiene propósito, agenda, objetivo ni razón de ser, simplemente te enferma y por ahí te morís o sobrevivís, punto final. Otros, sobre todo los numerosos anti-cuarentena, hablan de una violencia perpetrada por el estado al establecer una cuarentena obligatoria y restringir las libertades civiles, aunque dudo que la posibilidad de ir a un café o a un bar cuente como una libertad civil.

Todas estas son violencias inexistentes que nuestra paranoia y nuestra falta de paranoia han creado. Ahora, están las violencias que sí existen y que involucran algo muy importante: intersubjetividad. La cuestión radica en que yo no creo que sean nuevas. Está todo el mundo shockeado del asesinato de George Floyd en Estados Unidos, y lo único que puedo pensar es: what the fuck did you expect! oh, big surprise, America is racist and cops kill black people for no fucking reason at all. Lo único que cambia en este tipo de violencia es que el contexto, quizás, es distinto. Con George Floyd no estamos hablando de una persona asesinada por la policía, estamos hablando de una persona asesinada por la policía en un contexto de pandemia y terror general. Lo mismo con los feminicidios en todos lados. No estamos hablando de mujeres asesinadas y violadas en cualquier lado, sino que estamos hablando de mujeres asesinadas y violadas en sus propias casas, forzadas a convivir con sus victimarios, lo cual postula una especie de micro-espacio de la violencia, la opresión y el machismo del cual parece no haber escapatoria. Y aquí estriba la diferencia entre 2666 y los asesinatos a mujeres en la cuarentena; en la novela, los asesinatos se producen en un espacio mucho más grande y hostil, externo y quizás hasta extraño, perpetrados por uno o más asesinos que no tienen rostro ni nombre, son invisibles; en la realidad pandémica, los asesinatos se producen en un espacio más pequeño y que se supone que debería ser un símbolo de familiaridad, intimidad, privacidad, y los asesinos son sus maridos, sus padres, sus tíos, sus hijos, sus hermanos, sus abuelos, sus amigos, es decir, hombres con rostro, nombre y apellido, hombres que conocen.

Por último, ¿hay escapatoria? ¿Valen la pena todas las conquistas del feminismo? Sí y sí. Yo creo que, por un lado, intentar cambiar el comportamiento de los hombres y de la visualización machista de que las mujeres son objetos o cuerpos que deben ser violentados y sexualizados, es poco posible. Intentar cambiar a un violador o a un asesino es poco probable, principalmente porque implica transformar toda una visión psicopática, y por lo tanto rayana en lo irreal y lo brumoso. Para mí está claro que como sociedad hemos avanzado muchísimo en varios aspectos, en muchos campos, sin embargo, la cuestión yace, más bien, no en intentar cambiar la percepción machista de la mujer, sino en que las mujeres puedan defenderse de sus victimarios, es decir, que dejen de ser simplemente víctimas y que se conviertan en sujetos capaces de no solo sobrevivir, sino de pelear también.

Ahora, esto también presenta muchas dificultades, particularmente porque un porcentaje bastante alto de mujeres en situación de violencia no dicen nada al respecto, no reportan, ni informan, ni acusan, porque hacerlo es riesgoso. Entonces, para mí habría que tratar de lograr una especie de práctica unificadora entre las mujeres y que las barreras de clase se disipen, sobre todo porque creo que las feministas actuales no comprenden y no se acercan a las mujeres de las clases populares (esto suena un poquito a sermoneo de machito con conciencia, a mansplaining, pero ténganme paciencia). 

Aquí en Argentina, por lo menos, el fenómeno feminista es uno más bien reducido a cierta clase media acomodada y metropolitana, urbana, que tiene la posibilidad de estudiar en la universidad. Esto me parece que es aplicable también a la izquierda actual, cuyo contacto con la clase obrera es mínimo y postula una paradoja que creo que muy pocas veces en la historia ha sido superada: la izquierda, y si es por eso gran mayoría de las teorías de emancipación, se han difundido principalmente entre intelectuales y su alcance a las clases populares ha sido siempre cuestionable. Creo que antes, las tendencias de izquierda, por lo menos, estaban más preocupadas por hacer llegar el socialismo al proletariado, con bibliotecas populares, programas de alfabetización, comunicación con las fábricas, etc. Así tuvimos varias revoluciones populares en el siglo XX, y algo similar podríamos decir del feminismo; en la actualidad y con la caída del Muro de Berlín, tanto la izquierda como el feminismo se han vuelto pequeño-burguesas, además de que la unión entre teoría y praxis se ha disuelto (mucha labia, poca acción, y yo me temo que no soy diferente). 

Así que sí, hay escapatoria; si se establece un plan de acción que sea viable, entonces los contextos y situaciones de opresión pueden ser transformados, y sí, creo que, si hombres quieren participar de este cambio, de esta defensa de la mujer, deberían dejarlos participar, porque ellos también son parte del proceso. Insisto, cambiar al violador o asesino es poco posible, pero aquellos que no son ni violadores ni asesinos deberían ser partes integrales del cambio, no “aliados”, término que me parece francamente muy estúpido y suena a jueguito de computadora. A fin de cuentas, a lo largo del tiempo se han logrado modificar ciertos tipos de micro-machismo, aunque otros aún persistan (como la desigualdad salarial en el espacio laboral). Y sí, todas las luchas del feminismo valen la pena incluso si mujeres siguen siendo asesinadas y violadas y el machismo aún existe. A fin de cuentas, ¿no son todas las luchas de emancipación, por más que hayan fracasado, válidas? En mi opinión, creo que tanto resultados como el significado de la lucha son igual de importantes y que nunca hay que perder de vista por qué se lucha. Todo esto significa que hubo personas que estuvieron dispuestas a cambiar el mundo, incluso si no pudieron hacerlo, significa que hubo y que aún hay una visión de un orden de las cosas distinto, y eso es todo lo que importa al final. Si se puede transformar el mundo, mejor.

El lápiz verde