Los trabajadores y el impuesto a las ganancias: una mirada desde la economía política

OPINIÓN. Durante la semana pasada volvió a la escena pública un debate que fuera muy recurrente durante la segunda presidencia de Cristina Fernández: los alcances del impuesto a las ganancias para trabajadores registrados.

Durante la semana pasada volvió a la escena pública un debate que fuera muy recurrente durante la segunda presidencia de Cristina Fernández: los alcances del impuesto a las ganancias para trabajadores registrados. Si nos retrotraemos unos seis o siete años, nos encontramos con movilizaciones sindicales masivas, consignas a favor de la eliminación de este por parte de la oposición y un compromiso de campaña muy concreto en el año 2015: Mauricio Macri prometió que, en caso de ser electo presidente, iba a suprimir el pago del impuesto a las ganancias de los trabajadores y jubilados. Ya conocemos la historia: esa promesa nunca se convirtió en realidad. Cuatro años después, con otro partido en el Gobierno, senadores del bloque de Juntos por el Cambio presentaron un proyecto que vuelve a plantear lo mismo.

La consigna de que los trabajadores no paguen impuesto a las ganancias parte de una proclama semántica: “el salario no es ganancia”, aunque esta distinción ya ha sido corregida en 2016 cuando el nombre se cambió al de impuesto a los altos ingresos. Sin embargo, de hecho, el concepto de ganancias tiene un sentido muy apropiado desde la teoría económica.

Detrás de la idea de un impuesto a las ganancias -u originalmente a los réditos, el nombre original en su creación en 1932- hay un concepto de excedente económico asociado a la diferencia entre lo que se gana y lo que se gasta. Sin ir más lejos, el impuesto a las ganancias grava tanto a las empresas como a las personas físicas. En el caso de las empresas la cuenta es sencilla:  estas pagan el 35 por ciento de la diferencia entre sus ingresos y sus gastos. En el caso de las personas, la cuenta es un poco más complicada.

Según distintas miradas de la economía política clásica (por caso, David Ricardo o Karl Marx), en una economía capitalista el valor agregado es creado por la fuerza de trabajo, pero a esta se le retribuye con un salario equivalente a su costo de subsistencia (Ricardo) o de reproducción, que incluye consumos más allá de la mera subsistencia (Marx). Es decir, las empresas que fabrican bienes tienen entre sus costos al salario de sus trabajadores, pero sus ingresos -al vender los bienes que fabrican- son mayores a sus costos, y de allí deriva una ganancia. Esa ganancia (legítima para Ricardo, apropiación que cristaliza la explotación para Marx) no es otra cosa que el excedente producido en el proceso productivo. 


Si el Estado entiende que ha de recibir como tributo una parte del excedente, es lógico que lo haga sacándole una porción del pastel a quienes lo han apropiado. 


En las miradas de Ricardo y Marx no podría ser de otro modo: reducir el salario con un impuesto implicaría atentar contra las propias posibilidades de reproducción de la clase trabajadora. Incluso el propio Marx se permite, a partir de un concepto de costo de reproducción que no necesariamente se iguala al de la subsistencia física, distinguir entre trabajadores calificados y no calificados -trabajos simples o complejos- sobre los cuales existe también una diferencia de salarios: reproducir a un trabajador calificado es más caro. Desde esta perspectiva, ni siquiera sería necesario sostener al impuesto a las ganancias desde una retórica de la redistribución del ingreso: si el excedente es apropiado solamente por las empresas, es a las empresas a quienes se les debe cobrar. De hecho, si las empresas tienen dueños (burguesía), el impuesto ha de cobrarse sobre la persona jurídica (las empresas) y no sobre las personas físicas (sus dueños).

El escenario teórico propuesto por Ricardo, Marx y otros exponentes de la economía política clásica en el siglo XIX puede servir para entender a las economías capitalistas de aquella época o incluso un poco más tarde, pero no necesariamente para comprender qué es lo que sucede con ese excedente en el siglo XXI. Ya a mediados del siglo XX, Piero Sraffa entendía que la tasa de ganancia (en este caso, el cociente entre ganancias y salarios) era una variable que se definía en la política -o en la lucha de clases-. Es decir, aun en un esquema en el que el valor agregado es aportado por el trabajo asalariado, la política, las instituciones y la correlación de fuerzas pueden permitir que los trabajadores se apropien de una parte de ese excedente. Así, el salario no equivale necesariamente al costo de reproducción de la clase trabajadora: si los trabajadores, a través de sus organizaciones, consiguen disputar una parte de ese excedente, estarán percibiendo un salario mayor a ese costo que definiera Marx en el siglo XIX. Una noción diferente pero complementaria es la que encontramos, por ejemplo, en Michal Kalecki, quien entendía que los precios de los bienes estaban dados por el producto entre los costos y un margen, pero este margen depende del grado de monopolio de la rama. Es decir, las características de los mercados inciden sobre la distribución de la renta, permitiendo que la apropiación del excedente fluctúe.

Desde los tiempos de Sraffa y Kalecki las economías capitalistas se han complejizado, la propia noción de propiedad del capital ha girado en un sentido líquido, las finanzas han tergiversado la noción de las ganancias y al mismo tiempo la distribución del ingreso al interior de la clase trabajadora en un sentido estricto (es decir, entre quienes perciben un salario) se ha hecho mucho más desigual. Los economistas franceses Gérard Duménil y Dominique Lévy dan cuenta de ello en su libro La gran bifurcación (2015), donde analizan el rol de los cuadros gerenciales (asalariados de alto nivel) en el capitalismo actual. Este libro ha de entenderse, a su vez, en relación al afamado El capital en el siglo XXI (2013), del también francés Thomas Piketty, donde se reconstruye una historia de la distribución del ingreso a partir de las ganancias de las personas. Otro nuevo texto que se sumerge en las formas de retribución de los sectores dominantes en el siglo XXI es Capitalismo, nada más (2019), del serbio Branko Milanovic, quien explica que hoy en día gran parte de la fortuna de los ricos toma la forma de altos salarios.

¿Qué implican las conclusiones de Duménil, Levy, Piketty o Milanovic en relación al impuesto a las ganancias? Básicamente, que no solo es cierto, como ya mostraban Sraffa y Kalecki, que en ciertas circunstancias los trabajadores pueden apropiarse de parte del excedente producido, sino que una parte muy significativa de ese excedente es apropiado bajo formas salariales (de cualquier modo, seguramente en mayor proporción en países centrales que en Argentina, donde gran parte del excedente es apropiado por empresas extranjeras). En un capitalismo donde todo es líquido, muchas veces los gerentes (asalariados) no solo perciben un ingreso mayor que los dueños del capital (que toman la forma de accionistas dispersos) sino que, además, son los gerentes quienes controlan el proceso productivo y el reparto de los dividendos. Más aun, muchas veces una parte del salario se expresa explícitamente como una parte de las ganancias. Los famosos “bonos de fin de año”, flexibles en función del desempeño de la empresa, cumplen esta función. Los distintos autores citados muestran que en los últimos cincuenta años la desigualdad al interior de los asalariados -tanto entre escalafones de una misma empresa como entre ramas productivas- ha crecido escandalosamente.

A partir de aquí la reflexión que hacemos se vuelve un poco más post-estructuralista, pero esa puerta ya ha sido abierta por los Sraffa, Kalecki, Joan Robinson, Nicholas Kaldor o, incluso, por autores definidamente marxistas como Paul Baran y Paul Sweezy. Si la apropiación del excedente entre individuos, grupos o clases depende, de alguna manera, de relaciones de poder, pero, como decía Michel Foucault, estas no son propiedades estancas sino que se ejercen en acto y son múltiples, difusas, a veces invisibles, ¿por qué no pensar que los mecanismos de circulación, distribución y apropiación del excedente en el capitalismo contemporáneo no son, también, múltiples, difusas y a veces invisibles?


Es decir, incluso validando la idea de que es el trabajo el creador de excedente, ¿por qué no pensar que los medios de circulación y apropiación del mismo no van a trascender a la explotación al interior de la fábrica y expresarse de múltiples formas?


Podríamos pensar que si un trabajador de un rubro particular -no necesariamente un gerente o cuadro administrativo del capital- percibe un salario alto es porque ese salario está determinado por ciertas relaciones de poder específicas tanto de los trabajadores del rubro (un sindicato con capacidad de movilización y de negociación con la patronal), del sector frente a otros sectores (una patronal que fácilmente puede trasladar aumentos de costos -salarios- a precios) o del país frente a otros países (un país que, en el marco de un esquema centro-periferia, puede apropiarse a bajo precio de los bienes producidos en otros países, reduciendo así el costo de vida de sus trabajadores, tal como sostienen la tesis del intercambio desigual y parte de la teoría de la dependencia). O, incluso, esas relaciones de poder específicas podrían ser hasta individuales: llegando a un extremo novelesco, un trabajador que conoce secretos íntimos y oscuros de su patrón puede negociar un salario más alto a cambio de no revelar ese secreto. Todas estas serían formas de circulación y apropiación del excedente generado socialmente a partir de múltiples relaciones de poder. Si abrimos la imaginación, encontraremos un montón de mecanismos distintos a partir de los cuales el excedente social circula y es apropiado. De hecho, el reconocimiento del trabajo doméstico y de cuidados no pago a las mujeres puede ser entendido como una forma de apropiación del excedente social en tanto una parte del costo de reproducción de la fuerza de trabajo es asumida gratuitamente por quienes ejercen esas tareas.

Volviendo al impuesto a las ganancias en Argentina, cabe preguntarnos, entonces, cómo hacer para identificar esas múltiples relaciones de poder según las cuales el excedente es apropiado, lo que, desde ya, trasciende en sus objetivos a la discusión concreta del impuesto a las ganancias para trabajadores en relación de dependencia. Como parece quedar claro, es muy difícil, si no imposible, identificar esas redes de circulación y apropiación. Entonces, el camino que nos queda en este caso es focalizar en los ingresos personales -que es, al fin y al cabo, donde se terminan expresando los diferenciales favorables o desfavorables en las relaciones de poder- y calcular, de alguna manera, cuánto excedente se está apropiando cada persona, sin preguntarnos decididamente por los mecanismos a partir de los cuales ha podido hacerlo.

Así, el ingreso imponible sobre el que los trabajadores pagan el impuesto a las ganancias se calcula descontando del ingreso total una serie de deducciones que tomarían la forma del costo de vida. Además de la deducción básica, se pueden descontar gastos por hijos o familiares a cargo, gastos médicos, alquileres, cuotas de créditos hipotecarios, trabajo doméstico y otros. Es decir, se intenta calcular -de un modo absolutamente perfectible- qué parte de los ingresos de un trabajador corresponden a su costo de vida y qué parte a excedentes apropiados -incluso, a excedentes generados por él mismo y apropiados por él mismo también-. A su vez, el monto imponible paga impuestos de acuerdo a una escala progresiva. De este modo, en octubre de 2020 un trabajador que no imputa nada adicional a la deducción básica pagará el impuesto a las ganancias a partir de un salario de 55.000 pesos mensuales y uno que tiene a su cargo un cónyuge que no tributa y dos hijos lo hará desde los 73.000 pesos. ¿Es un salario alto o bajo? Depende en relación a qué. Así, la pregunta acerca de qué sería un salario alto -apropiador de excedente- termina siendo inescindible de la pregunta por la justicia distributiva. La distribución del ingreso puede, quizás, ser un indicador que nos aproxime, de manera muy imprecisa, a la distribución de la apropiación del excedente.

Según el último informe de distribución del ingreso del INDEC, todas las personas que perciben un ingreso mayor a 55.000 pesos son parte del 10 por ciento más rico del país. ¿Eso significa que percibiendo 55.000 pesos soy rico? Obviamente no. Sí significa que soy más rico que el 90 por ciento de las personas que habitan en Argentina, pero eso no me hace rico ni tampoco apropiador de excedente. ¿Sería razonable subir los mínimos y ajustar las escalas? Seguramente sí, habida cuenta de que la línea de pobreza para una familia de cuatro llegó a 46.000 pesos en el mes de septiembre. De hecho, sería sensato establecer algún criterio automático de ajuste de las escalas y las deducciones. Sin embargo, eliminar el impuesto a las ganancias para todos los trabajadores en relación de dependencia, sin distinción de ingresos o especificidades, implicaría una reducción de las capacidades redistributivas del Estado. Implicaría, de hecho, que en un capitalismo con creciente desigualdad al interior de los asalariados algunas de las personas que más excedente apropian no paguen un impuesto que está pensado para gravar, precisamente, la apropiación del excedente.


Sobre el autor: Nicolás Dvoskin es doctor en Cs. Sociales (UBA), investigador CONICET en el CEIL.

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