Los mitos de la maternidad comienzan con el embarazo

OPINION. La maternidad está plagada de mitos, que empiezan en el mismo momento en que las mujeres nos embarazamos.


Según la Real Academia Española, la palabra mito proviene del griego (μῦθος mŷtho)  y tiene 4 acepciones:
1.m. Narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico.
2.m. Historia ficticia o personaje literario o artístico que encarna algún aspecto universal de la condición humana.
3.m. Persona o cosa rodeada de extraordinaria admiración y estima.
4.m. Persona o cosa a la que se le atribuyen cualidades o excelencias que no tiene.

En todas estas definiciones hay denominadores comunes: una historia ficticia y  personajes a los que se les atribuyen cualidades excepcionales, que no pueden comprobarse.  Yo me arriesgo a decir que, en verdad, serían falsas percepciones construidas histórico/culturalmente en torno a  personas o temas que necesitan de una profunda legitimación, para que sea imposible interpelar alguna de sus bases filosóficas.

Ahora que nos pusimos de acuerdo acerca de lo que llamo mito en esta columna, permítanme decir que, entonces, la maternidad está plagada de mitos, que empiezan en el mismo momento en que las mujeres nos embarazamos: “estamos embarazados”, “el embarazo es el mejor estado de la mujer”, “la felicidad que sentimos es absoluta”, “me siento completa, nunca más voy a estar sola”, “estás divina, debe ser un varón”, “no te prives de nada, los antojos le dejan marcas en el cuerpo a los bebés”, “no vayas al gimnasio, le hace mal al bebé”, “la libido en el embarazo te transforma en una bestia sexual”, y tantos otros que escuchamos todas a lo largo de nuestras vidas, y que casi nunca ponemos en debate, porque, nos transformaría automáticamente en malas madres.

En este punto, permítanme hacer una salvedad, tanto el embarazo como la maternidad son experiencias absolutamente personales, es un camino que hay que transitar por una misma, para después de algunos años, retrospectivamente, poder hacer balances. Quiero decir, lo que es feo para mí puede no serlo para otra mujer; pero lo que planteo hacer acá es un ejercicio de deconstrucción derridariana, que nos permita sacar conclusiones y, para esto, voy a ponerme de ejemplo.

A mí no me gustó estar embarazada. Los primeros tres meses de mis dos embarazos me los pasé con náuseas, reptando de lo baja que estaba mi presión; todavía hoy hay lugares que me hacen acordar a olores que me generan náuseas. Aparentemente lo que sucede en el embarazo es que nos intoxica el exceso de una hormona, la gonadotropina coriónica, que nuestro cuerpo segrega para hacer a una persona dentro de nosotras. Durante el segundo trimestre la cosa mejoró un poco, las náuseas casi desaparecieron, pero se me caía el pelo, me sangraban las encías, se me rompieron dos muelas, se manchó toda mi cara, y seguían dándome asco algunos olores. La beba se empezó a mover, y en vez de sentirme contenta y plena (como profesa uno de los tantos mitos) sentía una especie de claustrofobia, como si lo que estaba dentro de mi panza fuese un alien, o algo así. El tercer trimestre… todo lo que pasaba antes más kilos de más, muchos kilos de más, que me produjeron un sinfín de problemas físicos que no me animo a contar. Todo esto que relato hasta acá ocurre en paralelo con todas las responsabilidades de una vida de persona adulta, trabajo, estudio de posgrado, vida social, llevar adelante la casa, etc.

Desde el principio de mi primer embarazo tuve la sensación de que mi cuerpo estaba en piloto automático y, me dejaba un restito para sobrevivir, porque él se estaba encargando de hacer una persona dentro de mí. Rarísimo. Para finalizar, dos cesáreas: una de las operaciones más complejas que existen, tomada como algo natural por la medicina de estos días. Dolorida, sangrando y todavía medio drogada, la enfermera me trae a mi primera beba y me dice, “dale la teta, mami”, y yo casi me muero…pensé “¿que le dé qué?”.

Esto es un microrrelato de lo que transité durante los embarazos, en realidad, me pasaron  muchísimas cosas más, pero sería muy largo de contar en esta ocasión. Lo que quiero decir con todo esto es que no creo que mi experiencia sea muy distinta a la que viven otras mujeres, la diferencia está en que me animo a decirlo, porque soy políticamente incorrecta, porque no me importa que me pongan el rótulo de mala madre, porque creo que las únicas habilitadas para  hacer ese juicio son mis hijas (o lo serán, mejor dicho).

Tomar la decisión de ser madre fue una de las más meditadas de mi vida. Tenía 33 años la primera vez y 39 la segunda.  Nunca encontraba el momento adecuado para hacerlo, creía que no estaba a la altura de las circunstancias, porque siempre supe que quería hacerlo responsablemente, para educar buenas personas, pero sobre todo libres y felices, que es lo que sigo buscando cada vez que me enfrento a un día más de vida. No sé si soy una buena madre, pero sé que mi maternidad es un enorme compromiso, no sólo con ellas, sino, conmigo misma y con la sociedad, y está lleno de amor, que es el motor de este compromiso.

El martes 17 de noviembre, el presidente Alberto Fernández, haciendo efectiva una promesa de campaña, envió al Congreso, para su tratamiento en sesiones extraordinarias (a partir de diciembre), el  proyecto de ley propio de “Regulación del Acceso a la interrupción voluntaria del embarazo y a la atención postaborto”.  El proyecto fue confeccionado por los equipos técnicos interdisciplinarios del Ministerio de Salud, el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, y la Secretaría Legal y Técnica de la Presidencia y contempla no solo la despenalización del aborto, sino, que lo enmarca en un modelo de salud pública que levanta el reclamo histórico de los movimientos feministas por un aborto legal, seguro y gratuito, lo que implica la ampliación de los derechos para que todas las personas gestantes que, a partir de la promulgación de esta ley,  podrán decidir autónomamente sobre lo que sucede en sus cuerpos, sin que el Estado o la Iglesia intervengan.

La maternidad sigue siendo hoy un mandato socio-cultural que considera que ser madre es “natural” para las mujeres.  Poner en debate la maternidad es desafiar el núcleo duro de una sociedad patriarcal que sigue poniendo en el centro de la escena a la mujer predominantemente como madre. Este desafío  implica la erosión del poder del patriarcado. Tal vez sea esta la razón por la cual la maternidad está plagada de mitos, y desarmar, deconstruir estos mitos nos transforma en malas madres.  Las mujeres podemos ser un sinfín de cosas, entre las cuales, podemos decidir ser madres, pero, como proclama la consigna: ¡esta maternidad será deseada, o no será! ¡Qué sea ley!

Sobre la autora: Natalia Pretti. Politóloga, internacionalista, especialista en cooperación internacional. Docente universitaria y consultora política. Forma parte del colectivo VCG (Voces en clave de género).

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