Los mercados votan

Vivimos en un mundo en el que las transacciones financieras lograron alcanzar la instantaneidad. Con tal solo unos pocos clicks tenemos la capacidad de vender acciones, intercambiar divisas y adquirir criptomonedas.

Vivimos en un mundo en el que las transacciones financieras lograron alcanzar la instantaneidad. Con tal solo unos pocos clicks tenemos la capacidad de vender acciones, intercambiar divisas y adquirir criptomonedas. Las naciones, más o menos soberanas, recurren al mercado global de capitales para adquirir el financiamiento necesario para cumplir con sus políticas públicas y financiar sus obligaciones. De esta manera, cobran existencia bonos cuyas cotizaciones varían de acuerdo a lo que los compradores están dispuesto a pagar y a lo que los vendedores están dispuestos a aceptar. Estos precios de mercado no tienen porqué ser, por decirlo de alguna forma, racionales. Al contrario, pueden fluctuar enormemente según las creencias de los agentes involucrados en las operaciones. Un tulipán puede valer millones y una compañía de tecnología lograr tener una capitalización bursátil que multiplica por decenas de veces sus ganancias. La condición necesaria para eso es que existan expectativas de retornos positivos. Es decir que una inversión no tiene que tener más fundamento que la promesa de poner en verde la cuenta comitente.

El mismo razonamiento se encuentra atrás de la capacidad de los países para acceder a los mercados financieros internacionales. Si una nación es considerada segura tendrá mayor posibilidad de colocar deuda a un menor costo. En sentido opuesto, si existe incertidumbre sobre su capacidad para mantener el flujo de dinero, será vista como más riesgosa y deberá conceder un interés, un incentivo, mayor a los inversores para que acepten la deuda del país en cuestión. Parece paradójico, pero lo mismo sucede con las personas: a un mayor riesgo de insolvencia individual le corresponden intereses mayores sobre el capital prestado, lo que presiona más sobre el ingreso aumentando las chances de que no puedan cumplirse las obligaciones.

Ahora bien, ¿Qué es necesario para que un país sea visto como solvente para acceder a más crédito y a menor costo? A priori y lógicamente, que pueda garantizar la implementación de políticas que les asegurarían a los inversores la constancia en sus ingresos. En términos más claros: esto significa aplicar políticas de reordenamiento fiscal que dirijan los recursos desde la población hacia ellos. Según este punto de vista, las plataformas de gobierno que toman posturas favorables al mundo del trabajo y que promueven medidas que aumentan el gasto público de forma acelerada estarían en una posición incómoda frente a los mercados financieros. Una forma de acceder a la opinión que tienen estos últimos de los distintos países es a través del riesgo país (EMBI). Este indicador refleja la diferencia de interés que debe pagar un Estado frente a naciones consideradas “libres de riesgo”. Por ejemplo: si el rendimiento de los bonos del tesoro de EE.UU. es del 1% anual y el de los de Argentina es del 15%, el riesgo país de Argentina rondaría los 1.400 puntos. Lo que da la pauta para pensar que el mismo no es visto con la capacidad para imponer políticas que lo caracterizarían como solvente frente a los mercados internacionales.



En la República Argentina el criterio anterior explicaría lo que le sucede a los gobiernos peronistas de la última década. En el gráfico de arriba se observa la dinámica de las encuestas, utilizadas como herramienta para conocer las expectativas de los agentes financieros de cara al resultado electoral, y el riesgo país. A primera vista la conclusión es clara: existe una relación inversa entre la cantidad de votos que irían al candidato peronista y la evolución del riesgo país. Lo que, junto a todo lo dicho hasta ahora, nos permite inferir que los gobiernos peronistas no son percibidos como fuentes de ingresos sostenibles en el tiempo para los inversores internacionales debido a su posicionamiento político favorable a los trabajadores. Algo irracional cuando se observa la historia reciente: fueron gobiernos de ese tipo los que cancelaron deudas con organismos internacionales y aquellos percibidos como “solventes” los que incurrieron en ciclos de endeudamiento irresponsables.

Pero el gráfico también nos permite reflexionar sobre el hecho de que los mercados tienen la capacidad para ejercer su influencia en las democracias modernas a través de una especie de veto, el cierre de las fuentes de financiamiento a través de una mayor prima de riesgo, a los proyectos políticos que conciben como poco favorables para su modelo de negocio. Así, a través de la cotización de los bonos, los agentes financieros logran reflejar algo parecido al voto de los ciudadanos de a pie y expresar sus preferencias políticas de forma clara y entendible.


Sobre el autor: Gonzalo Fernández Guasp es politólogo (UBA), integrante del Grupo Geopolítica y Economía desde el Sur Global.


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