Los legendarios Chuki y Josecito

Memoria de un defensor de pibes chorros 2. En esta segunda entrega, Julián Axat nos sigue contando sobre las historias que le tocó asistir cuando era defensor de menores, hace más de diez años.

En eso salí fatigado del edificio central de la Procuración Bonaerense, venía corriendo por Plaza Moreno, cuando sonó el teléfono de turno…

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Corría el año 2009, y los límites estaban claros. Los defensores subordinados a la entonces señora jefa de los fiscales. Una dama de hierro con estirpe de Manzanera del conurbano. Con mano firme para manejar los hilos de la corporación judicial bonaerense en cualquiera de sus 18 puntos. 

Mis buenos oficios con ella no habían sido nunca nada buenos. Menos ese día. Le había pedido una reunión (que tardó semanas en darme) para solicitarle llevar los equipos de trabajo de la defensoría, al menos dos o tres veces por semana, a las barriadas de La Plata: “porque el palacio de tribunales siempre está lejos y la gente no acude a los mismos sino cuando la policía los lleva presos”. Me explayé muy brevemente para justificarme.

El aire del despacho se cortaba con cuchillo. Entonces, tras un largo silencio en el que me escrutó de arriba a abajo, la máxima autoridad del Ministerio Púbico comenzó a hablar suavemente, y de a poco a subir el tono: “Usted Dr. Axat siempre a trasmano, y queriendo romper los esquemas. Siempre haciendo lío…. La respuesta es no. Terminantemente no….Y si no lo entendió, se lo explicaré de otro modo...”.

Y cuando decía “no” su nariz me apuntaba fijo como si fuera un dedo pulgar. Y cuando decía “explicar de otro modo”, yo entendía bien que sugería ciertas maneras de explicar, y tragaba saliva. Pero para entonces no tenía mucho más margen para hablar, y la reunión había terminado. Por lo que me invitaba a retiro: “Ahora vaya y no me traiga más problemas Dr. Axat. Su lugar de trabajo es la oficina…”.

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Decía que salí fatigado del edificio central de la Procuración Bonaerense, después de la entrevista fallida con mi jefa de entonces; cuando sonó el teléfono de turno. Estaba en el medio de la Plaza Moreno, cerca de la piedra fundamental, cuando escuché el relato del oficial de servicio de la comisaría del Punta Lara: Una pueblada de vecinos de la zona residencial de Villa del Plata tenían rodeada la comisaría y exigían la detención de dos jóvenes apodados como “Chuki” y “Josecito”, que esa mañana se habían metido en una casa a robar y habían atado a un matrimonio. Que el operativo de búsqueda había dado positivo, y los habían ingresado a la comisaría por averiguación de identidad. Pero que los vecinos querían prender fuego la comisaría y linchar a los jóvenes.

Poco después los tenía sentados adelante mío antes que declaren ante la fiscal. “Chuki y Josecito” se llamaban en realidad F. y J., de 16 y 17 años. Fui asignado como su defensor.

Me contaron de su vida, de la dificultad de sus madres para sostener la casa, de sus hermanos pequeños. De la deserción en la escuela. De la falta de oportunidades. De los policías de Ensenada. De cómo los policías los verdugueaban a diario, cómo se los llevaban detenidos una y otra vez, por cualquier cosa. Siempre les pedían cosas. 

Durante varios días los diarios titularían “Las andanzas de Chuki y Josecito de Ensenada”: “Tienen en su haber 14 causas”, “Los que roban autos de alta gama y los van cambiando y desguazando”, “los que atacan a las parejas sobre el murallón de Punta Lara”, “los que hacen robos pirañas, los que escruchan”, etc. Todos los males de la localidad de Ensenada iban a pesar sobre estos dos chivos expiatorios.

Recuerdo que F. y J. prestaron declaración ante la fiscal del caso. Explicaron que no tenían nada que ver. Y que la policía los tenía marcados (en la jerga es prontuariado). De tanto hostigamiento ya eran hacedores de todos los males de la zona. Que la policía quería proteger a los verdaderos autores, que trabajaban para la gorra.

Cuando todo el sistema hace peso para escribir “pibes chorros” sobre sus espaldas, el estigma es una mole insoportable. La defensa se convierte en un tecnicismo que poco puede hacer con una trama simbólica tan densa.

Pero para entonces ya era muy tarde, y en aquella búsqueda de “menores culpables” la policía había violentado todas las garantías constitucionales, ingresando a los jóvenes con los rostros descubiertos como trofeos de captura en el medio de los vecinos desaforados que querían lincharlos.

Nada era inocente. Para enardecer las aguas y ante las cámaras de TV que ya estaban instaladas y transmitían voraces y en vivo, los pibes entraron literalmente por una puerta y salieron por la otra. Pero más tarde fueron detenidos. La presión, para esa altura, llegó de todos lados.

F o “Josecito”. Mote con cierto aire a “Jaimito”. El niño de los chistes verdes que hace las peores fechorías, y a quien todos consideraban el sujeto más peligroso de ambos. Proveniente de un medio o contexto al que consideraban inviable (su madre llevará el estigma de la mala vida), será quien no acepte ayuda del municipio o de nadie de buen origen. Por lo tanto –para muchos funcionarios-  “Josecito” sería el autor principal del delito y –por eso- quedará preso por mas tiempo.

Recuerdo que  F. y J. me dijeron que, al menos, se sentían famosos. Que habían salido por la TV. Y eso no era poco. Yo sentía que se reían nerviosos por no llorar… Era claro que ante semejante exposición pública de sus rostros, el manipuleo policial y mediático, las ruedas de reconocimiento que había dispuesto la fiscalía para los días siguientes estaban viciadas de nulidad absoluta.

Pero pese a los abusos y a mis planteos y recursos, los jueces no dieron ni bolilla. Y los pibes quedaron presos por bastante tiempo.

Cuando llegamos al juicio intenté demostrar que la causa estaba armada. Reedité el planteo de las ruedas viciadas. Que tanto la policía y algunos vecinos que no eran las víctimas, estaban más que organizados para engarronarlos. Que mientras mis defendidos estuvieron detenidos, los delitos continuaron en la misma zona, etc.

Pero mis esfuerzos y planteos fueron vanos. Y perdí el juicio. Recurrí, pero tampoco tuvieron suerte. Ambos fueron condenados a varios años de prisión.

En el caso de F. pasó un año preso, se fugó, volvió a ser capturado, y fue remitido a una cárcel de adultos, pues había cumplido la mayoría de edad. A “J”, al tiempo le dieron una morigeración,  pero volvió a caer por otra causa.

Mi idea de establecer la defensoría en el barrio buscaba tener más conocimiento del terreno para pensar esas defensas. Pero eso, para mi jefa, no era posible. Debía esperar nuevos vientos.

Ya para 2010 los medios se habían olvidado de las andanzas de “Chuki y Josecito”, y todos hablaban de un menor de edad de mote “Cara de camión” que hacía estragos por la misma zona de Ensenada; y en este caso también, todos se lo imaginaban, estaban curiosos. Y daban cualquier cosa por conocer la forma de ese rostro.


Sobre el autor: Julián Axat es ex defensor penal juvenil de La Plata, escritor. Actualmente a cargo programa ATAJO de la Procuración General de La Nación.

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