Los dilemas de la diversidad cultural

OPINIÓN. El cambio de nombre del feriado del 12 de octubre esconde algunos debates interesantes en los que ciertas posiciones con fachada progresista pueden esconder posiciones conservadoras o retrógradas y viceversa. ¿De qué hablamos cuando decimos diversidad cultural? ¿Cuánto dejamos atrás la idea de raza? ¿Cuál es el trasfondo político de su existencia?

Desde 2010, la Argentina conmemora los 12 de octubre ya no el DÍa de la Raza, sino el del Respeto a la Diversidad cultural. La decisión presidencial -tomada por Cristina Fernández- fue parte de un combo que expresaba una nueva perspectiva en términos de ciudadanía cultural por parte del Estado nacional, integrando -dentro de la tradición peronista- a los sectores tradicionalmente excluidos, tanto del reparto de la renta nacional como del relato hegemónico de la cultura nacional, cuestiones más vinculadas de lo que parece. Dentro de las políticas que operaron en este sentido podemos destacar la migratoria -con el Plan Patria Grande que regularizó la radicación de medio millón de compatriotas suramericanos-, la censal -incorporando a los afroamericanos al registro demográfico, tal como se había hecho con los indígenas en 2001-, y la indigenista, en la que se buscó asegurar la tenencia comunitaria de los territorios tradicionalmente ocupados por los Pueblos Indígenas argentinos, constantemente asediadas por actores privados en el marco del modelo productivo extractivista, por medio de la Ley 26.160. La conjunción de estas medidas, sumadas a otras no listadas por cuestiones de espacio, obedecieron a dos dimensiones estratégicas: por un lado, afirmarse en la tradición de inclusión inaugurada por el peronismo, por el otro, fortalecer la percepción de pertenencia suramericana por parte de la población nacional -tradicionalmente obnubilada por los cantos de sirena que nos mienten como “la Europa en América”- en momentos en los que la integración suramericana, además de constituir un objetivo estratégico, era una ventaja comparativa por la confluencia de gobiernos ideológicamente afines, con recursos y en búsqueda de complementariedad.

Como suele suceder en una sociedad altamente politizada y con baja cultura política, el cambio nominal pasó desapercibido por grandes sectores de la población, aunque es cuestionado epidérmicamente por parte de la reacción conservadora. Los sectores dominantes buscan petrificar el status quo que garantiza su primacía en el marco de las desigualdades en todas sus dimensiones, entre las cuales la identitaria no es menor, y no permiten fisuras en las verdades lacradas a partir de las que construyeron la matriz del poder en la Argentina. Por parte del movimiento nacional-popular, la medida fue poco masticada en términos de reflexión y formación, por lo que organizaciones y militantes han tendido a oscilar entre la indiferencia y la celebración reactiva rutinaria. 


Este artículo sugiere que el debate hace al fondo de la disputa que se da por la consolidación de un modelo nacional estratégico para la Argentina, y llama la atención en torno a la escasa relevancia que tiene en la agenda política y pública.


En primer lugar, aquello que buscamos dejar atrás: ¿de qué hablamos cuando hablamos de raza? Ha sido largamente comprobado que “la raza” es una categoría conceptual sin base científica, generada artificialmente para la dominación de determinados pueblos sobre otros en el marco del proyecto político imperial, basada en la clasificación jerárquica de los colectivos sociales. Consolidada como instrumento político en el marco del período colonial, para garantizar la posibilidad de explotación de determinados grupos sociales sobre otros, sirvió para legitimar la esclavitud y diversos estadios intermedios de explotación inhumanos. Cristalizó en el racismo su ideología, cuya influencia en el liderazgo político puede identificarse en líderes políticos de contextos históricos tan variados como Sarmiento o Hitler, e incluso en contemporáneos electos democráticamente, entre los cuales Bolsonaro o Trump son posiblemente los más evidentes por ciertas características de los personajes que proyectan hacia la sociedad. Su vitalidad se expresa cotidianamente en nuestro país: un país de racismo sin racistas, dado que se discrimina cotidianamente pero no existe un marco cultural que permita asumirse racista sin condena social, pero en el que una amplia mayoría de la sociedad manifiesta haber sido testigo de recurrentes situaciones de discriminación. Dejar de exaltar la raza es, transitando el siglo XXI, necesario políticamente, particularmente en aquellos lugares que estamos buscando terminar de salir del embrujo colonial.

Por otro lado, ¿qué adoptamos en su reemplazo nominal? La diversidad cultural es una condición propia de toda sociedad; en la nuestra se expresa con singular potencia por la confluencia de diversas tradiciones identitarias y culturales (¡que no son lo mismo!). Bien podría decirse que esta última aseveración es válida para cualquier Estado nacional, y particularmente en un país como el nuestro, en el que -a una compleja realidad indígena prehispánica- se fueron sumando diversas corrientes migratorias transatlánticas. Además de una variedad de orígenes europeos -entre los que destacaron italianos y españoles -pero entre los que hallamos albaneses, portugueses, suizos, montenegrinos, etcéteras-, una fuerte presencia árabe y de africanos en su diáspora son vertientes constitutivas de lo que es la argentinidad contemporánea. Esta compleja composición fue forzada desde una perspectiva asimilacionista hacia una posición monocultural que resultó tan ficticia como ineficiente. Esta indicaba que -gracias al difundido crisol de razas- todos quedábamos sintetizados en el argentino, que… era blanco y occidental: lo más parecido posible a un europeo. Según este mito fundacional, el argentino bajó de los barcos: este es el principal sofisma (chamuyo) en torno a la identidad nacional, repetido hasta el hartazgo por nuestras élites dirigentes, particularmente cuando se enfrentan con pares del “Primer Mundo”, cuando pareciera que para ganarse el respeto hay que seguir mostrando credenciales de cuánto hicimos para parecernos a ellos, que serían el canon de lo deseable. Colonización cultural vigente.

En esta perspectiva de Nación monocultural, todo cuanto queda fuera del límite de lo deseado en términos de ciudadanía cultural es condenado a la esfera privada, si permitido. En lo público, hay condena, que puede expresarse de diversas formas: hasta casi mediados del siglo XX se dieron en nuestro país fusilamientos de comunidades indígenas enteras -adultos mayores, niñas y niños incluidos- como las de Napalpí (1924) o la de Rincón Bomba (1947); contemporáneamente, la violencia institucional puede explicarse en buena medida como la sanción de la sociedad deseada contra la indeseada, la excluida (como en el caso de Ezequiel Demonty, asesinado por la Policía que lo obligó a tirarse al Riachuelo sin saber nadar, por ser negro, y pobre, que es lo mismo), o en el menos difundido episodio de la militante afroargentina Pocha Lamadrid, a quien en 2002 le negaron abordar un vuelo a Panamá por considerar que su pasaporte era falso, ya que según los sobreideologizados agentes migratorios no podría ser argentina a la vez que negra. Ante estas sociopatías, celebrar la diversidad cultural y comenzar un camino para desmontar la mentira de la Argentina blanca y eurosímil es imprescindible para asumirnos desde nuestra propia realidad e identidad y construir el futuro que nos es propio, dejando de vivir del reflejo de las ficciones ajenas. Pero, como suele suceder, este tipo de momento también plantea encrucijadas. 


Es fácil perderse en la búsqueda de una verdad que nos enfrenta a reflexiones profundas y a asumir responsabilidades.


Particularmente me refiero a la apropiación de las narrativas de la diversidad que operan -inconscientemente, en general- la fragmentación de lo nacional, y del Estado, su expresión más real. En lugar de considerar las instituciones como emergentes políticas del momento, sujetas a disputas, es decir, a la política, las “cancelan” (usando un término en boga). Miradas hijas del daltonismo ideológico que solo permite ver negro o blanco, demasiadas voces sensibles -es decir, con capacidad de indignarse por las injusticias del actual sistema capitalista de cultura neoliberal- yerran el vizcachazo y se ensañan con el nacionalismo -y con la Nación, en consecuencia- sin posibilidad de entender que constituye hoy dia el único ámbito desde el cual construir una alternativa posible ante el avance de lo que se ha dado a llamar capitalismo de plataformas, es decir, la última tecnología para educar las subjetividades convirtiéndonos a todos en ciudadanos del mundo, es decir, del mercado que ellos manejan. En momentos en los que la derecha coordinada globalmente intenta terminar de estocar al Estado, entendiéndolo como último bastión de resguardo de la posibilidad de reconstruir un humanismo centrado en las personas de carne y hueso, único ámbito donde la regulación absoluta del mercado es puesta tímida y parcialmente en cuestión en algunas circunstancias, es imprescindible afinar la puntería de nuestras indignaciones. Parte de esta narrativa -que sería homologable con no querer ser parte del Estado porque -cooptado por la mafia militar- ese mismo Estado arrojó militantes sociales y sindicales al río, robó bebés, torturó embarazadas. O, más allá de las creencias de cada cual, condenar a la Iglesia por su complicidad aberrante en momentos sensibles de nuestra historia, pero a la vez desconocer la tradición de valentía y compromiso social de muchos de sus integrantes. Hay intereses en recordar a Videla y Aramburu, olvidando a Perón y a Kirchner; o a Aguer y Baseotto omitiendo a Angelelli y Mugica. Y no son los propios. Asumiendo la historia “sin beneficio de inventario”, como se ha dicho, y entendiendo a las instituciones como espacios en disputa, encarnados por hombres y mujeres de carne y hueso. 


En síntesis, cuestionar cómo se ejerció el nacionalismo es tan necesario como construir un nacionalismo que congregue la unidad social respetando la heterogeneidad y construyendo ámbitos donde las diversas expresiones puedan enriquecerse mutuamente.


La apropiación neoliberal de la diversidad cultural y sus narrativas está siendo profundamente estudiada en el campo académico. Por caso, el sociólogo británico Charles Hale, a partir de trabajos de campo en la región central de América, identifica un multiculturalismo neoliberal cómodo con otorgar derechos a las minorías (término muy propio del campo intelectual del norte global, poco aplicable al sur donde los condenados por extensión del paradigma racial somos mayorías) siempre que estos derechos sean restringidos al terreno de la identidad y la cultura, y no se extiendan a lo político, lo social y lo económico. Esta diversidad administrada, sin trascendencia política, puede verse domésticamente expresada cuando la ciudad de Buenos Aires “celebra” las diferentes tradiciones que la habitan, despolitizándolas al reducirlas a sus expresiones simbólicas, sin permitir que éstas se vinculen con las historias, tradiciones, luchas y desafíos que las engendraron. Imposible entender el folklore nacional sin el Martín Fierro como clave interpretativa de las injusticias que atravesaron la conformación de la Argentina agroexportadora en su primer siglo de vida: si los afroargentinos son exclusivamente negros tocando el tambor, y no pueden expresar cómo son explotados hoy día, vinculándolo con la esclavitud que también imperó en nuestro territorio (y no solo en yankilandia), no solo no avanzan, sino que anestesian la dimensión política de su cultura. Esto, que para la derecha neoliberal es un programa, suele convertirse en canto de sirena también muchas veces para quienes buscan combatirla, que confunden justicia estética y soberanía cultural con discriminación positiva y cupos artísticos.

El uso de la diversidad como una herramienta para completar el trabajo de fragmentación política (y despolitización) que el mercado requiere para absolutizar su regulación de la vida muchas veces es asumido por sectores que se autoperciben como progresistas o de izquierda, cuyo entramado filosófico termina pareciéndose demasiado a aquel que en apariencia buscan desmontar. Un credo basado en el hedonismo, que postula que cada cual es un fin en si mismo, que la experiencia comienza y acaba con uno mismo, y que, en consecuencia, favorece descomponer lo social en la mayor cantidad de partes posible. Un liberalismo de centro izquierda, sostenido en patrimonios urbanos deslocalizados, que termina teniendo mucha más facilidad para percibirse “ciudadano del mundo” que profundamente americano. Recordemos los trágicos asesinatos de Santiago Maldonado y de Rafael Nahuel, y aprendamos del tratamiento disímil que se le dio a ambos casos “de este lado de la mecha”. Recordemos las movilizaciones, midamos la repercusión pública. Si se buscan noticias en el buscador hegemónico en relación al primer caso, acerca 146.000 resultados; hacerlo sobre el segundo, 39.400. Sinceremos que el origen -urbano en un caso, suburbano en el otro-, la fisonomía -caucásico de ojos claros el primero, patagónico el segundo- y hasta el unitarismo -Santiago era de Capital- ordenaron las jerarquías que se asignaron, inconsciente pero implacablemente, a los reclamos de justicia por uno y por otro.


Que cada una, cada uno y cada une pueda encontrar las condiciones objetivas y subjetivas para ser quien quiera, sin violencias que lo condicionen, es tan importante como que fortalezcamos los marcos comunitarios que nos permiten ser colectivamente, compartiendo identidad(es) y cultura(s).


El politólogo y activista afroargentino Federico Pita recurrentemente acude a la imagen de “sacar del closet al abuelo negro”, a la vez que observa pertinentemente el origen racial unificado de la dirigencia política argentina, que atraviesa a los partidos recorriendo todo el espinel partidario. Indudablemente, el camino marcado por el cambio nominal del 12 de octubre es el indicado; tanto como que el camino es incierto, incómodo, y recién estamos comenzando a transitarlo. En épocas oscuras como la actual, en la que globos de ensayo políticos perversos -como el amague del MendoExit de unos pocos trasnochados que pretendían instalar la idea de que una provincia puede romper el pacto federal que da sentido a la Argentina tal como la conocemos- clarificar de qué hablamos cuando loamos la diversidad cultural, e identificar los desafíos concretos que presupone la construcción de interculturalidad, entendida como un marco de vinculación entre culturas e identidades marcadas por la lógica jerárquica que deben aprender a enriquecerse mutuamente a partir del reconocimiento de la igualdad de valor de cada una, se constituye como una necesidad imperiosa. La integración regional -imprescindible para salir de la peligrosa intrascendencia geopolítica en la que nos encontramos- solo avanzará en tanto podamos reconocernos mayoritariamente como lo que somos: americanos del sur, hermanados con las hijas y los hijos de esta tierra, que son nuestros compatriotas, en tanto compartimos la Patria Grande. Ante un siglo que -como sabemos- agravará la conflictividad global por la disputa sobre los recursos naturales, y conociendo que la presencia territorial de diversidad cultural es la mayor garantía para su resguardo, revisar los basamentos reales de nuestras identidades y culturas constituye una necesidad estratégica. Para que el siglo XXI nos termine encontrando unidos, tenemos que respetar las diversidades: también las identidades y culturas tradicionales, que desde las torres de cemento de las ciudades pueden ser condenadas simplemente por no ser “lo nuevo” siguiendo el mandato posmoderno.


Sobre el autor: Federico Escribal es promotor cultural. Docente de la UNA Folklore. 

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