Los demócratas exterminan Norteamérica: que el mundo se prepare

Era de esperar la reacción internacional a la toma del Capitolio estadounidense por parte de los “trumpistas” radicales. Varía desde trágicos gritos de "rebelión, golpe de estado y alta traición" hasta el regodeo casi indisimulado de que a los Estados Unidos le volvieron como un bumerán los problemas que han cultivado diligentemente para otros países durante muchas décadas.

Por Irina Alksnis (RIA Nóvosti)

(Traducción Hernando Kleimans)

Era de esperar la reacción internacional a la toma del Capitolio estadounidense por parte de los “trumpistas” radicales. Varía desde trágicos gritos de "rebelión, golpe de estado y alta traición" hasta el regodeo casi indisimulado de que a los Estados Unidos le volvieron como un bumerán los problemas que han cultivado diligentemente para otros países durante muchas décadas.

Mientras tanto, hay pocos motivos de alegría, incluso para las fuerzas más antinorteamericanas, por lo que está sucediendo, ya que los procesos actuales amenazan con consecuencias impredecibles para todos.

Lo que aconteció en Capitol Hill, por un lado, llevó la crisis política interna en Estados Unidos a un nuevo nivel y, por otro, resultó ser extremadamente beneficioso para los oponentes de Trump. No hay duda de que ahora mismo están brindando con champaña en muchas oficinas de Washington, ya que todo esto asestó un golpe fatal no sólo al presidente saliente, sino también a la ola antisistema en general, desató las manos del "estado profundo" para reprimir la disidencia y abrió el camino para el país a un sistema de partido único de facto bajo el liderazgo del Partido Demócrata.

Sin embargo y aunque la situación dentro de los Estados Unidos sea relativamente favorable para la nueva administración, de todos modos la política exterior le será mucho más complicada.

Los demócratas están regresando a la Casa Blanca bajo el lema "Trump tiene la culpa, pero rápidamente recuperaremos la era dorada de la hegemonía de Washington y el globalismo triunfante".

Para ellos, no existe una crisis global del sistema estadounidense que afecta, de manera absolutamente natural, el debilitamiento de las posiciones geopolíticas de los EE.UU. Por el contrario, en su opinión, Trump es una fluctuación accidental a corto plazo, el desvío injustificado del país del camino principal de su propia historia y la de la humanidad.

Ya no es tan importante si el "pantano de Washington" realmente cree en tal imagen del mundo. Lo principal es que esa imagen determinará sus acciones futuras. En su política exterior, la administración Biden buscará "dar la vuelta" para devolver los Estados Unidos a la condición de líder indiscutible en la arena internacional, al que el resto de los países obedece con un chasquido de dedos.

Pero será extremadamente difícil, si no imposible,  lograr esto ya que el planeta en general se ha acostumbrado e incluso ha comenzado a disfrutar del hecho de que EE.UU. está perdiendo lenta pero constantemente su posición de superpotencia. En realidad, los acontecimientos en el extranjero solo confirman la opinión cada vez más difundida de que allí se agudiza una grave crisis sistémica, lo que da lugar al reformateo de todo el sistema global.

A su vez, la cantidad de estados que se aprovechan de esta circunstancia y construyen su propia soberanía ya se cuenta ya por decenas, incluidas las principales potencias del planeta. De hecho, ya se ha convertido en la tendencia global dominante. Sí, la mayoría de los países prefieren evitar la confrontación directa con Washington, pero están girando tercamente su propia línea en silencio, como Alemania, que ha encontrado una manera de eludir las sanciones estadounidenses contra la finalización del estratégico gasoducto Nord Stream 2, que tiende bajo el Báltico con Rusia, para proveerse del abundante y barato gas siberiano.

En tal situación, los métodos habituales de trabajo en materia de política exterior empleados por Washington ciertamente no le darán a la Casa Blanca el resultado deseado. Al final, todas estas tendencias inconvenientes e inadecuadas para él tomaron forma y echaron raíces no bajo el “sinvergüenza de Trump”, sino bajo la presidencia absolutamente sistémica y profundamente democrática de Barack Obama.

Como resultado, el intento de los demócratas globalistas de volver a su clásico enfoque de política exterior garantiza que el resto de los países simplemente tomará una posición bastante cómoda (al estilo del antiguo dicho ruso, HK)  "… Vaska escucha pero come", lo que con naturalidad asegurará el apagamiento de la supremacía de superpotencia esgrimida por Washington.

Tan sólo tomando en cuenta  los procesos actuales en los Estados Unidos, las esperanzas de tal desarrollo de los acontecimientos parecen infundadamente optimistas.

Para derrotar a Trump, los demócratas no solo violaron las reglas establecidas del juego político interno. Han puesto bajo el cuchillo el sistema político estadounidense como tal, incluida la libertad de expresión y las elecciones, y, aparentemente, no tienen la intención de detenerse allí.

Dado este escenario, las posibilidades de que se adhieran al menos a algún marco en la política exterior parecen francamente ilusorias, especialmente cuando el mundo continúa librándose sistemáticamente del control de Washington. Además, hace mucho tiempo que los estrategas de Washington han impuesto al mundo una variedad de "sanciones infernales", utilizando medidas sistémicas, llevando un grupo de portaaviones a las costas de algún país rebelde y ejecutando "bombardeos humanitarios". Esta estrategia ha tenido ya tiempo de volverse absolutamente ineficaz.

El "estado profundo" de los EE.UU., en aras de ese objetivo, no perdonó siquiera a su propio país. La respuesta a la pregunta de qué hará cuando descubra que el mundo básicamente no quiere obedecerle según los patrones de hace veinte años, y los métodos habituales de coerción simplemente no funcionan, promete ser muy lúgubre.

Diarios Argentinos