LOS 25 DE MAYO (SIC)

OPINIÓN. "Desde el punto de vista de los hechos mismos existieron realmente dos revoluciones del 25 de Mayo", inicia esta nota el historiador Roberto Ferrero, quien asegura que desde el punto de vista de las interpretaciones, en cambio, existen o existieron varios 25 de Mayo.

Sic. Como se lee. Los 25 de Mayo, porque hubo más de uno.

Desde el punto de vista de los hechos mismos (res gestae) existieron realmente dos revoluciones del 25 de Mayo: la primera estalló en Chuquisaca, en la actual Bolivia,  en esa fecha de 1809, dirigida por la Audiencia de Charcas  y los hermanos Manuel y Jaime  Zudáñez, contra el Presidente de la Audiencia, Ramón García de León Pizarro y demás autoridades españolas, revuelta ésta recubierta con la máscara de fidelidad a Fernando VII, y que quedó triunfante en primera instancia. El historiador Estanislao Just diría que era la primera vez que se daba el caso de una “audiencia alzada”. A ella siguió el 16 de Julio del mismo año el alzamiento de La Paz. Para fin de año, ambos movimientos estaban derrotados por el cruel general Goyeneche, militar criollo traidor a su tierra.

El segundo 25 de Mayo es de un año después, justo, el 25 de Mayo de 1810 en Buenos Aires, ciudad invicta, nunca reconquistada, en donde jamás volvería a mandar un español y comienzo de la emancipación rioplatense. Harto conocida, dejaremos de lado sus diferentes momentos y sólo diremos que el fraccionamiento de la historia latinoamericana, reflejo de nuestra prematura balcanización en veinte “naciones”, ha determinado que de ambas revoluciones estalladas dentro del mismo Virreinato, sólo se enseñe en Bolivia el 25 de Mayo de 1809 y en los colegios argentinos el 25 de Mayo de 1810, como si ambas revoluciones no hubieran sido parte del más grande movimiento de la Emancipación rioplatense e hispanoamericana.

Desde el punto de vista de las interpretaciones, existen o existieron varios 25 de Mayo, o sea cuatro o cinco versiones disímiles sobre la naturaleza y las primeras fases de nuestra revolución. La versión canónica, la que se sigue enseñando mayoritariamente, es la que expresó Bartolomé Mitre y mejoró en detalles Levene y la Nueva Escuela Histórica. Es la Reina de las explicaciones: una revolución argentina, republicana y antiespañola, hecha por las clases asfixiadas por el monopolio comercial español y deseosa de ligarse a Gran Bretaña y al librecambismo, inspirada ideológicamente en las luces de la Ilustración Francesa (Moreno tradujo a Rousseau, recuerdan).

La segunda interpretación de Enrique de Gandía es peor aún: No existió jornada revolucionaria alguna en 1810. La Revolución del 25 de Mayo no existió jamás. Inspirado en una concepción infantil de la revolución, este desopilante historiador  expresaba que no hubo Revolución el 25 de Mayo porque ese día no  hubo en la capital del Virreinato “combates callejeros, tiros ni manifestaciones ruidosas” (¡). Confundía el hombre las cosas, porque una revolución es tal -haya o no tiros- si cambia las estructuras económico-sociales por otras de orden superior (revolución social) o al menos las instituciones de la superestructura (revolución política). Según de Gandía, las jornadas de Mayo fueron unas reuniones tranquilas, normales, donde se formó un nuevo gobierno virreinal que expresó su fidelidad al rey felón preso de Bonaparte. Esta fue una adhesión real, sincera, y no la “Máscara de Fernando VII” alegada por los liberales. Es la que Víctor O. García Costa llamó la “versión  goda” de aquel gran suceso.

Una tercera interpretación, proveniente sobre todo de algunos historiadores del Interior, no niega su carácter de revolución política, pero le otorga una naturaleza puramente municipal y porteña, que se llevó adelante sin consultar la voluntad de las provincias. La adhesión de éstas fue forzada, se agrega, por las fuerzas que la ciudad rebelde envió al Interior mediterráneo y al Litoral, con la excusa de abatir a la contrarrevolución monárquica que levantaba cabeza en algunos lugares del territorio luego argentino, además de en Montevideo y en el Alto Perú (hoy Bolivia). En realidad, termina esta interpretación, el verdadero propósito era imponer el dominio de la Ciudad-puerto sobre el resto del territorio virreinal.

Finalmente, mencionemos la interpretación original que esbozó Enrique Rivera en uno de sus libros. Este autor niega que el fundamento económico de la Revolución haya sido la obtención del Librecambio, primeramente porque éste ya existía desde la Pragmática de Libre Comercio de 1788, aunque reservada a los componentes del Imperio Español, y después porque si así fuera quedaría inexplicado el fenómeno de que todos los pueblos, aun los perjudicados por la libre introducción de la producción inglesa, apoyaran sin desmayos la Independencia, tal cual hizo Salta con Güemes o Córdoba con José Javier Díaz, su primer gobernador autónomo. Acepta que la influencia ideológica que la nutrió fue la doctrina liberal y modernizadora proveniente de la Revolución Francesa, pero filtrada a través de los liberales del despotismo ilustrado hispánico como Jovellanos o el Conde de Arana, a la vez que rechaza a quienes van a buscar esas fuentes del 25 de Mayo “en Santo Tomás y bajo las sotanas frailescas” (Mariana, Suarez, etc.). Redondea su tesis subrayando el carácter latinoamericano y no-probritánico de la Revolución de Mayo y afirmando que ella no se proponía en principio independizarse de la metrópolis, sino sustraer a la misma España y a sus colonias del despotismo de la monarquía reaccionaria de Fernando instaurando el Liberalismo en ambos extremos del Imperio. Pero fracasado el intento en España y repuesto el Rey en su trono, abolida la gran Constitución liberal-democrática de 1812 y suprimidas todas las libertades alcanzadas, los dirigentes de la Revolución americana decidieron separarse orgánicamente de España para no volver a caer bajo el dominio del despotismo restaurado.

Indudablemente, aun aceptando el carácter continental -y no meramente localista de nuestro 25 de Mayo- resulta de hecho falsa la datación de la lucha por la Independencia Americana  a partir del fracaso liberal en Europa y España en 1814. Esta alternativa se venía preparando desde hacía varios años, en Inglaterra por parte del Precursor Francisco  Miranda y en nuestros países por los esfuerzos, por ejemplo, de Eugenio Espejo en Ecuador en 1794, de Manuel Gual y José María España en Venezuela en 1797, de los hermanos Rodríguez Peña en 1806/07 o de Belgrano y el carlotismo en 1808 en Buenos Aires, de Murillo en Bolivia antes de 1809 y varios otros. El objeto principal de la lucha de estos hombres no era el Liberalismo, sino la Independencia, la separación de España. Si ella venía con un sistema liberal, mejor, y si no de cualquier forma. Basta con leer las Memorias y los escritos de los principales actores de aquella época para ver que ésta era su preocupación central. La prueba final de lo que afirmamos radica en el hecho de que Venezuela con Miranda y Bolívar proclamó su independencia absoluta en Julio de 1811, en pleno proceso triunfante del liberalismo en España, sin esperar a su caída en 1814, y que Méjico, a la inversa, no se independizó para liberarse del absolutismo, sino para mantenerlo ante la triunfante segunda revolución liberal de Riego en España en 1820. El propio San Martín le explicó a Rivadavia esta relación entre liberalismo e independencia en una entrevista de 1812, cuando don Bernardino le preguntó “a qué venía a América si no estaba en favor de la República”, ya que el Libertador era un liberal monárquico, como se sabe. San Martín le aclaró que venía porque “se proponía trabajar por la independencia de su país y en cuanto a la forma de gobierno, se trataría a su tiempo, después de asegurarse la emancipación”. Más claro, agua. La Independencia americana no era un subproducto del fracaso del liberalismo en España, sino un producto propio de las necesidades de las clases dominantes criollas.

La independencia de los países (que no “naciones”) de América Latina no estaba atada totalmente a los vaivenes de la política española, aunque ella influyera, pero no de modo determinante. Debajo de esos vaivenes subyacía la disconformidad de aquellas clases locales, históricamente formadas (comerciantes, estancieros, mineros, universitarios), por tener que compartir con el parasitismo del Estado ibérico y sus clases feudales gran parte de la plus valía  producida en estos países. Podría decirse que esas ansias por “quedarse con todo” -economía y poder político- de parte de los conquistadores y colonos radicados ya en América de modo permanente se remonta a una fecha tan lejana como 1544, cuando Gonzalo Pizarro se rebeló en Perú deponiendo al Virrey y estableciendo de hecho un reino propio en las tierras del Inca, aunque no se animó a proclamarse Rey, como le aconsejaba sabiamente Francisco de Carbajal. La situación era todavía inmadura y Pizarro fue vencido por España. Pero la formación y el crecimiento económico durante tres siglos de la aristocracia de los “españoles americanos” hizo que ella, ya dueña principal de la riqueza y la estructura económica del Nuevo Mundo, aspirara a gobernarlo directamente, como es natural, y no tener pendiente su destino de una voluntad ajena y lejana. No es necesario -como creía Rivera- que haya opresión nacional por parte de una nación sobre otra de distinta  idiosincrasia, idioma, costumbres y religión para que la nación oprimida trate de separarse, como en el caso de la India respecto a Inglaterra, digamos. Basta la explotación económica y el saqueo de sus recursos para que un pueblo intente independizarse, aunque su metrópolis sea de la misma raza y lengua. Tal nuestro caso. Tal el caso anterior de los Estados Unidos: el mismo idioma inglés, el mismo origen étnico y geográfico y la misma animadversión   catolicismo. Ninguna opresión nacional. Y eso que Gran Bretaña era desde hacía más de un siglo una nación liberal con monarquía parlamentaria. Sin embargo, los estadounidenses optaron por la independencia y lucharon bravamente por ella.

Sería necesario también puntualizar que la denominación de “revolución” que se da a los movimientos independentistas de 1810-1824 sólo corresponde a un movimiento político separatista  y nada más. Hubo un simple cambio de mando en las cumbres del poder – el Virrey y los funcionarios virreinales por los políticos, intelectuales y militares de las clases dominantes criollas- porque las estructuras pre-capitalistas siguieron prácticamente iguales durante las décadas post-revolucionarias. Derrotada el ala radical de la revolución en el Méjico de  Morales e  Hidalgo, en el Chile de Manuel Rodríguez, en el Uruguay de Artigas, en la Argentina de Mariano Moreno y Monteagudo, el separatismo independentista oligárquico no significo nada para las grandes masas, salvo que su situación empeoró. Sólo en el largo plazo surtió sus efectos la Revolución de Mayo (las revoluciones de Mayo) porque la Independencia,  al liberar a las fuerzas productivas del corsé de una expoliación y un control ejercido desde fuera, permitió un cierto desarrollo de las grandes Ciudades-puerto de los bordes del Continente, del que no se beneficiarían los pueblos interiores, y que sería rápidamente frustrado por la penetración del imperialismo británico, sucesor del viejo colonialismo hispánico.

De lo que resulta que aún no somos realmente independientes, porque no lo somos económicamente, pero no está dicha la última palabra y no existe el Fin de la Historia. Las tradiciones revolucionarias del ala progresista derrotada de los 25 de Mayo no han muerto y llegada la ocasión volverán a ponerse en acto. Como aseveró el  escritor anglo-argentino George Luis Borges “la esperanza nunca es vana”. Y a veces es operativa, podemos agregar.

Sobre el autor

Roberto Ferrero es Presidente de la Junta Provincial de Historia de Córdoba (MV) e Investigador Invitado del Instituto Interdiciplinario de Estudios e Investigaciones de América Latina (INDEAL) de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires.

El lápiz verde