Literatura desde casa: ¡Silencio, se rueda!

¡Silencio, se rueda!

Héctor Daniel Olivera Campos


En otras circunstancias, la directora habría observado al grupo de sesenta y cinco gitanos famélicos con infinito asco, pero verlos ataviados con trajes típicos de Castilla, produce en Leni Rienfenstahl un hondo y extraño regocijo en su alma de artista. “¡Son perfectos!”, se dice para sí misma, aunque logra esconder esa emoción con férrea disciplina, cualidad que ha guiado toda su vida:

-¿Por qué están tan desmejorados? –pregunta la directora a herr Müller, el productor ejecutivo de su película. -¡Están en los huesos!

-¿Y qué esperaba? Los hemos sacado del campo de concentración de Maxglan –se excusa el productor.

Leni se acerca al grupo de gitanos presos que esperan en formación a que la directora pase revista.

-¡Menudas caras! ¡Con este material no puedo hacer nada! –exclama la directora enfurecida.

 -¿No irá a devolverlos? ¡Con lo que me ha costado conseguirlos! No nos los querían ceder. He tenido que pelearme con las SS en pleno, decían que les parecía una aberración utilizar infrahumanos para hacer de figurantes en una película alemana. Sólo lo autorizaron cuando les recordé que usted era amiga personal de Hitler y que si se negaban a prestarnos el personal que les solicitábamos, nos quejaríamos  al mismísimo Führer.

-Usted, ¿ha comido hoy? –se dirige la directora a uno de los extras.

-No, señora.

-Müller, esto es intolerable, ¿cómo se atreve a tener a mis actores en ayunas? Quiero que coman. Dentro de tres días empezamos a rodar, los quiero ver lozanos, lustrosos. Cébelos como a puercos si es necesario.

-Frau Rienfenstahl, ejem… -carraspea herr Waldheim, el enviado por el doctor Goebbels para supervisar el rodaje.

-¿Y a usted qué le pasa ahora? –le responde la directora, enérgica.

-Son gitanos, no entiendo tanta delicadeza.

-La directora de la película soy yo, usted está aquí para espiarme, ¡así que cállese!

-Eso que dice no cierto, me envían desde el Ministerio para recabar las necesidades del rodaje y facilitárselas.

-Mire usted, no soporto la fealdad. Nunca haría una película con gente enferma. Yo manejo y trato a mis actores como considero.

No, Leni no se va a achicar, hace años que quiere rodar esa película y no va a dejar que ningún correveidile se entrometa en su proyecto. Leni sabe que tiene a Goebbels en contra. Lejos quedó su amistad íntima con el Ministro de Propaganda del Reich, en los tiempos en que ella rodó los documentales El triunfo de la voluntad y Olympia. Con la guerra en marcha, Goebbels considera que la producción cinematográfica alemana ha de servir para elevar la moral de combate de la población, cada película debe ser un arma más del arsenal nazi. Tiefland, la película que se propone rodar Leni, le parece al Ministro un capricho de niña mimada, un derroche inexcusable de recursos y celuloide. Goebbels no la entiende, él no es un artista, es un burócrata. Para Rienfenstahl el arte es una sublime y pura emanación del espíritu humano de una dimensión que está muy por encima de las mezquindades mundanas y, especialmente, de la política. El arte se justifica por sí mismo, no tiene más juez que el logro estético, se halla más allá del bien y del mal y de las plebeyas consideraciones morales. Es por ello que políticos y artistas hablan idiomas diferentes y nunca se entenderán, están destinados a chocar unos contra otros.

La escena está lista para ser rodada al pie de los Dolomitas, que sirven como excelso telón de fondo de la tragedia. Leni supervisa los últimos retoques en el guion, basado en el drama “Terra Baixa” de Àngel Guimerà, con aportaciones propias y elementos traídos del libreto de Eugen d’Albert, adaptación operística de la obra teatral. Albert tomó el drama rural de Guimerà y rebautizó a Manelic, el pastor protagonista, como Pedro, a la vez que reconvertía a los payeses catalanes de los Pirineos en gitanos andaluces. Desde que Merimée fijara con su Carmen  en el imaginario europeo la estampa romántica y tópica de lo hispano, todos los españoles pasaron a ser andaluces, flamencos, toreros, gitanos y bandoleros. La diversidad española reducida a un burdo estereotipo plagado de ilusorio exotismo. Leni ha viajado en España y conoce la falsedad que encierra ese manoseado mito, pero ella también está dispuesta a perpetuarlo, al fin y al cabo, el artista no puede ser ajeno a las expectativas de su audiencia y el gran –e ignorante- público alemán identifica a los españoles con una nación de gitanos andaluces. Sí, en su película no van a faltar las castañuelas ni los trajes de volantes. El rigor bien puede quemarse como el incienso ante el altar del propósito artístico.

Leni relee texto y repasa con las yemas de sus dedos las líneas de la escena que va a rodarse. Un buen guion es el cimiento de una buena película. La contraposición que describe el libreto entusiasma a la cineasta. Por un lado, la “tierra alta”, la montaña, en la que sus habitantes endogámicos, elementales, directos y sin dobleces, brutos hasta la violencia, pero nobles; se oponen, por contraste, a la “tierra baja” del valle poblada por gentes refinadas, envilecidas por el confort e hipócritas hasta la náusea. La autenticidad del medio rural versus la decadencia de la ciudad; el pueblo esencial y puro en pugna con la corrupción de las gentes urbanas, mestizas y cosmopolitas; simbolizados, respectivamente, en los personajes del pastor Pedro y el hacendado Don Sebastián, ambos en disputa por el amor de la gitana Marta, papel interpretado por la propia Riefenstahl.

“¡Silencio, se rueda!”, ordena la directora, megáfono en mano. Anna Blach, una gitana quinceañera, atractiva y ágil, hace del doble de Leni en la escena en que Marta debe galopar a caballo. El resultado es impecable. Leni está entusiasmada por el desarrollo de la escena:

-Lo has hecho de maravilla. Te concedo un deseo –se muestra Leni magnánima con la muchacha.

-No voy a pedirle nada para mí, pero, por favor, señora, libere a mis hermanos del campo de concentración –le pide Ana que ha oído que la directora se tutea con Hitler.

-Tendrás que optar por uno –zanja la petición la directora con una  media sonrisa que Ana se le antoja cínica.

La joven amazona mira a la señora con ojos desmesurados por un estupor que va adquiriendo la viscosidad del espanto:

-Señora, no puede hacerme eso, no me obligue a elegir, yo los quiero a todos por igual –replica la niña entre balbuceos.

-¿Qué no puedo hacerte qué? –pregunta Leni, que sonríe abiertamente y se da la vuelta para encontrar las sonrisas cómplices de herr Müller y herr Waldheim. Ana no entiende porque sonríen, no hay nada divertido en lo que acaba de decir. –Mira, pequeña, has de aprender que en esta vida no se puede tener todo.

-Señora… -Ana comienza a sollozar.

-Si para ti es un problema elegir a uno, pues no liberamos a ninguno y asunto resuelto –añade Leni encogiéndose de hombros con gesto teatral.

-No, por favor, ni que sea uno solo, gracias, muchas gracias señora, disculpe –baja la cabeza Ana, deshecha en lágrimas.

-Y ahora, ¡largo de mi vista!  Con los problemas que me está dando este rodaje, nada más me falta soportar a una niña llorona.

La respuesta de la directora es devastadora para Ana, quien pasa en el barracón la que será hasta ese momento la peor noche de su vida. La muchacha se ve responsable de la vida de sus hermanos,  por lo que un sentimiento de culpa se apodera de su conciencia. Al escoger a uno solo de sus hermanos, siente que condena a muerte a los otros. Se pasa toda la noche rota en llantos, desgarrada por el dolor. No puede hacer lo que se le pide y condenar a los hermanos que no elija, pero tampoco puede condenar a uno de ellos si en su mano está salvarlo. El amanecer la sorprende con los ojos secos de tanto llorar, implorando a Dios que llegue a perdonarla por lo que va a hacer. Al final se decide por salvar al más pequeño de ellos, pensando que los otros, por tener más edad, tendrán más posibilidades para valerse por su cuenta y sobrevivir.

Al día siguiente, se alista una nueva escena. La directora se impacienta con los preparativos. Ana se acerca trémula a Leni para entregarle el papel con el nombre de su hermano:

-Señora…

-¿Qué pasa? –le responde la directora con mal tono.

-Disculpe, el nombre de mi hermano –informa la muchacha bajando con gesto humilde la cabeza.

Leni se guarda con desdén la nota en un bolsillo de su pantalón. La directora empuña el megáfono y ordena: “¡Silencio, se rueda!”.

Otra de las extras, la gitana Zäzilia Reinhardt, amiga, compañera y confidente de Ana, sobrevivió al Porraimos (en romaní “la devoración”), el Holocausto de los gitanos europeos a manos de los nazis. Zäzilia pudo dar testimonio de lo que ocurrió. Ana y sus hermanos se disolvieron en un silencio eterno de humo y ceniza, en Auschwitz.


Pintura: Helga Weissová

Diarios Argentinos