Literatura desde casa: Quedate quieta un poco

En esta sección te invitamos a publicar tus relatos, cuentos, cartas, poesías. Hoy presentamos el cuento de Germán Pinazo, "Quedate quieta un poco".

Quedate quieta un poco

Germán Pinazo

 

—Quedate quieta un poco, hija. Por favor —le dijo la mamá a Malena mientras trataba de abrocharle el cinturón de seguridad.

—Pero no quiero ir a lo de papá, mami.

—No importa si no querés, hijita. Es su cumpleaños y él te extraña mucho, así que vas a ir.

Malena se rindió sin dejar de hacer puchero y Clara finalmente consiguió abrocharla a la butaca del asiento trasero.

—¿Estás contenta, mamá? —le preguntó Malena luego de unos minutos de silencio.

—Sí, hijita. ¿Vos?

—Tamiém.

—¿Viste qué lindas las hojas en la vereda? —le preguntó la mamá y miró por el espejito retrovisor a ver si Malena llegaba a mirar por la ventana.

Clara amaba el otoño. Amaba esas primeras semanas donde las hojas caen y arman esas enormes alfombras de un marrón anaranjado en las veredas de Buenos Aires, que hacen ruido cuando las pisan. Y le encantaba redescubrir cosas como esa con su hija, para quien todo era nuevo. No porque a sus tres años no hubiese visto nunca el otoño, sino porque, a su edad, con cada golpe de madurez venía un nuevo asombro, y a su madre le encantaba transitarlos con ella.


Con cada golpe de madurez venía un nuevo asombro


—Qué lindo, mami —le respondió Malena, aunque no llegaba a ver bien nada.

Malena vivía en una ciudad donde los perros tenían más derechos que los nenes, y entonces hacía cuarenta y ocho días que no salía del departamento de dos ambientes que compartía con su mamá desde que esta se separó de su papá, hace menos de un año. El 15 de marzo se había anunciado la suspensión de las clases y desde ese día se había quedado adentro, pero fue recién el 19, cuando se anunció la prohibición total de la salida de chicos a la calle, que se dio cuenta que estaba definitivamente encerrada.

Malena tuvo que festejar su cumpleaños de tres años en cuarentena, sola con Clara. Para Clara fue un momento de mucha angustia, porque se dio cuenta que era el primer cumpleaños que Malena era consciente de que aquel era un día especial para ella, su día especial, y a Clara le daba una profunda pena que nadie pueda estar ahí para festejar con ella. Hizo todo lo que pudo: compró globos en un cotillón que encontró abierto —soportando como pudo las miradas de los vecinos devenidos en policías que la acosaban por la calle, aunque había dejado a Malena con una vecina—, pidió un mini teatro de títeres por internet, y cocinó con Malena una chocotorta que le salió bárbara. A la noche organizó una videollamada con la familia y, sobreponiéndose a las múltiples desconexiones asociadas a su frágil servicio de internet, logró que su hija cante contenta el cumpleaños feliz y que se sienta mimada. Pese a todo, ambas se fueron a dormir contentas.


Era un día especial para ella, su día especial


El problema vino al día siguiente. Malena despertó a Clara inusualmente temprano:

—Me hice pis, mami —le dijo, sentada al lado suyo en la cama grande sobre las sábanas todas mojadas.

Efectivamente, tras un mes de encierro total, Malena volvió a hacerse pis. Ya estaba durmiendo toda la noche en la cama de su mamá hacía dos semanas, y luego de su cumpleaños las sorprendió el pis. Y fue un momento de tristeza enorme para ambas, porque hacía apenas tres meses que habían festejado con orgullo y emoción el fin de los pañales.

—No pasa nada, hijita. —Pero, sin importar el esfuerzo, tuvieron que volver a usarlos para dormir.

El pedido del padre de Malena para que se la lleve para su cumpleaños le produjo a Clara una mezcla de ansiedad y culpa. Ansiedad porque necesitaba un tiempo para estar sola. La vuelta de los pañales le había empezado a producir insomnio, y los días eran infinitos. Clara no descansaba nunca. Cuando no daba clase por zoom a sus alumnos del secundario —con la cámara apagada para que no vean a Malena corriendo por el living— estaba disfrazada de sonajero; cuando no era un sonajero, estaba cocinando, y de noche, cuando finalmente Malena se apagaba, se flagelaba pensando en todas las veces que había perdido la paciencia con su hija. ¿Por qué le había gritado así? ¿Cuándo las dejarían salir?

Clara necesitaba desesperadamente un tiempo para deprimirse tranquila, sin sentir que con eso estaba lastimando a su hija. 


Tiempo para vegetar en paz, para no hacer nada. Nada más.


Pero la propuesta de su ex también le daba culpa. Culpa porque sentía que dejaba a Malena con un tipo que la mayoría de las veces podía ser un poco egocéntrico, cuando no directamente un pelotudo. Pero bueno, en definitiva, era su papá, se dijo y se decidió a llevarla.

—Hija, vamos a poner antes de empezar unas reglas básicas de convivencia. ¿Te parece? —le dijo su papá en la puerta de entrada del departamento, apenas después de darle un abrazo.

—¿Qué decís, Horacio? —la interrumpió Clara—. Acaba de cumplir tres años, ¿de qué reglas de convivencia hablás?

—Upa, papi, upa —repetía Malena encima de ambos, agarrada de las piernas de Horacio.

—Puede entender perfectamente, no es tonta. Vos andá tranquila que nosotros nos arreglamos —le dijo y se llevó a su hija para adentro.

Horacio estaba preocupado —y obviamente, no se lo podía decir a Clara— porque Martina, su nueva pareja, se había opuesto todo lo que había podido a que los visite Malena. Que los chicos son un vehículo de transmisión del virus, que ella tenía que hacerle compras a la madre que era población de riesgo, que cómo se las iban a arreglar para estar una semana encerrados los tres en un departamento tan chico si los dos tenían que trabajar, que quién la iba a cuidar; y así todo lo que se le había ocurrido. Lo que no se animó es a decirle que porqué se la tenía que fumar si Malena no era su hija; pero estuvo claro. Justo la noche anterior a la que llegara Malena, a Martina le agarró una migraña terrible que, según ella, la inhabilitaba —y la iba a inhabilitar los días siguientes— a salir de su cuarto.

Martina era quince años menor y había sido alumna de la facultad de Horacio. Se habían mudado juntos a los tres meses de que Horacio se separara de Clara, confirmando, casi sin quererlo, lo que ella siempre había dicho de él: Horacio tiene dos cabezas, pero sangre para usar solo una.


Confirmando, casi sin quererlo, lo que ella siempre había dicho de él


Lo primero que hicieron fue almorzar. Como Horacio no había repuesto la sillita para chicos que se había llevado Clara con la separación, Malena se sentaba hacía un tiempo en la mesa con los adultos. En este caso comieron solos las salchichas con tomate que había hecho Horacio, pero Malena lo hizo viendo un dibujito en la Tablet, mientras que su papá veía el noticiero. En la tele, dos personas teñidas de un color curioso, sentados a menos de un metro de distancia y sin barbijo, comentaban escandalizadas sobre los peligros de que los chicos salgan a pasear un rato. Luego, presentaban un video de YouTube sobre cómo sufrían los famosos la cuarentena.

Malena durmió dos horas de siesta después de almorzar. Su viejo cuarto estaba intacto. Como el departamento estaba a nombre de Horacio —y como había sido Clara quien había tomado la decisión de separarse—, él se había quedado en el hogar que habían compartido y ella se había ido.


*****

 

Cuando Malena se despertó, su papá estaba en el medio de una videoconferencia sorpresa que los compañeros de trabajo de la universidad la habían organizado. De sorpresa, en realidad, tenía poco. Horacio era de alguna manera el jefe del área y había venido hablando de su cumpleaños desde hacía días con todos, y se había quejado —lo más casualmente que había podido— de lo poco que la comunidad universitaria valoraba el trabajo que personas como él —padre de familia que tenía hijes a cargo— estaban haciendo para sostener la educación pública de calidad en ese contexto tan adverso.

Sus colegas, casi todos menores que él, pero ya rápidos de reflejos y acostumbrados a moverse en un ambiente de egos inflados, frágiles y rencorosos, le habían avisado entonces, a la mañana de ese día, que por la tarde harían un encuentro virtual en honor a su natalicio. Horacio se había mostrado gratamente sorprendido y había acomodado cuidadosamente su living para la ocasión. La cámara de su macbook apuntaba un poco de costado a su biblioteca, donde había elegido especialmente los libros cuyos lomos podían leerse, y otro poco hacia una pared blanca, donde tenía colgada una whipala y debajo podía verse el mástil de la guitarra, que no tocaba hacía años.


Acostumbrados a moverse en un ambiente de egos inflados, frágiles y rencorosos


Malena sabía que cuando su papá estaba en la computadora ella no tenía que molestar, y también había entendido que no podía entrar al otro cuarto porque Martina estaba descansando, así que, intentando hacer el menor ruido posible, agarró unas plastilinas y unos muñecos de su cuarto y los llevó al living para no estar sola.

—Lo que está claro acá —decía Horacio con suficiencia mientras ella jugaba— es que el capitalismo no va a continuar tal y como lo conocemos. Quizás lo irónico de todo esto sea —continuó envalentonado— que, si bien como decía Mark Fisher, es más fácil pensar el fin de la humanidad que el fin del capitalismo, si no empezamos a pensar en el fin del capitalismo, el capitalismo va a terminar con nosotros.

En la computadora podía verse a sus colegas que asentían en silencio, y Horacio pensó: “No tendría que haber dicho eso, es un buen título para un artículo”.

—Pero, profesor —interrumpió uno de sus ayudantes—, ¿quién sería el sujeto que podría llevar adelante semejante proceso de transformación?


¿Quién sería el sujeto que podría llevar adelante semejante proceso de transformación?


Horacio puso cara de pensativo y respondió:

—¡No, no, no, no! —y apagó el sonido de la cámara—. ¡Malena! ¡¿Cuántas veces te dije que dejes en paz al gato?! Te va a morder, ¿vos querés que te muerda?

De espaldas a todos, Malena había empezado a acorralar al gato. Sabía que no tenía que molestarlo porque podía morderla o arañarla, cosa que de hecho hacía frecuentemente. Pero era algo que la podía. Cuando su papá le gritó, se puso a llorar.

—¡Papi, papi! —dijo a los dos segundos y se largó a llorar. No tanto porque la hubiera asustado el reto —que esperaba— sino porque no le gustaba defraudar a Horacio.

Los miembros del equipo de investigación no escuchaban nada, pero pudieron ver a Horacio dar una salto de la silla, patear al gato con violencia, y terminar haciéndole upa a su hija que no paraba de refregarse los ojos. Si había algo que ablandaba a Horacio era el llanto de Malena.

Sin demasiadas explicaciones, Horacio se despidió y apagó la computadora.

—¿Hacemos el show, papi? —le dijo Malena cuando se calmó.

—Dale, mi amor —le respondió su papá, conmovido por la ternura que le produjo que su hija no se hubiera olvidado de los shows de títeres que él le hacía antes de que comience el encierro.

Lo que todavía no había comenzado a experimentar Horacio, lo que no había empezado a sentir en el cuerpo, eran las consecuencias del inevitable proceso de transformación que lo llevarían a ser un sonajero humano. Pero no iba a pasar mucho tiempo.


Las consecuencias del inevitable proceso de transformación que lo llevarían a ser un sonajero humano


“Papi, papi, papi”, escucharía decir a su hija más de 37 veces ese día. “Papi” mientras trataba infructuosamente de redactar un breve correo electrónico para el trabajo, “Papi” mientras trataba de convencer a su cónyuge de que salga de la habitación para cenar, “Papi” cuando pensó, inocentemente, que el baño de Malena podía darle un respiro, “¡Papi, vení!” cuando la puso a armar un rompecabezas mientras él intentaba leer algo para la universidad.

Al vigésimo “Papi” pensó en Clara, y se sintió un sorete por no haberla llamado más todos esos días para ver si necesitaba algo, para ver cómo andaba. ¿Cómo había hecho para trabajar? ¿Cómo había hecho para entretener a Malena sin que enloquezca en ese departamento tan chico? ¿Cómo había hecho para no enloquecer ella? En fin.

Llegando la noche sintió que, después de todo, había transitado bastante bien el primer día. Habían jugado, Malena se había cansado y había comido, y por fin llegaba la hora de acostarla. Como siempre, le contó un cuento —o varios— para ayudarla a conciliar el sueño.

Mientras se dormía, y sentía todavía la voz del papá de fondo, que hablaba lo más lento y bajo posible, Malena le preguntó:

—¿Estás contento, papi?

—Sí, mi amor. Con vos estoy más contento que con nadie.

Malena finalmente cerró los ojitos y se durmió. Horacio fue al living a disfrutar solo de los últimos minutos de un cumpleaños muy particular. ¿Cómo hago mañana con todo?, pensó. No importa, mañana veo; se dijo, y se sirvió un whisky. Cuando finalmente se sentó en el sillón, se dio cuenta que le había empezado a silbar el pecho y le costaba respirar.


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