Literatura desde casa: Punto de fuga (Parte 1)

En esta sección te invitamos a publicar tus relatos, cuentos, cartas, poesías. Hoy presentamos el cuento de Eugenia Camejo, "Punto de fuga".

Punto de fuga

Eugenia Camejo


Nueve de la mañana. Estamos en casa, como le digo ahora. Es un departamento piso 13, en pleno centro de La Plata, bien “paquete” como dirían mis vecinas. Antes, casa era en Escobar, de donde soy o era. Y este, en unos años más, no será ya mi hogar. No querré entrar, no tendré valor para dormir acá. Cambiaré mi cama confortable para recostarme en sillones de salas desconocidas. Como la chica de la remera de Greenpeace en la canción de Los Redondos.

Las nueve, decía. Marce y yo somos las únicas mujeres. El resto son los chicos. Ya no recuerdo sus nombres. El rubio propone ¿salimos? Bajamos en el ascensor, nos concentramos en la vereda, fumamos. Ahora caminamos por calle 49 hasta 1. Damos vueltas. Damos vueltas y no hay nadie. Deambulamos y las baldosas se mueven, deambulamos y las vainillas dejan su habitual rectitud para hundirse o flamear como banderas. Es absurdo buscar un bar abierto, es de día. Damos con el pool frente al colegio Nacional. Donde es noche siempre. Entramos, seguimos tomando algo, cervezas supongo.

Tengo veinte años, cabello oscuro, lacio. Me visto mal, me maquillo mal, como peor. Y no me importa nada de eso. El calendario asegura que estamos en octubre de 2001.

Vine a La Plata a los dieciocho, después de haber terminado el colegio secundario privado, católico, apostólico, romano. Había sido estudiosa, pero mi problema eran los curas. El cura: Puchini. Puchini era un lascivo. En las reuniones de padres, le había insinuado a mi madre, Marta, que era una mujer atractiva, había hecho alusión a sus piernas con total impunidad en la cara de todos los cristianos presentes.


Puchini era un lascivo


Mensualmente citaba a Marta para hablar de sus hijos. Bah, de sus hijas: Lucía, mi hermana, y yo. A mi hermano, Juan, ya lo habían echado por romperle la cabeza a un compañero contra el vidrio de la puerta del patio. Aquel era un lugar de rubios con dinero, y el rubio cabeza rota lo había tratado de negro.

Mi problema con el cura no eran las reuniones con mi madre para hablar de nuestro rendimiento. Marta había pasado por situaciones peores. Simular cordialidad en conversaciones con torturadores, por ejemplo. Yo no entiendo cómo el ser humano puede hablar, saludar, dar las gracias a quienes sabe que practicaron sobre otro submarino seco, picana, simulacros de ejecución. Quisiera putearlos, romperles un palo en la cabeza. Marta debía jugar esos absurdos intercambios con asesinos porque su hermano Ernesto estaba en Devoto, y aunque estaba legal, era 1979.


Simular cordialidad en conversaciones con torturadores


Volviendo a mi hermano, si bien él sí le había roto la cabeza a un estudiante, blondo y xenófobo, la principal causa de su expulsión fue otra. Escribir con aerosol todo el frente de la escuela. “Puchini, en la Biblia dice no robarás”. Puchini era regente de la escuela, Puchini hacía las cuotas cada vez más abultadas para nuestros bolsillos flacos de fines de los 90.

Seguramente Juan sentía que eso era un robo. Creí y creo que tenía razón, que eran justas las palabras escritas con aerosol sobre el paredón. Muchos no lo vivían así y lo delataron.

Nosotros comíamos fideos. A veces, con suerte, pollo. Nosotros hacíamos esfuerzos para poder cambiar las mochilas, para comprarnos el uniforme cada año. No había matrícula en escuelas estatales. Lo público era gasto y proliferaban las escuelas privadas.

Juan trabajaba como reparador de PC mientras aprendía programación con un gallego que había conocido intercambiando remeras de fútbol por correo. Un día llegó al local, por encomienda, un CPU sin nombre de su dueño o dueña ni pistas de la avería. En el paquete figuraba la dirección de origen y nada más. En caso de repararla, podrían enviarla de regreso y cobrar el trabajo.

Juan conectó el CPU y lo encendió. Nunca habían visto una máquina tan infectada. Cientos de virus. Miles de virus. Saltaban de ventana en ventana en ventana, saltaban infinitamente, como en un juego de espejos saltaban. Aparecían mujeres y hombres en todas las poses imaginables, en todas las combinaciones posibles que el cuerpo humano permite, en un abanico de edades impactante. Tampoco faltaban máquinas para infringir dolor que podrían figurar en La condesa sangrienta de Alejandra Pizarnik.

—¡Coño! A este tío sí que le gusta de todo —saltó el gallego—. Hasta que le den por culo. Vale, Juan, que yo te enseño el trabajo, pero tú la entregas al depravado y te cobras. No quiero tocar ni sus billetes.

Un mes y medio estuvieron sacando casi con pinzas cada pop up, incorporando opciones de privacidad, activando bloqueos. Cuando el trabajo estuvo listo, Juan tuvo que ir a la dirección que figuraba sobre el embalaje y cobrarlo. Necesitaba el dinero. Fue caminando con el CPU envuelto en cartón. Al aproximarse a la calle, se dio cuenta, conocía muy bien esa dirección: era la del Sacré Coeur. Su colegio.



Tocó el timbre de la puerta como todas las veces que llegaba tarde, tocó el timbre de la puerta. Pero esta vez no iba a clases. Iba a entregar esa computadora.

—Un segundo, por favor —contestó, desde adentro, una voz de hombre.

Por los ruidos que atravesaban la puerta, parecía buscar las llaves, o vestirse, o buscar las llaves mientras se vestía, o simular que buscaba llaves mientras se vestía.

El hombre que abrió la puerta estaba despeinado, tenía pantuflas rojas y una bata que sostenía con sus manos intentando evitar que asomara su torso desnudo.

—¡Dejala ahí! ¿Cuánto es? Ahí…

Juan contestó un precio mucho más alto que el acordado con el gaita. Ese hombre en bata, ese hombre en pantuflas rojas, ese hombre dueño de la computadora que casi naufraga de tanto navegar páginas porno, ese hombre que le decía dejala, dejala ahí, era Puchini.

Nunca supe si en las fotos había niños o niñas. Nunca supe si Juan o el Gaita vieron a Puchini en las fotos. Pero recuerdo que una mañana nos acercamos al Sacré Coeur y vimos que en su paredón decía algo del celibato coronado por un “cortatelá”.


Pero mi odio a Puchini comenzó antes


En una de sus oraciones matinales, Puchini se había lamentado por los crímenes de lesa humanidad durante la dictadura. En nuestra comunidad había repercutido mucho un programa de Grondona. El genocida Etchecolatz dijo en ese programa que el Nunca Más era una falacia. Y remató: “Se manipula la cifra de desaparecidos”. En el mismo programa estaba como invitado Alfredo Bravo, un dirigente socialista, exdetenido. Bravo le gritó al genocida: “Usted es un personaje siniestro”. Después, hizo la enumeración detallada de cada una de las torturas sufridas.

Puchini había sido sacerdote durante el Proceso. Y se sabía que en esos tiempos había marcado personas. Pero esa mañana se tomó las palmas, se las llevó al corazón y pidió “paz para esa gente”. “Esa gente” como él decía, estaba sufriendo porque en Argentina había dos leyes de Obediencia Debida y Punto Final.

La comunidad lo abanderó como el cura por la paz y la reconciliación. Entonces aprovechó la misa del domingo siguiente, y ya con más locuacidad habló de paz, de hermandad, de unidad. El pasquín del pueblo transformó ese acting en nota central. Puchini ascendió en la escala clerical. Lo mandaron a la Basílica de Luján. Allí era como el rey. Antes de que se fuera, promovido y entre loas, la impotencia me invadió el cuerpo, me invadió como los ácidos que pruebo ahora en el pool. La impotencia hierve la sangre, eriza la piel, es LSD. Pateé la puerta del Sacre Coeur y el eco de los golpes recorrió sus pasillos silenciosos. Para mi sorpresa, me atendió, con un tono sereno, componedor, impostado, el señor Puchini. Me invitó a que pasara y, muy tranquilamente, me avisó que me iba a amonestar. Me llevó a su oficina.


La impotencia me invadió el cuerpo, me invadió como los ácidos que pruebo ahora en el pool


—Mire, señor —quise explicar algo de lo que sentía. 

Me cortó en seco:

—Usted llámeme Padre. 

Me negué rotundamente:

—Mi padre está trabajando. —Eso lo enojó.

Como tormento, no me permitió sentarme durante la hora y media que duró su sermón. Mientras, cínicamente, él se acomodaba en su sillón.

—Tu problema es que sos anarquista, pobrecita —concluyó.

 No me dejó hablar.


Continúa mañana.

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