Literatura desde casa: La mosca y el perro

En esta sección, te invitamos a publicar tus cuentos, cartas, relatos o poesías. En esta ocasión, compartimos el cuento de Fernanda Rey, "La mosca y el perro".

La mosca y el perro

Fernanda Rey

 


Así que esto era. Este frío inmóvil, que no eriza la piel ni la estremece, persistente y calmo y largo como las noches antárticas; esta sangre pesada, que se sedimenta en la base del cuerpo; esta boca que ya no dice, pero que es vida microscópica y larvario; este ver detrás de la pupila fija, prendida aún del perro, mi último compañero. Fui su amigo, y soy su alimento; ahora ya no me importa, porque también la muerte es eso: la indiferencia.

Perdí la noción del tiempo. Al principio, cuando la conciencia subsistía, fui capaz de contar los días. Acá, en mi barrio, los sonidos se encadenan a la habitualidad en una coreografía rítmica y casi sin mutaciones: el canto del zorzal, los primeros coches, la parsimonia de los estudiantes, los carritos de las compras, la elipsis de la siesta... Algo había cambiado, sí, alguien pasaba el día silbando bajo mi ventana, pero entonces no entendí. En ese momento, aún podía contar: día uno, el del derrame cerebral, cuando Marcelina cerró con llave y me dejó tendido, incapaz de moverme y a merced del perro hambriento; día dos, aquel de la esperanza clavada en la puerta de la habitación; día tres, el de la sed desesperada; día cuatro, cuando creí que el silbido bajo mi ventana iba a volverme loco; día cinco, cuando me morí. Al despertar con la lamida del perro, me fue imposible saber el tiempo que había pasado.

El pobre esperó hasta último momento. Leí en algún lado (¿dónde?) que los animales pueden oír los latidos del corazón humano. Quizás este silencio, en el que no me reconoce, lo haya estimulado. O quizás fue el olor, que le despertó el instinto. Sentí (sí, sentí) primero la caricia acuosa de la lengua en los pies, luego la fuerza de la mandíbula contra el hueso, pero con más piedad que dolor. No, para ese momento ya no esperaba a nadie ni sentía dolor o sed, y eso fue bueno.

Entonces, el quiebre de las células y el burbujear de las vísceras al disolverse acallaron los sonidos urbanos, y solo pude estar atento a esto que me hunde en el colchón y lo moja. A eso y al perro. Al perro y a la mosca, que entra y sale de mi boca y que, cuando se para sobre la pupila, no me deja ver. Recuerdo un libro sobre una mujer atada a una cama y su miedo a otro perro, más flaco y sucio que este mío. ¿Quién es el autor? ¡Ah!, los recuerdos también se me escapan, quizás también se los estén comiendo los gusanos, quizás, cuando acaben, al fin me apague, y eso sea la verdadera muerte. Porque no puede ser esta inmovilidad estúpida, no. ¿Y la luz blanca? ¿Y los parientes esperando al final del túnel? ¿Y el deambular como fantasma por la casa, arrastrando cadenas y asustando a los crédulos?

El perro logra arrancar un pedazo de pie y va a comerlo del otro lado de la cama. Sale de mi campo de visión y solo puedo ver un rectángulo de suelo y parte de la colcha, pero lo escucho masticar. ¿Por qué Marcelina nos dejó acá encerrados? ¿Tendrá suficiente agua el perro? El autor, ¿quién es el autor?

Es la hora del ingreso a clase; escucho el arrastrar de los zapatos de los más madrugadores; poco después, el tironeo del «dale, apurate que llegamos tarde», y luego alguien que dice: «Boludo, ¡el olor a mierda que sale de esta casa!». Pienso en las viejas pasando bajo mi ventana con un pañuelo sobre la nariz y me doy cuenta de cómo. Busco al perro, pero una mosca otra vez no me deja ver. Camina, siento el cosquilleo de sus patas en el ojo. Hace equilibrio en las pestañas y vuelve a bajar. Apoya la boca y prueba succionar algo. Pero desiste y se va, quizás el olor en el otro extremos de mi cuerpo es más atractivo. Sí, se va, pero me deja una nube rojiza justo sobre la pupila. Pienso que si a más moscas se les da por vomitarme sobre los ojos ya no voy a poder ver, y me desespero. Busco al perro. Pienso en eso de la percepción especial que tienen los animales y lo llamo con la mente. Espero. Al rato, envalentonado, vuelve a buscar más. Arranca otro pedazo, pero esta vez elige comerlo al lado mío. «Titán, amigo, hacé ruido; a ver si me vienen a buscar, que me aburro». Titán no me escucha. O, de tan concentrado que está, con mi muslo, ahora, me ignora.  Lo vuelvo a llamar, y nada. Voy a tener que esperar a que alguien se dé cuenta de mi ausencia. Van a tener que tirar la puerta abajo, Marcelina debe haber desaparecido. O quizás esté en casa de sus padres. Tampoco puedo acordarme dónde viven mis suegros y, no es que me importe, pero esta desmemoria me está enojando. «¡Titán, ladrá, Titán!». El perro me mira, y pienso que quizás esté funcionando. Sé que voy a terminar en la heladera de una morgue, después me van a hacer una autopsia y después… y después quizás encuentre compañía bajo tierra, quizás los muertos conversen entre ellos, se cuenten sus historias, se peleen (y ahora me estoy acordando de otro libro y no puedo… ¿quién?). «Titán, hacé ruido». Y Titán ladra y sale corriendo y... ¿puede un muerto ponerse contento?

Escucho varias voces, también la de Marcelina, que finge llorar. Entran unas personas con barbijo y puedo ver que fruncen el gesto ante el espectáculo.

—Señora, no pase —le dicen.

—El perro, me llevo al perro —contesta ella.

—Comió carne humana, señora, quizás haya que sacrificarlo.

Marcelina ahora llora con sinceridad, y esa es mi pequeña venganza.


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