Literatura desde casa: La memoria de los abrazos

En esta sección te invitamos a publicar tus relatos, cuentos, cartas, poesías. Hoy presentamos el relato de Mariela Castaño, "La memoria de los abrazos".

La memoria de los abrazos

Mariela Castaño



Hubo un tiempo en el que las personas habían olvidado qué eran los abrazos. Algunos pensaban que habían existido alguna vez, pero por un hecho preciso que se fue disolviendo en la historia, nadie sabía cómo habían llegado a olvidarlo.

Artículos virtuales hablaban de eso como un estado anterior a la revolución de las pantallas. Un acto primario, en el cual las personas —decían— abrían los brazos y acercaban su cuerpo al de otras personas que también mantenían los brazos abiertos, luego los cerraban y se entrelazaban en el llamado "abrazo", que entonces era como decir unicornio o minotauro, palabras lindas que hablaban de seres inexistentes. En ese tiempo, parecía extraño un hecho como tal. Nadie podía concebir que los cuerpos se acercaran tanto. Eso que se llamaba abrazar era como un mito que nadie creía cierto.

Pero, por suerte, a lo largo de la historia siempre hubo personas que buscaron ir más allá de lo establecido, y se creaban foros de debate sobre un ejercicio tan temido y a la vez tan curioso: abrazar.

Muchos hablaban de romper la barrera del miedo y experimentar ese acto, que parecía más bien sencillo. Otros, más precavidos, proponían primero intentarlo con objetos. Abrían los brazos frente a escobas, heladeras y computadoras y los cerraban alrededor de estos artefactos esperando sentir lo que contaban los mitos que se sentía cuando la gente abrazaba, pero la falta de respuesta de estas cosas no era alentadora. Tenían tantas dudas que el corazón se les llenaba de temor y negación. Grupos pequeños leían sobre las sensaciones confortables de los abrazos grupales, generalmente durante o después de compartir fiestas, marchas para pedir derechos, eventos tristes como muertes o episodios importantes y llenos de felicidad como los nacimientos, cumpleaños o graduaciones. También se hablaba de los abrazos antes, durante o después de los actos sexuales. Y los abrazos de los amigos o de las madres con sus hijos. Pero lo más sorprendente de los relatos eran los abrazos porque sí, eso realmente era algo incomprensible. 


¿Por qué dos o más personas iban a abrazarse sin motivo? Nadie lo descifraba.


Entonces, decidieron reunirse y salir de atrás de las pantallas. Si bien eso era un hecho que ya había pasado de moda, les parecía emocionante recrear algo tan ficticio como un abrazo. Mucha adrenalina les recorría el cuerpo pensando que podía ser un acto revolucionario romper el mito de la existencia de los abrazos. Estaban excitados por lo que podrían llegar a experimentar, como si una droga nueva pudiera ser probada y explorada sin límites.

El día llegó. Ya habían hablado tanto de ese momento que lo que más miedo les daba era que las expectativas que crearon alrededor de ese acto fueran muy elevadas, y que abrazar pasara sin pena ni gloria por sus vidas. Demasiado tiempo dedicado a investigar los distintos tipos de abrazos, la metodología de los abrazos, las sensaciones que podrían llegar a experimentar; todo eso no podía ser en vano.



Estaban ahí mirándose unos a otros, preguntándose quiénes serían los valientes voluntarios de tamaño desafío. Los minutos pasaban y seguían discutiendo el orden y la forma, hasta que una niña de unos cinco años que había asistido a la reunión con su madre, señaló a un perro que descansaba aburrido sobre los muslos de su dueña.

—Yo quiero abrazarlo a él.

Todos miraron asombrados al perro y, con ojos sorprendidos de horror, levantaron los ojos hacia la madre. ¿Dejaría esa señora que la niña abrace un perro? La madre dudó, pero un segundo de duda para una niña no es más que un permiso de acción a sus deseos. Y así fue como, soltándose de su mano, corrió hacia el perro. Como un instinto arraigado de cientos de años, la niña abrió los brazos y tomó al perro por el cuello, que sorprendido, apenas pudo reaccionar, quedándose inmóvil mientras la niña lo abrazaba. Ambos cerraron los ojos con una expresión de alivio y confort. Una sensación que duró unos segundos hasta que fue arrancada por su madre de arriba del perro. Pero sus ojos seguían conectados, mirándose sin flaquear, la niña sonreía como si siguiera oliendo el aroma suave de los pelos de ese animal, y había una expresión tan apacible en ambos que la gente empezó a especular. No podía ser malo si una niña y un perro se habían podido conectar de esa manera.


Un segundo de duda para una niña no es más que un permiso de acción a sus deseos


Fue así como, sin pausa, las personas comenzaron a abrir los brazos y acercarse unas a otras. Algunas de a dos, otras en grupos más grandes. Y siempre el mismo mecanismo, los ojos cerrados en señal de relajación, el abrazo sostenido que marcaba una ruptura a la censura que habían ejercicio ellos mismos a sus deseos. Otros lloraban y muchos reían mientras permanecían unidos a los cuerpos de otros. Era como si una memoria de emociones se activara por primera vez. Calidez y afecto en un acto tan simple. Amor y recepción en un hecho tan olvidado por todos.

La revolución de los abrazos había llegado para quedarse y algo muy profundo se había transformado en cada uno de ellos. Era como estar en casa. Era como no volver a estar solos nunca más.

Diarios Argentinos