Literatura desde casa: El juicio

En esta sección te invitamos a publicar tus relatos, cuentos, cartas, poesías. Hoy presentamos el relato de Rocío González Adel, "El juicio".

El juicio

Rocío González Adel



Costó arrancar, pero más costó levantarme del colchón que tenía mi forma hace más de seis horas. Quería quedarme allí adentro, caliente, con esos retazos de tela que simulaban tener la tarea de ser sábanas, pero que, aún así, me mantenían cómoda y sin frío. No recordaba qué había soñado, sino que simplemente decidí agarrar el celular para ver qué hora era, siempre pendiente de la cuestión del tiempo y su fluir de movimiento sin fin. Vi los mensajes pendientes y mi mente puso play instantáneamente, ya no la podía parar hasta que cerrara los ojos en la noche.

Una vez que los mensajes fueron respondidos, miré a mi acompañante de la noche anterior y recé para que no me pidiera el número. Se ve que mis ojos fueron más allá y su cuerpo se empezó a mover, como intentando levantarse. Sigilosa, deje el celular arriba de la mesa de luz y me dirigí al baño, sin levantar mucho las sábanas para no despertarlo.


Siempre pendiente de la cuestión del tiempo y su fluir de movimiento sin fin.


La noche había sido dura, el tipo no había resultado fácil y sus gustos pasaban de los más excéntricos y estrambóticos a los más calmos. Me puse jabón en las manos y con movimientos envolventes comencé a lavarlas. Una vez ya limpias, junté agua en ellas y me limpié la cara lo mejor que pude. El reflejo del espejo me mostraba unos ojos chinos y una ojeras largas y negras. “Estoy destruida”, pensé. Agarré la pasta de dientes y deposité su contenido en el cepillo, me lavé los dientes sin ganas hasta hacer espuma y luego, de un enjuague, me sequé. La remera me quedaba grande y dejaba al descubierto las marcas rojas de unas uñas o dientes, ya ni lo recordaba. Intenté borrarlas con los dedos rascándome, pero solo fue para peor. Las marcas se hicieron manchones. Pero no eran nada al lado de mi pelo enmarañado que parecía el de una muñeca a la que le hacen experimentos los niños. Me solté el rodete y comencé a reconstruirlo nuevamente, pero esta vez con más esmero. Una protuberancia se dejaba ver arriba de la nuca, increíblemente era mejor que lo que había antes.



Después de toda la sesión de spa, me dirigí hasta el inodoro y me senté. Durante unos segundos me quedé petrificada, mirando un punto fijo en la pared. Odiaba esos azulejos verdes que se solían poner en los baños de los 70, “sería mejor poner una bomba y explotarlos todos”, pensaba mientras se escuchaba el sonido del líquido amarillento saliendo de mí. Una vez terminado, me levanté, tomé coraje y volví a la habitación. Agarré nuevamente el celular para verificar la hora y los números 10 y 11 me saludaron. “Este tipo se tiene que ir, menos veinte viene el otro”, pensé. Intentando no ser tan brusca, me moví un poco para que el ocupa de mi colchón se despertara. Este comenzó a respirar diferente y, de un sacudón, abrió sus ojos. Me miró y me pidió disculpas por haberse quedado dormido. Rápidamente tomó su ropa, que estaba depositada en el suelo y empezó a vestirse. “Perdón, no suelo hacer esto". "Es la primera vez que lo hago y todavía no conozco muy bien las reglas”, se disculpó. “Está bien, les suele pasar a todos a la primera”, le respondí. Un poco nervioso, sacó de su bolsillo unos billetes arrugados y los dejó arriba de la mesa de luz. “Es de los culpables”, pensé. Normalmente no me podían ver a la cara cuando me pagaban, era peor para su reputación. Después de los primeros meses poco me importaba, mientras pagaran bien.


“Es de los culpables”, pensé.


Terminó de ponerse la camiseta y se levantó. Yo me acomodé la bata arriba de la remera y lo invité a salir primero. Tomé las llaves de la mesita de entrada y le abrí. “Bueno, muchas gracias. La pasé muy bien”, me dijo, intentando darme un beso en la boca. Yo moví mi cara rápidamente, porque después de la noche no me podían tocar, era la regla máxima. “De nada, es mi trabajo”, le dije mientras cerraba la puerta.

Volví al cuarto y ordené lo que había quedado tirado. Saqué los retazos de tela y tomé otros del armario para cambiarlos. Me quedaban quince minutos hasta que llegara el otro. Me senté en la cama y puse música tranquila con el celular. Así empezaba un día normal en la vida, sin juicio y sin arrepentimiento.


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