Literatura desde casa: Baile

En esta sección te invitamos a publicar tus relatos, cuentos, cartas, poesías. Hoy presentamos el cuento de María Sol Mateos, "Baile".

Baile

María Sol Mateos


Suena esa canción y busco los tuyos entre todos los ojos fosforeciendo en la oscuridad. Es automático. Identifico las notas, aclaro la garganta para pronunciar la letra que me sé de memoria y, sin siquiera planearlo, ya estoy buscándote.

Tus ojos brillan distinto porque van al ritmo de la música. La acompañan, la potencian. Sos el maridaje perfecto para esa composición. Irradian una luz que no es tan fuerte como el halo turquesa que sale disparado desde la cavidad de quienes tienen ojos claros; ni tampoco tan suave como los que se acomodan en la periferia para pasar desapercibidos. Los tuyos brillan diferente. No buscan ser el centro del show pero indefectiblemente se encienden y logran que, por lo menos adentro mío, la música pase a segundo plano. Son como esos personajes secundarios de las películas que no fueron pensados para sobresalir pero terminan opacando al protagonista y robándose la atención de los espectadores. 


La vida es la película y vos sos el actor de reparto que me distrae de la trama.


Al mismo ritmo que tus ojos se deslizan desperdigando miradas al aire, se incorpora tu cabeza meciéndose y dibujando infinitos. No te veo porque no me hace falta, disfruto más de imaginarte. Es increíble cómo sin mayores esfuerzos te camuflas en el paisaje. Y es increíble también que después de intentarlo durante varias canciones yo sigo sin encontrarte del todo.

Se acerca otro estribillo y sigo buscándote, vos seguís de espalda bailando. Finjo que miro las luces del techo, frunzo el ceño e intento leer el cartel de la barra que describe con lujo de detalles los porcentajes de alcohol y amargura de cada variedad de cerveza. Ojalá existiese un catálogo así para las personas. O mejor no, mejor probar y darse cuenta una misma.

Me escapo al costado de la pista con tal de no admitir que mis ojos no te encuentran y para que nadie más me vea cuando te miro. La pista no es más que un círculo de cemento alisado sin sillas en donde todos tácitamente acordamos reunirnos a sincronizar nuestros movimientos. Qué vergüenza me da que me vean mirarte. Creo que me rindo. Ya me cansé de buscarte y no encontrarte. Cierro los ojos obligándome a rendirme. Aprieto las pestañas y maldigo a la naturaleza humana que no me permite cerrar los oídos.

Cuando bailo con los ojos cerrados bailo mejor porque no percibo la mirada externa sobre mi cuerpo entonces mis brazos se sueltan y mis piernas se despegan del suelo. 


Se me aflojan las uñas y el pelo, se desabrocha el cinturón de inseguridades.


No veo si juzgan mi destiempo o mi torpeza, simplemente deja de importarme. Cuando bailo con los ojos cerrados se desdibuja el límite entre mi organismo y el aire y la masa de huesos y músculos que bailan entusiasmados al lado mío. Entonces me fundo con ellos sin miedo, me dejo llevar por su cadencia. Cuando bailo con los ojos cerrados me olvido —por un rato que debe ser un instante pero parece eterno— de lo horrible del mundo y de lo mal que bailo. Cuando bailo con los ojos cerrados todo lo que no vibra se pone en pausa, se congela. La vida pasa a ser ese salto en falso que doy entre estrofas para coordinar la melodía de mi cuerpo agitado con la de tu canción desvaneciéndose.

De repente despego los párpados y veo la música: la melodía es de muchos colores, de turquesa a fucsia pasando por todos los matices de violeta. El violeta es mi color preferido. Mamá decía que era el color de la suerte y por eso viajo con una flor de lavanda seca en la mochila. Me fundo en esos colores y me doy cuenta que sigo bailando. No conozco realmente lo que es la libertad, pero se debe parecer bastante a esto.

Ya no te busco entre la multitud, ya me olvidé de que para eso vine. Por un segundo me sumergí en la música y me encontré buceando entre notas como si nadie me estuviese mirando. Capaz que nadie me está mirando. Capaz que nadie me estaba mirando desde un principio y capaz que no era tan necesario cerrar los ojos. Como la cerveza, tuve que probar para darme cuenta.

Noto que mientras estas ideas revoloteaban en mi cabeza y chocaban contra las paredes de mi cráneo, mientras mi piel se teñía de violeta, mientras mi voz interna se apagaba, mientras mis ojos ahora efectivamente buscaban las luces del techo y no las de tu rostro; mientras todo eso pasaba yo seguía bailando. Mis brazos tocaban otros brazos, mis piernas jugaban a que el piso era lava. Mi cuello, completamente contorsionado, inventaba nuevas danzas a la par de mis caderas que —descaradas e incontrolables— habían encontrado en la música su nuevo lenguaje por excelencia.


Seguía bailando como si tuviese los ojos cerrados. 


Entendí por primera vez a qué se refieren los demás cuando hablan de soñar despiertos. Bailaba como bailás vos, como si de respirar o de morir se tratara. Demasiado fácil, inevitable. Bailaba y no era testigo de lo que a mi alrededor pasaba. Bailaba y no te vi cuando bailaste al lado mío. Bailaba con los ojos cerrados aunque mis párpados no se tocaban.

Esta noche aprendí a apagar los ojos sin cerrarlos. Aprendí que si dejaba de perseguirte aparecías solo en forma de melodía. Vine con la intención de buscarte y me terminé encontrando. Comprendí que mucha gente baila con los ojos abiertos y el corazón cerrado y agradecí a la naturaleza humana por no permitirme cometer ese crimen fatal que es cerrar los oídos.


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