Latinoamérica 2021, año de elecciones: ¿Se viene un nuevo giro?

El 2021 será un año plagado de elecciones en América Latina. Las habrá en Ecuador, Perú, Chile, México, Bolivia, Venezuela, Argentina, Honduras, El Salvador y Nicaragua. Algunas serán presidenciales, otras legislativas y regionales. Pero sin lugar a dudas marcarán el rumbo que tomará la región en el próximo quinquenio.

El 2021 será un año plagado de elecciones en América Latina. Las habrá en Ecuador, Perú, Chile, México, Bolivia, Venezuela, Argentina, Honduras, El Salvador y Nicaragua. Algunas serán presidenciales, otras legislativas y regionales. Pero sin lugar a dudas marcarán el rumbo que tomará la región en el próximo quinquenio.

Antes de meternos de lleno en la descripción (y posibles escenarios) de las elecciones, debemos advertirles al lector y la lectora que no encontrarán acá análisis cuantitativitos de las compulsas electorales, ni siquiera vamos a realizar pronósticos sobre los posibles ganadores. Se tratará de un examen más cualitativo acerca de la dirección que puede llegar a tomar Latinoamérica en los próximos años, intentando visualizar los itinerarios que la cartografía electoral pueda dejar plasmado de cara al mundo post pandémico.

La región puede observarse históricamente a partir de un conjunto de ciclos que se han desde los años ochenta del siglo pasado. A partir de 1979, con la recuperación democrática en Ecuador se inicia el primer ciclo, la transición a la democracia. Una década más tarde, luego de la crisis económica que sufre la región, se inicia el segundo ciclo, el de las reformas neoliberales como esquema de salida a la debacle social. A inicio del siglo XXI, y luego de las fracasadas recetas reformistas, se inicia un nuevo ciclo, el tercero, esta vez orientado hacia políticas mercadointernistas, proteccionistas y de inserción regional denominado como “giro a la izquierda”. En las tres etapas mencionadas, la mayoría (en algún caos la totalidad) de los países latinoamericanos siguieron esa política predominante con mayor o menor éxito. Lo que estaba fuera de cuestionamiento era que la región pasaba durante esas tres décadas y media, por momentos nítidamente diferentes en sus políticas económicas, sus preocupaciones sociales y sus relaciones con el mundo.

Sin embargo, a partir de la victoria electoral de Mauricio Macri en Argentina en 2015 se abrió un nuevo ciclo a todas luces incalificable. ¿Estamos asistiendo a una nueva etapa neoliberal- conservadora? ¿O a un retorno a las políticas progresistas? ¿O más bien a un a región en disputa de proyectos?

Desde el mencionado triunfo electoral de Macri las victorias de las opciones neoliberales y progresistas se dieron en países y contextos sumamente diversos. Miremos en el siguiente cuadro el estado de situación electoral, con el objetivo de desafiar, en primer lugar, la idea de la existencia de un giro neoliberal en la región, y por otro lado, para dar cuenta del peso cuantitativo y explicativo de las victorias del campo opositor en las últimas elecciones desde 2015.


Cuadro de las elecciones presidenciales en Latinoamérica desde 2015 a 2020

(Tomando en cuenta como eje del análisis las variables triunfos neoliberales y opositores)




¿Qué se observa en el cuadro? De las 17 elecciones del periodo 2015-2020 las opciones neoliberales se imponen en 9, pero las victorias de Pedro P Kuczynski en Perú, la de Mario Abdo en Paraguay, la de Iván Duque en Colombia y la de Jair Bolsonaro en Brasil (luego del interregno de Michel Temer con la implementación de políticas pro-mercado) pueden considerarse más una continuidad neoliberal, que un cambio de ciclo político. En ese sentido, las victorias de Macri, Piñera, Lacalle Pou y Nayib Bukele sí se tratan de reemplazos políticos con cambio de orientación ideológica. Por lo que la avanzada neoliberal en el continente se observa sólo en 4 de las 17 disputas electorales.

Asimismo, los triunfos de Maduro (reelección) de Ortega en Nicaragua, de López Obrador en México, de Alberto Fernández en Argentina y de Luis Arce en Bolivia inhabilitan, desde el vamos, cualquier tesis que intente demostrar empíricamente que el giro neoliberal se asentó en el región. El dato a tomar en cuenta, de cara al análisis de lo que se viene sucediendo electoralmente en la región es el de los triunfos opositores (10 de 17) que evidencian un grado de insatisfacción importante con la performance de los oficialismos a cargo de los ejecutivos latinoamericanos. En más de la mitad de las elecciones del periodo pre-pandemia analizado se imponen las propuestas opositoras. Entonces, más que un giro a la derecha, lo que se visualiza es un indisimulado momento de escaso deleite con la oferta política oficialista en Latinoamérica. Al menos hasta La fecha. 

Ahora sí ¿qué es lo que se viene en Latinoamérica en materia electoral? ¿Hacia dónde vamos? Comencemos.

La primera estación será Ecuador, el 7 de febrero. Se elige presidente y la totalidad del Legislativo unicameral. Allí las posibilidades de retorno del corresimo se encuentran latentes. El candidato del espacio opositor ecuatoriano Andrés Arauz (elegido por el propio Correa) deberá medirse con el banquero Guillermo Lasso (candidato derrotado en las últimas elecciones presidenciales de 2017), el líder indígena de la agrupación Pachakutik Yaku Pérez, y contra el empresario de las bananas y eterno candidato Álvaro Noboa. La dinámica político- electoral girará en torno al clivaje histórico desde el año 2006: “correismo vs anticorresimo”. La insatisfacción generalizada frente al gobierno de Lenin Moreno habilita la hipótesis de un posible triunfo de Arauz. Quedan pocas semanas para la elección, y en Ecuador se preparan para un cambio de gobierno. De triunfar el correismo, se tratará de un nuevo triunfo opositor, y en este caso con la yapa de representar un cambio de rumbo ideológico. De ganar Lasso, se trataría de la continuidad y profundización del modelo neoliberal capitaneado por Moreno, y que en algunos momentos de su mandato recibió un apoyo explícito y contundente del banquero candidato.

A la elección ecuatoriana, tres semanas después (28/2) le sucederán las parlamentarias en El Salvador. Allí se elegirá la totalidad del Asamblea Legislativa y el presidente Nayib Bukele parte con ventaja. La concentración del poder político desde el inicio de su mandato, que incluyó la militarización del parlamento y conflictos abiertos con el poder judicial, junto a un fuerte cuestionamiento a los partidos tradicionales ARENA y FMLN, le otorgan una preeminencia electoral para nada despreciable. Asimismo, el manejo de la emergencia sanitaria, con restricciones sumamente enérgicas desde el comienzo, le permitió al presidente salvadoreño ahondar aún más su política en una dirección autoritaria. La ventaja de poseer el control del Estado se suma a una posición político institucional del primer mandatario muy favorable, lo que hace presagiar una victoria contundente de las filas del oficialista Nuevas Ideas.

La tercera elección regional tendrá por estación a Bolivia, el 7 de marzo. Allí se pondrán en juego las 9 gobernaciones del país y los 337 alcaldes que conforman el total de ejecutivos municipales bolivianos. La participación de ex presidenta de facto Jeanine Áñez como candidata en Beni luce como una novedad en el interior de una elección predecible para la mayoría de los especialistas. A pesar de ello, la participación de la ex presidenta de la Cámara de Senadores la masista Adriana Salvatierra como candidata en la siempre difícil Santa Cruz y de la exsenadora Eva Copa con candidatura alternativa al MAS le otorgan un brillo mayor a una elección en la que el oficialismo intentará imponer su sólido y aceitado aparato político y aprovechar el envión de la elección presidencial del año pasado. Para la oposición se trata de una posible revancha electoral frente a la paliza presidencial, y la de hacer pesar sus aparatos regionales para asegurar los distritos que en la actualidad gobierna en forma estable.

La siguiente votación tendrá por escenario a Perú. El país que viene manteniendo incólume el esquema neoliberal, con sus presidentes asumiendo con alta legitimidad de origen y retirándose con apenas un digito de aprobación y con una crisis política a esta altura indisimulable (tres primeros mandatarios en una semana y múltiples movilizaciones en las calles), se apresta a elegir el 11 de abril. En la lista de candidatos emergen un conjunto de actores que se destacan por sus gestiones locales. En ausencia de líderes nacionales de fuste, la elección presidencial peruana parece ser un calco de su sistema de partidos multipartidario con visos de anomia del que teorizaba el prestigioso politólogo Giovanni Sartori. En ese marco, brillan el ex futbolista George Forsyth del partido Victoria Nacional, con un discurso anti político de prosapia empresarial, Verónika Mendoza, la candidata del progresismo peruano, fuerza política que no ha podido disputar hasta hoy ningún balotaje, el candidato del liberal Partido Morado Julio Guzmán respaldado por el actual presidente Francisco Sagasti y las tres veces derrotada candidata Keiko Fujimori, que ha sufrido un desgaste importante en las crisis políticas de los últimos años, pero que a diferencia de los anteriores contendientes tiene un voto fiel producto del “legado” de la presidencia de su padre entre 1990 y 2000.

No hace falta hacer futurología para predecir un gran signo de interrogación sobre esta elección. En Perú casi nunca gana el favorito, y la historia electoral es rica en ejemplos. La incógnita estará en saber si la candidata del progresismo peruano Mendoza podrá arribar a una segunda vuelta electoral. De llegar, se convertiría en la primera vez desde 1985 que esta expresión política tiene posibilidades concretas de triunfo en un país refractario, por ahora, a estas opciones partidarias. De triunfar alguno de los otros candidatos, la continuidad del neoliberalismo, con inevitables transformaciones sociales producto de la crisis, será lo predecible. 

El mismo 11 de abril Chile iniciará su proceso constituyente aprobado en octubre del año pasado eligiendo a los 155 constituyente encargados de ponerle fin a la institucionalidad pinochetista que durante más de cuarenta años dominó la política chilena. El 4 de julio se realizarán las primarias presidenciales, para finalmente el 21 de noviembre elegir el sucesor de Sebastián Piñera. En el medio, también habrá elecciones regionales. Sospecho que los chilenos y las chilenas no acudían a las urnas con esta asiduidad desde hace mucho tiempo.

Al igual que en la elección peruana, los candidatos que ya primerean en las encuestas provienen de los gobiernos locales. Por el progresismo despunta el comunista Daniel Jadue y la humanista Pamela Jiles. Por la derecha el ex candidato presidencial Joaquín Lavín. Esta es la foto a la fecha, ya que falta muchísimo para la votación, y en el extenso interregno existente entre las elecciones convencionales y las presidenciales habrá otras compulsas que seguramente modificarán la dinámica política electoral.

En ese marco, resulta sumamente complejo predecir  qué sucederá en Chile en los próximos años. A partir de las masivas movilizaciones del año 2019, y del rotundo triunfo del Sí de hace tres meses, la política chilena ha dado un drástico vuelco hacia algo que hoy es imposible de presagiar, pero que pareciera no estar en línea directa con el mapa partidario y político de las últimas tres décadas de democracia. La ausencia de liderazgos nacionales (hasta hoy) que canalicen la insatisfacción de la sociedad chilena con el sistema político augura vientos de cambios con un gran signo de interrogación acerca de su color ideológico.  

El 6 de junio habrá elecciones federales en México, en donde se pondrán en disputa 500 diputados y 15 gobiernos provinciales (gubernaturas), casi la mitad de los ejecutivos federales. Se tratará de una elección clave para el devenir del gobierno de Andrés López Obrador, y la primera en la que el líder mexicano le tomará el pulso a la sociedad. En estas elecciones el primer mandatario mexicano ansiará ratificar la mayoría legislativa en Diputados e intentará virarle algunos ejecutivos provinciales que actualmente posee en mayoría el PRI. De lograrlo, López Obrador podría llevar adelante una derogación  de la reforma energética llevada adelante por su antecesor Peña Nieto, dotando de una fisonomía más cerca a las promesas de campaña a su gobierno.  

Luego de la elección mexicana pasarán cuatro meses para que se vuelva a votar en la región. Para finales de octubre será las elecciones legislativas en Argentina. Como marca la constitución se votará la mitad de la Cámara de Diputados y un tercio del Senado. Como todas las elecciones de término medio en nuestro país estas ofician como un termómetro del clima político-social, y suelen predecir la performance electoral de las presidenciales dos años después.

A la fecha, daría la sensación que el formato peronismo / antiperonismo volverá a dominar la dinámica electoral, como en las últimas elecciones. De qué forma la economía argentina saldrá de la pandemia, con qué intensidad política el oficialismo mantendrá su unidad y en qué grados se equilibrará el tejido social, serán las grandes pistas que tendremos a mano de cara a esta importante votación.

La octava estación electoral tendrá por escenario a la predecible Nicaragua, en donde el oficialista Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) con Daniel Ortega a la cabeza pretende darle continuidad al proceso de transformación iniciado en el 2007. La opositora Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia confirmó la semana anterior su presencia en las elecciones, luego de un amago de no asistencia, y pidió a la comunidad internacional apoyó para evitar un “nuevo fraude”. Al igual que la oposición venezolana, la nicaragüense recibe un importante apoyo por parte de EEUU que se verá si continúa luego del recambio presidencial en el país del norte. Aun no son de la partida los candidatos y candidatas de la contienda pero se especula con que esta vez sea Rosario Murillo, la esposa de Ortega, quien represente el espacio oficialista.

En teoría, tres semanas más tarde habrá elecciones presidenciales y legislativas en Honduras, un territorio en el que luego del golpe de estado de 2009 el zelayismo, es decir el progresismo hondureño, no pudo hacer pié, un tanto por limitaciones propias, y otro por cuestiones asociadas a la legalidad y pureza del acto electoral. El dos veces Presidente Juan Orlando Hernández del oficialista Partido Nacional (PN) tendrá la dura tarea de ceder la primera magistratura a un candidato de su propio color político. Las últimas elecciones presidenciales en el país se caracterizaron por importantes irregularidades que fueron zanjadas por la intervención semi-directa de EEUU en el desenlace final, en favor del actual mandatario. El poder judicial, una pieza clave para las últimas victorias del PN y en la reelección de Hernández será otra vez observado con detalle durante la jornada electoral de noviembre.

Con anterioridad, el 14 de marzo serán las elecciones primarias en el país, en las que el oficialismo tendrá una disputa entre el cuestionado alcalde de Tegucigalpa, el empresario Nasry Asfura  y el actual titular del legislativo Mauricio Oliva. En cuanto al zelayista Libertad y Refundación (Libre) llevará como candidata nuevamente a Xiomara Castro de Zelaya.

Por último, aunque no está confirmado, Venezuela podría tener elecciones a gobernadores en el mes de diciembre. Un nuevo round electoral (el 26) entre el chavismo y el antichavismo, en un contexto que será una quimera predecir un año antes. La victoria electoral legislativa del chavismo de hace un mes, sumado a la derrota electoral de Trump en las elecciones norteamericanas, le dieron cierto alivio a la presidencia de Maduro, y con ello se han debilitado las cartas político- militares de los EEUU en relación a una rápida salida del primer mandatario del Palacio de Miraflores.

Una veloz mirada al escenario electoral latinoamericano revela un panorama incierto en la mayoría de los países. A ciencia cierta resulta muy complejo predecir resultados electorales seguros. En línea con lo que viene sucediendo en las últimas elecciones en la región, prima la incertidumbre. Muy atrás quedó el tiempo de la previsibilidad electoral y las reelecciones de los tres primeros lustros del siglo XXI. Hoy son las oposiciones las que están primando electoralmente, y son los oficialismos los que se encuentran en aprietos.    

En ese marco explicativo, estas elecciones pondrán a prueba en primer lugar si los neoliberalismos en el gobierno logran estabilizar el sistema político y en segundo término, si son las oposiciones el nuevo topo de la cartografía electoral latinoamericana. Los campeones de las reformas orientas al mercado, Chile y Perú se encuentran en condiciones aptas para dar el gran salto hacia algo distinto, aunque no parece haber surgido un liderazgo que le allane el camino a la sociedad hacia un nuevo futuro. Los oficialismos argentino y mexicano tendrán la dura tarea de ratificar en las elecciones de medio término las aún tímidas recetas de cambio en un contexto pandémico. Ecuador será una moneda al aire, y su resultado inclinará la balanza, en términos de giro ideológico, hacia la derecha o el correismo, mientras que las elecciones en Nicaragua, El Salvador y Honduras tendrán las características propias de su lugar de origen.   

El impacto de la salida de Trump oficiará, seguramente, como un aliciente para las fuerzas progresistas en la región, como así también un llamado de atención para las fuerzas de derecha que encontraban una permeabilidad semi- legal en el inquilino de la Casa Blanca. Se vienen 10 elecciones decisivas en Latinoamérica para confirmar si los giros y restauraciones prometidas se materializan en la realidad concreta. A la fecha, no se sostiene, ni un cachito, la idea de un giro hacia la derecha, como tampoco, un retorno hacia la izquierda. ¿Estaremos asistiendo a un nuevo giro, esta vez (y por primera vez desde 1980) incalificable? Tendremos un año para confirmar la respuesta.


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