Las tensiones entre el kirchnerismo y los ambientalismos

OPINIÓN. Durante la última década se multiplicaron los conflictos ambientales a lo largo y ancho del país. ¿Por qué el ambiental es un debate tan incómodo y errante como inevitable?

Artículo publicado originalmente en diciembre de 2014 en Revista Turba

El 23 de marzo de 2003, un mes antes de que Néstor Kirchner sacara el 22% que lo llevaría a la presidencia, en Esquel hubo una fiesta. Se celebraba la victoria del “No a la mina”, y en las calles, el rechazo al cianuro y a la empresa canadiense Meridian Gold se mezclaba con carteles que pedían “Que se vayan todos”. Fue el primero de una serie de conflictos ambientales que marcarían la década, creciendo en frecuencia e intensidad, y empujando el debate sobre el medio ambiente en la agenda pública.

Insistente, la cuestión ambiental volvería una y otra vez. A Esquel lo seguiría, un año después, el único conflicto que tuvo al gobierno pronunciándose en defensa de los ambientalistas: Gualeguaychú. Más tarde, llegarían las movilizaciones contra el avance sojero, minero, el fracking. El aumento en los precios de los recursos naturales, junto con la aparición de nuevas tecnologías (transgénicos, minería a cielo abierto, fractura hidráulica), implicó nuevos desafíos ambientales. La mayor parte de las veces, la respuesta estatal fue pobre, pero la movilización social intensa. Paradójicamente, las cuestiones ambientales que afectan a más gente –la contaminación de los ríos en el área Metropolitana de Buenos Aires alcanza a 4 millones de personas–  son los que menos reacciones generaron.

La conflictividad socio-ambiental abre preguntas incómodas y medulares. ¿Quiénes deciden sobre los recursos naturales?, ¿Cuándo priorizamos la balanza comercial y las urgencias sociales y cuándo las demandas locales y las generaciones futuras? Pero la mayor parte de las veces, la discusión termina en una confrontación de estereotipos inútil: el fundamentalista de la ecología contra el positivista negador. El balance deja un gusto amargo, la sensación de estar siempre en el mismo lugar. ¿Por qué se multiplican las resistencias ambientalistas y, al mismo tiempo, las resistencias al ambientalista? ¿Hay vida más allá del ecologismo denuncista y el hiperrealismo político?


De qué hablamos cuando hablamos de ambiente


Como con el feminismo, en la Argentina el ambientalismo encuentra dificultades para entrar al mainstream. La moda “verde” se extiende, y las preocupaciones también –una encuesta de Poliarquía muestra que más del 85% de la población está preocupada por el cuidado ambiental. Pero cuando se trata de las principales fuerzas políticas, hay más reparos y desconfianza que entusiasmo. Los realistas igualan al ambientalista con un hippie tecnófobo que desconoce la economía real. La izquierda nacional etiqueta: el ambientalismo es “antipopular” y “cipayo”, se preocupa más por los árboles que por los obreros y compra el discurso de ONGs internacionales.

¿Cuánto de cierto y cuanto de prejuicio tienen estos estereotipos? Difícil generalizar sobre un movimiento que aún está en estado emergente y que tiene muchas corrientes en su interior. Hay una confusión que parece repetirse: asociar al medio ambiente con la naturaleza y al ambientalista con la persona preocupada por protegerla. Como si lo ambiental no fuera del todo social, como si lo que está en juego no es, finalmente, una pregunta sobre cómo nos organizamos como sociedad, cómo administramos nuestra riqueza, cómo la distribuimos.

Si se indaga en las ideologías y organizaciones ambientalistas, se encuentra con una gran heterogeneidad: hay “biocéntricos”, que ponen el cuidado de la naturaleza por sobre todas las cosas, y los hay “antropecéntricos”, que ponen la satisfacción de las necesidades del hombre como criterio conductor. Hay ONGs, hay movimientos sociales con agendas de derechos humanos, hay organizaciones de médicos enfocados en la salud, las hay de abogados y de científicos, y también hay activistas solitarios. Hay quienes creen que la solución es que todos aportemos un granito de arena, usemos bici y lámparas de bajo consumo, y hay quienes creen que hay que reemplazar el sistema capitalista, la fuente de todos los problemas.

Lo más novedoso de la década, sin embargo, fue la emergencia de organizaciones ambientalistas de base, que disputaron el protagonismo a las ONGs, principales protagonistas de las cuestiones ambientales hasta entonces. Se multiplicaron las asambleas, los cortes, las protestas. El knowhow de la resistencia a los avances del mercado, estaba ahí, listo para quien lo necesite. Una vez más, la sociedad argentina mostró una envidiable capacidad para organizarse y movilizarse. Vecinos que nunca antes habían actuado en política, a los cuales lo ambiental les resultaba una pregunta ajena, se transformaron en actores políticos de cierto peso a nivel local o provincial, hicieron escuchar sus demandas y muchas veces lograron cambios concretos en forma de leyes y fallos judiciales. Mezcla de reacción espontánea y respuesta pragmática, la resistencia al extractivismo más bruto es también un impulso democrático ante la amenaza sobre diversos aspectos de la vida: intereses, cultura, salud.


Joven y rebelde


Fue realmente como una situación de guerra extrema donde no te queda otra que salir a la calle y ser fanático…. Cuando a vos te estaban por poner el ‘Sí’ violentamente, hubo que salir con fanatismo por el ‘No’”. El que habla es un médico de Esquel, devenido en líder ambientalista en 2002. Durante los conflictos alrededor de los recursos naturales se escuchó mucho la crítica al ambientalista “fundamentalista”. Al supuesto fanatismo y necedad se le oponen los que, desde una mirada “macro” y alejados de la zona del conflicto, intentan balancear los costos y beneficios del proyecto cuestionado. Es por momentos un debate en idiomas distintos: por un lado expresado en términos culturales, éticos o sociales, y por otro en términos, monetarios, de divisas y puestos de trabajo.

 Los titulares repiten casi siempre la misma estructura sintáctica, con el mismo signo. “Ambientalistas rechazan …” “Ambientalistas bloquean …” ¿Cuánta simpatía puede generar un movimiento que sobre todo alarma y rechaza? ¿Puede juntar más votos que firmas?

Los cuestionamientos a los transgénicos y el fracking se basan, en parte, en que simplemente no sabemos, no podemos confirmar científicamente, que no van a causar daños irreparables sobre el ambiente y la salud. Esta puede ser considerada una razón insuficiente frente a las ganancias que prometen la soja y el shale. Además, pobremente enunciado, es pasible de ser entendido como rechazo a los avances tecnológicos per se, o al menos es pasible de que ciertos intereses se ocupen de disfrazarlo de esa manera, agradando el estereotipo del ambientalista ludita.

Inevitablemente, la lógica de la política choca con la de los riesgos y la incertidumbre. Las urgencias sociales y de la economía no entienden el idioma de la precaución.

¿Cuánto le falta a las ideologías ambientalistas locales para pasar de la resistencia a la propuesta? Según Carlos Reboratti, uno de los problemas es que el ambientalismo argentino es aún “joven” y no pasó al nivel propositivo. No vale rechazar sin proponer. Lo mismo opina Pablo Stefanoni sobre las propuestas del “vivir bien” en Bolivia, que desafían a la estrategia “extractivista” de Evo Morales. “Al no abordar con seriedad los problemas económicos ‘duros’, los análisis catastrofistas de los partidarios del ‘vivir bien’ son sede de una peligrosa candidez política e intelectual que los vuelve fácilmente rebatibles, tanto por los neoliberales como por los neodesarrollistas.


Lo ambiental es social


Por momentos, lo ambiental parece un lujo que no podemos darnos los latinoamericanos, siempre detrás de las urgencias sociales. Nos guste o no, regulaciones ambientales muy restrictivas pueden implicar, en algunos casos, menos inversión, menos empleo y, sobre todo, menos divisas… (Son los dólares, ambientalista). Que todos los países de la región hayan optado por la intensificación del extractivismo a pesar de los riesgos ambientales, desplazamientos de poblaciones y consecuencias para generaciones futuras, es ilustrativo de lo tentador que resulta seguir para adelante ignorando los conflictos y los gritos de alerta. Pero esta es solo una parte de la historia.

Durante su estadía en Madrid, Perón hizo propias muchas de las posturas del ambientalismo. En su “Mensaje Ambiental a los Pueblos y Gobiernos del Mundo”, firmado el 21 de febrero de 1972, alertaba sobre “la marcha suicida que la humanidad ha emprendido a través de la contaminación del medio ambiente y la dilapidación de los recursos naturales” y apuntaba a la “necesidad de invertir de inmediato la dirección de esta marcha”. Como justificando el tenor de la declaración, agregaba que “todos estos problemas están ligados de manera indisoluble con la justicia social, la soberanía política y la independencia económica del Tercer Mundo”. Yolanda Ortiz, a quien Perón nombró a cargo de la Secretaría de Recursos Naturales y Ambiente Humano que él mismo creó en 1973, explicaría luego que el interés de Perón nacía de la convicción de que el ambiente es un elemento central del bienestar, un bien público, al igual que la salud y la educación.

¿Todos tenemos el mismo acceso a un ambiente sano? ¿A quién le llega agua potable, y a quién contaminación? ¿A quién las ganancias de la explotación de los recursos naturales y a quién los riesgos? En el mundo, estas preguntas fueron dando forma a la agenda de la “justicia ambiental”, bajo una premisa cada vez más relevante, especialmente para países desiguales, mayormente urbanos, dependientes de los recursos naturales: los riesgos ambientales suelen caer desproporcionadamente sobre las poblaciones más marginadas, desposeídas de recursos para hacerse escuchar. Por eso, como dice Gabriela Merlinsky, “toda política ambiental es una política distributiva”.

Entonces, la mayor conflictividad socio-ambiental de estos años se explica también por la desigual distribución de los efectos negativos del maltrato al medio ambiente. Pero incluso en algunos casos donde las inversiones implicaban un riesgo ambiental y contaminación limitados, el conflicto se desataba igual porque la comunidad no percibía de qué modo las ganancias del emprendimiento llegarían a ellos. Lejos de la imagen del ambientalista altruista, en muchos casos lo que se ve es, además de una demanda de justicia, una defensa de intereses.


Sacrificios


En el momento en que Néstor Kirchner le pasaba la banda presidencial a Cristina en diciembre de 2007, Nicolás Casullo hacía un balance de esa primera etapa kirchnerista, destacando una de sus mayores virtudes: “Desde la mirada K, la política en democracia es intervenir y actuar en la conflictividad, no negarla. El conflicto hace inteligible la política en democracia”. Durante los mandatos de Cristina, se acentuaría incluso la tendencia a generar conflictos políticos como forma de construcción de poder, como manera de comprender la democracia.

Sin embargo, el kirchnerismo no supo (¿no quiso, no pudo?) reaccionar, a un nuevo tipo de conflictividad que llegó para quedarse. La mayor parte de las veces la negó, agrandando el tabú, y limitando aún más su capacidad para hacer inteligible esa grieta que presenta nuestra democracia hoy: cómo decidir sobre los recursos naturales y cómo procesar las tensiones inherentes a su explotación. Hasta ahora, nos casamos con la insoportable inevitabilidad del extractivismo, amparados por las urgencias sociales y la necesidad de inversiones. Se acepta cada vez más abiertamente que la presión socio-ambiental no es un accidente, un efecto no deseado, sino algo del orden de lo planeado, un costo a pagar para redistribuir ingresos y financiar política social, un sacrifico en pos de otro objetivo.

Mantener esa postura desde un lugar coherente nos obliga a preguntarnos ¿Qué es lo que se sacrifica?, ¿Cuánto estamos dispuestos a sacrificar?, ¿Quién va a sufrir ese sacrificio? Las excusas para negar la conflictividad ambiental se van acabando a medida que crece la necesidad de un modelo más sustentable y democrático, que requiere un poco más de idealismo e imaginación y menos real politik.



Sobre el autor

Juan O'Farrell es economista y politólogo (UTDT) y se especializa en desarrollo productivo y recursos naturales.



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