La violencia simbólica del lenguaje: el patriarcado oculto en nuestras palabras

OPINIÓN. A través del lenguaje es que nombramos y categorizamos todo aquello que nos rodea y le otorgamos una explicación material a la cultura y a través de la comunicación generamos procesos de sentidos sociales compartidos.

El lenguaje ordena, categoriza, encasilla. La comunicación es la herramienta con la que se transmite la cultura y en la cultura y la comunicación es donde podemos encontrar las raíces de la violencia simbólica. Desentramar y problematizar qué decimos cuando decimos es el comienzo del proceso de cambios de paradigmas.

A partir de la Cultura y de la comunicación, tejemos costumbres y discursos que van a intentar describir y entender la realidad. A través del lenguaje es que nombramos y categorizamos todo aquello que nos rodea y le otorgamos una explicación material a la cultura y a través de la comunicación generamos procesos de sentidos sociales compartidos.

Todo aquello que decimos y nombramos tiene impregnado otros discursos anteriores. Por ejemplo, cuando usamos frases como “salió el sol” estamos haciendo referencias a teorías geocéntricas, pero como el contexto en el que lo estamos utilizando esta expresión ha cambiado, nadie le daría esa connotación. Sin embargo, existen otros casos en los que sí resulta relevante pensar y problematizar nuestras elecciones discursivas.


El lenguaje y la cultura como transmisores de violencia simbólica

El lenguaje, como ya establecimos anteriormente, es una herramienta de visibilización. Cuando seleccionamos las palabras con las que vamos a conformar nuestro discurso nos estamos posicionando en un lugar teórico, ideológico, político y social.

 Si realizamos un análisis de nuestras propias expresiones seguramente podamos reconocer ocultos en ellas algunos paradigmas de la cultura patriarcal. Frecuentemente cuando no conocemos el género de nuestros interlocutores, solemos asumirlo basándonos en estereotipos. Decimos por ejemplo “voy a pedir turno con EL DOCTOR” o voy a llamar a “LA ENFERMERA”.

Al mismo tiempo, si pensamos qué profesiones solemos pensar en masculino podemos enumerar mecánico, juez, bombero, ingeniero, futbolista. Mientras que asociados a lo femenino nos encontramos con maestra, niñera, secretaria, modista. No es casual que aquellas profesiones vinculadas a lo femenino sean las que están relacionadas a la estética y al cuidado de otros. Al mismo tiempo cuando un hombre decide realizar tareas que podríamos denominar “femeninas”, el lenguaje rápidamente busca una forma de jerarquizarlas: no decimos azafato, sino asistente de vuelo, no decimos modisto o costurero, decimos diseñador de indumentaria y podríamos seguir enumerando.

Esta jerarquización de términos, tiene que ver con asociaciones que se nos representan mentalmente en cada una de nuestras palabras. Como el lenguaje es intrínseco a la cultura, todo lo que decimos tiene connotaciones que tendrán que ver con todo aquello que hemos aprehendido a lo largo de nuestra vida.

En redes sociales, circula un acertijo que plantea que un padre y un hijo viajan en auto y tienen un accidente. El padre muere y el hijo es trasladado al hospital porque necesita una compleja operación de emergencia, para la que convocan a una eminencia médica. Pero cuando llega al lugar y ve al paciente dice “no puedo operarlo. Es mi hijo”. ¿qué paso? ¿quién es la eminencia medica? Las respuestas a este acertijo fueron de las más descabelladas. Algunos dijeron que el padre resucitó para operarlo o que viajó en el tiempo, otros que niño era adoptado y el médico era el padre biológico, pero pocos pensaron que la eminencia, podría ser la madre. 

Existen quienes dirían que esta diferenciación entre el mundo femenino y el masculino es una cuestión biológica. Durante mucho tiempo se creyó que el hombre, como condición constitutiva, por su fisiología, era dueño de ciertas característica y necesidades. “el hombre necesita salir de la casa, tener relaciones sexuales frecuentes” y un sinfín de mitos que se construyeron a partir de la cultura y de la visibilización de una diferencia: el cuerpo femenino.

La capacidad de las mujeres de embarazarse y la de los varones de fecundar a varias mujeres de manera simultánea estructuró una cultura en la que el hombre podía, por ejemplo, salir a cazar, mientras q la mujer quedaba en la casa, gestando o cuidando a las crías.

Estas prácticas se perpetuaron y se resignificaron a través de los años y fueron relegando a la mujer al mundo de lo privado, justificándolas con falsas ideas como la del “instinto maternal”.  


El masculino como forma de generalización

La lengua castellana propone el uso del masculino para hacer alusión a colectivos formados por hombres y mujeres. Para la Real Academia Española, esta forma discursiva es simplemente un “principio básico de economía lingüística”, pero esta concepción trae consigo algunos problemas.

En primer lugar, generalizar utilizando el masculino propone darle supremacía o mayor relevancia a este género. Evidencia la desigualdad y marca una jerarquización de género. Cuando comenzaron a utilizarse femenizacones de términos históricamente masculinos como “ministra” se generó incomodidad por parte de la sociedad por considerarlos incorrectos o innecesarios. Pero esta incomodidad, lejos de ser algo negativo debe ser tomado como una puerta abierta al debate y a la revisión de las problemáticas de género con los que carga nuestro sistema comunicacional. Si un simple sustantivo trae infinitas discusiones por todas las connotaciones que éste tiene, es una invitación a desentramar un sinfín de entramados culturales.

Paulatinamente la utilización de estas palabras comenzó a naturalizarse y fueron incorporándose en el lenguaje cotidiano, pero resultó insuficiente. Y aquí encontramos el segundo motivo por el cual la generalización mediante la utilización del masculino, que defiende la RAE resulta insuficiente: la invisibilización no solo del género femenino, sino también de otras identidades de género.

Según la ley de Identidad de género, sancionada en el año 2012, las personas deben ser tratadas según su identidad autopercibida, es por eso que transformar el modo en el que usamos el lenguaje resulta un paso importante para la transformación de la cultura y las creencias que rigen nuestra sociedad. Si el lenguaje es el reflejo de la sociedad, entonces todas estas expresiones no hacen más que evidenciar la desigualdad y la violencia simbólica.


El lenguaje inclusivo: visibilizar la diversidad

 El lenguaje inclusivo surge como una propuesta para democratizar la lengua y utilizar nuestros dichos de una manera no sexista, eliminando ese “segundo lugar” que siempre se le otorgó a lo femenino y haciendo visible las distintas identidades de género. Invita a pensar y a reconocer a un otro concibiendo a los géneros de manera no sesgada.

En sus comienzos se manifestaba en la escritura, reemplazando la “A” o la “O” por la “X” o el “@”. Pero como estas formas eran difíciles de pronunciar en la oralidad, se implementó la utilización de ambos géneros: el famoso “todas y todos”.  Pero este recurso implicaba pensar en géneros binarios y eso dejaba por fuera a todo un universo de personas que no se sentía representado.

La utilización del inclusivo es una práctica cuyo objetivo es evitar ser sexista. Entonces si retomamos la idea de que el lenguaje es el reflejo de la sociedad, encargado de describir y nombrar la realidad tal cual la conocemos, si la sociedad es desigual, patriarcal o sexista, esto se verá evidenciado en todas las formas de comunicación.

Así es como surge una nueva forma de generalización mediante la utilización de la letra “E”. Como decíamos anteriormente, asumimos conceptos sobre nuestros interlocutores, basándonos es estereotipos. Utilizar esta forma de expresión implica no fomentar esos estereotipos de género, no encasillar al otro en lo que asumimos como “normal”. Se trata de construir el desde el lenguaje un vínculo de tolerancia, de no vulnerar el derecho de las personas a ser tratadas según su autopercepción.

El dinamismo y cambio constante del lenguaje nos ayuda a repensar nuestras propias prácticas y a evaluar qué avalamos con nuestras palabras y desde qué nociones ideológicas, teóricas, sociales y políticas nos posicionamos.

El debate sobre cómo debemos hablar debe ser tomado como una puerta abierta a la problematización de conceptos asumidos como verdades, como una oportunidad para desentramar nuestro sistema de creencias y repensar desde donde nos queremos posicionar cuando decimos lo que decimos.  


Sobre la autora: María Victoria Pucci es Licenciada en Comunicación Social, Docente Universitaria y forma parte del grupo VCG (Voces en Clave de Género), equipo de profesionales con la firme convicción de inocular voces en clave con perspectiva de género para una sociedad más igualitaria.


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