La vieja treta del veneno

Por: Hernando Kleimans

Dos cosas: la primera es que me aburre soberanamente ocuparme del tema. La segunda es que mi ocupación del tema  o la ocupación del tema por cualquier otro mortal en todo el mundo, no creo que conmueva los cimientos del Kremlin, que en ruso significa “fortaleza de piedra”…

Pero la verdad es que me tiene harto no tanto esta permanente cantinela sobre los terribles rusos envenenando a medio mundo y sobre los esforzados servidores de la libertad que se recuperan gracias a las sacrosantas manipulaciones de los sacerdotes occidentales. Me tiene harto el que realmente haya que ocuparse del tema porque existen crédulos que todavía admiten estas absurdidades…

Así que, no teniendo mayormente algo superior en qué ocuparme en este sábado soleado y multitudinario en plazas, parques y jardines, sin ameritar que dedique mi tiempo a criticar a los imbéciles descabezados que se ufanan de que “¡no hay más cuarentena, papá!”, explico algunas cosas, como diría Neftalí Reyes (a) Neruda.

La tradición rusa no repite los procedimientos de sultanes, visires y papas. Tiene sus propias formas de resolver litigios con sus enemigos. Iván el Terrible se solazaba desde su atalaya en las murallas del Kremlin viendo cómo en el “lóbnoe mesto” de la Plaza Roja (que en ruso antiguo significa “Plaza Hermosa”) sus enemigos pasaban a mejor vida. “Lobnoe mesto” podría traducirse como el “Gólgota”…

Incluso el bienaventurado “starets” Grigori Rasputin sobrevivió a una miserable dosis de veneno y tuvo que ser asesinado a pistoletazos y puntapiés y tirado al río Neva en el crudo invierno de 1916. No hay tradición eficiente de envenenamiento. Se mata a cañonazos, a balazos, por cohetes que te caen en la oreja como le pasó al secesionista checheno Dzhojar Dudáiev, cuando intentaba comunicarse por celular con algunos terroristas sueltos.

En la época postsoviética, cuando la democracia había sentado sus reales en Rusia, recibieron sendos balazos la brillante periodista opositora Ana Politkóvskaia en 2006 y el mundano político opositor Borís Nemtsov en 2015. La primera tiroteada en el ascensor de su casa y el segundo en el puente que desemboca en el Kremlin… El tercero fue el auditor Serguéi Magnitski, en 2009, de quien no se sabe si murió en prisión por un golpe en la cabeza, una insuficiencia cardíaca o una aguda pancreatitis. En los tres episodios el veneno no tuvo nada que ver. En los tres casos, los definidos como culpables fueron apresados y condenados…

En los dos casos de malvado envenenamiento que nos ocupan, la tradición se mantuvo. Según el servicio de recontrainteligencia británico (que nunca sufrió ninguna filtración y jamás tuvo corrupción alguna) tanto el amigo Serguéi Skripal y su hija, como el revoltoso Alexei Navalny fueron envenenados con el poderoso “Novichok” (traducción: “Nuevito”) pero fatídicamente, las pociones no fueron eficientes y ambos siguen vivos y protegidos celosamente por los impolutos superagentes de Control, Maxwell Smart y Mel Brooks mediante.

Ahora, que los rusos son unos débiles mentales no cabe ninguna duda. ¿A quién se le ocurre ir a envenenar deficientemente a un señor que estuvo varios años preso en Rusia por espionaje y que luego fue canjeado oficialmente con los británicos? ¿Se olvidaron de preguntarle algo durante su prisión? ¿Qué trascendente papel podría jugar este espía retirado, de “apacible” residencia en Salisbury, ocho años después de su canje por los británicos? ¿Era tan desesperado el intento por sacarlo del medio que… fracasó?

En cuanto a Navalny, bueno, está calificado como “líder de la oposición” por los órganos de prensa occidentales. En rigor de verdad, Alexéi es un blogger mediano, abogado, liado en varios escandaletes financieros pese a ser el líder del “Fondo anticorrupción de Rusia”, con vertiginosos pases por la política. Navalny ocupó algunos titulares mundiales porque convocó a algunas marchas en Moscú con incierta concurrencia. Su fugaz popularidad se desvaneció cuando la maldita peste copó todas las portadas. En realidad, además de la pérdida de imagen, Navalny perdió algunos buenos auspiciantes occidentales. Su vida dejó de ser un vergel de rosas…

El episodio que lo volvió de repente a la gloria tuvo lugar en Omsk, una recóndita ciudad siberiana entre los Urales y Novosibirsk, con grandes conglomerados petroquímicos, entre otras cosas.  Deprimido por su obligado ostracismo, parece que el amigo Alexéi se tomó algunas pildoritas y luego, en la noche anterior a su partida, bien a lo ruso, se fue a mamar con unos amigotes fuera de la ciudad…

Ahora, si alguien quiere decirme que los médicos de la recóndita Omsk estaban esperándolo para meterle el  “Novichok” y que lo hicieron tan mal que no sólo no lo mataron sino que dejaron rastros de la sustancia en el cuerpo de Navalny para que los médicos alemanes, una semana después determinaran con absoluta precisión su ingesta, si alguien quiere decirme eso, yo me bajo aquí mismo y me voy a pasear sin barbijo junto con mis amigos independentistas por los bares y confiterías de la Recoleta.

Es sumamente curiosa una coincidencia. Todo casual, por supuesto, no hay que pensar mal. Pero cuando la clínica alemana anunció lo de “Novichok” por todos lados aparecieron voces indignadas pidiendo el inmediato aplazamiento de la finalización del gasoducto “Nord Stream 2”, que completará la provisión por caño del barato gas ruso a Alemania, Francia, Inglaterra, Suecia, Dinamarca y no sé qué otro país europeo más. Justito cuando Washington volvió a amenazar de muerte a los infieles que osen consumir ese gas obviamente espía, en lugar del democrático LNG norteamericano, un poquito más caro que el ruso ciertamente, pero mucho más liberado…

Ahora, me da la impresión ¿no? que no sólo los rusos no le dan demasiado esférico a esta situación, sino que los propios europeos ya no son aquellos abnegados e incondicionales súbditos del Potomac. Porque todos, pero todos los dirigentes de esos países ya confirmaron que el gas viene de Siberia y no hay vuelta.

Veremos qué sigue en este serial de venenos y espías, de fake news y rimbombantes sanciones. Entre las películas rusas galardonadas con el Oscar, figura una excepcional: “Moscú no cree en lágrimas”. Dicen que Ronald Reagan la vio ocho veces para intentar comprender el “alma rusa”…  Quizá convendría que los productores de todos estos episodios, antes de seguir inventando, la vean. A lo mejor se les hace la luz y la verdad les es develada…

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