La vida es eso que pasa mientras estás escuchando la radio

Por: Juan Francisco Gentile

A pesar del paso del tiempo, el recuerdo es nítido. La música del informativo de Radio Del Plata me lleva de viaje de forma instantánea hacia somnolientos desayunos a primera hora de la mañana, antes de ir a la escuela, en la década de los noventa del barrio de Almagro. Cada vez que escucho una voz colocada en registro Amplitud Modulada bailar su danza sobre el fondo de una cortina enérgica y noticiosa, el aroma del café con leche y las tostadas gana mi olfato, la luz tenue del día naciente se filtra por la ventana en lucha con la bombita amarilla prendida en la cocina y parece invadir el espacio. Me parece ver a mi vieja o a mi viejo de espaldas sobre la mesada, a medio vestir para el laburo, preparando nuestras viandas para el almuerzo de ese largo día que como todos los días, comenzaba con la radio de fondo. Inalterable ese sonido, carrasposo y solemne, que a fuerza de repetición se volvió familiar y cálido, de la radio AM con su relato de una actualidad donde cada día era único e irrepetible. Siempre estaba pasando algo muy importante. Al escuchar la radio dejábamos de ser ajenos: los que manejaban los hilos de todo ya no estaban tan lejos. Esa cortina sonora estaba de fondo pero fue central, sin que yo lo supiera, para muchas cosas que me pasaron después. Sentí así, por primera vez, con pocos años de vida, el atractivo vértigo de ser parte de algo más grande que el pequeño mundo individual: mi vida y lo que me pasaba cada día (la escuela, el club, la familia) pasaron a ser tan sólo y tanto como una pieza más del complejo, y por lo tanto cruel y piadoso, horrible y bello, triste y feliz, engranaje colectivo que es una sociedad. La radio nos decía cada mañana que de alguna manera éramos parte de aquello que pasaba en el país. Todo está guardado en la memoria.       

La radio fue y es parte de mi vida. Siempre estuvo ahí, como esas -pocas- compañías que el tiempo no jaquea. Como ya conté, durante mi infancia la radio de mis viejes clavada en AM llenaba la cocina y fue el sonido de todas y cada una de las mañanas (aún hoy al ir a su casa hay un pequeño aparato en la mesada y si no está encendido es porque la radio suena desde algún teléfono celular). Por entonces, Magdalena Tempranísimo, o Bravo 1030, contaban con indignación la decadencia de la década menemista, mientras en las tandas sonaban los spots de las AFJP (Forever young quedó para siempre asociada en mi cabeza a la nefasta privatización de las jubilaciones). En esa misma cocina también conocí la mágica voz de Nora Perlé los sábados por la tarde y el calor caribeño de Milagros López con su Vereda Tropical. Luego, ya en la intimidad del cuarto adolescente o del walkman callejero, la Rock & Pop me despeinó con Day Tripper, la Negra Vernaci, Fernando Peña y sus tres, cuatro, cinco personajes simultáneos (a mí me cuesta ser solamente yo al aire, ¿cómo hacía ese animal de radio para ser tantos a la vez?). Al caer la medianoche me pasaba a la AM de nuevo para sintonizar La Venganza Será Terrible, con Dolina, Rolón y Stronatti. Me reía a carcajadas y aprendía sobre historia, filosofía, tangos y boleros. Después de las 2 am, me quedaba dormido sobre el colchón de jazz de FM Urquiza, radio que me costaba sintonizar con nitidez, pero que al acertar me arropaba con sus caricias de bebops y bases de contrabajos.    

La radio es mi viejo prendido a los tangos de la 2x4 y la voz de Anselmo Marini que decía "¡No te distraigas!". Es mi abuela Betty en el baño mientras se hacía el spray o en la cocina mientras se pintaba las uñas (era muy coqueta). Es Nacional Clásica en el auto, y así el viaje hacia cualquier lugar se convertía en una excursión hacia los confines de uno mismo. Es Aspen con un tema de Stevie Wonder desde los parlantes de un taxi al cruzar la madrugada porteña en busca de alguna aventura. Es La Tribu en aquellos años tan dosmiluno de comunicación alternativa, autonomismo y descreimiento de toda hegemonía. Es Nacional Rock durante el último gobierno de Cristina, que le puso palabras y artística a una generación que por primera vez se entusiasmaba con un proyecto de poder real y ya no encontraba referencias en los señores cancheros de la Metro. Resiliente a los cambios tecnológicos, la radio supo permanecer a pesar de los agoreros del apocalipsis total. Hoy no se sintoniza un dial como única manera de engancharse y buena parte pasa por los dispositivos móviles y las conexiones a internet (¡servicios públicos y esenciales!), y las radios on line ya no son una rareza sino un eslabón central de la cadena. Algunas noches navego a bordo de una app que me permite bucear por radios del mundo algunas noches termino en trance junto a alguna emisora de Nueva Orleans, Bogotá o Dublin. Tengo el orgullo de hacer cada domingo El Hecho Maldito en Futurock, radio pionera entre las que desde la red se hicieron lugar en la Primera A.    

La radio cumple 100 años en Argentina y me cuesta pensar en otro canal de comunicación tan vinculado con la fantasía y la creatividad. La libertad para imaginar es total.  Me gusta la incertidumbre de lo que va a venir después, ¿qué tema sonará? Cuando aparece esa canción capaz de estremecernos en la radio no es lo mismo que reproducirla voluntariamente. Será por eso que hoy cuando escucho música selecciono la reproducción en modo random, a la espera de al menos un atisbo de esa magia que se produce en el encuentro inesperado con las melodías del corazón.

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