La vida en la cornisa

RESEÑA: En esta ocasión, Nadia Scolnic reseña el libro de Inés Fernández Moreno, La vida en la cornisa, y lee su prólogo para introducirnos en el libro de la autora.

La vida siempre es perspectiva; descontando, por supuesto, los hechos que podrían ser tragedias, y ahí no hay perspectiva posible. Fuera de eso, quizás alguien no esté de acuerdo conmigo o piense lo contrario. De coincidir, eso supone contemplar desde dónde miramos, cómo lo hacemos y lo fundamental: quiénes estamos siendo en ese momento. Si cambiáramos la posición, la forma o el observador, la escena sería otra.

Es algo que veo cada vez más claro y, aún así, no deja de sorprenderme encontrarlo escrito de forma tan bella. Y porque además, las cuestiones sobre las que escribe Inés Fernández Moreno, en su mayoría, si no las pasamos, seguramente nos pasen o nos hayan tocado de cerca.

Es un libro de cuentos, 14 en total. Pero también es un testimonio de lo que fue su escritura; porque pasaron más de treinta años desde que fueron concebidos. Y esta es su reedición. Sus palabras lo contemplan y ratifican: “... ¿cómo se corrigen cuentos escritos tantos años atrás?, ¿se corrigen?... y entendí pronto que aquel no era el camino. Que no se podía incluir la mirada de hoy en la mirada de ayer. Así que terminé dando marcha atrás: esa era yo entonces y así escribía”.

A lo largo del libro los planos aparecen todo el tiempo. No es lo mismo una mujer mayor que se arrastra por el piso, abre la heladera y llega solo hasta el cajón de la fruta y la verdura. Sigue hasta el comedor apalancada por las manos y piernas, encuentra de camino un anillo que suponía perdido para, finalmente, acomodar un almohadón por debajo de la cabeza y descansar. Que, desde la cama, y a mayor altura, contemplar y rememorar los ciclos de la vida; capturar lo que ahí fue pasando. Hasta llegar, más arriba, bastante más, a escuchar la voz de una nena alta y delgada que se siente desajustada; si no es el largo del vestido, son las piernas que se le traban. Por los motivos que fueran, no logra encajar ni en las situaciones ni en su familia.


Dirán que habla entonces de los ciclos, también. Y a ellos anudados las emociones que genera cada uno.


Existe, como el señor D’Angeli, quien es capaz de abrir su corazón solo los días pares. Pero también está la mujer que arma, por última vez, la valija a su marido como un acto de amor. O la cosmetóloga que escupe su corazón a una clienta.

Hay una frase de la narradora que oficia, a mi entender, de brújula para recorrer el libro: “En definitiva, que unas cosas no eran otras, sino ellas mismas. Y había que animarse a abordarlas así, sin analogías, dando un salto limpio sobre el vacío". Este libro es, estos cuentos son, el avance de la vida. Es inevitable. Ahora, lo que vea cada uno, lo que cada uno sienta o cómo vaya interpretando ese andar, siempre será un tema de perspectiva.


Prólogo del libro


Diarios Argentinos