La verdad no tiene remedio pero cura

Por: Carlos Leyba

La verdad histórica es condición necesaria para un diagnóstico correcto de la realidad que nos condiciona. El presente es el resultado de la acumulación de decisiones del pasado y eso significa que contiene errores y aciertos previos, pero en el estado actual de las cosas los errores son más poderosos que los aciertos y los primeros de más larga resistencia que los segundos.

Conocer la realidad exige el análisis genético. No es posible un diagnóstico de semblante, de las apariencias. Un análisis en profundidad exige identificar el ADN del presente.

No es a partir de nuestras convicciones, acerca de lo que hay que hacer de aquí en más, que podemos elaborar el diagnóstico correcto. La medicina no empieza por el tratamiento sino por el diagnóstico. Parece obvio. Pero el tratamiento sin diagnóstico o con mal diagnóstico complica la enfermedad. Y todos sabemos que eso pasa en medicina y es lo que nos pasa en la economía argentina.

Esta muy bien tener una convicción de cómo administrar el presente para abrir la potencia del futuro. Pero no está bien si esa convicción de lo que hay que hacer elimina la dura tarea del diagnóstico. La secuencia de errores de política económica que multiplicaron los males heredados es la consecuencia de operar con diagnósticos equivocados. No es sólo mala praxis. Es tratamiento equivocado para la enfermedad real.  

Me explico. Imaginemos – para simplificar – que mi convicción fuera que la manera de salir de este estancamiento es abrir la economía a las fuerzas del mercado y abrir las fronteras del país a las fuerzas del mercado mundial. Es una posición muy fuerte “pro mercado”. Posición mucho más común que lo que habitualmente se informa.

Más aún, con matices, está es la intima convicción de los libertarios – que no son muchos – que predican en el extremo; y de todos los que militan hoy en Juntos por el Cambio y que predican en todos los medios de comunicación.  

Decir que hace falta una buena macro con equilibrio fiscal y externo, es una obviedad. Sostener que para alcanzarlos hay que apelar al “mercado” en todas sus dimensiones implica una simplificación brutal: “te sentís mal tomate una aspirina”.

La expuesta es la síntesis extrema del pensamiento del núcleo PRO que viene de las huestes de Álvaro Alzogaray y que comparten los ejecutivos de empresa devenidos en políticos a partir de Mauricio Macri. Pero también es la idea de muchos peronistas, muchísimos, que trabajaron con Carlos Menem y de muchos radicales herederos del “unionismo” y que transitaron por el alfonsinismo – pero de alma pertenecían a la tradicional radical “gorila” -. Debemos sumar a los restos del conservadorismo porteño y – notable - a muchos intelectuales o cosa parecida, que abrevaron en la juventud en el comunismo o en el marxismo literario (y hasta algunos disidentes de armas llevar).

Toda esta panoplia enorme de personas de distinto origen y formación está convencida que el Estado es causa de todos los males. Y el mercado la madre de todos los éxitos.

Repiten, 40 años después, el ideal de Ronald Regan que rezaba “el Estado no es parte de la solución sino del problema”. La solución es el mercado. Ese es el núcleo duro de la doctrina de Cambiemos.

Lo más terrible es que creen ser originales e inaugurales. Desconocen que esas ideas, las del mercado como universal regulador, fueron las motoras de parte de la gestión de María Estela Martínez de Perón y de la Dictadura Genocida.

El ex triunviro de la CGT Juan Carlos Schmid recordaba, en la presentación del libro de UTICRA - que publicó Agustín Amicone – que versa sobre la necesidad de una auténtica política industrial, que en la época de José Martínez de Hoz se publicitaban dos sillas, una nacional, y otra importada. La nacional se quebrara al sentarse, la importada resistía. El mandato era “no a la industria nacional” si a la importación … financiada con deuda externa. Lo que se complementaba con “achicar el Estado es agrandar la Nación”.  Al destruir la industria nacional aumentaron el tamaño del Estado y generaron el doble déficit en dólares, el comercial por destrucción de la industria y el financiero por la deuda generada para importar.

No fueron ideas aisladas. Duraron entre importantes funcionarios del gobierno de Raúl Alfonsín, lo compartieron todos los de Carlos Menem y de Fernando de la Rúa.

Todos esas administraciones – más allá de lo que hayan hecho realmente – procuraron hacer del mercado y la apertura económica internacional, el “motor” de la economía. En ese menester eliminaron todos los instrumentos y objetivos que tuvo la economía durante los años anteriores al “rodrigazo de 1975”.

La gestión de Eduardo Duhalde – por imposición de la necesidad que derrumba ideologías – operó sin apelar a esa doctrina.

Las gestiones Kirchner criticaron discursivamente esa doctrina, pero en los hechos no supieron, no pudieron, no quisieron diseñar y poner en marcha “otro motor” de la economía. Tan así fue que cuando los términos del intercambio (los precios relativos de la soja) se desplomaron, se desplomó la recuperación de la economía que la soja había motorizado.

Sabiéndolo o no, todos los gobiernos desde 1975 jugaron implícitamente al motor excluyente del mercado; y éste funcionó solamente cuando los precios externos volaron y cuando la deuda externa ingresó.

Y ese motor se detuvo cuando los precios externos se derrumbaron y la deuda no pudo incrementarse. Tan simple como eso.  

Más allá de las palabras desde 1975 todas las gestiones fueron incapaces, por decisión o desidia, de imaginar y poner en práctica un motor que no sea el derivado del mercado.  

Y a pesar del fracaso de los hechos y de la doctrina, el PRO se hizo del poder levantando la bandera de más mercado y menos Estado. No tuvieron dudas acerca de que los problemas de los años pasados derivaban de la ausencia de mercado y de apertura. Un enorme error de diagnóstico. No miraron ni lo que realmente pasó ni las políticas que se pusieron en marcha: el macrismo fue una eterna repetición de errores. La vuelta al FMI es la prueba mas contundente que estaban haciendo lo mismo que se hizo desde 1975.Ya sabemos como le fue.  

Desde que esta ideología precaria de Cambiemos se hizo del poder político y comunicacional, se instaló la idea que nuestra decadencia se arrastra hace 70 años. Se supone que esa es la fecha que ellos creen que el mercado se obturó.

Esos 70 años, que se cuentan a partir de 1949, para ser más precisos en realidad aluden a las políticas aplicadas en la Argentina a partir de la pos guerra.

Ese es el tiempo del inicio del Estado de Bienestar, el tiempo de la industrialización por sustitución de importaciones y las políticas programadas de desarrollo y los instrumentos tradicionales.

Es decir la crítica PRO – al igual que los antecesores de los últimos 45 años - se centra en una políticas que empezaron en la Posguerra (hace 70 años) pero que a todas luces se dejaron de aplicar hace 45 años.

¿Cuánta genética tiene el presente de los últimos 45 años (el tutti orquestal de Martínez de Hoz) y cuánta genética de los 30 años anteriores de los que no quedan ni leyes, ni instituciones, ni objetivos, no instrumentos? A qué se parece más el presente, ¿a la economía de 1944/1974 o a la economía de cualquier gobierno de 1975 para acá?

A la pregunta ¿cuándo se j…ó la Argentina?- a pesar de los hechos - muchos afirmarían que fue hace 70 años.

Y eso a pesar que nadie duda que los 30 años previos a la Dictadura Genocida nada tienen que ver con los 45 que le sucedieron.

Recientemente un respetado y querido colega traspasó la frontera y colocó el tropiezo histórico en 1920. Ya estaríamos identificando 100 años como un único contexto y una única manera de gestionar la realidad. No parece razonable. No hay nada parecido entre 1920 y 1944 y lo que sucedió entre 1945 y 1975.

Y tampoco similitud alguna con los procesos posteriores que, si bien son diferentes, tienen una misma práctica de la búsqueda del “motor que esta afuera” porque adentro no hay motor, es decir, ausencia de una estrategia de desarrollo. Veamos.

¿Importa el debate histórico? La discusión económica de los tiempos largos - 20,30, 40 años - habla de la eficiencia de los modelos implicados.

Los períodos largos responden a patrones de política económica y ésta a su vez a modos de pensar la economía y la política e ir conformando la trama social.

No hay desacuerdo en esto desde el punto de vista teórico como no lo hay en que la Argentina asiste hoy a un proceso de decadencia económica y social. Un proceso que es posible superar. La cuestión es cómo: qué modelo.  

Ricardo Arriazu, en la reunión de AEA, manifestó que es posible crecer al 5 % anual acumulativo, duplicar el PBI en 14 años y el PBI por habitante en 19. Comparado con el presente esta proyección es celestial. Recordaran que el inefable Nicolás Dujovne cuando creía ver brotes verdes alucinaba una tasa de crecimiento del 3% anual acumulativo durante 20 años.

El motor para Dujovne era el mercado y el combustible, recitado por Mauricio Macri, era el sol, el aire, el litio y Vaca Muerta.

Peor aún, uno de los economistas que rodean o tratan de rodear a Alberto Fernández promueve la misma tasa de crecimiento: 3% anual. A esa tasa el PBI se duplica en 20 años. Y el PBI por habitante en 34 años. Es decir en 2054. ¿En estas condiciones Ud. cree que es posible pensar el futuro a ese ritmo?  

Comparada con la realidad, el pantano en el que estamos, esa tasa es manifiestamente insuficiente o tal vez “el solo crecimiento” es necesariamente un resultado incompleto.

Los peligros sociales nos persiguen a una velocidad extraordinaria. No los peligros que tienen que ver con la suerte individual sino aquellos que atienden a la suerte colectiva. ¿Cómo se sostiene la unidad nacional, la armonía social, a partir de este presente y proponiendo ese futuro?

El desafío del presente es cómo diseñar una estrategia que nos permita que los resultados concretos de la economía crezcan a una velocidad tal que esos peligros – que avanzan autónoma y velozmente – no logren detener o impedir la marcha. Es decir que no logren acentuar el proceso de decadencia en lugar de permitirnos, a base de crecimiento, escaparnos de ella. ¿Hablará la política de ello? La política, la academia, no hablan de ello.

Nuestra situación está mal diagnosticada. Las simplificaciones, muy peligrosas, identifican de manera impropia el tiempo histórico y  el diseño del patrón a partir de cuál se j…ó la Argentina.

Si queremos salir de la decadencia tenemos que salir del patrón que nos despeñó en ella. Entonces ¿cuándo empezó?

La respuesta nos lleva al modelo de pensamiento y de ejecución económica que nos ha traído hasta aquí. Veamos.  

El historiador Luis Alberto Romero (Francisco Olivera (LN+)) el pasado lunes,

ubicó el comienzo de la decadencia en el entorno de la Dictadura Militar y el “rodrigazo”. Su reflexión no deriva del análisis económico, ni de la historia económica, sino de la historia política. Pero la verdad es que no hay la una sin la otra.

En 1975/1976, hace 45 años, se produjo un cambio monumental en la política, tal cual señala Romero, pero se produjo un cambio colosal en la gestión y el pensar económico dominante. No sólo aquí. Fue un cambio de paradigma que alcanzó su cenit con el Consenso de Washington.

Pero las ideas centrales estaban germinando en los 70. Y aquí llegaron en tropel a través de becarios que aprendían lo que se decía en las grandes economías pero no le prestaban atención a lo que realmente se hacia en ellas.

De alguna manera lo que se llamó “una cultura herodiana” y traducido por Arturo Jauretche sería una “cultura cipaya”, se hizo predominante. Aquí y entonces, se materializó de una manera extraña una cultura herodiana: no se pensaba la realidad argentina sino que se procuraba una receta universal.

Todo empezó con el “rodrigazo” que fue – aunque parezca mentira – un asalto al poder realizado por la secta “Los Caballeros del Fuego” que inspiraba José López Rega (autor de Astrología Esotérica) e integraban Celestino Rodrigo, Ricardo Mansueto Zinn y Pedro Pou, entre otros. Cualquier parecido es …casualidad. Una “conspiración” no explica la historia. Por cierto. Pero una toma “del Palacio” explica los primeros días. Y si en ellos se desencadena una catástrofe, entonces, la “conspiración” es un hecho determinante.

 Zinn era el traductor político y económico de ese golpe de palacio y recibió el respaldo del Consejo Empresario Argentino que conducía José Alfredo Martínez de Hoz. Lo hizo un grupo de locos, pero los apoyaron los principales “influencers” (grandes empresas) de los poderes facticos que, entonces, se concentraban en las fuerzas armadas.

La gestión económica de la Dictadura Genocida fue una continuidad del programa de Zinn, el que se proyectó en la creación del CEMA (hoy Universidad) que ha provisto, desde entonces, un número relevante de profesionales de la economía que se hicieron cargo de la gestión pública y del nutrimento ideológico que ha gobernado la economía de estos 45 años. La economía para la deuda: la del déficit externo estructural. Quiero recordar que el costado “progresista” de esta ideología deriva del socialista Juan B. Justo quien sostenía que la manera de brindar un costo de vida barato y de buena calidad a la clase trabajadora era importar las manufacturas de Europa que eran más baratas y de mejor calidad que las nacionales: libre cambio para todos y todas.

Esta matriz económica ninguna gestión, más allá de las palabras ocasionales que han declarado anatema esas ideas, logró torcer. Fue una práctica continua: un modelo de 45 años.

Todos hicieron “economía para la deuda” o – alternativamente – “economía del agotamiento de los stocks” lo que es lo mismo, aunque de una manera más disimulada y si se quiere menos cara, pero con el mismo resultado. “Quita y no pon, se acaba el montón”.

Veamos. En estos 45 años (1975/2019)  la Argentina no tuvo vigente ninguna ley de promoción industrial que promocione la incorporación de capital reproductivo; tampoco dispuso de un sistema de financiamiento de largo plazo con tasas de interés capaces de alentar dramáticamente la formación de capital; durante todos estos años se derogó el sistema de planeamiento de largo plazo; y finalmente, durante todos estos años, sistemáticamente, se rechazó toda posibilidad de generar consensos políticos de largo plazo (¿cómo hacerlo sin un programa?) y toda posibilidad de concertar, desde el Estado, con los sectores económicos y sociales a fin de coordinar expectativas en torno a una política de ingresos. Nada de eso ocurrió.

Durante todo ese período (45 años) se trató de utilizar como gran regulador de la actividad económica la tasa de interés de mercado. Los períodos en los que esto no ocurrió transitoriamente fueron aquellos en los que se duplicaron los esfuerzos por contener la inflación usando el ancla cambiaria que profundizaba la restricción externa.

Finalmente, en lo que hace a la estrategia de desarrollo de la economía nacional, todas las gestiones, desde Celestino Rodrigo en adelante, abrevaron en la ideología insostenible de que se había agotado la posibilidad del proceso de industrialización por sustitución de importaciones y distintas aperturas o asociaciones estratégicas (que es lo mismo) paliarían el dolor recalando en deuda.

Todos a una, a pesar de los “colores” distintos de la verba pública, si los medimos por la práctica, nada hicieron por intentar un proceso de reindustrialización que inexorablemente pasa por un proceso de sustitución de importaciones.

Vamos a los resultados. Desde que se puso en práctica la doctrina de Guido Di Tella (Secretario de Programación Económica 1975/76 y Canciller en los 90) “no hay mejor política industrial que no tener ninguna”, el PBI por habitante hasta la fecha creció a la increíble tasa de 0,58% anual. ¿Es necesario que le recuerde que no hay ningún país en el mundo que haya tenido ese recorrido?

Si siguiéramos creciendo a esa tasa, al PBI per cápita lo duplicaríamos recién en 2094. Seguramente ninguno de los que estamos hoy en condiciones de leer y escribir estaremos vivos para festejarlo.

Los 45 años en que dejamos atrás el “modelo anterior”, como quiera llamarlo, han sido de un descomunal fracaso económico. Podemos agregar muchas cosas más. Pero con una sola, al mencionarla, estaremos reconociendo un “fracaso colectivo”: la tasa acumulada a la que creció el número de personas pobres.

Entre 1974 -  primera medición de la EPH del INdec - y 2019 -la última – la tasa de crecimiento del número de pobres fue del 7% anual acumulativo.

El número de pobres creció a tasas chinas y el PBI – la generación de riqueza colectiva – a 0,58. Un escándalo.

Un escándalo porque, en estos años (los Cuadernos son sólo un aspecto), creció de manera escandalosa el número de “nuevos fabulosos ricos”. Niveles de fortuna que nunca jamás (ajustando dólares a valor real) hubo en la Argentina.

Comparándolos con la vieja oligarquía ganadera, esta era – en definitiva – un conjunto de pobretones que pudieron construir algunos palacios elegantes que embellecen la Ciudad y que – al poco tiempo – terminaron en manos publicas, porque los que los construyeron no los pudieron mantener.

Nuestros nuevos ricos – la inmensa mayoría concesionarios del Estado en sus diversas formas – no tienen el fuego productivo e integrador social de la vieja oligarquía y de aquella apuesta a construir el país del desierto; ni el fuego laborioso de la burguesía industrial que construyó y progresó, mientras el Estado fue capaz de sostener políticamente un proyecto, Olvidaron que no hay burguesía nacional sin proyecto nacional.

No hay progreso colectivo sin una política comprometida con ello.

Para aclarar los tantos ¿cuánto creció la Argentina entre 1900 y 1944?, es decir durante el dominante modelo de la “oligarquía ganadera”. La tasa de crecimiento acumulativa por habitante fue de 1,03%.

Fue un proceso de crecimiento productivo y de absorción de enormes masas de inmigrantes. La Argentina generó bienestar social (trabajo, alimento, educación) a emigrantes expulsados de su tierra por las difíciles condiciones de vida. Llegaron a un país ya prospero, es necesario recordarlo, y lo agrandaron.

Entre 1945 y 1975, el vigoroso proceso de sustitución de importaciones, también fue un proceso de incorporación social de argentinos que estaban quedando al margen del proceso.

La tasa de crecimiento de ese período fue la más alta del SXX, 1,98% anual acumulativo per cápita. Una tasa de casi el doble de la de los primeros 40 años del SXX, en medio de la construcción de una democracia social progresista que siempre desacelera el crecimiento pero acelera el desarrollo social.

Ningún economista desconoce que estadísticamente (materialmente)esos 30años fueron el período más exitoso del Siglo. Pero sistemáticamente lo olvidan. Memoria selectiva.

En esos años el Estado era – en relación al PBI – la mitad de lo que es hoy. La mitad.

No teníamos deuda externa y todos los colores políticos gobernaron el país en esos 30 años.

Todos tenían en común la convicción que la industrialización por sustitución de importaciones, un Estado comprometido con el pleno empleo y los avances sociales, eran la prioridad.

Discursos, plataformas, leyes, proyectos, decisiones del período lo confirman.

Este pensar fue común al primer peronismo (que lo heredó de pensamientos previos) y a las dictaduras que le sucedieron, al desarrollismo, al radicalismo, a las dictaduras desarrollistas y al tercer peronismo, que fue una síntesis de todo.

Ese período de 30 años gloriosos económica y socialmente que fue abortado por el asesinato de José I. Rucci, la muerte de Perón, la guerrilla y la Dictadura Genocida. Y una dictadura cultural ha hecho lo indecible para eliminar la memoria y grabar una historia falsa.

En todo ese período de 30 años, tres instituciones tuvieron plena vigencia: la programación del desarrollo (prioridades fundamentadas), el incentivo fiscal (el instrumento que abunda en el presente en el mundo desarrollado) y el financiamiento de largo plazo (no hay tal cosa como capitalismo sin crédito Schumpeter). Si se quiere nada original, todo probado con éxito en Occidente.

El Estado de Bienestar, los 30 gloriosos, fue – aunque parezca extraño – un gran período de consenso colectivo sobre el tipo de sociedad en la que queríamos vivir.

La discrepancia tenía que ver con el ejercicio del poder y las velocidades entre equidad e inversión. Pero nadie se apartaba demasiado. Ocurrió. Copiábamos lo que hacían países desarrollados sin decirlo.

En los últimos 45 años y particularmente ahora, los dirigentes PRO y en particular Macri, dice que quiere “imitar al mundo desarrollado”, lo que hace el mundo desarrollado.

Lo notable que, al igual que la tropa de jóvenes que arribaron de las universidades, de países desarrollados, hacia 1975 convencidos que les habían enseñado como se logra el desarrollo y la modernidad, no percibieron estando allí que en la práctica esos países han hecho todo lo contrario.

Ningún país se desarrolló sin la prioridad de crear y no destruir trabajo; ningún país creció sin darle prioridad a la inversión reproductiva y no dándosela a la inversión financiera y especulativa; ningún país creció sin crédito a tasas razonables y nadie pudo vivir con tasas del 20 % real.

Es muy difícil entenderlos, tal vez no saben lo que hacen. Pero se amparan en la catilinaria de que estos males que vivimos, no son la consecuencia de lo que ellos hacen ni tampoco la consecuencia de lo que hicieron los gobiernos en los que también participaron, sino pateando la pelota a una tribuna del espacio, si pasa, pasa.

No vaya a ser que se descubra que los países crecen haciendo lo contrario a lo que hacen y predican.

Deberían saber que hace 45 años son los mismos, ellos, sus sucesores o sus asesores. No hagamos nombres. Hagamos diagnósticos correctos que es la única manera de curarnos. La verdad no tiene remedio, pero cura. Sólo hay que reconocerla. A la Argentina la está matando el mal diagnostico.      


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