La vacuna contra el COVID-19: ¿China tomó nota?

OPINION. El presidente de la República Popular China, Xi Jinping, afirmó que la vacuna china contra el COVID-19 sería un bien público global cuando se encuentre disponible. En esta nota se analiza dicho posicionamiento en tanto política de soft power, en línea con su estrategia hegemónica global.


En la apertura de la 73ª sesión de la Asamblea Mundial de la Salud, órgano decisorio de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el presidente de la República Popular China, Xi Jinping, afirmó que la vacuna china contra el COVID-19 sería un bien público global cuando se encuentre disponible (Xinhua, 18/05/20). El presente trabajo se propone analizar dicho posicionamiento en tanto política de soft power por parte del gigante asiático, en línea con su estrategia hegemónica global.


La pandemia del coronavirus 2019-nCoV, declarada como tal por parte de la OMS en marzo de 2020, significa una crisis sanitaria y económica de escala global. A fines de octubre, según datos de dicho organismo, había 45.428.731  casos  de COVID-19 a nivel mundial, incluyendo 1.185.721 muertes. En términos económicos, el Banco Mundial pronosticó una caída del 5,2%, siendo “la peor recesión desde la Segunda Guerra Mundial, y la primera vez desde 1870 que tantas economías experimentarían una disminución del producto per cápita” (08/06/20). Por añadidura, la pandemia sumiría a 71 millones de personas a la pobreza extrema en el mundo (Gerszon Mahler et al., 08/06/20). En este escenario, las cadenas globales de valor se han visto fuertemente perjudicadas por el freno a la actividad económica que supusieron los simultáneos cierres de fronteras a lo largo del globo, así como los confinamientos dispuestos internamente por los países. Por ello, el desarrollo veloz de una vacuna eficiente cobró protagonismo político y mediático en todo el mundo, iniciándose lo que algunos denominan una vaccine race – (Rutschman, 2020; Tooze, 2020) - “carrera por la vacuna”. Esta analogía con la carrera espacial de los años sesenta del siglo XX es particularmente tentadora si se tiene en cuenta que tanto la República Popular China como la Federación Rusa, que “comparten el objetivo internacional a largo plazo de ver menguar el poder unilateral de los Estados Unidos” (Fornillo, 2017: 8) se encuentran desarrollando vacunas por sus Estados patrocinadas. El encuadre de la carrera por la vacuna se enmarca, a su vez, en una lectura de la rivalidad estratégica entre China y los Estados Unidos como la “Guerra Fría del siglo XXI” (Rosales, 2020: 186). De acuerdo con la mirada norteamericana, la República Popular China estaría llevando adelante una competencia tecnológica desleal basada en el robo o la transferencia forzada de propiedad intelectual y el espionaje comercial, aprovechando estos desarrollos para fines militares y, además, elevando su presencia militar en Asia y Europa (Rosales, 2020: 187). Con este argumento, la administración Trump ha bloqueado el acceso chino a las tecnologías más sofisticadas y saboteado, a través de aranceles, cada una de las industrias claves del programa Made in China 2025, relativo a la innovación y el desarrollo. Ahora bien, según Malacalza y Hirst (2020) la confrontación entre EEUU y China se centra en “rivalidades económico-comerciales y científico-tecnológicas antes que en las de fondo geopolítico”, como aconteciera antaño entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, donde existían riesgos de enfrentamiento militar y destrucción mutua asegurada. En la misma línea, contra la tesis de la “Guerra Fría del siglo XXI” entre Estados Unidos y China, Fornillo (2017: 12) nos recuerda que “su tipo de entrelazamiento es inédito: tienen el principal vínculo comercial bilateral del mundo”, en el que los Estados Unidos son deficitarios en relación a China, y, a su vez, ésta es la principal tenedora de bonos de deuda pública del Tesoro norteamericano. Además, las inversiones recíprocas en ambos países hacen que las corporaciones respectivas tengan interés en sostener esta interdependencia, impidiendo “apostar a polaridades netas” (Fornillo, 2017: 13). De esta manera, la noción de “Guerra Fría”, que supone dos polos independientes con sus respectivas zonas de influencia que presentan dos alternativas de orden mundial contendientes, no se ajustaría a las características del vínculo sino-norteamericano contemporáneo. Lo que sí aparece en la estrategia global de la República Popular China, en particular desde la llegada de Xi Jinping a la presidencia (2013), es un carácter “asertivo y altamente simbólico de las principales iniciativas de política exterior” (Rosales, 2020: 91).
Es en este marco que el presente trabajo propone leer la declaración del presidente chino de la vacuna contra el COVID-19 como bien público global como una política de soft power (poder blando) tendiente a reforzar la posición hegemónica del gigante asiático en el mundo. Este concepto, acuñado por el académico norteamericano Joseph S. Nye en la década del noventa del siglo XX con el objetivo declarado de no permitir un declive en la hegemonía norteamericana (2004: IX) remite a “la habilidad de obtener lo que se quiere a través de la atracción más que por vía de la coerción o pagos laterales. Proviene de la atracción de la cultura de un país, sus ideales políticos y sus políticas. Cuando nuestras políticas son vistas como legítimas en los ojos de otros, nuestro poder blando aumenta” (Nye, 2004: X, traducción propia).


En su formulación tradicional, pensada desde y para engrandecer a los Estados Unidos en el tablero global, la industria cinematográfica de Hollywood o el american-way-of-life son ejemplos de poder blando. Pero este concepto prevé también la provisión de bienes públicos globales. Estos son bienes y/o servicios cuyo uso no es excluyente, ya que “otros pueden beneficiarse del bien, incluso aunque no contribuyan en su provisión” (Cohen, 2008: 72, traducción propia). A su vez, son no rivales en su consumo, lo que quiere decir que “todos pueden consumirlos sin disminuir por ello su disponibilidad para otros” (Nye, 2004: 61, traducción propia). La noción de bien público global “incluye, entre otros, los conocimientos humanos, la diversidad cultural, la lucha contra las pandemias internacionales, la sustentabilidad ambiental, la regulación del uso de bienes comunes mundiales y regionales, la regulación de las transacciones económicas internacionales” (Ocampo, 2013: 417, destacado propio). Estos bienes pueden ser generados por Estados individuales u organismos internacionales, pero los autores de la corriente institucionalista neoliberal como Kindleberger (1973, citado en Cohen, 2008: 71) o  Ikenberry (2018) otorgan una carga mayor en su provisión a las potencias hegemónicas, siendo este el “precio a ser pagado por la responsabilidad del liderazgo” (Cohen, 2008: 72, traducción propia). El liderazgo hegemónico global, según estos autores, incluye también la self-restraint en el uso de la fuerza y el self-binding a normativas de carácter liberal presentes en las instituciones multilaterales. Sobre esa base han afirmado la perdurabilidad de la hegemonía norteamericana incluso luego de su declive relativo en términos económicos, con base en que los Estados Unidos han tenido la capacidad de proveer un bien público global universalmente beneficioso: el orden liberal internacional –con las instituciones financieras de Bretton Woods y la Organización de las Naciones Unidas como sus organismos más salientes-. Siguiendo este razonamiento, “un país como los Estados Unidos [un hegemon global] gana doblemente cuando promueve bienes públicos: de los bienes en sí mismos, y del modo en que ser un principal proveedor de los mismos legitima y aumenta su poder blando” (Nye, 2004: 61, traducción propia).


No obstante, este no ha sido el caso ante la pandemia por COVID-19, en tanto la administración Trump procuró “tener acceso directo a los derechos de producción de una eventual vacuna contra el coronavirus” (Malacalza y Hirst, 2020), tensando así su relación con uno de sus socios tradicionales, Alemania, en un movimiento contrario a asumir el “peso” del liderazgo hegemónico – uno que el resto de los países esté dispuesto a aceptar por obtener de él “beneficios materiales sustantivos” (Ikenberry, 2018: 27, traducción propia). En cambio, la República Popular China, bajo el liderazgo de Xi Jinping, utilizó la oportunidad que el vacío dejado por los Estados Unidos abrió a su paso para desarrollar estrategias multi y bilaterales de cooperación en la lucha contra la pandemia. Esta denominada “diplomacia de las mascrillas” incluyó el envío de barbijos, kits de testeo, ventiladores y asistencia técnica a países de Asia, África, Europa y América Latina, así como la apuesta a reconocer la centralidad de la OMS en tanto instancia de cooperación multilateral, en contraste con la suspensión de financiamiento de EEUU a dicho organismo. Paradójicamente, el país fundador del orden liberal internacional de la segunda posguerra, se retrajo de uno de los regímenes internacionales que lo componían, y una autocracia con una visión reformadora de los organismos de gobernanza internacional apostó por él.


Las declaraciones de Xi en la 73ª sesión de la Asamblea Mundial de la Salud no representan entonces un hecho aislado: allí tomó dos compromisos que demuestran que la República Popular China se encuentra dispuesta a “aceptar la carga” del liderazgo hegemónico.  Por un lado, la declaración de su potencial vacuna como un bien público global, y, por el otro, la provisión de un apoyo de 2.000.000.0000 de dólares a países en desarrollo en sus respuestas ante el COVD-19 (Malacalza y Hirst, 2020). Como se señaló, la provisión de bienes públicos globales tiene una relación dialéctica con la construcción de un liderazgo global: para el neoliberalismo institucional, lo presupone, y, a su vez, lo refuerza, proveyendo incentivos materiales a los distintos Estados de aceptar un orden que entiendan como beneficioso y del cual participen así de manera voluntaria y consentida. Esta apuesta hegemónica de China tiene al soft power de los bienes públicos globales en su centro, máxime si consideramos que el creador del concepto afirma que “el desarrollo internacional es también un importante bien público global” (Nye, 2004: 62, traducción propia). De esta manera, los países en desarrollo se convierten en objetivos clave de la estrategia global china, que ha abandonado la retórica del Sur Global para declaradamente jugar el partido de los major countries (Ministry of Foreign Affairs of the People’s Republic of China, 02/10/2020).


Sobre la autora: Lic. en Ciencia Política por la UBA y Maestranda en Relaciones Internacionales en FLACSO.


Referencias
Banco Mundial. (08/06/20). “La COVID-19 (coronavirus) hunde a la economía mundial en la peor recesión desde la Segunda Guerra Mundial”. [Recuperado de: https://www.bancomundial.org/es/news/press-release/2020/06/08/covid-19-to-plunge-global-economy-into-worst-recession-since-world-war-ii].
Cohen, B. (2008). International Political Economy: An Intellectual History. Princeton/Oxford: Princeton University Press.
Fornillo, B. (2017). La China de Xi Jinping y el EEUU de Donald Trump: tensión global y el lugar de Sudamérica. Revista de la Red de Intercátedras de Historia de América Latina Contemporánea, Vol. 4 (7), pp. 6-20.
Gerszon Mahler, D; Lakner C; Castaneda Aguilar R. A y Wu, H. (08/06/20). “Estimaciones actualizadas del impacto de la COVID-19 (coronavirus) en la pobreza mundial”,  Banco Mundial Blogs. [Recuperado de: https://blogs.worldbank.org/es/datos/estimaciones-actualizadas-del-impacto-del-coronavirus-en-la-pobreza].
Ikenberry, J. G. (2018). Why the Liberal World Order Will Survive, Ethics & International Affairs, Cambridge University Press, Vol. 32 (1), pp. 17-29.
Malacalza, B. y Hirst, M. (2020). ¿Podrá reinventarse el multilateralismo? El orden internacional y el coronavirus, Revista Nueva Sociedad, Vol. 287. [Recuperado de: https://nuso.org/articulo/podra-reinventarse-el-multilateralismo/].
Ministry of Foreign Affairs of the People’s Republic of China. (02/10/2020). “Global Vision and Firm Commitment as a Major Country”. [Recuperado de: https://www.fmprc.gov.cn/mfa_eng/wjdt_665385/zyjh_665391/t1821549.shtml].
Nye, J. S. Jr. (2004). Soft power: the means to success in world politics (1ªed). Estados Unidos: Public Affairs TM, Perseus Books Group.
Ocampo, J. A. (2013). Repensar la economía global y la gobernanza social. En Stiglitz, J. y Kaldor, M. (Eds). La búsqueda de la seguridad. Protección sin proteccionismo y el desafío de la gobernanza global. (pp. 407-445). Argentina: Paidós.
Organización Mundial de la Salud. (31/10/20). WHO Coronavirus Disease (COVID-19) Dashboard. [Recuperado de: https://covid19.who.int/].
Rosales, O. (2020). El sueño chino. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Siglo XXI Editores.
Rutschman, A. S. (2019). The Vaccine Race in the 21st Century. Arizona Law Review, Vol. 61 (4).
Tooze, A. (2020). “The World Is Winning—and Losing—the Vaccine Race”, Foreign Policy. [Recuperado de: https://foreignpolicy.com/2020/09/19/the-world-is-losing-the-vaccine-race/].
Xinhua (18/05/20). “Xi asegura que la vacuna china de COVID-19 será un bien público global cuando esté disponible”. [Recuperado de: http://spanish.xinhuanet.com/2020-05/18/c_139066955.htm].

Diarios Argentinos