La Unión Europea prefiere a Biden, pero la relación nunca volverá a ser la misma

OPINIÓN. Incluso con una presidencia de Biden, no volveremos a ver una relación transatlántica como la que se vio en la post-Segunda Guerra Mundial, o incluso la de la post-Guerra Fría.

Foto: eltiempolv.com


Puede decirse, sin lugar a dudas, que la relación entre la Unión Europea y los Estados Unidos se encuentra sumamente deteriorada desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, por lo que no es sorprendente que las próximas elecciones presidenciales en la potencia norteamericana estén siendo seguidas muy de cerca por los gobiernos europeos. Si bien existen matices y diferencias entre éstos, lo cierto es que desde la UE está clara la preferencia: Joe Biden. Sin embargo, la relación nunca volverá a ser la misma, ya que tanto Estados Unidos y la UE no son los mismos que antes, así como tampoco lo es el escenario internacional en el que se encuentran.


El estado del vínculo en 2020

Si bien existe un espacio para argumentar que desde las capitales europeas (incluido el edificio Barleymont en Bruselas) se falló en manejar adecuadamente a la administración Trump, es indudable que desde ésta existieron posiciones de política exterior abiertamente opuestas a las de la UE o sus principales miembros. Esto se plasmó en el frente comercial en tarifas y aranceles que Estados Unidos impuso en productores europeos, por ejemplo en las industrias siderúrgica y aeronáutica, y en el ámbito de la defensa pudo verse en las exigencias de EEUU de que sus socios de la OTAN (que incluye a muchos de la U) aporten un porcentaje mayor al presupuesto de la organización. Además, ambos ámbitos se han mezclado debido a la preferencia de Trump por vincular comercio y seguridad nacional más allá de la retórica, al emplear sanciones extraterritoriales contra compañías europeas comerciando con Irán o en la construcción del gasoducto Nord Stream 2 con Rusia.

A su vez, desde 2016 pudo detectarse una profunda diferencia ideológica entre ambos actores internacionales. Diferencias en cuanto a políticas a implementar siempre han existido entre Washington y los gobiernos europeos, pero el antagonismo de Trump hacia el multilateralismo de todo tipo, evidenciado no sólo con el abandono del Acuerdo de París o del histórico acuerdo nuclear con Irán, sino también en su abierta hostilidad hacia el proceso de integración europea, expresada en la retórica del presidente y en su apoyo a un Brexit duro y a los gobiernos nacionalistas euroescépticos como el régimen de Viktor Orbán en Hungría.

Esto último nos lleva al efecto que la comunicación entre Estados Unidos y la UE ha tenido durante la administración de Donald Trump. En un claro giro en el tono del vínculo transatlántico, el presidente y su secretario de Estado –Mike Pompeo- han gustado de referirse a Europa como “competidor “ o “enemigo”, y la han descripto como fallida y dentro del bolsillo de Rusia o China. Más allá de la posible veracidad o legitimidad de estas posturas, lo cierto es que marcaron un giro en la relación y fueron percibidas como excesivamente hostiles.

Otra dimensión que ha afectado a la relación puede encontrarse en el más amplio efecto que el estilo de la presidencia de Trump ha tenido en toda la administración estadounidense. Desde Europa han encontrado cada vez más dificultoso trabajar con una diplomacia estadounidense (por cierto, la que ha tenido el menor porcentaje de embajadores de carrera en toda su historia) cuyas palabras podían ser contradichas poco después por el presidente, forzando a los europeos a tener que adivinar cómo las negociaciones se moverían por las estructuras de toma de decisión norteamericanas y a quién dirigirse si deseaban tener una conversación productiva. Esto es así porque el residente de la Casa Blanca logró ganarse una reputación impulsiva e impredecible entre sus aliados, como cuando ordenó el retiro de tropas del norte de Siria (abandonando a las milicias kurdas responsables de la lucha contra el ISIS) o cuando ordenó el ataque por drone contra un oficial iraní de alto rango en territorio iraquí, matando junto al objetivo a aliados iraquíes. No hay garantías sobre su posición en un momento dado, y no es sorprendente, entonces, que la relación con los países europeos haya podido reforzarse en aquellos temas de agenda que quedaron fuera del radar del presidente, como la cooperación en África o seguridad energética.

Estos son sólo algunos de los efectos negativos que la presidencia de Donald Trump ha tenido en la longeva y tradicionalmente buena relación entre Estados Unidos y la Unión Europea. Esto ha llevado, naturalmente, a que la región espere ansiosa la victoria del contendiente demócrata Joseph Biden. Por supuesto, a nivel de los diferentes gobiernos nacionales puede haber diferencias, como es el caso de los gobiernos de Hungría o Polonia, que no son sólo afines ideológicamente con Trump, sino que han visto una mejora en las relaciones bilaterales con el país norteamericano.

Sin embargo, es indudable que la opinión general europea es que una presidencia demócrata será más deseable. A nivel poblacional la opinión pública también parece inclinarse en esta dirección: su percepción del actual presidente en tan mala, que confían más en Xi Jinping como líder global en temas internacionales como el cambio climático. De todas formas, las cosas no volverán a ser las mismas, incluso con Biden en la Casa Blanca.


Las relaciones con una presidencia Biden

Lo cierto es que la Unión Europea necesita de su socio norteamericano para seguir siendo un jugador de peso en la arena internacional, siempre y cuando se trate de un Estados Unidos comprometido con los mismos valores –e intereses. Es por esto que los EEUU de Trump, tan hostiles a la integración europea, el multilateralismo y, a fin de cuentas, el orden internacional liberal forjado en el crepúsculo de la Guerra Fría, hicieron tanta mella en la relación entre ambos actores. Sin embargo, si bien el estilo errático y agresivo de Trump dio los mayores golpes, no puede negarse que en el fondo las posiciones seguían una tendencia en la política exterior estadounidense ya comenzada en tiempos de Obama y que responde en parte a los cambios que se han dado en la escena internacional.

En este sentido, debemos recordar que el militante aislacionismo de la administración Trump no es algo nuevo, sino una tradición política estadounidense de larga data, aunque claramente ejecutada de manera errática y hostil para con el resto del mundo. A su vez, la creciente importancia económica de la región de Asia-Pacífico y el ascenso de China han llevado al a pérdida de importancia relativa de Europa y a que Estados Unidos deba redirigir su fuerza y atención hacia dicha parte del mundo. Esto tiene implicancias en política económica y comercial respecto al bloque europeo, pero también en temas de seguridad, defensa y orden político. Así, incluso con una buena relación con la Casa Blanca, la UE no puede esperar con certeza un rol activo del Estados Unidos en asuntos de esta naturaleza que le preocupan, como el reciente accionar de Turquía en el Mediterráneo Oriental, la situación en Bielorrusia o el actual conflicto en Libia.

En otras palabras, incluso con una presidencia de Biden, no volveremos a ver una relación transatlántica como la que se vio en la post-Segunda Guerra Mundial, o incluso la de la post-Guerra Fría. Si bien el cambio de actitud y retórica que probablemente llegue con Biden es muy esperado y será bien recibido en la Unión Europea, así como la revitalización del multilateralismo que pueda llegar, es seguro que el candidato demócrata también exigirá a la UE y a sus aliados en OTAN llevar una mayor parte de la carga de encargarse de la situación de seguridad en Europa y Medio Oriente. China también será un desafío para la UE más allá de quién gane las elecciones en EEUU, ya que sus miembros se encuentran muy divididos en cuanto a cómo pararse frente al gigante asiático y Biden reconoce como una necesidad tomar una posición más confrontativa. La UE tendrá que encontrar la fuerza política internacional si quiere evitar caer dentro de la puja comercial entre ambos países.

Así pues, la candidatura del demócrata Biden es claramente preferida por la Unión Europea y sus principales miembros, pero lo cierto es que las relaciones entre la región europea y la potencia norteamericana han cambiado y no hay vuelta atrás, más allá de las claras diferencias que una administración demócrata o republicana pueden acarrear, no en este nuevo (o no tan nuevo) mundo en el cual se desenvuelve.



Sobre el autor


Agustín Fernandez Righi Licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad Siglo 21, colaborador del CEPI UBA.

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