La trayectoria rioplatense: Términos de intercambio y complejidad económica

OPINIÓN. ¿Los fundamentos del declive argentino surgieron de la nada o fueron el resultado de condiciones previas?

Por Eduardo Crespo, Marcelo Muñiz y Fernando García Díaz

(Integrantes del Grupo Geopolítica y Economía desde el Sur Global). 

Cuando se analiza la Argentina, es un lugar común que pasó de ser uno de los países más ricos del mundo en los inicios del siglo XX para luego declinar hasta los días de hoy. Si bien el momento preciso en que se habría perdido la brújula es objeto de acaloradas controversias, la mera constatación del hecho fundamenta las más insólitas interpretaciones sobre cuales debieron ser los ‘errores’ que condujeron al fracaso o en qué habrían consistido las políticas desencaminadas. Tampoco faltan controversias metodológicas y conceptuales. ¿Los fundamentos del declive surgieron de la nada o fueron el resultado de condiciones previas? Por ejemplo, la lectura liberal dominante suele asociar el declive al surgimiento del peronismo, interpretado como un shock histórico, un acontecimiento inexplicable en base a las condiciones históricas precedentes. No habría sido el resultado de una evolución histórica gradual, como los que apunta el neo-darwinismo en biología (1), sino una condición surgida a partir de un salto discreto, como el “Equilibrio Puntado” defendido por Stephen Jay Gould (2). Hoy las interpretaciones basadas en acontecimientos repentinos cuentan con bastante aceptación, especialmente en los estudios de “Historia medioambiental”. Hay cierto consenso de que los dinosaurios desaparecieron debido al impacto de un meteorito y varios estudios recientes apuntan que la caída del Imperio Romano y las catástrofes demográficas de los siglos XIV y XVII fueron facilitadas por fluctuaciones climáticas ocasionadas a causa de volcanes e irregularidades de la radiación solar (3). ¿Podemos interpretar la trayectoria argentina en términos parecidos? Nuestra interpretación es que no se precisa postular ningún evento catastrófico ajeno a nuestra historia y ubicación geográfica.  

Debe entenderse el papel excepcional que desempeñaron en la economía mundial territorios como al argentino a partir del último cuarto del siglo XIX. Como apunta Williamson (4), América Latina, y todo aquello que luego se convertiría en el llamado “tercer mundo”, experimentaron un boom en sus términos de intercambio. Europa demandaba alimentos y materias primas en proporciones inéditas y ofrecía manufacturas a precios de remate. El dramático abaratamiento de los productos industriales era la consecuencia de los aumentos de productividad provocados por la revolución  industrial, incluido la rebaja de los costos de transporte que provocaron los ferrocarriles y los barcos a vapor (5). Esta modificación de precios relativos tuvo efectos diferentes en cada región. Para las sociedades asiáticas fue una catástrofe. La apertura al comercio internacional - en general forzada mediante las armas de Occidente – terminó con sus manufacturas. La relación entre sus recursos naturales y el tamaño de sus poblaciones, por su parte, impedía cualquier inserción exitosa como exportadores especializados en materias primas o alimentos. En 1800 ⅓ de las manufacturas del mundo se producían en China y ¼ en la India. Cien años después sus participaciones se habían reducido a 6,2% y 1,7% respectivamente (6). En América Latina, en cambio, los resultados fueron más favorables. No había una base manufacturera equivalente a la asiática a ser desmontada. Contaba con abundantes recursos naturales y reducida densidad demográfica. Sin industrializarse ni alcanzar la sofisticación tecnológica y capacidad de innovación de Europa o Estados Unidos, esas condiciones fueron suficientes para alcanzar condiciones de vida y niveles de ingreso per cápita superiores a las asiáticos incluso hoy día.

Argentina y Uruguay fueron los países más favorecidos por esta tendencia. No olvidemos que estas condiciones fueron las que facilitaron la consolidación de sus estados nacionales. Dotados con tierras aptas para cultivos templados, fronteras al principio ilimitadas, baja densidad poblacional y un boom de términos de intercambio, en 1930 ambos superaban los PBI per cápita de Alemania, Noruega, Finlandia, Austria y Japón. Uruguay contaba con unos 4300 dólares per cápita y Argentina con 4080, mientras que Alemania, por ejemplo, alcanzaba los 3970. ¿Podemos concluir que Uruguay y Argentina eran países más desarrollados que Alemania? ¿La trayectoria posterior de la “Suiza de América Latina” también debe atribuirse a un shock populista? Hasta la llegada de Hitler al poder en 1933, Alemania tenía más premios nobel en ciencia que Estados Unidos e Inglaterra sumados. Junto con el primero lideró la segunda revolución industrial. Allí tuvieron lugar los avances de la química que hoy ayudan a alimentar aproximadamente un ⅓ de la población mundial y que revolucionaron las condiciones sanitarias del planeta. Al primer automóvil lo construyeron alemanes y fueron de esa nacionalidad las principales figuras de la física del siglo XX (7). ¿El lector recuerda alguna innovación rioplatense de aquellos años?  

El PBI per cápita no puede captar estas condiciones, si bien cualitativas, fundamentales en el largo plazo. Cuando se tiene en cuenta la complejidad tecnológica, las trayectorias económicas parecen responder a factores comprensibles. Aunque los indicadores para estimar complejidad sean limitados y no dispongamos de estadísticas que abarquen todo el siglo XX, existen aproximaciones metodológicas que, al menos desde la década de 1960, parecen anticipar bastante bien las trayectorias futuras. Entre ellas puede mencionarse el índice de complejidad económica, que busca cuantificar el grado de desarrollo del entramado productivo (8). 

En términos de PBI per cápita, por ejemplo, Argentina en 1962 se ubicaba 16º, con 5677 USD per cápita, mientras que Qatar, Kuwait y Emiratos Árabes lideraban el ranking (Qatar incluso duplicaba el PBI per cápita estadounidense). Japón todavía se encontraba por debajo de Argentina, con 4800 USD, Corea del Sur, con 1245 USD, se colocaba en la posición 64 y China, con 141 USD , en el puesto 92, entre los más bajos junto a varios países del África Subsahariana. Pero en términos de complejidad los petroleros se encontraban en posiciones muy bajas. Japón, Corea del Sur y China, en cambio, ya superaban a la Argentina: Japón se ubicaba 8º, Corea del Sur 23º, China 30º y Argentina 64º. En otras palabras, aunque Japón, Corea del Sur y más tarde de China, por motivos geopolíticos ausentes en América Latina, contaron con el fundamental apoyo económico estadounidense, sus niveles de complejidad ya eran significativamente superiores a los latinoamericanos. No debería sorprender que Japón y Corea del Sur hayan superado los PBI per cápita de nuestros países, así como China hará lo propio en breve. El caso de los petroleros, en cambio, es paradigmático. Los PBIs per cápita de Arabia Saudita, Emiratos Árabes, Kuwait y Qatar son hoy significativamente inferiores a los que registraban en 1973. El punto de inflexión no coincide con shock populista alguno, sino con un pico de sus términos de intercambio debido a las fluctuaciones del precio del crudo.


Gráfico 1. Evolución del índice de complejidad, países seleccionados 1962-2014


Fuente: Elaboración propia en base a Comtrade


Estas diferencias quedan de manifiesto cuando se examina la composición de las canastas exportadoras. Japón y Corea del Sur ya registraban ventajas significativas en manufacturas industriales desde comienzos de los 60s, en contraposición a la especialización primaria de la Argentina y Uruguay.


Gráfico 2. Ventajas manufactureras de la Argentina, Corea del Sur y Japón 1962-2014


Fuente: Elaboración propia en base a Comtrade. 


Nota: el gráfico muestra la proporción de manufacturas (capítulos cinco al ocho de la Clasificación Internacional Estándar del Comercio) en el total de bienes en los cuales el país es "intensivo" en exportaciones. Asimismo, definimos la canasta de bienes exportados de manera intensiva considerando las posiciones que poseen mayor participación en la canasta exportadora del país que en la canasta exportadora promedio mundial.


Las coyunturas favorables no duran para siempre. Aquella que favorecía al Río de la Plata en las primeras décadas del siglo XX, tampoco. Los países ajenos al desarrollo tecnológico y que funcionan en base a la exportación de unas pocas materias primas con reducidas barreras a la entrada, a la larga son comparativamente pobres. Argentina y Uruguay no fueron excepciones. Eran circunstancialmente ricos y estructuralmente subdesarrollados. Aprovecharon el viento a favor, debe concederse, para alfabetizar, importar infraestructuras europeas y darle a Buenos Aires y Montevideo cierta arquitectura y aspiraciones parisinas. Pero cuando estas condiciones cambiaron, luego de la crisis de la década de 1930, al igual que toda la región, debieron embarcarse en complicados procesos de sustitución de importaciones que buscaron aumentar la complejidad y  diversidad de sus actividades productivas. Los resultados desde entonces fueron dispares y el tamaño absoluto de las economías parece haber jugado un papel determinante, quizás debido a la oportunidad de aprovechar economías de escala. Fue así como hasta mediados de los setenta Brasil, México y Argentina, en ese orden, cosecharon los mejores resultados. Brasil multiplicó su PBI por cápita por 4, México por 3 y Argentina por 2.

Desde entonces, en cambio, la fortuna de los países se revirtió. Los procesos de apertura, desregulación y liberalización financiera, modificaron las tendencias observadas en los años de la ISI. Las economías que alcanzaron mayores niveles de industrialización y complejidad, en especial otra vez Brasil, México y Argentina, registraron peores resultados en materia de crecimiento (9). Los países que quedaron relegados a las actividades más simples, como Chile, Perú, o incluso Uruguay, en cambio, en general tuvieron performances más auspiciosas. Estas evidencias quizás respondan otra vez a un nuevo ciclo de términos de intercambio e incentivos oriundos del comercio internacional. Así como la Revolución industrial europea y la apertura forzada por el “imperialismo de libre comercio” (10) provocaron la desindustrialización de las entonces complejas economías asiáticas en el siglo XIX y tuvieron efectos comparativamente favorables en América Latina, la presente Revolución Industrial en Asia, unida a las fuerzas neoliberales y aperturistas globales, comprometen la residual complejidad de las mayores economías latinoamericanas, así como colocan una presión creciente sobre amplios sectores productivos de Europa y EEUU. Competir con los estándares organizativos, las escalas de producción y la capacidad de planificación estatal chinos, no parece tarea sencilla para ninguna industria del mundo. Las economías más simples y complementarias, sean latinoamericanas e incluso africanas, en cambio, parecen haberse acomodado mejor a la tendencia. Quizás las protestas en Chile del año pasado muestren también el límite social de estas inserciones. Sin embargo, esta es una de las razones que explican, interpretamos, la denominada “trampa del ingreso medio”, según la cual varias de las economías que en su momento alcanzaron niveles de desarrollo y complejidad promedios ahora parecen haberse estancado (11).

Dado que el comercio internacional suele favorecer a algunos sectores y perjudicar a otros, la economía política de estas transformaciones suele ser bastante cristalina (12). Desde David Ricardo sabemos que el libre comercio aumenta la rentabilidad del capital (al menos en aquellas actividades que sobreviven a la competencia) y abarata los bienes de consumo para aquellos que conservan sus empleos. De allí provienen las voces que defienden la apertura, los acuerdos de libre comercio y las inconveniencias de la intervención estatal. Cualquier política que recuerde los tiempos de la ISI, o promueva ciertos sectores, es estigmatizada como arcaica, aislacionista, distorsiva y corrupta. En el mejor de los casos, los gobiernos deberían gestionar el tipos de cambio y mantener bajo control las cuentas fiscales. Debe recordarse, no obstante, que la clave del desarrollo radica en la complejidad productiva. Ningún milagro de precios relativos revirtió las asimetrías surgidas a fines del siglo XIX entre países con organizaciones productivas complejas y países de estructuras simples y reducida diversificación. Los pocos que con ayuda externa - recibida por relevancia geopolítica y no por gestos de obsecuencia- consiguieron desarrollarse, fueron aquellos que lograron derribar barreras a la entrada (y crear las propias) desarrollando sus capacidades científicas y tecnológicas. Las condiciones materiales de vida de la población no dependen tanto de la suerte como del desarrollo de las fuerzas productivas. Debería ser evidente, aunque sea necesario recordarlo.


Sobre los autores

Eduardo Crespo es profesor de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ) y de la Universidad Nacional de Moreno (UNM).

Marcelo Muñiz es profesor de la Universidad Nacional de Moreno (UNM) y de la Universidad del Salvador (USAL).

Fernando García Díaz 
es economista de la UBA. 


Notas 

1. Enfoques como los ofrecidos en el clásico best seller “El Gen Egoísta” de Richard Dawkins, editorial Salvat, 2000.

2. Stephen Jay Gould “Punctuated Equilibrium”. Belknap Press of Harvard University Press, 2007.

3. Kyle Harper “The Fate of Rome. Climate, Disease, and the End of an Empire”. Princeton University Press, 2017 y John L. Brooke “Climate Change and the Course of Global History”, Cambridge University Press, 2014.

4.  Jeffrey Williamson “Trade and Poverty. When the Third World Fell Behind” MIT, 2011.

5. Ronald Findlay & Kevin O’Rourke “Power and Plenty”, Princeton University Press, 2007. 

6. Paul Bairoch “International industrialization levels from 1750 to 1980”. Journal of European Economic History 11:269–331, 1982.

7. Peter Watson “The German Genius: Europe's Third Renaissance, the Second Scientific Revolution, and the Twentieth Century” Harper, 2010.

8. El índice de complejidad económica surge de la metodología propuesta por Hidalgo & Hausmann. En dicho marco, se entiende por "complejidad" económica al despliegue de las fuerzas productivas en sentido amplio, siendo éste aproximado mediante un análisis de la diversidad y la sofisticación de la canasta exportadora de cada país. Los detalles pueden consultarse en Hidalgo & Hausmann, "The building blocks of economic complexity", PNAS, 2009. Ver también Hausmann, R., Hwang, J. & Rodrik, D. What you export matters. J Econ Growth 12, 1–25 (2007). https://doi.org/10.1007/s10887-006-9009-4

9. Debemos esta observación al profesor Esteban Kiper.

10. Gallagher, John and Ronald Robinson. "The Imperialism of Free Trade," The Economic History Review, 1953.

11. Barry Eichengreen, Donghyun Park, Kwanho Shin “Growth Slowdowns Redux: New Evidencie on the middle-income trap”. https://www.nber.org/papers/w18673

12. Ronald Rogowski “Commerce and Coalitions. How Trade affects Domestic Political Alignments”. Princeton University Press, 1990.





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