La razón jacobina

Por: Pablo Pizzorno

Este verano leí con mucho interés el recientemente aparecido Teoría de la militancia. Organización y poder popular de Damián Selci (Cuarenta Ríos). Digo con mucho interés, en primer lugar, porque hay pocos libros escritos desde el kirchnerismo y siempre es bienvenido que alguien se encargue de suplir esa carencia. Pero, además, se trata del primer libro de teoría política que proviene de la militancia juvenil kirchnerista y que desde allí intenta dar algún tipo de status teórico a ese sujeto colectivo formado en la última década. Esto, confieso, captó aún más mi atención, dado que la generación de Selci y de esa militancia es también la mía: la de aquellos que nos estrenamos políticamente en el 2001 y atravesamos nuestra juventud debatiendo en torno al kirchnerismo, tara que arrastramos a cuestas a pesar de ya no ser tan jóvenes.

El texto parte del actual contexto de retroceso de los populismos sudamericanos, cuyo ciclo político identifica teóricamente con Ernesto Laclau y, sobre todo, con La razón populista, aquel libro paradigmático aparecido en 2005 que hizo de soporte intelectual del giro a la izquierda regional. Selci considera al ciclo populista y al aporte de Laclau como una superación de las teorías de resistencia al neoliberalismo que predominaban en los noventa (Negri, Holloway, el subcomandante Marcos) y que influyeron fuertemente en la militancia juvenil involucrada en los ecos de 2001. No es difícil coincidir con ese diagnóstico generacional: en efecto, a pesar de su fuerte impronta democrática y antiburocrática, aquella narrativa “autonomista” se reveló impotente a la hora de avanzar en los desafíos de la construcción de poder político. El arribo del ciclo populista, en cambio, fue mucho más efectivo a la hora de construir un “pueblo” como sujeto capaz de articular diversas procedencias sociales y políticas.

Sin embargo, hoy el momento político del país y de la región es bien diferente. La crisis del ciclo progresista y la proliferación de gobiernos de derecha lleva a Selci a realizar una suerte de balance del modelo populista y, con él, de la propia teoría de Laclau. En ese sentido, a partir de una crítica a La razón populista -basada principalmente en las objeciones planteadas por Žižek- el autor propone como conclusión “radicalizar a Laclau”. ¿En qué consiste esa radicalización? Selci se burla del diagnóstico generalizado entre analistas políticos que advirtió en la derrota de los gobiernos populistas una incapacidad para hacer frente a las nuevas demandas sociales que fueron surgiendo entre sus propios votantes. Considera, en cambio, que el error proviene de la idea de permanente satisfacción de demandas presente en el diseño teórico de Laclau (para quien la articulación de diversas demandas insatisfechas es el principio básico de construcción de un sujeto popular contra el poder establecido) y asegura que el contenido de esos reclamos no es más que un pretexto. No solo, dice Selci, muchas de esas demandas han tenido un “contenido deplorable” y fueron inspiradas por la oligarquía (“inseguridad”, “comprar dólares”), sino que, agrega, el verdadero propósito de un proyecto político debería ser que el pueblo abandone la lógica de petición permanente y se haga cargo por sí mismo de los asuntos públicos.

De este modo, el autor propone “interiorizar el antagonismo” pueblo/oligarquía y establecer una contradicción principal en el seno del pueblo: “politizados o cualunques”, entre quienes han hecho una “toma de conciencia” del antagonismo que los rodea y quienes no se hacen cargo de él y prefieren seguir atados a la lógica de la demanda. En ese sentido, a través de un arduo espiral dialéctico que consiste en ir abandonando la individualidad en función de la pertenencia a una organización, el politizado puede llegar a convertirse un cuadro político, que sería el verdadero sujeto del cambio (y su utopía, la de “un país de militantes”). La épica sacrificial tiñe con crudeza las páginas de Teoría de la militancia (“romper con el mundo cualunque”, “cortar todos los lazos con la vida inauténtica”, “hay otra vida y es vigorosamente monocorde”) en un relato que trasluce una ligazón más próxima a las organizaciones político-militares de los setenta que a la tradición peronista.

En relación al derrotero intelectual de Laclau, Gerardo Aboy Carlés ha observado en La razón populista la culminación de una progresiva rigidización del esquema teórico planteado por dicho autor en Hegemonía y estrategia socialista junto a Chantal Mouffe en la década del ochenta. En este último tramo de su obra, la identificación del populismo como lógica política esencialmente dicotómica y opuesta a toda institucionalización potenció la dimensión antagonista y endureció las fronteras identitarias. Para Aboy Carlés, sin embargo, la experiencia histórica de los populismos clásicos es distinta: a pesar de su tensa convivencia con la democracia liberal, estos siempre habilitaron mecanismos de regeneración y conciliación con sus adversarios. En otras palabras, aunque los populismos latinoamericanos del siglo XX reclamaron para sí la identificación con el pueblo mismo y retacearon esa condición a sus opositores, siempre dejaron una puerta abierta para quienes se mantenían hostiles a sus gobiernos. Por ese motivo, Aboy Carlés considera que la partición comunitaria radical del último Laclau se asemeja más al modelo revolucionario jacobino, que abrazaba una dicotomización irreductible entre el pueblo y sus enemigos, que al tipo de polarización más porosa y negociada que establecieron históricamente los populismos.

Teoría de la militancia, bajo la propuesta de radicalizar a Laclau, es un libro profundamente jacobino. No solo por su espíritu rousseauniano que insta a los individuos a abandonar sus pulsiones egoístas en pos de una voluntad general homogénea, sin fisuras, éticamente superior y que no puede ser representada por nadie más que por ellos mismos. También lo es por su celebración del antagonismo radical frente a un enemigo con quien, dice su autor, ni siquiera existe lenguaje en común. En este punto conviene recordar a Rancière, para quien el desacuerdo no es el conflicto entre quien dice blanco y quien dice negro, sino entre quienes dicen blanco pero no entienden lo mismo por la blancura. Las palabras, en efecto, son objeto de disputa (significantes flotantes en la terminología laclausiana) que adquieren diversos sentidos según quién y cómo las articula. Un ejemplo típico de estos términos en disputa es la palabra democracia. En la campaña electoral de 1946, la Unión Democrática desplegó una intensa propaganda que acusaba a Perón de nazi y que llamaba a salvar a la Argentina de las garras del totalitarismo. En uno de sus últimos discursos antes de la elección, Perón respondió a las críticas asegurando que sus adversarios eran falsos demócratas que solo se preocupaban por una democracia formal o aparente sin verdadero contenido. “En nuestra patria”, dijo, “no se debate un problema de libertad o tiranía, democracia o totalitarismo. Lo que en el fondo del drama argentino se debate es, simplemente, un partido de campeonato entre la justicia social y la injusticia social”. De este modo, una de las cosas que estaba en el centro de la disputa naciente entre peronistas y antiperonistas era precisamente qué quería decir democracia.

El momento político del país y de la región obliga a reflexionar sobre el saldo de la experiencia populista que buena parte de nuestra generación “del 2001” abrazó con convicción genuina y compromiso de cambio. Muchos de los procesos que formaron parte de ese ciclo y que hoy están fuera del poder constituyen una materia prima indispensable para la construcción de nuevas alternativas que hagan frente a las derechas gobernantes desde una perspectiva de mayor equidad y justicia. Esa construcción, sin embargo, precisa de una vocación hegemónica bien entendida, es decir, orientada a ampliar la base de sustentación política. La disputa democrática supone convencer al otro, sabiendo, como dijo Iñigo Errejón en un bello discurso en la Facultad de Medicina, que siempre existe algo de razón en el adversario. La persuasión no es mera cooptación, es una solución de compromiso que modifica a ambas partes, al que es persuadido y al que persuade. Esto, sin embargo, no debe confundirse con el consensualismo naive que permea en ciertos relatos que desconocen la naturaleza conflictiva de la política. El desafío continúa siendo la articulación de la democracia y el antagonismo en un esquema que permita elegir entre opciones claramente diferenciadas, pero procesadas dentro de un marco institucional relativamente compartido: el momento regional también obliga a velar por aquella dimensión procedimental de la democracia como un conjunto mínimo de reglas aceptadas por sus participantes. En ese contexto, la conformación de una nueva mayoría política supone esencialmente ir al encuentro de lo distinto a uno. Allí la prédica militante ocupa un lugar fundamental, pero sobre todo, como se dijo alguna vez, si se realiza fuera del templo.

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