La poesía completa de Carlos Argentino Daneri

OPINIÓN. Nos enteramos, hace bien poco, que la señora Kodama desautorizó la obra del académico Jay Parini, quien en un libro de próxima aparición (“Borges and Me”) relata la anécdota acerca de la cantidad de cerveza consumida por el escritor argentino en su visita a Escocia en 1971.

Por: Julián Axat

Por estos días se celebra el día del lector y siempre es motivo para traer a colación al gran Jorge Luis Borges, coincidiendo con los 121 años del nacimiento (1899-1986); será recordado con actos y encuentros bajo la mirada guardiana de su viuda, María Kodama, que no deja pasar ninguna “avivada” sobre la obra y gracia de quien fuera su único esposo. Así nos enteramos, hace bien poco, que la señora desautorizó la obra del académico Jay Parini, quien en un libro de próxima aparición (“Borges and Me”) relata la anécdota acerca de la cantidad de cerveza consumida por el escritor argentino en su visita a Escocia en 1971.

La indignación de Kodama no se hizo esperar y de inmediato salió en los medios a tratar de mentiroso al académico escocés: “¡Borges nunca bebió cerveza!”. Para colmo de la viuda, el libro de Parini no es el atrevimiento de una incauta editorial, sino que será publicado en 2021 por el sello Emecé-Planeta; ni más ni menos que el mismo que posee el copyright de la obra completa del gran escritor.

Seguramente el episodio será preludio de futuras presentaciones judiciales, como las que ya nos tiene acostumbrados la heredera contra los usurpadores y plagiarios de la memoria de su difunto marido. Como la querella iniciada en 2009 contra el autor del “Aleph engordado” (edit. IAP), el poeta Pablo Katchadjian, a quien tuve el gusto de conocer solo a través de las historias narradas por el amigo Eric Schierloh (en El Maguey, Club Hem, 2016), y quien lejos estuvo de contar chismes, sino la genialidad de realizar una intervención sutil:

“La candente y húmeda mañana de febrero en que Beatriz Viterbo finalmente murió, después de una imperiosa y extensa agonía que no se rebajó ni un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo ni tampoco al abandono y la indiferencia, noté que las horribles carteleras de fierro y plástico de Plaza Constitución, junto a la boca del subterráneo, habían renovado no se qué aviso de cigarrillos rubios mentolados; o sí, sé o supe cuáles, pero recuerdo haberme esforzado por despreciar el sonido irritante de la marca; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella, Beatriz, y que ese cambio era el primero de una serie infinita… (Inicio de “El Aleph”, Jorge Luis Borges y con cursiva los agregados de engorde de Katchadjian).

Así como Marcel Duchamp pintó un bigote a la Gioconda de Da Vinci (L.H.O.O.Q.), Katchadjian es como si hubiera colocado su propio bigote sobre la nariz de Beatriz Viterbo. El escritor tomó el cuento de Borges y lo intervino para abrirlo y generar así –a modo de homenaje– un nuevo texto. De 4000 palabras del cuento original, unas 5600 más le agregó. Por lo que el texto de Borges permanece intacto y, aún así, totalmente cruzado por el de este atrevido poeta que, de la noche a la mañana, pasó a “Pablo K”, procesado y embargado por “defraudación a los derechos de propiedad intelectual” bajo el impulso de la viuda Kodama. Claro que si no fuera por la destreza leguleya de su abogado, el escritor Ricardo Straface (novelista y autor de esa magna biografía de Osvaldo Lamborghini), que apeló en todas las instancias;  Katchadjian seguiría hasta hoy atrapado en las burdas madejas de la justicia argentina.

Para los que quieran divertirse, acá pueden bucear en el fallo que sobresee al autor del “Aleph engordado”, pues se trata de una pieza de colección en la jurisprudencia, que se apoya en una pericia realizada por la comunidad académica, que expone sobre la legitimidad de los procesos de “construcción de intertextualidad”, como los que lleva a cabo Katchadjian en su homenaje, que -a su vez- son los mismos que tematizaba Borges en cuentos como “Pierre Menard, autor del Quijote”.

Estas cuestiones suelen suceder porque en nuestro país la judicialización de la literatura es todavía un arte posible, y amenaza como fantasma a los escritores que lejos están de copiar-plagiar y –por el contrario– se atreven a experimentar con el juego de la intertextualidad o reescritura. 


En el proceso de “Pablo K”, queda a la vista que la mayoría de los jueces y juristas argentinos no tienen la menor idea sobre el arte literario, ni han tenido contacto real con la obra del mismo Borges. 


En definitiva, solo la idea de defensa a ultranza de la propiedad privada es la que los guía como simples rayanos jueces punitivistas, que se amoldan a los deseos de la heredera, sin mayor consideración sobre la complejidad del fenómeno literario.

Plagiar es robar lo escrito por otro, y hacerlo pasar como escrito por uno, sin mencionar al verdadero autor (la fuente o el concepto de dueño-propietario burgués). Plagiar significa desnudar a uno para vestirse con sus palabras, entrar en el cuerpo del otro para tomar sus órganos pensantes. Plagiar es saltar por la ventana para saquear la casa, robarle el alma de su dueño, pactar con el Diablo. Esto nos dice el inolvidable poeta y jurista Juan Jacobo Bajarlía (1914-2005) en su extraordinario “El libro de los plagios” (Edic LEA, 2011) por el que se repasan todos los casos celebres como el de Tagore-Neruda en 20 poemas de amor y una canción desesperada; la denuncia de plagio contra García Márquez, por tomar textos de Balzac para escribir Cien años de Soledad. O la denuncia contra el premio Nobel soviético, Mijail Shojolov, quien actuando como fiscal en tiempos de Stalin se habría robado completa la obra “El Don Apacible” de un oficial zarista ejecutado por los bolcheviques.

Pero como señala J.J. Bajarlía, todos los caminos conducen a Borges y a su Pierre Menard, que nunca plagió el Quijote, sino que propuso escribirlo de nuevo letra por letra. Es decir, decidió ponerse en condiciones de producir un nuevo texto, que por ser escrito por un hombre del siglo XX, tenía una urdimbre radicalmente distinta al original. Y acá entra en escena el escritor francés Michel Lafont, que escribió “Una vida de Pierre Menard” (Lumen, 2010, con traducción de Cesar Aira) una biografía apócrifa sobre este legendario personaje de Borges, que por el momento zafó de las garras de la viuda Kodama y de sus jueces. Nacido en 1862, en Nimes y muerto en Montpellier en 1937, la vida de Menard es la de un hombre discreto, casi invisible. Un copista que no lo es, carteándose con Borges y trabando amistad con Gide y Valery.

Por el momento surge interesante la idea de desafiar a la viuda y escribir la biografía apócrifa de Carlos Argentino Daneri, ese poeta pomposo y engolado que le franquea a Borges el acceso al Aleph. Ya en el cuento hay bastantes pistas sobre su personalidad o cómo sería el resto de su poesía, a la que ya Katchadjian le agrega unos cuantos versos. Faltaría seguir tirando del hilo y escribir el libro completo de poemas de Daneri. Borgeano desafío.


Sobre el autor: Julián Axat es abogado y poeta.

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