"La única verdad...": una respuesta a Jorge Saborido

OPINIÓN. La enorme autoridad catedrática del profesor Jorge Saborido, su reiterada y continua exploración de la realidad soviética y rusa hace que tome especiales recaudos que certifiquen mi disentimiento con algunas de las definiciones publicadas en su reciente artículo “La vacuna, Putin y el verdadero poder de Rusia”.


La enorme autoridad catedrática del profesor Jorge Saborido, su reiterada y continua exploración de la realidad soviética y rusa hace que tome especiales recaudos que certifiquen mi disentimiento con algunas de las definiciones publicadas en su reciente artículo “La vacuna, Putin y el verdadero poder de Rusia”, que acabo de leer en la página de la Agencia TELAM

Creo que, en esencia, ciertas afirmaciones se deben, pese a todo, a una incompleta percepción de algo que en el juicio de Nürenberg, Goering describió como “el carácter ruso” para justificar la aplastante derrota del nazismo a manos de la Unión Soviética.

Los rusos dicen que son “como un elefante: difícil de poner en movimiento pero cuando marcha…”
Y otra cosa: el pueblo ruso es memorioso. No admite rencores, pero “nadie está olvidado, nada está olvidado”, como reza el monumento al soldado desconocido ante la milenaria muralla del Kremlin…

Dicho esto, intentaré reflexionar sobre algunos puntos centrales (no quiero definirlos como tesis) del desacuerdo: primera parte del título: “la vacuna”. Es obvio pero hay que subrayar que la vacuna rusa no sale de la nada. Moscú ya no está “cubierta de nieve” ni “los lobos aúllan de hambre”… La base del éxito ruso está en su inmensa red científica. Más de 40 laboratorios en todo el país fueron incorporados al diseño de la vacuna. Centros de investigación científica como el “Gamaleia” o el “Véktor” hace décadas que desarrollan vacunas para diversas enfermedades. Es culpa de la anacrónica propaganda anti-rusa que no se los conozca o que sólo se los haya conocido ahora, en esta infernal emergencia.

La vacuna es, precisamente, resultado de la existencia y gestión de una poderosa base científica e industrial. Es preciso reiterar la existencia de esa base, porque de lo contrario sería muy difícil explicar desarrollos tecnológicos innovadores en el cosmos, en el Ártico, en medicina, en el agro, en la industria energética, etc.

En ese punto, esa es la explicación para la construcción en un mes de un hospital permanente contra el COVID-19 en los aledaños de Moscú, dotado de la más alta tecnología médica.

O la construcción de toda una flota de nuevos rompehielos atómicos de última generación, capaces de tener abierta todo el año la Ruta Marítima del Norte.

También se puede explicar desde este mismo ángulo el explosivo incremento del agro ruso, que pasó de ser dependiente dela importación, a convertirse en el principal exportador mundial de cereales, carne aviar, porcina, desarrollar grandes rodeos de Aberdeen Angus y Hereford (aunque todavía su industria frigorífica deje mucho que desear).
La Argentina, en este punto, tiene una ancha avenida de cooperación: más que en la exportación de carnes y de intentar colocar en el mercado ruso soja o aceites, en la transmisión de nuestras excelentes tecnologías del procesado de la materia prima. Y ni qué hablar de este mismo proceso en materia de biotecnología.

Agrego una pequeña anécdota para cerrar este punto. Hace ya unos años conduje una importante delegación de empresas agroindustriales a Rusia. Entre ellas, una de las “grandes” lácteas. Visitamos en Kaluga, una provincia vecina a Moscú, una usina láctea. Recorrimos todas las instalaciones con rigurosas medidas de higiene, los “lácteos” argentinos revisaron toda la maquinaria y probaron todos los productos… “¿Qué querés que les propongamos? –me dijo su dirigente- Es al revés, ellos tienen qué ofrecernos”… Recordé mi primera visita a una usina láctea moscovita a principios de los 90. Chapoteaba en leche por los pisos de la planta, absolutamente desarticulada…

Pero esta nota no trata sobre economía y, ni mucho menos, las relaciones económicas entre la Argentina y Rusia. Trata sobre ese “carácter ruso” de que hablaba el criminal de guerra Goering. Ese mismo carácter que logró sobreponerse a la terrible destrucción y a la muerte masiva, al bloqueo occidental y a las absurdas represiones de un régimen totalitario y burocrático, para restaurar la sociedad soviética, reconstruir el país y reposicionarse como una de las grandes potencias mundiales. Harry Truman intentó doblegar a Stalin (¡!) asustándolo en Postdam con la noticia del estallido de la primera bomba atómica. Bueno, este cuasi ignorante presidente norteamericano desconocía eso, el “carácter ruso”. Tres años después la Unión Soviética, además de la bomba atómica, hacía estallar la primera bomba termonuclear. Diez años después, era pionera en el lanzamiento de cohetes suborbitales. Doce años después, el “bip-bip” del primer satélite artificial de la tierra provenía del “Sputnik” soviético. Quince años después, Yuri Gagarin saludaba desde la órbita. El 17 de noviembre se cumplió medio siglo del alunizaje del “Lunojod”, el  primer tractor teledirigido que la Humanidad colocó en la Luna. No recuerdo haber leído alguna nota conmemorando este descollante hecho científico y tecnológico. ¡En ese entonces no había internet y las computadoras desconocían el Windows, Microsoft, Bill Gates y otras pequeñeces!

La atrabiliaria política de la gerontocracia soviética frustró nuevos desarrollos pero, claro, no pudo desarbolar la potencia industrial que representaba la URSS en las décadas subsiguientes. La carencia de un análisis científico de lo que ocurría en el mundo tornó imposible mantener el deslumbrante ritmo de crecimiento generado en las décadas anteriores. Hacia finales de la década del 80 la situación era crítica. Los soviéticos del común tenían un dicho dirigido a esa gerontocracia: “ustedes hagan de cuenta que nos dirigen, que nosotros hacemos de cuenta que trabajamos”…

Algunos de esos dirigentes preveían la inminente debacle, pero no tenían fuerza para imponer nuevos rumbos. Alexéi Kosyguin, un destacado economista, presidente del gobierno soviético, intentó revitalizar la economía abriéndola a la formación de unidades de gestión cuasi autónomas que aparentemente se regían por el mercado. La férrea dominación del Kremlin, que a través del Gosplan determinaba absolutamente todo el curso económico hasta en sus más mínimos detalles, impidió que el programa de Kosyguin y de su gran asesor el economista Evséi Líberman se estableciera como variante de recambio en las relaciones de producción en la URSS.

Yuri Andrópov, secretario general del PCUS y gran poeta, que en sus inicios como embajador en Checoslovaquia había respaldado la invasión a Praga en 1968, fue quien más avizoró el futuro y trató de cambiarlo poniendo a dos jóvenes cuadros políticos al frente de un gran proceso de reconstrucción socialista. Nikolái Ryzhkov, director de uno de los grandes  “combinados” metalúrgicos de los Urales asumió finalmente la presidencia del gobierno. Mijaíl Gorbachov, vivaz abogado y secretario del partido dela sureña Stávropol, escaló posiciones dentro de la jerarquía partidaria y, tras la muerte de Andrópov y la fugaz gestión de Konstantín Chernienko (muerto pocos meses después de Andrópov), asumió como secretario general del PCUS.

Ambos, Ryzhkov y Gorbachov lanzaron un profundo programa de reformas que, a diferencia del chino, se centró en la restructuración del poder político. Sus dos consignas fundamentales, “perestroika” y “glásnost”, recorrieron el mundo como un símbolo del advenimiento del “nuevo socialismo”.
No pudieron con la nomenklatura. El país siguió manejándose por los dictados del partido, desde su enorme y gris edificio de Stáraia Plóschad (Plaza Vieja) en el centro más antiguo de Moscú. Sin entrar en una fatigosa enumeración histórica, la experiencia primaveral de Mijaíl Serguéievich culminó a manos de un fogoso arribista y astuto político, Borís Nikoláievich Ieltsin. En 1991, la URSS había sucumbido por muerte propia y surgía la Federación Rusa. Lo que se llamó el “festival de las soberanías” fue el resultado de esa muerte. Todas las ex repúblicas soviéticas proclamaron su independencia de Moscú pero… los líderes de esas soberanías fueron los ex secretarios generales de los partidos comunistas de esas mismas repúblicas. Gatopardismo salvaje que rompió todos los vínculos económicos, sociales, culturales y humanos formados a lo largo de 70 largos años de vida común y de enfrentar enemigos comunes.

La presidencia de Ieltsin fue un caos donde quienes ya en la época final de la URSS manejaban todos los hilos de una poderosa economía subterránea salieron a la luz y terminaron de apropiarse de todas las ramas de la economía y las finanzas. Mijaíl Jodorkovski, citado por el profesor Saborido en su nota, era un asesor del Comité Central del Komsomol (Unión Juvenil Comunista) que en los albores de los 90 se transfirió al Ministerio de Combustibles y Energía y de allí, saltó a la inhóspita región siberiana de Iúgansk. Con el respaldo de la nomenklatura local, a punta de pistola desalojó a quien tenía que desalojar y se quedó con algunos de los yacimientos de petróleo más ricos del mundo. Así formó “Iukos”, que escaló a ser una de las primeras petroleras mundiales. En Moscú, en tanto, su pequeña empresa consultora, Menatep, se convirtió en un monstruo que manejaba toda la importación de alimentos a Rusia, incluyendo la cuota de azúcar con la que Cuba pagaba sus antiguas deudas a la URSS.

Anatoliy Chubais, uno de los empresarios más poderosos de Rusia, dejó de ser un mediocre economista para convertirse, trepando por las entrañas de la nueva presidencia, en presidente del  Comité Estatal de control de la propiedad estatal… El centro desde donde se remató la economía soviética. Generó un plan de bonos de privatización luego de realizar un presunto inventario general de la economía. Esos bonos fueron meticulosamente repartidos entre todos los trabajadores, en una costosa escenificación de transparencia. Luego, en un contexto general de carestía, desabastecimiento y desocupación, esos bonos eran recuperados a precio vil por los directivos de la empresa o los funcionarios apropiados. De esta manera, se privatizó la base de la vida económica y financiera de Rusia. Ex ingenieros jefe o contadores o avispados funcionarios regionales, se convirtieron en propietarios de esa misma vida económica rusa. Expulsando o eliminando a todo aquel que se opusiera o intentara formar un clan distinto.

Así comenzaron Abramóvich y Berezovski, para citar algunos conocidos en occidente. Borís Berezovski era un aventajadísimo matemático que comprendió que sólo se haría rico si mataba a quienes se le oponían. Berezovski, además de apropiarse de bancos, petroleras, televisoras y alguna que otra minucia, se convirtió en viceprimer ministro del gobierno de Ieltsin… Como tal, se nombró “intermediario” en el conflicto checheno que acababa de estallar. Los “achkaláh” (padrinos) chechenos manejaban, además del negocio del petróleo por toda Rusia, el narcotráfico. Chechenia era la receptora de la droga cruda que, desde el “Triángulo de oro” surasiático viajaba a lomo de camello, burro o seres humanos, hasta Grozny. Allí importantes laboratorios montados gracias al aporte financiero de algunos estados árabes, la procesaban y desde allí la distribuían a Europa y a los Estados Unidos. Los dineros de la droga eran depositados en Londres. El genio financista de toda la operación era Borís Berezovski.

Como dije, no es el momento para un tratado de historia. Sirvan estos ejemplos para describir el estado de colapso total en el que vivía Rusia en la segunda mitad de los 90.

El “carácter ruso” es, antes que nada, generado por un acendrado espíritu patriótico y nacionalista. El mismo que derrotó a Napoleón. El mismo que derrotó a Hitler. El mismo que superó todas las barreras y todo el terror post-bélico. El mismo que ahora, a 75 años de la victoria, sigue honrando la “Gran Guerra Patria” y conmemorando a todas y cada una de sus víctimas. Es un fenómeno sólo explicable por ese carácter, que se manifiesta por ejemplo en las grandes manifestaciones del “Regimiento Inmortal”. No hay familia rusa que no tenga algún muerto por la guerra. El 9 de mayo se juntan en enormes marchas por las principales ciudades rusas, llevando los retratos de sus seres queridos. Putin es uno de ellos, portando el retrato de un familiar desaparecido en combate. Pero no es Putin el iniciador ni el conductor, es el “carácter ruso”.

Ese mismo espíritu fue el caldo de cultivo donde la elite intelectual rusa, conservada en las estructuras de los organismos de seguridad, procreó el cambio. Ya no estaba el KGB, reemplazado por el Servicio Federal de Inteligencia. Uno de sus grandes cuadros, fogueado en la confrontación internacional, destacado jurista, absoluto partidario de los cambios, fue promovido primero como jefe de la administración presidencial de Ieltsin (algo así como nuestra secretaría general), luego Ieltsin fue “impulsado” a designarlo como primer ministro, un poco más tarde lo nombró presidente provisional tras resignar su cargo unos meses antes delas elecciones generales. Vladímir Vladímirovich Putin, el 26 de marzo de 2000 fue finalmente electo presidente con casi el 52% de los votos.

La misión del grupo que tomó el poder (todos sus integrantes eran del servicio de inteligencia) fue restablecer el orden, restaurar la imagen internacional de Rusia, reponiendo su papel protagónico en el mundo. Había sido derrocado el intento de convertir a Rusia en uno de los países dependientes de Washington. El ex presidente Richard Nixon contó que en una reunión con el entonces canciller Andréi Kózyriev, este le confesó que “nos hemos encerrado mucho en nuestros intereses nacionales. 

Ahora pensamos más con categorías de toda la humanidad. Pero si usted tiene otras ideas y nos puede indicar cómo determinar nuestros intereses nacionales, le estaré muy agradecido”… Esto lo citó Evguenii Primakov, uno de los grandes diplomáticos  y hombre de estado de la nueva era rusa. En su cargo de presidente del gobierno (primer ministro) viajaba en marzo de 1999 a Washington cuando se enteró a bordo de los bombardeos de la OTAN sobre Yugoslavia. Ordenó volver a Moscú de inmediato.

Como destaca el profesor Saborido, la presidencia de Putin se caracteriza por su fuerza y decisión. Ejerce el poder desde el mismo instante en que lo tomó. En esos primeros años, yo califiqué a Rusia como una “democracia controlada”. Lo que no significaba un régimen de terror, sino una seria vuelta al orden institucional y a las normas de conducta correspondientes a toda sociedad civilizada.

El nuevo poder fue muy duro con quienes se apoderaron a sangre y fuego de las riquezas soviéticas. Pero no los decapitó. A los más insolentes, como Jodorkovski, los deportó a Siberia con largas condenas. Otros, como Berezovski, emprendieron el destierro definitivo. No confiscó ninguna propiedad sino que copió la política de Roosevelt: “el que no paga impuestos va preso”. Exterminó todo intento separatista de los jefecitos locales, a los que compró o desplazó sin tapujos.  Resolvió con astucia el largo conflicto bélico en Chechenia, poniendo a cargo de la república federada a uno de los más sanguinarios jefes rebeldes, Ajmar Kadyrov, quien se “encargó” de liquidar todas las bandas terroristas, pese al gran respaldo logístico y financiero de ciertos estados árabes. Obró con extrema rudeza con bandas terroristas que intentaron tomar a Moscú como centro mundial de atentados. El profesor Saborido recordó el tremendo episodio de Dubrovka. Yo estaba en Moscú cuando los terroristas, armados hasta los dientes y dispuestos a matar a quien fuera, se apoderaron del teatro. Algunos amigos míos habían asistido a la función y se encontraron de repente tirados en el suelo, atados con hilos de bomba y bajo el cañón de ametralladoras. Ellos se despidieron en ese momento. Algunos lograron llamar por sus celulares. Algunos de mis amigos no pudieron hacerlo. Durante los días que los terroristas mantuvieron ocupado el teatro, fueron muchos los mediadores que intentaron convencerlos de pactar una salida indemne. Incluso algunos destacadísimos de la diáspora chechena en Moscú, como Ruslán Jasbulátov. Cuando ya no hubo nada que hacer y desde adentro se había informado que esa noche los terroristas ejecutarían la masacre, las fuerzas especiales montaron una operación con un gas especial, que inhabilitó a los terroristas y a los rehenes. Los terroristas fueron fusilados en el lugar y los rehenes fueron retirados por un operativo especial que se había montado y que toda Rusia siguió por televisión. La plaza delante del teatro se convirtió en un hospital de campaña. No todos los rehenes reaccionaron…

Es ofensivo afirmar que el presidente “no tenía problemas en hacer uso de la violencia, incluyendo el sacrificio de inocentes”. El presidente actuó exactamente en el marco del “carácter ruso”. “Nadie va a atentar contra Rusia, aun a costa de nuestro sacrificio”. La sociedad rusa no estigmatizó a su presidente ni a las fuerzas especiales que actuaron allí.

Lo mismo ocurrió con otro terrible atentado, como lo fue el perpetrado en la escuela primaria de Beslán, Ocetia del Norte (Cáucaso) el 1 de septiembre de 2004, día de inicio del año escolar en Rusia. Yo seguí todo el episodio y mantuve informados del mismo a varios medios argentinos. Las fuerzas especiales fueron baleadas por la espalda cuando evacuaban niños de la escuela. Desde luego que el poder no quería víctimas ni derramamientos de sangre. Los ataques fueron llevados a cabo por grupos mercenarios armados y financiados desde el exterior.

El nuevo poder desactivó la ofensiva terrorista adoptando una serie de medidas institucionales y fomentando la activa participación de los dirigentes regionales.  Atendió además y en primer plano los reclamos de una fuerza militar deshilachada, vapuleada, decepcionada por el colapso soviético. Restituyó un mando militar unificado y reactivó el programa de armamentos, con lo que logró reequipar las fuerzas armadas con innovaciones únicas en el mundo, tanto en materia misilística, como en equipos.

Detuvo la sangría de técnicos, especialistas y científicos que emigraban por centenares en busca de un futuro hollywoodense. Los aeropuertos moscovitas dejaron de presentar escenas de éxodo masivo hacia Alemania o hacia cualquier otro país. Las empresas tecnológicas extranjeras dejaron de  “pescar” en los institutos superiores rusos prometedores estudiantes.

Utilizó severamente las ganancias de las petroleras para reconstruir la economía (cuando el barril en el mercado internacional rondaba los 100 dólares, su costo en Rusia no superaba los 15 dólares) sancionando impuestos y no retenciones a los distintos niveles de exportación. Generó un enorme fondo de sustentabilidad que hoy suma centenares de miles de millones de dólares y sirve para nivelar los efectos de la crisis económica mundial y de la pandemia.

Además de las inversiones en hidrocarburos (lo que también implica base tecnológica apropiada), la pujante agroindustria rusa, “favorecida” por las sanciones y el tácito bloqueo económico occidental, fue provista en equipos, maquinarias y vehículos por la industria local. Pero también por empresas extranjeras que, saltando por encima de las sanciones, siguen presentando su producción en los centros agrarios rusos.

Privilegió los logros científicos y tecnológicos rusos, creando polos de desarrollo de altas tecnologías y campus especiales para jóvenes científicos. Restableció el alicaído accionar de “Roscosmos”, la NASA rusa. Fomentó el potente desarrollo de la industria nuclear, convirtiendo a Rusia en la principal exportadora de equipamiento para centrales atómicas.
Limpió las fuerzas armadas de corrupción y descomposición. Hoy, el 82% del equipamiento bélico ruso es de altísima innovación. Con un inteligente manejo del presupuesto, logró superar a los Estados Unidos en el desarrollo de nuevos armamentos. El consorcio estatal “Rosoboonoexport” vende todos los años armas y equipos especiales en el mercado internacional  por valores superiores a los 10.000 millones de dólares.

Reaccionó como la potencia imperial que es cuando sus ciudadanos vieron amenazadas sus vidas y haciendas en países linderos. En 2008 mandó sus tropas a defenderlos en Osetia del Sur y Abjazia, dos estados federados dentro de Georgia, que los había invadido para liquidar su autonomía. La acción militar duró unos días y terminó con la derrota de Tbilisi y la formación de dos nuevas repúblicas. En 2014 atendió los reclamos de los habitantes de Crimea, península históricamente rusa, quienes plebiscitaron por aplastante mayoría dejar la enloquecida Ucrania y volver a Rusia, de donde había sido artificialmente separada en 1954 por una graciosa decisión del entonces líder soviético Nikita Jruschov, quien se la “regaló” a Kíev. Total, todo era Unión Soviética.

Por cierto, este gran desarrollo económico desde hace décadas, además de estabilizar  la sociedad, consolidó las nuevas clases, sobre todo urbanas, y promovió sus nuevas inquietudes y reclamos. La vida política rusa adquiere cada vez mayor movilidad. Esto se verifica especialmente en las regiones, donde ya se registraron importantes episodios que culminaron con la remoción de las autoridades locales. Algo absolutamente impensado en la Rusia soviética.

El “carácter ruso” se manifiesta aquí porque no está orientado a derrocar un régimen que le ha dado y le sigue dando, pese a la actual crisis mundial, progreso, seguridad, niveles elevados de vida. En occidente se ha dado gran importancia a personajes que sólo tienen público… en occidente. Alexéi Navalny es uno de ellos. Abogado, blogger, con un fondo de lucha contra la corrupción que recibe ingentes aportes foráneos, nunca logró hacer pie en elecciones o en la vida política rusa. Como otros casos similares, su “envenenamiento” es una escenografía tan pueril, tan poco creíble, que el episodio duró lo que un suspiro. 

Pero sirvió para que Washington impusiera nuevas sanciones a la construcción del “Nord Stream 2”, el gasoducto que transportará el barato gas natural ruso de Siberia hasta Alemania por el fondo del Mar Báltico. Pero como la realidad económica es muy terca y el LNG con el que Washington pretendía suplantar al gas ruso es mucho más caro y su trasporte oceánico es bastante más riesgoso, el Bundestag alemán acaba de disponer la prioridad de la finalización del gasoducto, del que restan construir 6 kilómetros. El “escándalo” Navalny capotó.
Los datos de la realidad también son tercos. Se ha querido presentar a Alexandr Litvinenko, un ex “operativo” del KGB asesinado en 2006 en Londres, como uno de los paladines de la democracia y esas cosas. En verdad, todo es bastante más pragmático y se reduce a una pelea entre bandas de mafiosos rusos exilados en la capital británica, la que no por nada ostenta el mote de “Londongrad”.

Todavía falta comprender que el Kremlin (a propósito, Kremlin significa “fortaleza de piedra”) no necesita asesinar a nadie en ninguna parte del mundo para desplegar sus estrategias. Basta con analizar sus principales lineamientos en política internacional para dar cuenta de esto. No se trata de, como define el profesor Saborido, una “sensación de vulnerabilidad”  la que determina esa política. Rusia está rodeada de bases norteamericanas o de la OTAN. No sólo en Europa Occidental, también en Asia y en algunos países del ex campo socialista, como Polonia. En los últimos años se multiplicaron los vuelos de espionaje de la OTAN en el límite del espacio aéreo ruso. Las flotas de la Alianza Atlántica también merodean en las aguas continentales rusas.

La respuesta en línea sólo puede conformarse si Rusia posee la correspondiente estructura económica, política y social. Lo que parece ser así si nos guiamos por los recientes anuncios de Moscú referidos a novísimos armamentos de defensa, incluyendo el sistema de detección ultra-temprana de eventuales ataques nucleares. “Perimetr”, como todo el restante armamento, no está diseñado para atacar, sino para defender. Sólo que la defensa tiene una contundencia que ninguna ofensiva dispone…

La política internacional de Rusia se asienta en estos pilares: alto nivel de defensa, economía sustentable, red social consolidada. A partir de allí se presenta la línea oficial dirigida a fundamentar el nuevo mundo multipolar. No comparto el término “multilateralismo”, porque implica un abigarramiento de opciones y tendencias, pero no da idea de coherencia y similitud de intereses. El término “multipolaridad”, en cambio, reafirma criterios solidarios, objetivos comunes y capacidad para ejecutar políticas concertadas. La multipolaridad es la respuesta adecuada a los embates del poder de los grandes grupos especulativos financieros. Ese es el papel que juegan los BRICS y la OCSh. Ese será el papel llamado a jugar por la reciente cumbre de Asia Oriental.

Rusia ha logrado retomar su papel de potencia mundial. Es un protagonista central de la política internacional. Su capacidad de abordar y contribuir a resolver conflictos quedó demostrada en Siria y recientemente en Nagorno Karabaj. La apertura al comercio internacional que Rusia ha ofrecido inaugurando la Ruta Marítima del Norte es de una gran importancia estratégica.
Pese a sanciones y desorbitadas campañas en su contra, Rusia se ha consolidado internamente y llega a un nuevo punto de desarrollo, donde el Poder convoca a la sociedad a participar en nuevas estructuras. Este es el objetivo de la nueva Constitución aprobada por gran mayoría este año, luego de una gran campaña de discusión de su contenido.
No son cambios cosméticos. Además de la posibilidad de que Putin sea reelecto hasta 2030, por aplastante mayoría la Constitución limita el mandato presidencial a dos períodos, pueden o no ser consecutivos, pero no podrá reelegirse por tercera vez.

En su faz jurisprudencial, determina que jueces o altos funcionarios no pueden tener doble ciudadanía, depósitos en el exterior o cuentas en bancos extranjeros.

El presidente está obligado a someter los proyectos de ley al Tribunal Constitucional. Si este lo aprueba, el proyecto en cuestión vuelve al estado deliberativo para ser sometido a los preceptos constitucionales.
Adquiere estatus constitucional el Consejo de Estado, un organismo deliberativo integrado por las más altas autoridades y destacadas personalidades nacionales, que prepara y presenta tesis para su ulterior aplicación en diversas materias.
Ahora es la Duma (cámara de diputados) la que confirma el presidente del gobierno (primer ministro). Antes la Duma sólo podía conciliar la candidatura dada con el presidente.

Establece, como concepto caro a la mentalidad rusa, al “carácter ruso”, el precepto de que el territorio del Estado ruso es inalienable e inviolable. No se permite utilizar decisiones de organismos interestatales si ellas contradicen la Constitución.
Por otra parte, la Constitución fija como consigna que Rusia asegura y respalda la seguridad internacional.
En la parte de derechos, garantiza el salario vital, mínimo y móvil, garantiza la indexación jubilatoria no menos de una vez al año, garantiza la obligatoria previsión social y la indexación de los pagos de programas sociales.

La nueva Constitución es algo más que un reaseguro para la reelección de Vladímir Putin quien, a juzgar por los resultados electorales, cuenta con el casi absoluto respaldo de su pueblo. Creo que el profesor Saborido se quedó detenido en la década del 90, cuando define a la actual Rusia como un “Estado mafioso poscomunista” y califica como “formal” toda la estructura de gestión estatal. La incógnita que presenta esta calificación radica en cuál es la necesidad de un estado de ese tipo, cuando el actual cuenta con “el mayoritario apoyo popular”. En su determinación por mostrar al régimen del presidente Vladímir Putin como un poder construido en la falsía y el encubrimiento, el profesor Saborido  afirma rotundamente que “no caben dudas respecto de que (Putin) recurre al fraude para consolidar su dominio”. Sólo que se olvidó de citar alguna prueba de su afirmación.

Bueno, los datos  de la realidad dicen lo contrario. Y, como siempre, “la única verdad es la realidad”.

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