La librería: Una casa junto al Tragadero, de Mariano Quirós

Entrar a una librería y preguntarse: ¿Qué leo? ya no es un problema. Acá te pasamos información de lo más destacado de la industria editorial argentina.

Escuché por ahí que el primer libro que leés en el año marca el destino de todas las lecturas que le siguen. Algo así como que si tu primera lectura fue un fiasco así serán todas las demás. Bueno, yo arranqué con Una casa junto al Tragadero, de Mariano Quirós, así que estoy salvada.

Obvio que abril no es el comienzo del año pero no quería dejar de compartir esta lectura y reforzar la idea de que todo lo que elija leer en los meses que restan será maravilloso (y así viene siendo, por lo que las próximas Librerías se las traen).

Como casi todos los textos de Quirós (1979), Una casa junto al Tragadero  (Tusquets) también fue premiada. En 2017 ganó el Premio Tusquets de Novela, prestigioso galardón que también recibieron Betina González y Sergio Olguín. En febrero, Tusquets editó su último libro de cuentos Campo de cielo, que recibió excelentes críticas.   

 


Relacionada con lo que se dio en llamar “literatura de los márgenes”, la novela cuenta las “aventuras” de un joven, “el Mudo”, que toma la decisión de huir de su vida en Resistencia, Chaco, y mudarse a un paraje alejado y ominoso. El monte de Quirós no es un espacio totalmente realista y ahí está uno de los aciertos de la novela. De hecho, una tiene la sensación de moverse en una atmósfera enrarecida. Como si en algunos pasajes el narrador tuviera un velo en los ojos y viera todo deformado, borroneado. En ese límite cercano a lo sobrenatural (la construcción del paisaje se alimenta de leyendas, historias y mitos locales) transcurre la novela, que también tiene rasgos del policial negro.

La voz que narra, que es la de El Mudo, el protagonista, está cargada de oralidad y giros marcadamente locales. Putea todo el tiempo y habla con diminutivos, lo que lo vuelve muy cercano y hasta gracioso, aunque no se sepa mucho de él. Lo que sí se explicita es que puede hablar pero elige que todos crean que es mudo, y eso ya es mucho. Lo que sabemos de lo que pasa, lo sabemos a través de sus ojos: los de alguien que no habla pero que cuenta, y que cuenta de manera hasta verborrágica por momentos. Básicamente, El Mudo es una especie de freak, un marginal, que decidió comunicarse con los que lo rodean a través de sus dibujos (se la pasa dibujando escenas de la vida en el paraje) para “zafar” de la comunicación oral. Lo tratan de loco, de “brujo”, de “raro” pero, de esta manera, también, lo dejan tranquilo.

Hay algo de extrañamiento también cuando narra, como si al desarrollar su sentido de la vista, en detrimento del habla, pudiera hacerlo desde un lugar alejado, y hasta con cierta “objetividad”. El mudo no edulcora lo que pasa, lo que le pasa, no esconde que ocupó la casa de una mujer muerta, la “vieja”, y que tuvo que sacar su cadáver del living para poder mudarse él. Tampoco que espía a sus vecinos ocasionales con la clara intención de ser testigo privilegiado de sus encuentros amorosos.

Hay dos tiempos bien diferenciados en Una casa junto al Tragadero: un pasado en el que narra las “aventuras” de su vida en la selva y un presente en el que la intriga pasa por la llegada de un grupo de jóvenes, voluntarios de Vida Silvestre, que se instalan en la casa que hay en la orilla opuesta del río —el Tragadero del título—, donde años atrás vacacionaba la familia que El Mudo solía espiar. Es en el presente de la narración donde se desencadenan una serie de hechos angustiantes e inquietantes que se vuelven una especie de bola de nieve imparable. El monte que cuenta Quirós se asemeja a un laberinto, a un laberinto circular que termina convirtiéndose en una cárcel, una de esas cárceles terroríficas y sobrenaturales.

Una casa junto al Tragadero es una novela vertiginosa, difícil de dejar. Un poco oscura, por qué no, pero hipnótica.  

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