La librería: Luro, de Luciana Sousa

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Leí Luro, la primera novela de Luciana Sousa, de un tirón. No podía dejarla. Es una historia “chiquita”, por decirlo de algún modo, pero con matices que interpelan fuertemente al lector, sobre todo si sos de un pueblo del interior.

Sousa tiene 32 años. Estudió Letras y Comunicación y trabaja como periodista. En 2017, fue una de las elegidas del Bogotá 39, el festival que selecciona a los 39 mejores escritores de ficción menores de 40 años de América Latina. Luro fue editada en 2016 por Funesiana, y ahora integra la celebrada colección andanzas de editorial Tusquets.

A grandes rasgos, la novela cuenta algunos días de la vida de una joven embarazada de 7 meses que trabaja en una estación de servicio de esas que están en las entradas de los pueblos. Esos “no lugares”, para nada acogedores, en los que uno frena solo por necesidad.  

Son tres los personajes que hacen avanzar la trama: Julio, el dueño del almacén, Sánchez, el típico cliente asiduo que casi es un empleado más, y la joven embarazada, que se siente encerrada en ese pueblo, en ese espacio agobiante donde el calor y las repeticiones de los programas de televisión son lo único que tuerce la monotonía de los días.

El tedio parece inundarlo y corromperlo todo hasta que la irrupción de un hecho fortuito despierta sensaciones encontradas que aceleran el proceso interno de la joven: el encuentro de un negro, “un negro negro”, en el baño del almacén.

“— ¿De qué país será?—pregunta Sánchez.

—De algún país de África —le contesto, finalmente–. De algún lugar donde no se puede vivir tranquilo.

—Acá se vive muy tranquilo.

—Acá no se vive—le aclaro—. Acá se pasa el tiempo”.

La chatura del pueblo, los prejuicios, los miedos a lo nuevo y a los cambios operan de manera muy diferente en estos tres personajes que vuelcan en la búsqueda de ese otro, sea lo que sea, eso que siempre se escapa.  

Luro es una novela dinámica, con descripciones precisas y hermosas (sobre todo cuando se relatan las sensaciones corporales de la protagonista) y con un buen uso de la elipsis. No se cuenta todo, como es costumbre en los pueblos, y los hechos quedan ahí suspendidos, como los días en el almacén.

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