La inflación, también en el norte

OPINION. Las predicciones de crecimiento económico de 2021 son altísimas para todos los países del mundo. Es lógico: la comparación es con 2020, un año que tuvo la mayor recesión global desde la crisis de 1930.


El último dato de inflación de Estados Unidos, interanual de mayo 2021 frente a mayo 2020, arrojó un alarmante 5 por ciento, pero con un acumulado desde fines del año pasado de más de 3, con lo que de mantenerse esta tendencia la inflación de todo 2021 podría situarse aun por encima. Más allá de que se trata de guarismos que en Argentina nos parecen irrisorios, lo cierto es que son, por ahora, los datos más altos desde 2008, pero podrían llegar a ser los más elevados desde la década del setenta. ¿Qué es lo que está pasando y por qué una parte importante de la opinión económica mediática está interpretando esto de manera apresurada solo para confirmar sus prejuicios monetaristas?

Las predicciones de crecimiento económico de 2021 son altísimas para todos los países del mundo. Es lógico: la comparación es con 2020, un año que tuvo la mayor recesión global desde la crisis de 1930, principalmente en el segundo trimestre, cuando la pandemia estalló. En muchos casos, y especialmente en Estados Unidos, las medidas fiscales compensatorias, como subsidios, asignaciones, moratorias o reducciones impositivas fueron vitales para poner a la economía en movimiento. Con otro poder de fuego, se trata de un problema relativamente similar al de países latinoamericanos sin estructuras de protección social amplias, donde el cierre de actividades no contó con un seguro automático, lo que sí ocurrió en Europa. Así, la única forma de garantizar la continuidad de los ingresos ante el cierre de la producción fue con transferencias fiscales. Y funcionó. Decimos otro poder de fuego porque la característica excluyente de la política económica estadounidense es su capacidad de emitir moneda mundial y de pagar sus importaciones con dinero propio.

Los comentarios con bajo contenido analítico de quienes coyunturalmente están allí, señalando los innumerables carteles de búsqueda de empleo en Estados Unidos, a veces con primas de ingreso o salarios relativamente elevados, dan cuenta de la situación. La expansión fiscal del año pasado, ampliada en 2021, está generando, por un lado, un boom de consumo y, por el otro, un cambio aun pequeño en las correlaciones de fuerza que intervienen sobre la puja distributiva. Veamos cada uno de ellos por separado.

Respecto a lo primero, la sociedad estadounidense es de las más endeudadas del mundo. Durante los últimos treinta años, gran parte de la demanda agregada estuvo motorizada por el crédito, dado el relativo estancamiento de los salarios reales y el imponente crecimiento de la desigualdad. Así, una de las principales medidas fue la baja de la tasa de interés de la Reserva Federal a 0, lo que conlleva asimismo un abaratamiento del crédito comercial. Cuando empezaron a llegar los cheques de los subsidios, una parte importante de la población pagó deudas viejas. Hacia 2021, menos endeudados y con un crédito barato, la explosión de consumo se vuelve evidente.

Respecto a lo segundo, vale tomar un poco de carrera. Si bien el mundo fue testigo de una importante transformación productiva global, que conllevó, entre otras cosas, a la deslocalización de la actividad manufacturera trabajo-intensiva de los países centrales hacia la periferia, el empleo estadounidense no se redujo, pero se reconfiguró geográfica y sectorialmente. En esta reconfiguración perdieron peso los sectores más sindicalizados y crecieron los servicios, en la mayoría de los casos casi sin representaciones gremiales y con mucha mayor heterogeneidad salarial al interior de las firmas. En este contexto, el crecimiento acelerado del consumo está llevando a un aumento de la ocupación y, en un plazo corto en el que las industrias y geografías no llegan a ajustarse, a la escasez de mano de obra en algunas ciudades y algunos rubros. Estos cuellos de botella pueden estar explicando los aumentos de precios recientes por dos canales distintos: por el lado del mercado de bienes, la imposibilidad de aumentar la producción ante el incremento de la demanda puede generar subas de precios (inflación por demanda); por el lado del mercado de trabajo, la escasez de mano de obra puede llevar a que aumenten los salarios y que esta suba lleve a los empresarios a subir los precios (inflación por costos o puja distributiva).

Es decir, está bajando el desempleo y están subiendo los precios. Parece retornar la vieja curva de Phillips, aquella relación empírica que proponía una insalvable dicotomía entre inflación y desempleo hacia mediados del siglo XX y que fuera cuestionada empíricamente por la estanflación de los años setenta y teóricamente por la revolución de las expectativas racionales y el retorno de la hegemonía neoclásica. Sin embargo, la pregunta que nos surge es si podemos trasladar esta argumentación al caso argentino, donde también conviven en 2021 una inflación creciente con una, quizás tenue, reactivación de la economía y del empleo.

Luego de la publicación de los datos de la inflación estadounidense, muchos economistas y no economistas locales salieron rápidamente a marcar la correlación entre los aumentos de precios y los paquetes de estímulo fiscal, enfatizando en su financiamiento con emisión monetaria por parte de la Reserva Federal. Como siempre, es una relación simple que pretende confirmar algo pretendidamente obvio. Pero el paso por la oferta de trabajo es necesario. La emisión es la forma de ejercer el gasto público, el gasto incentiva la demanda de bienes, esta estimula la producción y por ende la demanda de trabajo. Solo si la producción está impedida de seguir creciendo puede haber aumentos directos de precios y solo si el aumento de la demanda de trabajo lleva a una reconfiguración de las relaciones de fuerza hacia un aumento de salarios habrá aumentos por la vía de la puja. Si el aumento de la demanda de bienes es absorbido por una producción con capacidad ociosa de todos los factores, no hay razón para que haya inflación. Es más, si ese aumento de la demanda tiene lugar en producciones con rendimientos crecientes, los precios hasta podrían bajar.

En ese sentido, resaltar que las restricciones de oferta operan como caso particular, quizás hasta de corto plazo (si hay exceso de demanda de trabajo en algunos lugares del país y en otros no, es posible que se promuevan migraciones internas, o que las empresas inviertan para aumentar la capacidad productiva), es un paso necesario.

¿Cuál es la principal diferencia entre este escenario y el argentino? Más allá de los aspectos generales y obvios, en términos teóricos nos referimos a la restricción externa. Mientras en Estados Unidos el estímulo fiscal sostenido con emisión monetaria permite hasta financiar importaciones necesarias para la producción y el empleo locales, en Argentina la abundancia de pesos puede llevar a un aumento de la demanda de divisas y al encarecimiento de las mismas importaciones o a un agotamiento de las reservas. En particular, la frágil situación externa argentina hace que no haya mucho margen para soportar subas en la demanda de divisas, como sí la hay en otros países que, al igual que Argentina, pagan sus importaciones en moneda extranjera y sus ciudadanos tienden a ahorrar en activos valuados en moneda extranjera también.

La pregunta que surge, y cuya respuesta no podemos tener aun, refiere al devenir de la puja distributiva en Estados Unidos. ¿El fenómeno actual permitirá una recomposición del salario real que se mantenga en el tiempo? ¿Los cambios legislativos sobre salarios o las nuevas políticas sociales que están surgiendo se mantendrán en un país que precisamente tiende a carecer de protecciones sociales ampliadas? ¿O, por el contrario, estamos ante un fenómeno de reactivación coyuntural propio de un rebote post-pandémico?

En cualquier caso, las rápidas premoniciones del desborde inflacionario que pronostican los agoreros del monetarismo y justifican a partir de los episodios recientes se caen solos. Pero este fenómeno nos puede servir para darnos cuenta de que, por un lado, la inflación no es un fenómeno exclusivamente argentino o de países subdesarrollados y, por el otro, existen distintos tipos de inflación y diferentes causas, las cuales muchas veces se confunden y se complementan. En este caso, la inflación por exceso de demanda y la inflación por puja distributiva se presentan conjuntamente. Cómo se da esta articulación es algo que suele estar ausente en los discursos simplistas que buscan encontrar evidencias de la verdad monetarista en todos lados.

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