La inacción de Sudamérica

Por: Horacio Lenz

La situación de Venezuela pone en superficie la dificultad de los gobiernos de Sudamérica para sortear dificultades particulares con una intervención equilibrada del conjunto. Algunos jefes de Estado como Sebastián Piñera e Iván Duke profundizan sus "diplomacias presidenciales" carentes de política internacional y que sólo logran aislar a Venezuela, aportando nada más que retórica antibolivariana e intromisión en asuntos internos, pero sin horizonte de solución del conflicto. Tampoco queda muy claro el protagonismo del senador republicano Marco Rubio, que traslada a Sudamérica un conflicto doméstico de la política electoral de Florida.

En los últimos años, los gobiernos de la región pasaron de una política de Foro en la Unasur a una política continental carente de multilateralismo ordenador, fraccionada por terminales políticas unilaterales, posiciones diplomáticas diferentes sin rumbo y ausencia total se uniformidad regional. El organismo rector de la política hemisférica, la OEA, no ha tenido con su secretario general, Luis Almagro, una acción de consenso; más bien fue parte divergente del conflicto. El rol de la delegación de nuestro país fue también en el carril de la confrontación y sin aporte genuino a la resolución política de la problemática.  

Este modelo de falta de interacción se plasmó en la actualidad pero resulta muy similar al de los gobiernos militares de los 70 y 80, que tenían afinidades y hasta similitudes ideológicas, pero en la praxis se desconfiaban entre sí e incrementaron conflictos que incluso podrían haber llegado hasta confrontaciones bélicas como por ejemplo entre Argentina y Chile. En ese caso, la diplomacia vaticana, a instancias del canciller de Chile Hernán Cubillos, con el papa Juan Pablo II a través del cardenal Antonio Samoré, intercedió para una suspensión de las acciones de guerra sobre el límite de tiempo. A partir de ahí la solución se encarriló por la vía del diálogo.

Durante el periodo de la Guerra Fría, las potencias hegemónicas del momento imponían sus políticas en Sudamérica sin importar los ribetes ideológicos, que eran apenas detalles en la alianza de coyuntura. Los intereses siempre priorizaron las relaciones internacionales y en esa etapa se visualizaban alianzas como la Venezuela, del gobierno de clivaje socialdemócrata de Carlos Andrés Pérez con los EE. UU., intercambio militar de la URSS con el Gobierno del General Francisco Morales Bermúdez en Perú, y también la cooperación económica con la Argentina en materia de cereales de la pradera chacopampeana coexistiendo con un modelo económico aperturista e anti-industrial.

El grado de injerencia de potencias extrarregionales durante ese periodo fue posible por la falta de sentido continental de los gobiernos y el criterio de desconfianza que imperó en la política de la región. Las consecuencias humanas fueron nefastas y los resultados económicos catastróficos.

Siempre son contradictorias las formas de gobierno autoritarias con la cooperación internacional e incluso entre ellos mismos, excepto en los planes represivos. El intercambio, la asociación y las unidades regionales son parte de sociedades más abiertas, gobiernos democráticos y economías capitalistas flexibles.

Los regímenes militares solían agudizar esas tensiones para fortalecerse en el interior con mayor legitimidad de fuerza, pero carentes de toda legalidad. El escenario de nuestra región estaba atomizado y surcado por mosaicos enfrentados en una disposición de disputa con ausencia de una política de centralidad, donde cada uno pretendía una supremacía unilateral aliado a una potencia extrarregional.

La democracia con diplomacia cooperativa

Con el advenimiento democrático, la región tuvo en los mediados de los 80 y 90 definiciones y posiciones políticas de carácter regional comunes, que se fueron consolidando en el tiempo sobre todo en los parámetros de valores comunes, pero con severas carencias en la construcción de cimientos institucionales duraderos y cuyo defecto aún hoy perdura.

En aquellos años, de las crisis regionales se salía desde la cooperación, la mesa de diálogo y el consenso. El proceso más conocido fue el del Grupo Contadora -integrado por México, Colombia, Panamá y Venezuela y auspiciado por exprimer ministro sueco Olof Palme- que en 1983, junto al Grupo de Apoyo, articuló procedimientos diplomáticos para encarrilar por la vía negociadora el fin de las guerras civiles en El Salvador, Nicaragua y Guatemala.

De modo contemporáneo, se fueron acercando posiciones en la solución de conflictos limítrofes; los más cercanos son la resolución de los 23 litigios entre Argentina y Chile, que se definieron todos por las distintas vías que la senda diplomática ofrece. Más cercano en el tiempo se llevó adelante el proceso de paz en Colombia, después de 50 años de guerra interna se ordenó el perfil del modelo de energía nuclear y se puso fin a la carrera armamentística ubicándola en la senda de la concordancia, la transparencia en la información y transformando nuestra región en zona de paz reconocida por el mundo entero.

Durante los años de los altos precios de los commodities a partir de 2003, transcurrieron en un orden de adhesiones político-ideológicas sostenido en una sobreabundancia de dólares, que no fueron canalizados en una estructura del desarrollo; demorados en las mieles de la abundancia fácil, no se construyó una raíz económica con cadenas de valor, ni una región más integrada ni una política de seguridad para enfrentar amenazas comunes. Los grandes trazos de la política regional se ejecutaron de modo más declamativo que concreto.

Hoy, la Región de Sudamérica sigue proyectando una posición unilateral y el conflicto venezolano es una clara muestra. Se hace necesario volver a la política regional de los momentos, a la de Alfonsín, Sanguinetti, Menem, Cardoso, Lacalle, Frei, o también al concepto de destino común de Lula, Néstor Kirchner, Mujica, Evo, que también sumaban a Piñera y Uribe. En esas épocas, la idea de “La Política” primó en Sudamérica, rico en imaginación para eliminar contiendas sin sentido y concretar la arquitectura de una zona paz.

Hoy ese concepto pedagógico solo es elevado por los presidentes de México, Andrés Manuel López Obrador, y de Uruguay, Tabaré Vázquez, que intentan construir un espacio de diálogo respaldado por la UE y el Estado Vaticano, saliendo de la lógica binaria de la confrontación para incorporar el concepto de consenso cooperativo en la búsqueda de solucionar los conflictos particulares.


El lápiz verde