La hora de la Iniciativa

Por: Carlos Leyba


Una señal de salud política de un gobierno es su capacidad de iniciativa. Cuando se domina la iniciativa el escenario se completa, se aleja el vacío, el poder no se discute y se ejerce.

Es fácil y doloroso, imaginar lo que pasa cuando los gobiernos pierden la iniciativa.

Perder la iniciativa es quedar condenados a no mirar más allá de la realidad inmediata, discutir el mundo de las consecuencias alejado de las causas.

Los gobiernos están sometidos, en ese caso, a lidiar con el presente y a sufrir su permanente retorno, porque las causas permanecen inmutables.

Los que creen en ese modo gobernar, no visitan las causas.

Están en el mundo limitado de los administradores, de los gerentes, y no en el de los estrategas y los estadistas.

La iniciativa es el territorio de la estrategia y de los estadistas.

Un territorio que hace décadas que la política argentina ni sueña conquistar.

Una geografía que nuestra política, en las últimas décadas, no ha recorrido.

Una metáfora de la Argentina del territorio inmenso y vacío, en el que la mitad de la población se agolpa, entre la miseria y la abundancia, en apenas el 1 % del territorio y que decidió destruir la vía férrea de la comunicación interior destruyendo el sistema ferroviario.  

Su deriva es la repetición interminable de los mismos problemas que, hace mas de cuatro décadas, no alcanzamos a resolver porque, desde ese tiempo, desconsideramos las causas; y por lo tanto no conjugamos estrategias para enfrentarlas.

Las bonanzas efímeras y engañosas lo confirman: los pocos años de breve estabilidad y crecimiento no fueron sino la consecuencia de vientos externos favorables o de un colosal endeudamiento.

A la calma global, a la ausencia de viento exóticos, sucedió el retorno del estancamiento y de la inflación.

A la huida de los dólares, generados por la deuda, la estrepitosa caída de la actividad y el descontrol inflacionario.  

Alberto Fernández ganó las elecciones porque representó la necesidad de una respuesta profunda a la explosión de la pobreza, del estancamiento, de la deuda. Guardó silencio respecto de sus iniciativas, primero por el trámite de la deuda externa; y luego por el cerco que le instaló la pandemia.

A pesar del derrumbe de la economía y el incremento del dolor social, su prestigio creció hasta niveles inimaginables. Se hizo súbitamente de un enorme capital político.

Nadie puede negar que la erosión de ese capital fue más producto de las fuerzas propias que del cascoteo adversario.

Tampoco se puede negar que a medida que la economía profundiza su deterioro y que la cuarentena demuestra que no es ni cura ni vacuna - y aunque sin duda ha reducido el número de personas en terapia intensiva – su imagen se deteriora a causa de demasiado presente gris y demasiado nublado sobre el futuro.

Lo que despeja esa niebla es bueno tenerlo presente es, siempre, la iniciativa.  

La idea tiene raíces en Santo Tomás de Aquino que entendía por “iniciativa” lo que provocaba el inicio de los procesos. Tomar la iniciativa implica ejercer el derecho a adelantarse a los demás para conducir procesos. Sólo se conduce con el lenguaje de la inciativa.

Ir por delante da ventajas en la posibilidad de conducir. Pero no brinda certidumbres. En política nunca no las hay.

La pregunta de rigor es: Alberto Fernández ¿tiene hoy la iniciativa?

Una de las “iniciativas” o una de las acciones que podría haber representado “el comienzo de un proceso” fue el anunciado lanzamiento del Consejo Económico y Social.

Más que la institución en sí - cuyo valor es discutible si previamente no existe el resultado de los trabajos de un organismo público similar al Consejo de Pos Guerra de la década del 40 o los Consejos de Desarrollo que rigieron hasta la mitad de los 70 del SXX- lo que importa es la discusión y el acuerdo, con las fuerzas sociales de la producción y – por supuesto – el consenso político, acerca del mapa, el rumbo y las rutas alternativas.

Hasta ahora no se dio. Pero es tal la necesidad que la CGT y la AEA, el núcleo de las empresas más grandes instaladas en el país, decidieron empezar el diálogo público, porque el reservado hace años que existe.

Esa “iniciativa” ocurrió por fuera del gobierno. Y no porque la gestión de Alberto Fernández no dialogue, sino porque no expone un mapa, un rumbo y rutas alternativas acerca de las cuales valga la pena dialogar. El viernes, en un breve encuentro en el que el Presidente anunció medidas, empresarios de las Pymes estuvieron en un acto cibernético y la palabra de los trabajadores le fue dada al representante de la CTA más alejada de la CGT. El 9 de julio grandes empresas y la CGT en silencio. El viernes empresarios pymes y la CTA con el uso de la palabra. ¿Es un mensaje? Y si lo es, ¿porqué hay que interpretarlo?

¿Qué es lo que es distinto, si de señales se trata?

¿Qué hay de igual o diferente en cada momento de la historia reciente?

El análisis comparativo sólo es válido en circunstancias muy especiales. Hay que partir de una cierta homogeneidad. Las diferencias en los detalles.

Los gobiernos, en nuestro país, no son normalmente comparables porque las condiciones de todas las gestiones han sido radicalmente diversas.

Ningún otro gobierno ha atravesado una pandemia en globalización; ni enfrentado condiciones tan negativas del entorno y de tan previsiblemente larga duración. Esto es único; y sólo le tocó a Fernández.

Tampoco hay nada en el horizonte externo que suene alentador como si lo fue, por ejemplo, en el período de términos del intercambio gloriosos del primer y el segundo gobierno K. Como decía un empresario íntimo amigo de Néstor, él era un hombre de suerte. No cabe duda que fue un afortunado. Hasta ahora Fernandez no parece serlo.

Segunda cuestión. Si bien es indiscutible que desde 1975 la Argentina se desbarranca económicamente, no cabe duda que los daños de la rodada se acumulan; y donde hubo construcción, hoy hay escombros. Es decir “el capital” se esfumó. Hay poco acumulado para sostener derechos.

Se esfumó el “capital social” que supimos disponer. Las condiciones de seguridad ciudadana, las oportunidade de formación de las nuevas generaciones están intervenidas negativamente por el nuevo condicionante que representa que la mitad de los niños estén sobreviviendo en hogares dominados por la pobreza. La administración de Justicia sufre un deterioro escandaloso. La erosión social de la dinámica del número de pobres creciendo en los últimos 46 años a la tasa del 7% anual acumulativo y la proyección que, de mantenerse esta situación, nos amenaza a convertir a la Argentina en sólo una fábrica de pobres, de aquí a 20 años puede ser una espantosa realidad.

En esas condiciones la vida en comunidad se va deteriorando. Todas esas son señales de pérdida de “capital social” que afecta la productividad de la sociedad.

¿Y qué decir del capital material reproductivo? Es evidente que no potenciamos a toda nuestra fuerza de trabajo: generamos más que nada cuentapropismo, informal, planes o empleo público, y una asignación de trabajo a bajísima productividad.

Es decir, la fábrica de pobres es la consecuencia de la ausencia de un proyecto productivo.

A esta realidad no es ajena la dinámica de la siniestra oligarquía de los concesionarios que se apropió de la propiedad pública y se enriqueció de manera escandalosa mientras la pobreza se expandía al mismo ritmo.

Este es un contexto que pesa negativamente más allá de la coyuntura recesiva e inflacionaria, de un déficit público dificil de contener y de la cuestión gravísima de la deuda externa que, además, arriesga un default cuyas consecuencias sólo agravarán el futuro.

Convengamos que, en esas agobiantes condiciones, a la que se suma el COVID  no es fácil tener la energía para tener “la iniciativa”.

Aunque justamente, en esas condiciones, la única manera de disipar la niebla que arriesga accidentarnos, es tener “la iniciativa”. Y eso es lo que sin duda constituye la base de la demanda de los pueblos a los que gobiernan.

Toda elección es la decisión, de la mayoría del pueblo de otorgarle, a un grupo que se ofrece para ello, la capacidad de proponer y ejecutar su iniciativa e iniciar – poniéndose delante – un proceso – en este caso deseamos que sea – liberador de la decadencia que acabamos de describir y que todos conocemos por la vía del sufrimiento.

En síntesis decimos, Fernández tiene un escenario dificil como nadie antes tuvo y una obligación, como nadie antes tuvo por ese mismo estado de la sociedad, de tener lo que Tomas de Aquino entendía por iniciativa.

La iniciativa que se torna urgencia para mantener el equilibrio.

Llegados a este punto caben algunas aclaraciones.

Tanto en la tarea de administrar como en la de gobernar, hay dos “estilos”.

El típico modelo de administrar es limitarse a responder a los problemas. Se presenta un problema lo resuelvo o trato de resolverlo.

Es, sin desmerecer el título, la tarea típica de un “intendente”. Pepe rompe. Un bache. Lo que todos imaginamos.

La “eficiencia” de un intendente “se nota” porque resuelve los problemas que se han presentado. Gobernar es otra cosa.

Gobernar es evitar que los problemas se presenten. Es dificil que el pueblo llano “note” que “los problemas que no se presentaron” se hayan evitado.

Por eso los líderes convocan al futuro, al sueño del porvenir. No hay verdadera iniciativa sin sueño.

Por las razones del aplauso fácil, por la mecanica electoral y en ausencia de partidos, la política se colma de “intendentes” y no de “gobernantes” o estrategas.

Hay políticos que encuentran lo central de su vocación en resolver los problemas que se presentan, y vaya que es necesario. Cosechan aplausos de lo inmediato. La debilidad de quedarse en “resolver problemas” sin adelantarse a ellos, llevó al delirio de pretender convertir al grupo de Gerentes de empresas que acompañaron a Macri en “gobernantes”.

Con razón rechazaban “la polìtica” porque la política es estrategia y sueño.                                                                                                                                                                                                                            

Hay otros políticos, los verdaderos, los estratégicos que planifican a largo plazo y que lo hacen para evitan problemas y abrir futuro. Esos problemas no se presentarán sí y sólo sí ha habido ejercicio de la politica para evitarlos.

El evitarlos no cosechará aplausos porque al “no presentarse los problemas” no se reclamarán soluciones a la vista.

La adhesión al político estrategia deviene de la realización de los sueños que se convocan.

La política “en serio” se sostiene con sueños porque se gobierna para hacer futuro.

Dicho esto se entenderá la imperiosa necesidad que tiene nuestro país, en este abrumador contexto, de disponer de una estrategia, de comprometer el pensamiento estratégico para evitar los problemas drámaticos que sobrevendran si nos limitamos a administrar esta coyuntura.

Administración que es imprescindible pero absolutamente insuficiente.

El ministro Martín Guzmán afirmó que su programa era “administrar la crisis”. Es insuficiente: administrarla es evitar que se desborden las variables que representan valores críticos.

Que no se descontrolen, la inflación, la desocupación, la pobreza, la recesión, el déficit fiscal, el déficit de la Balanza de Pagos. No es su administración lo que evitará que esos problemas – aunque esos números no se agraven – continuén generando el efecto telaraña de la decadencia.

Romper la telaraña es cambiar la dirección; y eso requiere del pensamiento estratégico que ataca las causas y transforma las estructuras.

Es la estructura, que dice el ministro administrar con la crisis, la que produce todos esos desequilibrios y desbalances que impulsan la telaraña de la decadencia.

¿Quién toma la iniciativa?  

Hay que tener cuidado de una enorme tentación simplificadora que nos alivia de la tarea del pensamiento estratégico.

Es la tentación de la heteronomía: ausencia de autonomía de la voluntad y vocación de regirse por paradigmas externos.Lo contrario a la autonomía, en este caso, estratégica, que es lo que permite saltar los cercos de la información condicionante.

Hay una suerte de “iniciativa heterónoma”, es decir, la iniciativa que replica el interés de otros y no el propio de la Nación.

Lo hemos estado viviendo desde el mismo momento en que se abandonó el modelo de industrialización para el desarrollo. Los grandes impulsores “a la occidental” fueron J.A.Martinez de Hoz, Carlos Menem y Mauricio Macri: ellos predicaron la iniciativa heterónoma que conocimos como “el desarrollo se logra a través de la apertura”, sin política industrial y financiado por deuda externa. Su fracaso no necesita citas. Cristina Fernández, por su parte, abrió la puerta “oriental” con el Acuerdo Estratégico Chino que, al igual que los otros, suma destrucción industrial, relación primarizante y deuda externa, aunque se llame swap.

En todos estos años, van 46, no hubo una sola propuesta estratégica autónoma. Propuesta que no significa un cerco comercial, ni “vivir con lo nuestro”, sino un comercio estratégico inteligente.

Volviendo al comienzo. ¿Fernández tiene “la iniciativa”? ¿Sugieren sus pasos una “iniciativa autónoma”?

En 1925 J. Olariaga, un economista amigo de Ortega y Gasset, de vista en Argentina, advertía, en Revista de Occidente, que era imprescindible esa “autonomía de pensamiento” para lograr, con otras palabras, ese salto hacia el desarrollo.

Lo tuvimos, se fue formando en los 30 y materializando plenamente en la pos guerra; y tuvimos sus frutos, pero lo hemos extravíado y aquí estamos.

¿Cómo salir de este marasmo sin ese pensamiento estratégico autónomo? Un vacío a llenar en el que le cabe a quien gobierna la principal tarea.

Sin embargo hoy, conspicuos y progresistas miembros del gobierno, alientan el “modelo productivo primario dependiente chino”, como la fuente de dólares y de déficit comercial financiable, que nos permitiría mantenernos en las condiciones actuales.

Una idea simplificada, grosera pero no muy alejada de la expectativa oficial, es la de instalar decenas o cientos de criaderos de cerdos en joint ventures con empresarios chicos, asociados a productores argentinos, para resolver las carencias que, a causa de la peste porcina, ha sufrido ese país.

En ese contexto y en ese modelo, más que las buenas relaciones, lo que se exige es más que la reciprocidad comercial. Se trata de la especialización en la compra de bienes industriales chinos que, en caso de mantenerse el actual balance comercial negativo, sería sostenido por la cuenta de swaps chinos que se registran desde el segundo gobierno de CFK, la administración Macri y que siguen siendo parte hoy de las reservas del BCRA.

La otra “idea estrátegia” en boga es la continuidad CFK y Macri en apostar a Vaca Muerta como la fuente mágica y generosa de los dólares necesarios para liberarnos de la “restricción externa”, dejando de lado el desarrollo de las fuerzas productivas que dan vida al conjunto social o territorial.

Ni Vaca Muerta, ni el mercado chino, pueden dejar de ser protagonistas importantes de nuestro futuro.

Pero tienen, ambos, ese tufillo a salida fácil, a apuesta unilateral y excluyente.

Es esa la tentación de la iniciativa heteronoma. Modelo dependiente y especializado de proveedores de materias primas, a cambio de bienes industriales y todo financiado con deuda.

Modelo que ha tenido el patrocinio explicito de los que hoy conocemos como “liberales” y también el de “la izquierda” desde 1905 en pluma de Juan B Justo quién lo definió como el acceso al bienestar de la clase trabajora. La combinación justa para la “buena prensa”.      

Con una sociedad profundamente dolida – la mitad en la pobreza, la economía casi paralizada, la gravísima situación de la justicia en un estado lamentable, un Estado exhausto e ineficiente, el movimiento obrero atomizado y sectorializado, el capital híper concentrado, con nuevos ricos inmensamente ricos con fortunas súbitas y “exprés”,  generadas pari passu con la decadencia económica y social; y ahora, en una de esas, preservadas por leyes tributarias confeccionadas a medida – es hora de la iniciativa estratégica autónoma para evitar que lo peor este por venir.

¿Fernández tendrá por fin la iniciativa? A respuesta estará en los hechos que aún no han sucedido.



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